agosto 25, 2013

Equidad. El trabajo es de nosotras, la platita es ajena

En la Argentina se estima que las mujeres ganan alrededor de 30 por ciento menos que los varones. Las cifras suben –o bajan, según desde dónde se cuente– en las dos puntas del arco laboral: entre las pocas altas ejecutivas que no llegan a romper el techo de cristal y entre las muchas mujeres con pocos estudios y trabajos precarios. La brecha salarial también se construye dando por supuesto que hay trabajos para varones y sólo para varones, basándose en la fuerza física o en la simple tradición. En la industria en general, por ejemplo, el Ministerio de Trabajo señala que hay muy pocas mujeres y propicia planes de capacitación en oficios no tradicionales. Sin embargo, la salida laboral se hace ardua, las empresas se excusan con argumentos sexistas y anacrónicos y hay que llegar a la Justicia para demostrar, todavía, que la aptitud no depende del género.

Mirtha Sisnero quiere ser colectivera, pero no la dejan en las empresas de colectivos salteñas. Se tiene que conformar con atender un quiosco y además ser asistente terapéutica. No sólo no es libre, ni autónoma, ni independiente. Además, o por todo eso, gana mucho menos. Se ríe antes de empezar a hablar y cuenta cómo empezó todo: “Fue porque yo me estaba separando del amado esposo, es de verdad. Yo tenía una vida tranqui, tenía tarjeta de crédito y efectivo. Pero por lo visto él la pasaba mejor fuera de casa, y vi la factura que se venía y que los ingresos de la mujer sola ya no cubren como antes –más en esta zona, en que las mujeres somos muy protegidas de los varones en el sentido económico–, ya no iba a tener tarjeta de crédito ni la tranquilidad económica; ahí surge mi búsqueda de tener un trabajo que cubra esas necesidades”, relata el motor que la llevó a rugir por salir adelante. Así empiezan muchas historias, incluso la de la rueda. Una historia de superación que miles de años después se cruza con la de Mirtha. Sisnero lleva, desde Salta, una batalla que ya tiene el visto bueno de la Procuración General de la Nación y llegó a la Corte Suprema de Justicia. Ahora, el máximo tribunal va a tener que dar su veredicto.

Desde el 14 de marzo de 2008, Mirtha cuenta con el carnet que la habilita como chofer de transporte interurbano y de larga distancia. Sin embargo, lo tiene guardado. No la contratan en ninguna de las siete empresas operadas por la Sociedad Anónima del Estado del Transporte Automotor (Saeta). Por eso presentó una denuncia ante el Inadi y el Concejo Deliberante local. Pero también una acción de amparo junto a la Fundación Entre Mujeres (FEM). La mandan a lavar los platos o, en términos económicos, a ganarse la vida vendiendo alfajores.

La procuradora general Alejandra Gils Carbó le dio la razón, en junio de este año, y dijo que la discriminan como mujer e instó a que se tomen medidas para contrarrestar la segregación por género y revertir esos patrones socioculturales. También, en su dictamen, propuso que las empresas adopten “la realización de campañas y convocatorias dirigidas a las mujeres, el establecimiento de metas progresivas de incorporación de mujeres y el cupo femenino”. Pero hasta que no se exprese la Corte en Salta no están dispuestos a escuchar una bocina de colectivo soltada por una mujer porque dicen que el centro es muy “complicado”.

Por eso, la lucha de Mirtha no es individual, sino que su caso puede sentar precedente para muchas. Aunque la intimidad es política y es su intimidad la que la impulsó a dar esta pelea por dar el volantazo en su propia vida. Ella tiene dos hijos, de 17 y 18 años. “El tema mío es que yo quiero que mis changos estudien y no es nada fácil; acá la universidad está bastante lejitos del centro, tienen que viajar en dos líneas, todo es gasto, yo apunto a eso. Yo quiero un trabajo para una mujer de 35 para arriba, no para una nena. Para una mujer que tiene hijos, mamá soltera, que tiene que hacer dos o tres trabajos. Acá siempre la mujer gana menos, tiene que trabajar en varios lugares y ya no tiene tiempo para los hijos”, describe y sigue: “Un señor de una empresa de transporte me dice: ‘Vos tenés problemas con el tema de género’. Yo no sé qué carajo es el género, yo quiero el laburo, yo necesito el trabajo para mis hijos; cuando el niño es adolescente, gasta más y tenés que estar atenta a sus cambios; yo laburo sábado y domingo y llego cansada, agotada. Yo quiero un trabajo digno. Yo quiero una inclusión real para una mujer. Mujer”.
¿Y por qué no la dejan manejar un colectivo?

–Ellos dicen que en nuestra ciudad hay mucho embotellamiento, muchos problemas. Hay mucho quilombo en unas cinco cuadras, pero son pocas cuadras donde dicen que es muy difícil. Cuando hago una nota para gobernadores, concejales, la igualdad de género es justicia social. Acá hay muchos casos. La inclusión para la mujer que tiene hijos también ayuda a que la mamá pueda pasar tiempo con los hijos. Yo la peleo en eso, para que haya laburo para que las mujeres de más de 35 años tengan trabajo y no sólo las jovencitas. Porque acá en los trabajos prefieren a las nenas.
¿Cree que la Corte Suprema le va a dar la razón?

–Dios quiera que sí. Es un amparo colectivo y eso significa que es para todas las mujeres. Sería fantástico. No van a entrar todas inmediatamente. Irán a entrar cinco mujeres como máximo. Pero que tengan el derecho las mujeres. Hay que capacitarse, que tampoco es fácil. Hay que animarse al colectivo también. Yo tengo entendido que es superior a 10 mil pesos lo que gana un chofer, o más... Imaginate: si una mujer puede ganar eso, así vive tranquila. Culturalmente el varón gana mejor, eso tiene que cambiar; también para el varón es bueno que la mujer trabaje y que él se quede en la casa también.
Dejar el cuerpo sin llenar el bolsillo

La historia de Mirtha es gráfica sobre por qué las mujeres ganan menos. Muchas veces tienen que conformarse con trabajos más precarios y peor pagos, y no pueden acceder a los puestos mejor remunerados. Incluso no se trata sólo del fetiche de romper el techo de cristal con tacones en empresas de altas ejecutivas, sino de apretar el acelerador en un colectivo, ser mecánica, petrolera, camionera o integrante de alguno de los gremios que consiguen mejores salarios en paritarias. También en esta nota se cuenta la historia de Silvia Gallardo, que tiene que luchar cuerpo a cuerpo para ganar más –con su sueldo basado en la productividad– y en donde la fuerza física pone en juego la balanza a favor de los varones. Otra historia clara de discriminación tajante es la que realizó el diario La Nación contra una vendedora de publicidad que por ser mujer fue ninguneada, maltratada y discriminada, con las consiguientes consecuencias en su salud física y emocional y, también, en su bolsillo, mucho más flaco que el de sus compañeros varones. Las razones continúan: el acceso a empleos menos calificados y la demanda de puestos de menos horas para poder ocuparse de sus familias (hijos/as, padres, madres, abuelos/as, esposos). El combo lleva a una cajita nada feliz de una desigualdad que marca tic tac, pero que parece naturalizada y cuesta encontrar quien quiera atacar.

Las mujeres reales le ponen el cuerpo, todos los días, a esta inequidad. Pero es un problema tan grande como las cifras que lo enmarcan:

- Ellos ganan tres veces más. Los varones ganan en promedio un 36 por ciento más que las mujeres, según datos del Indec (que incluye a los trabajos no registrados), en el que indican que los hombres trabajan más horas por semana (ellos 44 y ellas 33), suelen tener puestos más calificados y con mayor estabilidad laboral, y que las mayores diferencias salariales se dan en Chubut, Misiones y Salta. En la Ciudad de Buenos Aires, los varones ganan 25 por ciento más. En los puestos más altos de las empresas (CEO), que sólo son ocupados por ejecutivas en un 7 por ciento, según la consultora Mercer, la brecha alcanza al 41 por ciento de diferencia entre sexos.

- Mano de obra femenina y barata. En el Ministerio de Trabajo tienen un estudio sobre brecha salarial de la Coordinación de Equidad de Género e Igualdad de Oportunidades en el Trabajo. El primer dato que muestran son las pocas mujeres que trabajan, por ejemplo, en la industria (18,5 por ciento), que es un área mucho mejor remunerada que el servicio, en donde hay un 42,9 por ciento de trabajadoras. Dime dónde trabajas y te diré cuánta plata te llevas a fin de mes. Esto quiere decir que si no se consiguen borrar patrones culturales que ponen a la mujer en el lugar de trabajadora del hogar, vendedora de ropa o en la guardia de una inmobiliaria, pero no manejando un colectivo o en la industria automotriz, va a ser difícil equiparar los salarios.

- Las diferencias de la diferencia. La brecha salarial, según las cifras oficiales (que no tienen en cuenta el trabajo en negro) del Ministerio de Trabajo, procesados con datos del tercer trimestre de 2011, varían según el rubro. Por ejemplo, no existe en la enseñanza, es del 15 por ciento en hotelería y restaurantes; es del 16,6 por ciento en comercio; es del 19,8 por ciento en servicios inmobiliarios, empresariales y de alquiler; es del 19,9 por ciento en la industria manufacturera; es del 23,4 por ciento en los servicios sociales de cuidado y de salud, y es del 27,8 por ciento en intermediación financiera y otros servicios financieros.

- Sin título. En el Centro de Estudios Mujeres y Trabajo de la Argentina (CEMyT) ligado a la CTA (de Hugo Yasky) señalan que “las mayores brechas salariales entre varones y mujeres se encuentran entre quienes alcanzaron niveles educativos inferiores a secundario incompleto”, y que “la brecha disminuye a medida que aumenta el nivel de instrucción”. De hecho, para ellos, entre quienes poseen el secundario incompleto, la brecha llega a un impresionante 47 por ciento. Pero entre las universitarias tampoco es la panacea: se llevan a la cartera un 29 por ciento de sueldo menos que si fueran varones. Otra diferencia es a qué se dedica cada uno/a. El salario promedio del servicio doméstico (donde el 98 por ciento son mujeres) es $ 2492,83, y el de la construcción (donde el 97 por ciento son varones) es de $ 10.017,71.

- Los hijos hacen la diferencia. Mientras que en el estudio del CEMyT “Inequidades laborales. Las brechas de género en el trabajo y en los salarios”, de marzo de 2013, señalan que la desigualdad no nace de un repollo, pero sí del armado de familias todavía no contempladas por suficientes redes sociales para que las mujeres trabajen y puedan llevar suficiente dinero a sus bolsillos. “La limitación que implica la presencia de niños/as en el hogar para la participación laboral es sustancial. La participación de las mujeres disminuye a medida que aumenta la cantidad de hijos/as. Por el contrario, en el caso de los varones, la misma aumenta. Mientras que la brecha de participación entre mujeres y varones que no conviven con niños/as menores es del 27 por ciento, en el caso de los que conviven con más de un menor en el hogar aumenta al 53 por ciento.” La consecuencia directa es que las mujeres trabajan menos horas (un 22 por ciento menos en los trabajos registrados y un 36 por ciento menos en los informales) que los varones, y esto también incide en que cuenten con menos dinero a fin de mes.
Las manos rápidas

Silvia Gallardo tiene 54 años y las manos rápidas, acostumbradas a descabezar anchoítas. Vive en Mar del Plata y es integrante de la Comisión Directiva de la Unión de Trabajadores del Pescado y Afines. “El trabajo es a destajo y la mujer siempre gana menos; por ejemplo, cortando merluza, porque no tiene la misma fuerza física, ni las mismas condiciones que el hombre para soportar el frío; por ejemplo, para pasar 10 o 12 horas con la humedad y el frío. En general te pagan por kilo: está $ 2,50 el kilo y en una hora se pueden cortar 10 kilos de filet, depende la producción. El universo de mujeres es grande porque está el fileteado y la conserva, donde somos las mujeres las que trabajamos”, cuenta ella, que no sólo lucha por sus derechos sino por los de sus compañeras/os.

Pero su historia gremial no le quita su propia historia clínica de trabajadora de pie –es literal–, que dice artrosis y várices o “las manos deformadas”, según su descripción, entre otros efectos colaterales de apurarse con la tijereta entre sus dedos para atacar la cabeza y la cola de la anchoíta (la mayor cantidad de anchoítas posibles), rendir más y llegar a fin de mes antes de que se acabe la temporada de trabajo. Después de diciembre, quién sabe... Así que ahora hay que apurarse. Pero nada les garantiza el sueldo. “Las mujeres ganamos menos que los varones porque tenemos una resistencia física menor que los varones”, ejemplifica uno de los oficios con brecha de género en donde piden ganar un básico más fuerte para equiparar salarios, además de trabajos en blanco y un nuevo sindicato. “Las fileteras mujeres podemos cortar menos cantidad por la condición física femenina, y eso ya es discriminatorio en sí mismo; en el caso de las envasadoras, somos prácticamente el ciento por ciento todas mujeres y ganamos entre el 30 o 40 por ciento menos que un hombre filetero; en todos los casos hay una brecha salarial en favor de los varones”, resalta en nombre de todas.

Susana Iranzo tiene dos años más que Silvia, pero también trabaja con sus manos: en el telar. Ella vive en Benavídez y vende su propia producción. Pero además se reconoce como ama de casa y niñera de sus nietos. “Las mujeres ganamos menos que los hombres; es que nuestro trabajo como mujeres no termina más, el trabajo doméstico a veces no es reconocido como tal, y requiere un esfuerzo y dedicación inmensos. Yo a veces siento que eso no se reconoce como un trabajo y lo es; a veces es muy duro poder llevar adelante una casa y también salir a trabajar afuera.”

Susana, para saltar la brecha de género, se animó, además de tejer, a saltar las tradiciones y a hacer un curso de albañilería en la Fundación Oficios. “Pude hacer un revoque, pinté mi casa y también hice una mesa. Hoy las mujeres nos animamos a más cosas, pero igualmente no ganamos igual que los hombres”, dispara.

“La solución es colectiva y política”, propone Estela Díaz, secretaria de Género CTA Nacional y coordinadora del Centro de Estudios Mujeres y Trabajo de la Argentina (CEMyT) ligado a la CTA (de Hugo Yasky). “También deberíamos examinar por qué las grandes transformaciones económicas, políticas y sociales de los últimos años cabalgan junto a desigualdades resistentes a los cambios. Quienes no creemos en la meritocracia, ni en las soluciones individuales, entendemos que éste no es un problema de las mujeres: es en realidad un problema para las mujeres y para el acceso al trabajo decente y la justicia social. Para esto es necesario considerar la relación e interdependencia entre el espacio público y el privado, entre las tareas de cuidado y los trayectos laborales/profesionales. Porque la división sexual del trabajo (trabajo ‘productivo’ remunerado y trabajo ‘reproductivo’ no remunerado) sigue presente como factor estructural del mercado laboral. Supone, a su vez, una ecuación que hoy se resuelve de manera individual, lo que refuerza las asimetrías con los varones, pero también entre las mujeres. Depende del nivel educativo, la formación profesional alcanzada, el sector social de pertenencia para estar en mejores condiciones de responder a la tensión entre trabajo y familia”, reflexiona.

Pero ella resalta que éste no es un problema argentino sino mundial: “El fenómeno global de las brechas de género laborales permite también reconocer políticas que resultaron eficaces para su reducción. Un aporte sustancial supuso el concepto de co-responsabilidad entre trabajo y familia, y las políticas concretas para lograrla. Las mujeres no necesitamos ayuda, necesitamos compartir las responsabilidades para democratizar el espacio doméstico. Como también necesitamos que los temas del cuidado dejen de ser un tema de mujeres, para ser reconocidos como una cuestión de las políticas públicas y de la sociedad toda”.

Cristina Antúnez es coordinadora de Equidad de Género e Igualdad de Oportunidades en el Trabajo del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social. Ella apunta sobre la brecha de género: “El promedio es entre el 20 y el 23 por ciento y, por rama de actividad, en hotelería el 15 por ciento, en comercio 16,6 por ciento, en industria manufacturera 19,9 por ciento, en servicios de cuidado y salud (donde más mujeres hay) 23 por ciento y en servicios financieros (donde las mujeres están en posiciones muy subalternas) 27,8 por ciento. No son tan altas comparadas con otros países. La Argentina ha tenido en los últimos años una buena generación de puestos de trabajo. La brecha salarial da cuenta de una serie de cosas: que las mujeres trabajan más a tiempo parcial, que ocupan más posiciones subalternas. Y una cosa que es llamativa es que las mujeres tienen muy poca participación en la industria (sólo un 18,5, contra un 81,5 de los varones), así que hay que incluirlas, porque son puestos más dinámicos o mejor pagos”.

¿Qué se hace para promover la igualdad? “Nosotras tenemos un programa por el que estamos promoviendo oficios no tradicionales a mujeres, en donde les enseñamos a manejar vehículos y retroexcavadoras para que puedan empezar a trabajar en empresas mejor pagas, y en los que no entran por razones culturales y no porque no puedan hacer la tarea. Para revertir la brecha de género hay que revertir los estereotipos en el mercado de trabajo.”

Pero a veces no alcanza con revertir la cultura, sino que son quienes construyen cultura los que discriminan. El diario La Nación perdió un juicio contra una vendedora de publicidad que fue reducida por su condición de mujer. Ella no quiere hablar, ya que cada vez que cuenta la historia vuelve a sentir la misma violencia. Por eso responde su abogado laboralista Juan Pablo Labake: “Ella era vendedora senior y, como eran todos vendedores varones, la pasan a junior porque consideraban que una mujer no tenía que ganar como el hombre. Cuando ella pide que la asciendan, le dicen que no y traen a otro vendedor para que ella lo entrene. Consideraban que no hacía falta que ganara tanto porque, como era mujer, podía ganar menos. Por eso no la llevaban a las exposiciones. Era uno de los actos más discriminatorios que tuvo ella en ese sector. En la cultura está arraigado que la mujer es segundo ingreso y puede ganar menos”.

Pero, para poder pagarle menos la maltrataron ferozmente. “Lo que viví fue un infierno, no se lo deseo a nadie”, le dijo M. a la periodista Mariana Carbajal de Páginal12, a la que por ser mujer le negaron un ascenso y hasta la obligaron a cambiarse de nombre. Por eso, la Sala I de la Cámara Nacional de Apelaciones del Fuero Laboral condenó a La Nación a que la indemnice con más de medio millón de pesos “por violencia de género y acoso moral”.


Por Luciana Peker
Fuente: Página/12