octubre 13, 2013

Los poderes de la bruja

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Meret Oppenheim, la artista suiza que supo forzar cada lenguaje que conoció para que dijera lo que ella necesitaba, la que renegó de pasar a la historia como musa del surrealismo, la que temía tanto a los guetos del arte y la política como a la guerra misma, la que sabía predecir lo que vendría, incluso su propia muerte. Por su obra y por sí misma, una retrospectiva en Berlín la descubre y la reivindica.

Se la conoce más por sus desplantes que por su creatividad. Su vida deslumbrante y fugitiva se traga la obra. Que si amante de Max Ernst, que si posó desnuda para Man Ray, que musa surrealista en París. Por suerte, poco antes de cumplir cien años, una retrospectiva de Berlín devuelve a Meret Oppemheim el tiempo perdido. Los amplios salones del Martin Gropius, un edificio del siglo XIX, le confieren la solidez ideal para refugiar tanta locura. Tanta transgresión y juego, tanta belleza. Meret Oppenheim construyó su vida como un arte y el resultado es una profusión de hallazgos, de genio, de un vuelo y pensamiento sorprendentes. “Es un descubrimiento”, dijo la curadora Heike Eipeldauer. Repito. Un descubrimiento.

Conocía de Meret Oppenheim esa mesa con patas de ave que alguien me había mostrado en algún catálogo. Originalísima. Y esa taza y su plato forrados en piel. Pensé que había diseñado muebles y objetos. Como en realidad lo hizo, pero eso es sólo una parte de su gran riqueza creativa. Ahora, mientras recorro estas salas que acogen doscientas piezas de su obra, ruego que no se me escape esta imagen de Meret. La sensación de alegría, desazón y ruptura que genera. Dan ganas de bailar sus pinturas, sus objetos, sus máscaras, sus sueños y fantasmas. Su humor, su desgarro.

Meret Oppenheim nació en Berlín en 1913. Su padre, médico de origen judío, ya no pudo ejercer su profesión a partir de 1936. Su madre suiza fue el refugio para la familia. Artistas y escritores eran cosa de todos los días en su casa. Su tía Ruth estuvo casada un corto período con Herman Hesse. Su abuela Lisa Wenger fue una de las primeras mujeres que estudió pintura en la Academia de Düsseldorf. Fue escritora, luchadora por los derechos de las mujeres y un ejemplo para la nieta. El padre, preocupado por los excéntricos intereses de la Meret adolescente, acudió a su amigo personal, el terapeuta C. G. Jung. “Meret aprendió bastante de los golpes con el mundo y todo hace suponer que esos conocimientos van a profundizarse mucho más con el tiempo”, fue el veredicto de Jung.

Con todo, antes de partir, la abuela Lisa le leyó el tarot a Meret.

A los 18 llegó a París luego de abandonar el bachillerato. La escuela y los números le caían espesos. En París se convierte en musa, mujer-niña, femme fatal. Man Ray la fotografía, con Max Ernst tiene una relación que ella corta abruptamente antes del año, y cuando éste emigra definitivamente a EE.UU. por la inminencia de la guerra, no se lleva consigo el cuadro que ella le regala. Más tarde, la misma Meret encontraría ese cuadro en el mercado de pulgas en París.

“Cosa de magia como se vacía la linda letra” había escrito la artista en esa pintura cuyo título es M. E. por M. O., en clara alusión a su relación con Max Ernst. El amor fou según Meret, la bruja surrealista.
Multilingüe

De la mano de Alberto Giacometti y Hans Arp, suizos como ella, Meret llegó al surrealismo y se hizo un lugar en ese mundo gobernado por el partido absolutista y masculino de André Breton. La musa sorprendió por su gran variedad de lenguajes. Reunía escultura, pintura, diseño, poesía. La tensión entre lo animal y lo civilizatorio, lo erótico y el consumo, lo natural y lo industrial, la relación entre texto e imagen, gracia y fuerza.

Así como Atenea nació de la cabeza de Zeus con casco y armadura, así nacen las obras en mi cabeza. Ya vienen con su forma y vestimenta. Con la textura de los materiales. Escribía.

En 1936, estando Pablo Picasso reunido con los surrealistas en el Café de Flores, al ver la pulsera que Meret había recubierto con piel, comentó entre despectivo y provocador:

–En realidad se podría forrar cualquier cosa.

–Exactamente –respondió ella–. Como esa taza que usted tiene sobre la mesa.

Así nació Desayuno con piel, un pocillo de café con su plato recubierto en piel, y que se convirtió en el más famoso de los objetos surrealistas. El Museo de Nueva York compró la pieza y catapultó a la fama a su joven autora.

Pero Meret Oppenheim no quería ser etiquetada. Odiaba que la encerraran en una categoría. Ni como surrealista ni como creadora de objetos ni como feminista y menos que menos como modelo fotográfica de Man Ray.

Descatalogada

En 1939 retornó a Basel donde vivía su familia. La guerra la desquicia. Pocos de sus trabajos hablan expresamente de ella, aunque muchos la implican. Como esa escultura gris de casi dos metros de altura: El que ve morir a los demás. Y otros tantos que hablan de la violencia. Como aquel cuchillo con restos de una cabellera rubia pegados en el filo, y una que otra perla.

En 1949 se casó con La Roche, un hombre de negocios con el que mantuvo una relación amorosa hasta la muerte de aquel en 1967. En 1954 comienza a trabajar en su estudio en Berna, pero va a necesitar casi una década para renacer de sus cenizas. En 1963 el cielo, nubes, astros y cometas irrumpen en el universo de la artista. Allí surge su famosa escultura Seis nubes sobre un puente.

Valie Export, artista mediática y performativa, cineasta y teórica, considerada desde fines de los ’60 protagonista fundamental del arte feminista, curadora de la exposición Magna en 1975, y pionera en visibilizar el arte producido por mujeres cuenta:

“Meret Oppenheim es una artista fascinante, por la diversidad y originalidad de sus expresiones y por el diálogo polifónico que establece entre los distintos géneros. Su fuerza imaginativa y su capacidad para transformar su identidad y mutarse en la acción me vincularon mucho con ella. Por supuesto que también quería saber qué relación tenía con las jóvenes artistas. Por eso, poco antes de Magna la invité a una entrevista, Posibles preguntas a Meret Oppenheim, que luego fue parte del catálogo. Ella me dijo expresamente:

–Por favor, no me pida que yo inaugure esta exposición.

Para mí fue una desilusión, pero por otra parte estaba claro que ella no quería definirse.

No quería el gueto. Probablemente lo temía. El arte no es femenino ni masculino, Oppenheim estaba convencida de lo andrógino del genio.

Don’t cry, work! Era su lema.

Predicciones

Una vez recibió de una periodista una lista de preguntas relacionadas casi únicamente con la sexualidad y la erótica en su vida y obra. Meret buscó la célebre foto de Man Ray, le hizo un corte a la altura del ombligo y los muslos, y se la envió con una lacónica observación. Obviamente es lo único que a usted le interesa.

El cosquilleo en la zona erótica atraviesa buena parte de su obra. Puede ser un tormento, como esa fotografía de 1952: una bicicleta con un panal de abejas en el asiento. Lo evidente, en dos zapatos, unidos en las puntas, que “cuando nadie los ve hacen cosas prohibidas”. O ese Vestido de noche con sostén: un collar de brillantes que, a la manera de tiradores de un pantalón, sujetan los pezones cumpliendo la función de erguir los pechos. ¿La belleza femenina se construye en base a tortura?

Amaba los disfraces. Lo efímero de las máscaras, los trazos del rostro, los tatuajes cambiantes, como los sueños. Los mismos que generaron su obra, su pensamiento, su vida y también su muerte. A los 36 soñó con una estatua que se derrumbaba morosamente, carcomida por gusanos, y un reloj que comenzaba a retroceder. Supo que había llegado a la mitad de su vida. Murió en efecto a los 72, inesperadamente, de un infarto. Durante su última primavera les había dicho a sus amigos que ya no vería el invierno. El día de las exequias cayó la primera nieve.

En 1980 escribe su Autorretrato desde 50.000 a.C. hasta X, que concluye así: “Todos los pensamientos concebidos alguna vez rotan alrededor de la tierra, en la gran esfera inteligente. La tierra estalla, la esfera revienta, los pensamientos se dispersan por el universo, y siguen viviendo en otras estrellas”.

Por Esther Andradi
Fuente:Página/12