septiembre 08, 2013

La protección de un punto rojo


Casi tres décadas de guerra civil y el genocidio que le puso punto final han provocado un gran aumento de los abusos sexuales a mujeres en Sri Lanka, donde están más expuestas a agresiones si sus maridos están muertos. Por eso, algunas pretenden estar casadas para protegerse


Una viuda se pone el ‘bindu’ para evitar agresiones sexuales.- Zigor Aldama

Era un día como cualquier otro en el norte de Sri Lanka. Húmedo y caluroso. Hacia las cinco de la tarde, Ramu salió del colegio en el que imparte clase a niños de entre 6 y 12 años y comenzó a caminar hacia su casa, un pequeño edificio de hormigón desnudo situado en las afueras de Kilinochchi. A medio camino, en un cruce, un grupo de adolescentes se acercó a ella como con intención de preguntarle algo. Sin mediar palabra, le taparon la boca y la llevaron a un descampado cercano. Allí la despojaron de su ropa y la violaron repetidas veces. “Se reían de ella, y quisieron humillarla todavía más dejándola desnuda cuando acabaron. Tuvo que ir sin ropa por la calle a pedir ayuda”, recuerda Soba Kunarathiram, una de las amigas que acudió a socorrerla.

“Ya no tienes ningún hombre que venga a protegerte, le gritaron”. Sabían que Ramu había perdido a su marido en la ofensiva militar que, en mayo de 2009, barrió a la guerrilla de la etnia tamil y puso punto y seguido a casi tres décadas de conflicto armado. “Sin marido no podemos valernos por nosotras mismas, porque ni la Policía ni las autoridades judiciales nos ayudarán si denunciamos las agresiones”. No en vano, desde que acabó la guerra, las violaciones y otro tipo de abusos sexuales se han disparado en todo el territorio que administraban los insurgentes del grupo Tigres para la Liberación de la Tierra Tamil (LTTE), cuya capital era Kilinochchi.

“Los guerrilleros de la etnia tamil consiguieron crear en el tercio norte de la isla un sistema político igualitario y muy seguro. Pero la operación militar que los barrió del mapa ha traído consigo la ley de la jungla”, explica Elango, un activista tamil que habla con la condición de que no se revele su verdadera identidad. “El Gobierno ha enviado a muchos soldados para evitar que el conflicto vuelva a encenderse, porque cada vez hay más razones para ello, y tienen total impunidad. Además, ya no se controla la venta de alcohol -antes se podía adquirir sólo en puntos alejados del centro- y la llegada de la pornografía, que con el LTTE estaba prohibida, hace que muchos quieran probar cosas diferentes que no pueden hacer con sus parejas”.
Soba posa en el espejo frente al que se suele poner el ‘bindi’ cada vez que sale de casa.- Zigor Aldama

La discriminación hacia la minoría tamil, que profesa en su mayoría el hinduismo y que es mayoría en esta zona de la antigua Ceilán, sin duda se ceba con las mujeres. En el caso de Raju, sus amigas aseguran que el hospital al que fue en primera instancia se negó a tomar muestras de semen para su posterior análisis porque era tamil y los atacantes habían sido cingaleses. Y la Policía no abrió diligencias precisamente por falta de pruebas. “Es algo que sucede casi todos los días. Así que muchas mujeres ya no salen a la calle si no van acompañadas”, cuenta Soba.

Otras, sin embargo, han encontrado una triquiñuela social para protegerse: ponerse en la frente el ‘bindi’, también conocido como ‘tika’, ‘kumkum’, o ‘pottu’. Es el punto rojo que se coloca entre ceja y ceja y que en el subcontinente indio sólo llevan las mujeres casadas, generalmente las de religión hindú. Es, en definitiva, el equivalente a la alianza en Occidente. “Es una fórmula para que los atacantes crean que tenemos marido. Hemos comprobado que así no sufrimos ninguna agresión, porque los violadores temen las consecuencias”. La justicia puede que no funcione, pero la venganza está a la orden del día en Sri Lanka.


Balasubramaniam se niega a llevar el ‘bindi’ y, por eso, rara vez sale de casa. Posa allí con sus los dos nietos que sobrevivieron al bombardeo en el que perdió a los miembros de su familia que aparecen en el marco que sujeta.- Zigor Aldama

En todo el norte de la isla es fácil encontrarse con viudas, el eslabón más débil y vulnerable de una sociedad brutalmente patriarcal y anclada en el pasado. Nadie sabe cuántas son, pero nadie duda de que se cuentan por miles. Fuentes de Naciones Unidas estiman que, sólo en la ofensiva final, al menos 40.000 personas murieron en lo que ya se considera un genocidio. Y la mayoría fueron hombres.

Sin ellos, las mujeres tienen difícil subsistir. Y muchas de ellas son veinteañeras a las que se les han quitado las ganas de volver a emparejarse. “Los soldados acusaron a mi marido de ser guerrillero, y lo mataron con un machete delante de mí. Primero lo torturaron, le sacaron los intestinos, y finalmente le cortaron la cabeza”, relata Ridujen, una joven de 28 años que no puede quitarse esas imágenes de la cabeza. “No quiero volver a sentir nada por nadie”, sentencia. “Pero tampoco quiero que me violen, así que llevo el ‘bindi’”.

Las viudas son el eslabón más débil y vulnerable de una sociedad brutalmente patriarcal y anclada en el pasado

Curiosamente, entre las mujeres más mayores, esta medida no se aprueba. “Supone reírse de la sociedad, que respeta unos símbolos como lo que son y lo que han de ser. Sólo una mujer casada puede mostrar que lo está. Si no, es mejor que se quede en casa”, asegura Balasubramaniam, que perdió a su marido en un bombardeo y que prefiere vivir encerrada “antes que faltarle al respeto”.

Sin duda, el contraste entre los valores más tradicionales y el ansia de una vida más liberal choca en las jóvenes como Soba. Ahora tiene que cuidar de su madre, y para ello ha abierto una pequeña escuela de informática en una sala de su casa. Con eso consigue que ambas sean independientes, y le permite acceder a un mundo en el que existe un modo de vida muy diferente al de la Sri Lanka más machista. “A través de Internet veo cómo viven en otros países, sobre todo en América y Europa. Me fascina la fuerza que tienen allí las mujeres, y sueño con ser una de ellas”.
La madre de Soba posa cerca de la casa en la que viven las dos viudas, y cerca del lugar en el que fue violada Ramu.- Zigor Aldama

Pero, cuando llega la hora de la verdad, se impone la tradición. “No creo en el matrimonio por amor. Sé que mi madre está buscando un hombre para que me cuide, y aceptaré a quien escoja. Porque ella sabe qué es lo que necesito”. Su madre, sentada en un rincón, asiente. “Yo me conformo con que no sea alcohólico y no le dé palizas como hacía el mío”. Y que tampoco la viole, claro, porque el ‘bindi’ de poco le va a servir dentro de casa, donde, según diferentes ONG, se comete la mayoría de los abusos sexuales.

Por Zigor Aldama – Kilinochchi (Sri Lanka)
Fuente: Pikara Magazine