mayo 01, 2011

Continuidad y cambio. Género y culturas de la tecnología y el trabajo

¿Cuál es la relación entre género y tecnología? ¿Qué posibilidades ofrecen las TIC a las mujeres en el entorno laboral? Éstas y otras interesantes cuestiones son abordadas en este artículo de una de las mayores expertas en la materia: Judy Wacjman.


El tema de este artículo es la naturaleza de las relaciones de género en la era digital, y su objetivo es ofrecer una visión general de los informes feministas tanto pesimistas como optimistas de la relación de la mujer con TIC, basada en estudios sociales de tecnología para proporcionar un análisis más sutil de la manera en que las relaciones de poder de género influyen en el diseño, contenido técnico y uso de artefactos.


Los debates acerca de las relaciones de género y las diferencias de sexo se han intensificado en los últimos años, junto con la prominencia siempre creciente de las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). ¿Pero qué es lo que les depara a las mujeres la nueva sociedad -interconectada, con ingeniería genética, diseñada digitalmente, de control remoto- de la información global? Esta es la pregunta sobre la que reflexionaré aquí, basándome tanto en estudios sociales sobre tecnología como en la teoría de género.

A pesar de los más de treinta años de investigación e iniciativas prácticas que han tenido por objeto desenmarañar la relación entre género y tecnología, esta relación sigue siendo controvertida. De hecho, mi propio interés en la relación entre género, ciencia y tecnología se desarrolló en gran medida en respuesta a la larga marginalización de las mujeres con profesiones y trabajos de orientación técnica. Muchos estudios internacionales han identificado las complejas barreras existentes a la participación de la mujer, fijándose en la discriminación por sexo en el empleo y el tipo de socialización y educación que las chicas reciben y que las alejan de estudiar matemáticas y ciencias. Además, las campañas para cambiar los estereotipos de género, mediante la legislación y los programas e iniciativas para ayudar a las mujeres a obtener un igual acceso a la educación y el empleo en las ciencias y en ingeniería han tenido un éxito limitado.

Esto ha llevado a los estudiosos a cuestionarse el enfoque de "déficit de género" que tiene como objetivo a las mujeres como problema, y recurrir a explorar la naturaleza de género de la cultura del lugar de trabajo y la naturaleza de género de la misma tecnología. De hecho, las teorías feministas de género, tecnología y trabajo han avanzado muchísimo en las dos últimas décadas, tendiendo un puente en el debate, a menudo polarizado, sobre si las tecnologías reproducen el patriarcado o bien liberan a las mujeres. Los enfoques actuales se centran en la configuración mutua de género y tecnología, haciendo hincapié en que la relación entre ellas es fluida y flexible. Un enfoque así de co-construcción pone en un primer plano la necesidad de que un análisis de género vaya más allá, planteando la cuestión en el acceso igual, para incluir la política de diseño e innovación.

Estos son los temas que exploraré en este artículo. Empezaré describiendo, de manera muy esquemática, algunas de las perspectivas feministas, generalmente caracterizadas como pesimistas y optimistas, que se han adoptado para conceptualizar el vínculo entre mujeres y máquinas. La pesimista deriva del análisis de la tecnología y experiencia técnica como rasgo definitorio de masculinidad, perpetuando la segregación sexual en el lugar de trabajo. La optimista deriva de la idea de que los desarrollos innovadores en las tecnologías digitales han roto finalmente el vínculo entre la tecnología industrial y el privilegio masculino.

Yo defiendo que debemos partir de ambas perspectivas: ser más críticos con la ciencia y la tecnología, mientras que reconocemos su potencial para abrir nuevas dinámicas de género. En la sección final, recurro a algunas estudiosas recientes acerca del carácter marcado por el género de organizaciones, carreras y cultura de gestión.

Máquinas masculinas en lugar de telas femeninas

Empecemos reflexionando por un momento sobre la concepción tradicional de lo que consideramos que es la tecnología. Históricamente, ha existido una tendencia a pensar acerca de la tecnología en términos de maquinaria industrial y automóviles, por ejemplo, pasando por alto otras tecnologías que afectan a la mayoría de los aspectos de la vida diaria. La misma definición de tecnología, en otras palabras, tiene un sesgo masculino.

Mi propia formación es la de socióloga industrial, y recuerdo haber leído el artículo de Ruth Schwartz Cowan (1976) «The Industrial Revolution in the Home» donde defendía que la revolución industrial trataba también, y de forma crucial, los cambios tecnológicos en el hogar. Y es que para muchas de nosotras esto fue un gran cambio en la percepción de ver el hogar como algo lleno de tecnología, desde las máquinas lavaplatos y la electricidad, hasta los teléfonos. Y así como tan famosamente nos recordó, pese a todas las historias de maquinaria industrial, en ese momento no había rastro del biberón, algo que se da por sentado como accesorio doméstico.

Así pues, el proyecto feminista de redefinir la tecnología no sólo como algo que tiene que ver con las actividades masculinas, sino también de redescubrimiento de mujeres inventoras, ha sido muy importante. Hay un maravilloso artículo australiano sobre la historia del automóvil, donde Georgine Clarsen (2006) muestra que el discurso tecnológico ha oscurecido o ha hecho impensable la posibilidad de la participación activa de la mujer con las tecnologías en términos que sean similares a la de los hombres. En él ilustra cómo la publicidad de automóviles cuenta una historia en la que los hombres "dan" la tecnología del automóvil a las mujeres como un "regalo" para permitir a las mujeres superar una inferioridad física "natural". En su lugar, la autora documenta ejemplos históricos de mecánicos mujer perfectamente competentes con la tecnología de los automóviles.

En su libro clásico sobre la historia de la ingeniería en América, Ruth Oldenziel (1999) muestra de forma similar que el "problema" de las mujeres en la ingeniería es esa incapacidad persistente de la historia para "ver" los conocimientos mecánicos y los inventos de las mujeres, y pensar acerca del trabajo realizado por las mujeres como "tecnológico". De hecho, defiende que sólo fue durante finales del siglo XIX cuando la ingeniería mecánica y civil cada vez más llevó a definir lo que es la tecnología, disminuyendo la importancia de artefactos y formas de conocimiento asociados con las mujeres. Mientras que el concepto inicial de artes útiles había incluido costura y trabajos del metal, así como hilado y minería, con la formación de la ingeniería como profesión de clase media, de blancos y hombres, «las máquinas masculinas en lugar de las telas femeninas» fue lo que se convirtió en los marcadores modernos de la tecnología. Y como la experiencia técnica llegó a ser terreno de hombres, la feminidad fue entonces interpretada como algo incompatible con los objetivos tecnológicos.

Esta investigación histórica desafía la visión de que las mujeres están menos interesadas o son menos hábiles en áreas técnicas de trabajo, y la visión de que las mujeres no han desempeñado un papel significativo en los desarrollos tecnológicos a lo largo de la historia. Señala también la importancia de la cultura en hacer de la tecnología un dominio masculino. Las tecnologías tienen una imagen masculina, no sólo porque están dominadas por los hombres, sino también porque incorporan símbolos, metáforas y valores que tienen connotaciones masculinas. La reticencia de las mujeres "a entrar en ella" tiene que ver con la asociación estereotipada por sexo de la tecnología como actividad apropiada para hombres. No se trata simplemente de una cuestión de adquirir habilidades, porque estas habilidades estén arraigadas en una cultura de la masculinidad.

Por tanto, para navegar por ese mundo, para aprender su lenguaje, las mujeres deben abandonar primero su feminidad. El problema es que aunque se pide aún a las mujeres que intercambien aspectos importantes de su identidad de género por su versión masculina, no existe un proceso de "desgenerización" similar que se exija a los hombres. Dado el carácter relacional de feminidad y masculinidad, es decir, que son producidos en relación el uno por el otro, es imposible rehacer uno sin el otro. Ésta es una importante lección de la teoría de género.

Género arraigado en la tecnología

Estos análisis de la cultura masculina de la tecnología nos han llevado a cuestionar la naturaleza del conocimiento técnico, así como la forma de los artefactos. Además de reconocer los problemas de igualdad de acceso y oportunidades, las feministas han identificado la naturaleza de género del conocimiento tecno-científico y han puesto su centro de atención en los mismos artefactos.

En lugar de tratar la tecnología como neutra o sin valor, defendemos que las relaciones sociales se materializan en las herramientas y las técnicas: la tecnología refleja las divisiones de género y las desigualdades. El problema no es sólo el monopolio de la tecnología de los hombres, sino también la forma en que la masculinidad está arraigada en la misma tecnología (Cockburn, 1985; Wajcman, 1991). En otras palabras, los análisis feministas sobre tecnología se han desplazado más allá del enfoque de "mujeres y tecnología" para examinar los mismos procesos por los cuales la tecnología se desarrolla y se usa, así como también aquellos por los cuales se constituye el género.

Esta idea, que los artefactos personifican las relaciones de poder, ya no es controvertida, al menos entre los sociólogos. Como afirma Sheila Jasanoff (2006: 758): la tecnología, «vista antes como el dominio de ingenieros desapasionados comprometidos con la mejora inequívoca de la vida, ahora se ha convertido en el espacio febrilmente contestado en que las sociedades humanas libran las batallas políticas más amargas sobre las visiones en pugna del bien y la autoridad para definirlo».

Y si la ciencia y la tecnología no están libres de la política y por encima de ella, entonces en una sociedad caracterizada por jerarquías de género, los artefactos deben estar marcados también por el género. Dicho de manera cruda, hemos llegado a ver la tecnología como algo a lo que se le ha dado forma socialmente, pero esa forma ha sido realizada por los hombres a favor de la exclusión de las mujeres. En general, la tecnología ha sido retratada como fuerza negativa, reproduciendo en lugar de transformando la división sexual del trabajo y el poder en el hogar y el trabajo. La propensión de los desarrollos tecnológicos para afianzar las jerarquías de género ha sido enfatizada, en lugar de las perspectivas que permiten para el cambio. En resumen, no se presta suficiente atención al concepto de agencia de la mujer. Y es precisamente este registro bastante negativo lo que ha provocado una reacción.

Aceptando la tecnología digital

La nueva generación de estudiosas feministas son mucho más positivas con respecto a las posibilidades de las TIC para capacitar más a las mujeres y transformar las relaciones de género (Kirkup y otros, 2000). De hecho, las preocupaciones iniciales acerca de dejar a las mujeres fuera de la revolución de las comunicaciones, víctimas de la brecha digital, ahora parecen fuera de lugar. Aunque los que optaron en sus inicios por Internet y el teléfono móvil eran predominantemente hombres, los estudios de los últimos años han revelado que las mujeres y las jóvenes son consumidoras y usuarias de TIC en cifras iguales a los hombres, ciertamente en los países más ricos (Brynin, 2006). Ya no se oyen los estereotipos anteriores acerca de la tecnofobia de las mujeres.

Así pues, ¿la tecnología sigue ocupando un sitio importante de la política feminista? Ciertamente, muchas ciberfeministas posmodernas han hecho suyas las tecnologías basadas en la Red, ya que supone el fin de la base personificada de la diferencia de sexos (Plant, 1998). La tecnología industrial puede haber tenido un carácter patriarcal, pero las tecnologías digitales, basadas más en la maña que en la fuerza, en las redes que en la jerarquía, anuncian una nueva relación entre mujeres y máquinas. Las tecnologías digitales facilitan el desdibujamiento de fronteras entre humanos y máquinas, entre lo masculino y lo femenino, permitiendo a sus usuarios asumir identidades alternativas. Para algunos autores, la virtualidad de Internet y del ciberespacio se ve incluso como una tendencia hacia medios femeninos, que proporcionarían la base tecnológica para una nueva forma de sociedad que es potencialmente liberadora para las mujeres.

En otro lugar he escrito profusamente (Wajcman, 2004) acerca del optimismo de las corrientes de la literatura de cyborgs y el ciberfeminismo y la manera en que ha cuajado la famosa visión de Donna Haraway (1985) del potencial positivo de la ciencia y la tecnología. Su preferencia por ser una cyborg "híbrido de organismo y piezas de máquina" ha sido citada constantemente.

El innovador trabajo de Haraway ha influido especialmente en las estudiosas feministas, ya que desafía correctamente la tendencia del feminismo de la segunda ola de retratar a las mujeres como víctimas. En su lugar, Haraway hace hincapié en la agencia de las mujeres y la capacidad para su "empoderamiento". Para las jóvenes en particular, su orientación y experiencia de las TIC es muy diferente en comparación con la de las generaciones anteriores. Los desarrollos en las tecnologías digitales requieren efectivamente un replanteamiento radical, tanto de los procesos de innovación tecnológica como de su impacto en la cultura y las prácticas de la vida diaria.

Sin embargo, existe el peligro de dejarse llevar por el gran bombo que se le ha dado a la cibercultura. Estas mujeres han participado activamente en la construcción de identidades híbridas y de transgénero a través de su consumo de nuevos medios (por ejemplo, la escritura de diarios en bitácoras es una actividad de moda entre las jóvenes), la posibilidad y la fluidez del discurso de género en el mundo virtual está restringido por el mundo material.

Consideremos por un momento el caso Second Life, un mundo virtual on line con más de un millón de registros. Es un espacio sofisticado en 3D diseñado para "residentes" adultos que pueden crear imaginativamente avatares, hogares y estilos de vida enteros usando una moneda propia de ese mundo. Este sitio se ve ampliamente como promotor de valores anti-establishment, y a la vez se ha convertido en una principal fuente de pornografía virtual, aparentemente bien adaptada a aquellos con un gusto por las formas sadomasoquistas sexuales (Bardzell y Bardzell, 2006).

Estos cibermundos de fantasía, entonces, no son entornos culturales necesariamente cómodos para que los habiten mujeres. Los estudios realizados sobre sitios de 3D tales como Myspace y Facebook han mostrado que cuanto más tiempo estén las personas en estos sitios virtuales, más llegan a ser ellas mismas -o al menos, versiones idealizadas de ellas mismas, pero ciertamente no identidades híbridas o alternativas, como lo indicaría la mitología-.

Tecno-feminismo

Las tecnologías digitales, por tanto, no son inherentemente patriarcales o inequívocamente liberadoras, sino que toman forma mediante las circunstancias sociales en que son diseñadas y usadas. Dentro de lo que se conoce ampliamente como la conformación social o enfoque constructivista, entendemos ahora la tecnología como producto sociotécnico -una web o red sin fisuras que combina artefactos, personas, organizaciones, significados culturales y conocimientos (Bijker, Hughes y Pinch, 1987; MacKenzie y Wajcman, 1999)-.

En un movimiento paralelo, la escritura feminista dentro del campo de los estudios de la ciencia y tecnología ha conceptualizado la relación entre género y tecnología como uno de conformación mutua. Un tema central es el examen de los efectos de las relaciones de poder de género en el diseño y la innovación. Los estudios empíricos demuestran cómo la marginalización de las mujeres de la comunidad tecnológica influye profundamente en el diseño, el contenido técnico y el uso de artefactos (Lie, 2003; Lerman y otros, 2003). Mi propio enfoque tecno-feminista concibe las relaciones de género como algo que se materializa en la tecnología, mientras que los discursos e identidades marcadas por el género coevolucionan simultáneamente con las tecnologías (Wajcman, 2004). De esta forma, la cultura de la masculinidad está arraigada en la misma tecnología.

Un ejemplo contemporáneo de la política de la tecnociencia marcada por el género puede encontrarse en el proyecto de la ingeniería de la máquina humanoide, en la forma de la inteligencia artificial, la robótica y los "agentes de software". Estos proyectos son particularmente iluminadores debido a sus presuposiciones de tipo cultural acerca de lo que significa ser humano. Aunque esta investigación reconoce cada vez más la importancia del cuerpo en el comportamiento y la cognición humana, Lucy Suchman (2007) defiende que las exigencias del diseño limitan a los investigadores a las tres suposiciones estándar acerca de la inteligencia como forma universal de práctica de resolución de problemas racional y desincorporada.

Por ejemplo, los investigadores de la Universidad de Texas han creado un robot con cara humana, el K-Bot, para facilitar la interacción entre humanos y máquinas socialmente inteligentes. El K-Bot tiene cara de mujer y expresa "emociones" -desde una cara burlona hasta una sonrisa, pasando por el fruncimiento del ceño- que son parte de un repertorio de la comunicación humana muy marcado por el género en cuanto a su uso en entornos sociales, incluyendo su uso en la jerarquía y la dominancia.

El hecho de que K-Bot se haya representado como mujer refleja la fantasía de los diseñadores de sistemas, en una economía de servicios que predica sobre el trabajo femenino, que sueña ser relevado del trabajo mundano que conlleva servirse a sí mismos. Tales visiones de los robots humanoides, a su vez, fomentan clases particulares de aplicaciones. Dada la escasez de mano de obra que experimentan los hogares para ancianos y con la previsión de que se produzca un gran aumento de la población mayor de 65 años de edad, los científicos japoneses y estadounidenses están experimentando con robots, al parecer sensibles, que puedan proporcionar un medio de bajo mantenimiento y así brindar cuidados a los ancianos. Sin embargo, como comenta Sherry Turkle (The Boston Globe, 3 de abril de 2006), tales intentos para mejorar el bienestar emocional de las personas mayores se basan en un engaño fundamental: "¿Le gustaría a usted hablar con algo que realmente no le entiende?".

Tales ejemplos señalan la necesidad de examinar las maneras en que el género de la tecnología afecta a todas las fases de desarrollo tecnológico. Para autores tradicionales de los estudios de la ciencia y tecnología como Bruno Latour (1996), la ausencia sistemática de mujeres de los sitios de innovación es a menudo un signo copiado de la movilización de los intereses de género. Para las feministas, la ausencia de la mujer de redes sociotécnicas específicas es tan reveladora como la presencia de otros actores e incluso una condición de dicha presencia. La infrarrepresentación de las mujeres en la ingeniería en el extremo de la gestión y de la alta cualificación de las profesiones de diseño informático y TIC afecta profundamente al por qué y al cómo se configuran los artefactos.

El problema de la marginalización de las mujeres se ve intensificado por la masculinidad de la cultura de gestión en general. Por ejemplo, seguir una carrera de éxito en el sector de TIC requiere la negación de múltiples culturas masculinas asociadas no sólo con el trabajo científico y tecnológico, sino también, como trataré a continuación, con las posiciones de gestión.

Cultura del lugar de trabajo marcado por el género

Al igual que la investigación sobre las mujeres y los ingenieros ha avanzado más allá de ver a las mujeres como el problema tanto como la solución, los sociólogos del trabajo defienden ahora que nuestras organizaciones del lugar de trabajo están en sí mismas marcadas por el género, es decir, que sistemáticamente diferencian entre hombres y mujeres. Una serie de presuposiciones ideológicas acerca del trabajo y de los papeles de género en el orden diario de las diferencias de género en prácticas organizativas y el hogar. Crean así una cultura del lugar de trabajo que es hostil para las mujeres, en especial para las mujeres en puestos senior. Me centraré aquí en cómo el papel de los gerentes se ha construido para inhibir el avance de las mujeres.

Tomemos, por ejemplo, la misma concepción de gerencia, no meramente como un trabajo de jornada completa, sino con un trabajo que requiere un total compromiso. Ahora bien, "compromiso" puede significar una variedad de cosas; como por ejemplo compromiso hacia la organización, compromiso hacia la unidad particular en la que se trabaja, compromiso hacia los colegas, compromiso hacia la carrera profesional. Pero sobre todo, lo que implica es sacrificio -que se pondrá el puesto de trabajo en primer lugar, por encima de todo lo demás-.

¿Y cómo se mide este compromiso? Como es muy difícil medir el rendimiento de la calidad del trabajo, el compromiso se mide a menudo en términos de tiempo pasado en el lugar de trabajo. Las tecnologías móviles han agravado este problema: ya no se tiene que estar físicamente en el trabajo, pero hay que estar constantemente disponible por teléfono móvil o correo electrónico. Mis investigaciones actuales versan sobre el impacto social del teléfono móvil, en ese marco hemos encuestado a una muestra representativa de mil familias. En nuestro estudio hallamos que los trabajadores se dividen uniformemente entre aquellos que se llevan el teléfono de vacaciones para hablar y trabajar con colegas, y aquellos que no lo hacen. Los varones (51 por ciento) son dos veces más propensos que las mujeres (31 por ciento) a utilizar el móvil para trabajar en vacaciones, pero son los gerentes los más propensos (60 por ciento) a llevarse el teléfono móvil de vacaciones para hacer negocios. Los resultados preliminares también parecen implicar a los dispositivos móviles en la intensificación del trabajo.

Este problema de las horas del trabajo tiene gran importancia y tiene dos vertientes. Una es la duración misma del tiempo que se trabaja -las encuestas a gerentes británicos, por ejemplo, muestran que como media trabajan más de 50 horas semanales y no es inhabitual la semana de 60 horas-. En Tokio, he observado de cerca cómo los "guerreros corporativos" varones en Japón a menudo trabajan más de 60 horas a la semana. Las pocas mujeres en estos puestos senior hacen las mismas largas jornadas que los hombres, pero persiste el prejuicio de que las mujeres carecen de la fuerza o determinación para mantener este esfuerzo.

La otra cuestión es la intensificación del trabajo, es decir, el creciente volumen de trabajo, que hemos visto durante la última década. La gente habla de cómo tienen que abarcar más y más en la misma cantidad de tiempo, y tienen que hacer ellos mismos trabajos que antes realizaban distintos miembros del personal. Éste es realmente un horario castigador y a menudo oigo que se menciona como parte de la "cultura de gestión masculina". Esto es pasto de infartos coronarios, incluso antes de que uno piense en intentar compaginarlo con una vida familiar activa y vida en la comunidad.

Las carreras profesionales de los hombres son, en conjunto, diferentes de las femeninas. Se ha institutionalizado la idea de que existen dos tipos de trabajadores: los hombres que trabajan continuamente y las mujeres que se toman tiempo libre o pasan a trabajar a tiempo parcial para cuidar de sus hijos -lo que se conoce en Estados Unidos como "el camino de las mamás"-. Son recurrentes los debates sobre el hecho de tener lo mejor de ambos mundos en el caso de las mujeres -ser capaces de seguir una carrera profesional y tener hijos-. Y hoy generalmente se está de acuerdo en que el equilibrio trabajo-vida es la clave para la felicidad, tanto de hombres como de mujeres.

Pero, aunque las mujeres cuentan ahora con más opciones, siguen teniendo que escoger entre tener hijos y tener una carrera profesional de una forma que los hombres no tienen que hacerlo. Las estructuras de la carrera profesional aún privilegian a aquellos con un historial laboral ininterrumpido de empleo a jornada completa y éstos son principalmente hombres -a los que se les unen unas pocas mujeres que generalmente tienen pocas responsabilidades domésticas o bien el medio de pagar a otras personas para realizarlas-. Muchas grandes organizaciones no son civilizadas. Este tipo de compañía dice que sólo se puede ser ejecutivo si usted no ve mucho a sus amigos y su familia, tiene pequeñas responsabilidades diarias fuera de su trabajo y renuncia a todos sus demás intereses. En suma, las organizaciones del trabajo y las trayectorias profesionales no se han adaptado a las vidas no laborales de sus empleados.

Lugares de trabajo respetuosos con la familia y el futuro del trabajo

Hace algunos años investigué acerca de los gerentes senior en las sedes londinenses de cinco multinacionales que se enorgullecían de sus políticas de igualdad de oportunidades de empleo. Mi libro basado en este estudio se llama Managing Like a Man: Women and Men in Corporate Management (1998). Elegí compañías en sectores líderes de alta tecnología para ver si había más oportunidades para las mujeres en ocupaciones de nuevas tecnologías.

Se ha hablado mucho del problema llamado "techo de cristal", y algunas organizaciones han realizado grandes esfuerzos por reconocer los problemas que tienen las mujeres para compaginar carrera profesional y familia. En las compañías que investigué, por ejemplo, hay una gama de políticas impresionantes de "respeto hacia la familia", incluyendo bajas familiares o por motivos profesionales para el cuidado de los hijos, ajustes de flexibilidad de jornada y a veces guarderías en el lugar de trabajo.

Sin embargo, descubrí que pocas mujeres senior aprovechaban estas políticas. Las mujeres en niveles junior sí las usaban y ciertamente marcaban una tremenda diferencia; pero los hombres estaban poco dispuestos a aprovechar estos ajustes de flexibilidad y eran reacios a asumir que el tiempo fuera del trabajo no se trataba de una baja por paternidad. Las mujeres continúan teniendo la responsabilidad primaria del "segundo turno" -el trabajo no remunerado del hogar-, incluso cuando se dedican plenamente a un trabajo remunerado. Esto es lo que Arlie Hochschild ha llamado "la revolución postergada" -que las mujeres han cambiado en medida mucho mayor que los hombres-.

El resultado es que una alta proporción de mujeres de éxito en puestos senior no son madres, en claro contraste con sus homólogos masculinos. Por ejemplo, un estudio de EEUU (Hewlett 2002) indica que la mitad de las mujeres mayores de 40 años de edad que ganan más de 100.000 dólares al año no tienen hijos, en comparación con el 19 por ciento de los hombres en la misma categoría. No es ninguna sorpresa que en muchos países se hable de una crisis de fertilidad entre las mujeres profesionales y con formación, ya que rechazan la maternidad en favor del empleo. Está claro que no creen que en el siglo XXI puedan tener lo mejor de ambos mundos.

Naturalmente, en la actualidad hay muchos ejemplos de gerentes mujer y de éxito. Mi investigación muestra que sobre todo adoptan modelos masculinos estándar de gerencia, pero persiste el estereotipo de mujer que tiene un estilo de liderazgo más consensual y comprensivo. Las mujeres senior siguen siendo extremadamente cuidadosas en la presentación de sí mismas. Lejos de tener lo mejor de ambos mundos, a menudo se hallan en una situación sin salida.

Conclusión

No podemos depender de las tecnologías digitales para lograr los cambios sociales que buscamos. Si las mujeres han de participar plenamente en la era de información, necesitamos continuar desafiando la concepción de que la feminidad es algo incompatible con los objetivos tecnológicos. Esto supone no simplemente aceptar las innovaciones tecnológicas, sino darles forma activamente. También requiere un nuevo modelo de trabajo y vida, donde mujeres y hombres se vean igualmente representados en todos sus puestos de trabajo, incluyendo los del nivel más alto de la economía digital.

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Por Judy Wajcman

Catedrática en la Escuela de Investigación en Sociología (Research School of Social Sciences) de la Universidad Nacional de Australia (National University) y profesora visitante en el Instituto de Internet de Oxford (Oxford Internet Institute). Sus libros más recientes incluyen TechnoFeminism(Polity Press, 2004) traducido al castellano como El Tecnofeminismo(Ediciones Catedra, 2006) y The Politics of Working Life (con Paul Edwards) (Oxford University Press, 2005).

«Artículo publicado en el número 74 de la revista TELOS»

Fuente: fundacion.telefonica

Una Primavera Árabe para las mujeres



La “Primavera Árabe” ha recibido abundante atención en los medios de comunicación estadounidenses y occidentales, sin embargo, éstos han pasado en gran medida por alto uno de sus elementos fundamentales: el destacado papel de las mujeres en los levantamientos que barren el mundo árabe. A pesar de la inadecuada cobertura de su papel por parte de los medios, las mujeres han estado, y siguen estando, a la vanguardia de esas protestas.

Para empezar, las mujeres tuvieron un papel importante en las manifestaciones tunecinas que iniciaron la Primavera Árabe, marchando a menudo por la Avenida Bourguiba de Túnez, la capital, junto a sus maridos y con sus niños a cuestas. Después, la chispa para el levantamiento egipcio que obligó al presidente Mubarak a dejar el poder fue una manifestación celebrada el 25 de enero en la Plaza Tahrir de El Cairo convocada por una apasionada joven a través de un video publicado en Facebook. En el Yemen, columnas de mujeres veladas salieron en Sanaa y Taiz para forzar al autócrata del país a que dimitiera, mientras que en Siria, enfrentándose a la armada policía secreta, las mujeres están bloqueando carreteras manifestándose por la liberación de sus maridos e hijos de las prisiones.

Pero junto a esos gestos de audacia van también los temores. Aunque las mujeres miran hacia el futuro, les preocupa que en esa carretera hacia nuevos regímenes parlamentarios democráticos, se excluyan sus derechos a favor de los votantes masculinos, ya sean éstos liberales patriarcales o fundamentalistas islámicos. Todavía pesa mucho en la memoria colectiva la forma en las mujeres, que estuvieron a la vanguardia de la revolución argelina por la independencia de Francia desde 1954 a 1962, fueron relegadas a partir de entonces a los márgenes de la política.

Sin duda, los historiadores debatirán durante décadas las causas de la Primavera Árabe. Entre éstas figuran, ciertamente, las altas tasas de desempleo que sufren las clases educadas, las políticas neoliberales privatizadoras y antisindicales, la corrupción en las altas esferas, el alza de precios de alimentos y combustibles, las dificultades económicas causadas por la disminución de las oportunidades de empleo en los estados petroleros del Golfo y en Europa (gracias a la crisis financiera global de 2008) y las décadas de frustración por las mezquinas y autoritarias formas de gobernar. En sus papeles como trabajadoras y profesionales, así como cuidadoras de sus familias, las mujeres han sufrido directamente todos esos sinsabores y más aún mientras tenían también que contemplar cómo sufrían sus maridos e hijos.

A finales de enero, la periodista independiente Megan Kearns señalaba la relativa falta de atención que la televisión estadounidense y la mayoría de los medios impresos y en Internet habían prestado a las mujeres y, en general, la ausencia de imágenes de mujeres protestando en Túnez y Egipto. Sin embargo, las mujeres no pudieron haber estado más visibles en las grandes manifestaciones de primeros a mediados de enero por las calles de Túnez, ya sea acompañando a sus maridos e hijos o formando líneas de protesta distintivas de ellas mismas, lo cual, dadas las ideas occidentales acerca de las oprimidas mujeres árabes, debería haber constituido en sí noticia.

Las mujeres toman las calles desde Túnez a Siria

Empezando por Túnez, las mujeres han estado allí, en efecto, a la vanguardia de los movimientos de protesta y de cambio social una vez que se inició el movimiento para lograr la independencia de Francia a finales de los años de la década de 1940. Las mujeres tunecinas tienen una tasa de alfabetismo relativamente alta (71%), encarnan más de la quinta parte de los asalariados del país y suponen el 43% de los casi medio millón de miembros que tienen los 18 sindicatos locales. La mayor parte de estas mujeres sindicadas trabajan en los sectores de la educación, textil, sanidad, servicios ciudadanos y turismo. La Unión General de Trabajadores de Túnez (acrónimo UGTT) había ido entrando cada vez más en conflicto con el hombre fuerte del país, Zine el-Abidine Ben Ali, y por eso sus bases y cuadros se unieron con entusiasmo a las protestas de la calle. En la actualidad, la UGTT continúa presionando al gobierno formado una vez que Ben Ali huyó para que ponga en marcha reformas auténticas.

La opinión de las líderes de las mujeres jugó un papel importante en todo lo anterior. Por poner un ejemplo, aunque la mayoría de los tunecinos más sobresalientes sufrieron coacciones para que apoyaran a Ben Ali y a la mafia de su familia política, como por ejemplo la estrella de cine Hend Sabry, cuando empezaron los protestas contra el gobierno ella rompió con el autócrata, advirtiéndole en Facebook para que sus fuerzas de seguridad no disparasen a los manifestantes. Más tarde admitió estar asustada por haber hecho tal gesto público por si hacían daño a sus familiares en Túnez o por si ella misma acababa en un exilio permanente de su patria.

En Egipto, el apasionado video del blog o “vlog” de Asmaa Mahfuz pidiendo a los egipcios que se manifestaran masivamente el 25 de enero en la Plaza Tahrir tuvo un efecto viral, jugando un papel importante en el éxito de ese acontecimiento. Mahfuz hizo un llamamiento para que los egipcios honraran a los cuatro jóvenes que, siguiendo el ejemplo de Mohammad Buazizi (en un acto que desató las revueltas en Túnez), se prendieron fuego para protestar contra el régimen de Mubarak.

Aunque la policía secreta les había descartado ya como “psicópatas”, ella insistió en todo lo contrario, exigiendo un país donde la gente pudiera vivir con dignidad y no “como animales”. Según estimaciones, al menos el 20% de las muchedumbres que abarrotaron la Plaza Tahrir la primera semana estaba compuesto por mujeres, que también se manifestaron en grandes cifras en el puerto mediterráneo de Alejandría. El celebrado album en Facebook de Leil-Zahra Mortada con la participación de las mujeres en la revolución egipcia da idea de cuán variada y poderosa fue esa participación.

Al igual que en Túnez, las mujeres egipcias representan algo más de la quinta parte de la fuerza laboral asalariada y los trabajadores han sido siempre un poderoso motor de cambio en ese país. Antes de que empezaran a movilizarse con las protestas de la Plaza Tahrir, los trabajadores egipcios habían organizado más de 3.000 huelgas desde 2004, siendo las mujeres las que tomaron la iniciativa muchas veces. En el apogeo de las protestas contra el gobierno del eterno dictador Hosni Mubarak, las mujeres sindicadas formaron incluso un nuevo sindicato-paraguas de alcance nacional.

En Libia, las protestas de las mujeres resultaron fundamentales para el movimiento de ciudades enteras que estaban fuera del control del Coronel Muammar Gaddafi, como ocurrió en febrero en Dirna, al oeste del país. Lo que hace tan notable el protagonismo allí de las mujeres manifestantes es la reputación de la ciudad como baluarte del fundamentalismo islámico. El abuso a las mujeres, una cuestión fundamental en países como Libia, hizo estallar las conciencias cuando una recién licenciada de una familia de clase media en Tobruk, Iman al-Obeidi, irrumpió en una conferencia de prensa del gobierno en Trípoli para a acusar a las tropas de Gadafi de haberla detenido en un control y de haberla violado después. Su situación promovió manifestaciones de mujeres contra el régimen en las ciudades controladas por los rebeldes de Benghazi y Tobruk.

El 15 de abril, el presidente vitalicio Ali Abullah Saleh reprendió a las mujeres por mezclarse en público con los hombres “de forma inapropiada” en la inmensa manifestación que se desarrollaba en la capital, Sanaa, así como en las ciudades de Taiz y Aden. De esta forma, la cuestión del papel de la mujer en las protestas masivas contra décadas de autocracia fue, por vez primera, explícitamente abordada por una alta personalidad política, y la respuesta de las mujeres no pudo ser más clara. Salieron en cifras sin precedentes por todo el país e incluso en las zonas rurales, día tras día, acusando al presidente de “mancillar su honor” al expresar que se estaban comportando descaradamente. (De siempre se ha considerado un valor en el mundo árabe evitar empañar el honor de una mujer casta). Es decir, convirtieron el intento del presidente de invocar las costumbres árabes sobre la separación de las mujeres de la esfera pública en un grito contra él en las manifestaciones.

Las mujeres de cierta edad que vivían en la zona sur del país encontraron particularmente penosa la pulla del presidente, dado que han crecido en la República Democrática Popular del Yemen (RDPY), gobernada por un régimen comunista que promovía los derechos de las mujeres. No se las sometió a normas más conservadoras hasta que Saleh unió la RPDY con el Norte del Yemen en 1990. A diferencia de Túnez y Egipto, sólo alrededor de la cuarta parte de las mujeres yemeníes sabe leer y escribir, sólo el 17% han terminado los estudios secundarios y sólo el 5% tienen trabajo asalariado, aunque la mayoría de ellas trabajan muy duramente durante toda su vida, sobre todo en las zonas rurales. No obstante, en áreas urbanas como Aden, Taiz o Sanaa, las mujeres de las clases media y media superior ocupan un lugar importante en diversas profesiones y negocios, o en el profesorado de las escuelas, y más de la cuarta parte de los estudiantes universitarios son mujeres.

Enfrentado al poder de las indignadas mujeres, Saleh se retractó rápidamente, manteniendo que, como nacionalista árabe laico, creía que deberían participar completamente en los asuntos políticos de la nación. Sencillamente se había preguntado en voz alta, afirmó, cómo los miembros del Partido Islah de la posición, una organización fundamentalista musulmana, estaban tan dispuestos a permitir que las mujeres marcharan por las calles contra él cuando en todas las demás ocasiones habían intentado mantenerlas recluidas en sus hogares.

También en Siria, en diversas ocasiones, las mujeres han mostrado su fuerza y valentía acudiendo a manifestaciones enérgicas, a veces sin los hombres pero con sus niños a cuestas. Cerca de la ciudad de Bayda, por ejemplo, miles de mujeres de mujeres gritando “¡Nadie va a humillarnos!”cortaron una carretera costera para protestar por la política de mano dura del gobierno en función de la cual la policía secreta del presidente Bashar al-Asad había arrestado a los familiares masculinos que habían participado en las manifestaciones. Otras veces, las mujeres sirias emprendieron marchas de sólo mujeres para exigir democracia y cambios en la política del régimen

Protegiendo los logros de las mujeres

A pesar del papel preponderante de las activistas femeninas en la Primavera Árabe, la mayoría de los políticos rara vez ha reconocido su importancia y significado real, aunque sí se han beneficiado de lo que ellas han aportado. Fue, por ejemplo, sorprendente que las mujeres no estuvieran representadas en la comisión designada para revisar la constitución egipcia para preparar las elecciones de septiembre, y que sólo se nombrara a una mujer (encima un vestigio de Mubarak) para el gabinete interino compuesto por 29 personas.

Además, fuerzas patriarcales como los clérigos y grupos fundamentalistas musulmanes han decidido que, como consecuencia de los cambios políticos, no deberían ampliarse los derechos de las mujeres. Como un presagio en el viento, cuando un grupo de modesto tamaño de unas 200 mujeres se presentó en la Plaza Tahrir el 8 de marzo para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, se vieron atacadas por jóvenes militantes religiosos que les gritaron que se fueran a casa a hacer la colada.

Es comprensible que los grupos de mujeres y los movimientos progresistas sientan aprensión ante la posibilidad de que en Túnez y Egipto los movimientos fundamentalistas musulmanes tengan más influencia en los parlamentos y traten de presionar la promulgación de leyes que vayan en detrimento tanto de las mujeres como de los sectores laicos. Sin embargo, se han mostrado notablemente reacios a permitir que tales consideraciones les disuadan de apoyar la democracia, algo contra lo que los dictadores de tendencia laica Ben Ali y Mubarak les habían advertido.

La posibilidad de una actual toma del poder por parte de los fundamentalistas musulmanes en cada país sigue siendo mínima en un futuro previsible. En Egipto, el gobierno militar ha conservado hasta ahora una prohibición de la era Mubarak que impide que los Hermanos Musulmanes puedan nombrar candidatos de su propia bandera. Como resultado, sus candidatos gobernarán como representantes de otros pequeños partidos. Además, la organización ha prometido presentarse a los escaños parlamentarios en solo un número limitado de distritos electorales para aplacar los temores de las clases medias de que su objetivo es una toma fundamentalista del país estilo Irán. Es cierto que es probable que el conservadurismo musulmán crezca más a nivel general como corriente política en Egipto, pero cualquiera que sea la forma del próximo parlamento, plantea un desafío para los derechos de las mujeres.

Por ejemplo, algunos miembros de la Hermandad han dejado escapar que van a trabajar en efecto para la implementación de una forma medieval de ley islámica que incluiría la segregación de hombres y mujeres en el lugar de trabajo, mientras que el mufti o principal asesor sobre derecho islámico del gobierno en Egipto ha pedido una “revisión” de las leyes sobre el estatus personal laico que favorecen a las mujeres y que apoyó Suzanne Mubarak, la moderna esposa del depuesto dictador.

En Túnez, los largos años de represión bajo Ben Ali dejaron debilitado al principal grupo fundamentalista, al-Nahda o Partido del Renacimiento. En cualquier caso, su líder, Rashid Ghannouchi, ha estado hablando de institucionalizar un “modelo turco” y dice que, a diferencia de la Hermandad egipcia, apoya el derecho de una mujer a convertirse en presidente del país.

En esto se parece a anteriores fundamentalistas turcos como Recep Tayyip Erdoban y Abdullah Gul, quienes, cansados de que les encarcelaran y de estar siempre a la greña con el establishment laico turco, fundaron el Partido por la Justicia y el Desarrollo. Desde que llegaron al poder en 2002, han luchado por un sistema pluralista como medio para hacer un hueco en la sociedad y en la política a los musulmanes más tradicionales sin tener que promover códigos legales medievales musulmanes.

No obstante, como han mostrado violentas reacciones como el ataque a la protesta en el Día Internacional de la Mujer, las activistas en las cuestiones de las mujeres y los progresistas se preguntan cómo hacer para asegurar que no se reviertan los logros de las mujeres de esta primavera. En Egipto, la importante locutora y crítica del régimen de Mubarak, Buthaina Kamel, tiene sus propias ideas sobre cómo ganar derechos para las mujeres en un entorno nuevo y más democrático. Y va a presentarse para presidenta, algo inconcebible en la era Mubarak.

Aunque no logre muchos resultados, su candidatura es sin embargo algo profundamente simbólico e histórico y otro acto de gran valentía por parte de una mujer en esta nueva era del mundo árabe. (A su decisión se oponen, por supuesto, los Hermanos Musulmanes.) Otras mujeres egipciasconfían en que pueda reescribirse la constitución de forma que se refuercen los derechos de las mujeres y se conserven los 64 escaños reservados a las mujeres en el anterior parlamento.

Los políticos del gobierno transitorio de Túnez, durante décadas el país árabe más progresista en cuanto a los derechos de la mujer, están decididos a proteger el rol público de las mujeres asegurando que estén bien representadas en la nueva legislatura. Se han fijado elecciones para el 24 de julio y se ha nombrado una alta comisión para que elabore las normas electorales. Ese órgano ha anunciado ya que las listas de los partidos deberán presentar una paridad entre las candidaturas masculinas y femeninas.

En ese sistema de listas no se vota a un individuo sino a un partido que ha publicado una lista ordenada de candidatos. Si la lista consigue el 10% de los votos a nivel nacional, se le concede el 10% de los escaños del parlamento, y puede ir bajando por su ordenada lista hasta que ocupe todos esos escaños. La paridad para las mujeres implica que cada dos candidatos de la ordenada lista, uno sería una mujer, asegurándoles una alta representación en la legislatura. A este procedimiento se le llama a veces cuota de género “cremallera”. En Escandinavia y en el sur del planeta son habituales las cuotas para mujeres parlamentarias.

Aunque el requerimiento tunecino de paridad de género sigue siendo conflictivo en algunos sectores, el partido al-Nahda de Ghannouchi manifestó su apoyo al mismo recientemente. En contraste, Abdelwaheb El Hani, líder del recién fundado partido de centro-derecha al-Majd, se quejó de que la norma suponía una “violación de la libertad de opción electoral” e insistió en que dudaba de que fuera eficaz para promover la representación de las mujeres. Sin embargo, el izquierdista Partido al-Taydid (Renovación) alabó la medida y la tildó de “histórica” y prometió hacer de la igualdad de las mujeres un “logro irreversible y una realidad efectiva en la vida política tunecina”. En efecto, al-Taydid quiere introducir en la constitución una enmienda explícita por la igualdad de derechos.

Dando a las mujeres una oportunidad de lucha

La Primavera Árabe ha demostrado ser un período de activismo y cambio para las mujeres, recordando el papel de las primeras feministas en el movimiento egipcio de 1919 en la lucha por la independencia de Gran Bretaña, o el importante papel de las mujeres en la Revolución de Argelia. Sin embargo, la gran cantidad de mujeres políticamente activas en las actuales series de levantamientos empequeñece a sus predecesoras. Que este elemento femenino de la Primavera Árabe haya motivado tan escasos comentarios en Occidente sugiere que nuestras propias narrativas, y preocupaciones, acerca del mundo árabe –religión, fundamentalismo, petróleo e Israel- nos han cegado frente a las grandes fuerzas sociales que están cambiando las vidas de 300 millones de seres.

Los avances de esta generación en la educación y a nivel profesional han ayudado a las mujeres, por ejemplo, a través del destacado papel de presentadoras femeninas con un discurso bien articulado en las redes de televisión por satélite como Al Yasira, y por la expansión de Internet y de las redes sociales. Las mujeres han podido ejercer unas funciones de liderazgo en el ciberespacio que el dominio de los hombres jóvenes de las esferas públicas podría haber obstaculizado en las plazas de las ciudades.

Además, su importancia en los movimientos obreros y en las manifestaciones públicas en Túnez y Egipto pone de manifiesto, por otra parte, que tienen ahora mucho más papel público del que habitualmente se les ha reconocido. Incluso algunos científicos han considerado como un paso adelante la tendencia de las mujeres egipcias a llevar pañuelo en la cabeza de las últimas dos décadas. Es una forma de que las mujeres entren en la esfera pública y trabajen fuera del hogar en cifras mucho mayores que antes, a la vez que mantienen una reivindicación de los ideales conservadores de castidad y piedad.

Las activistas de la Primavera Árabe proceden de todas las clases sociales ya que ha sido un movimiento de masas. Las mujeres de clase media y alta a menudo concentran sus energías políticas en los temas de representación política y en las leyes que afectan a la igualdad de las mujeres. Buscar garantías constitucionales de paridad electoral es una vía posible de responder ante cualquier contragolpe político patriarcal.

A las mujeres de las clases obreras les preocupan especialmente los salarios y los derechos de los trabajadores. Sindicatos más fuertes mejorarían las perspectivas de mayores derechos para las mujeres. La sanidad, alfabetización y bienestar material de las mujeres son aspectos que les preocupan a todas. Durante la era de los dictadores, la sanidad de la nación fue a menudo usurpada por una elite reducida de familias con conexiones políticas. Una democratización de la política podría potencialmente llevar a que se dedicaran a las mujeres y a los pobres más recursos estatales.

Tengan en cuenta que mujeres como Buthaina Kamel conocían los riesgos cuando le pedían a Mubarak que dimitiera. Cualquiera que fueran sus condescendientes apelaciones en los temas feministas, los regímenes autoritarios como los de Mubarak y Ben Ali oprimían políticamente y robaban a toda la sociedad, incluidas las mujeres, y habían demostrado que cada vez eran más incapaces de proporcionar los servicios sociales y los empleos de los que las mujeres y sus familias dependían fundamentalmente para poder tener una vida mejor. Antes, los dictadores marginaban a su arbitrio a las mujeres cuando ellas presentaban sus demandas al régimen. Ahora, al menos, tienen una oportunidad para luchar.

Shahin Cole es licenciada en derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Punjab en Pakistán. Ha vivido en Egipto y Yemen.

Juan Cole es profesor titular de historia en la cátedra Richard P. Mitchell y director del Centro para Estudios del Sur de Asia en la Universidad de Michigan. Su libro más reciente es Engaging the Muslin World, en Palgrave Macmillan.


Por Shahin Cole y Juan Cole

Fuente: Rebelión/
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Sí a la Diversidad Familiar!
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