enero 19, 2014

La nueva película de Disney trae una gran novedad: el príncipe queda en segundo plano y el verdadero amor es el amor de hermanas



Frozen, el reino de hielo, la última película de Walt Disney Animation Studios, es una adaptación libre del cuento La Reina de las Nieves, de Hans Christian Andersen (1845). Dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee, la apuesta navideña de Disney nos propone una historia protagonizada esta vez -y aquí radica una de las novedades- por dos princesas: Elsa, la heredera del reino de Arendelle, y Anna, su hermana pequeña. Elsa tiene un extraño poder: todo lo que toca se congela. Si en un primer momento este poder es fuente de magia y de diversión, tras herir a Anna, que logra sobrevivir gracias a la intervención de los trolls, Elsa siente su magia como una maldición y decide recluirse y distanciarse de su hermana, temerosa de sus poderes. Tras la muerte de su madre y de su padre, Elsa se convierte en la heredera del reino de Arendelle. En su coronación, los acontecimientos se precipitan. Elsa muestra sus poderes y condena a su reino a un eterno invierno. Cuando huye, su hermana Anna irá en su búsqueda para recuperar el verano y ayudarla. La aventura estará servida en una película de animación llena de humor.

Disney ofrece una historia protagonizada por dos princesas. El protagonismo femenino es evidente en una película que se mueve entre referentes anteriores (princesas que cantan, princesas enamoradas, princesas embrujadas) y el camino iniciado por Brave (2012) de construir princesas autónomas y heroicas. Aunque no llegará a atreverse con las rupturas de esta última, -Frozen no es Brave- en ella destacan elementos que apuntan a esta línea de construcción de nuevas princesas Disney.

Las dos protagonistas son dos jóvenes autónomas. Elsa es solitaria y vive atormentada por un don o un poder que no controla. En el momento en el que da rienda suelta a todo su potencial, decide retirarse y construir su propio reino de hielo. Modifica su aspecto y construye una fortaleza en la que se siente fuerte. Estos momentos son los de mayor poderío visual de la película y rompen con la imagen de princesa dulce y complaciente, ya que en estos momentos Elsa se asemeja más a una madrastra que a una princesa. Se rompe de con la dicotomía de buena-mala que Disney tanto explota, ya que Elsa es una princesa buena pero tiene un potencial destructivo que aunque termina por controlar, existe y está ahí. Y este aspecto, sin duda enriquece las representaciones.

“La película rompe con la dicotomía de buena-mala que Disney tanto explota: Elsa es una princesa buena pero tiene un potencial destructivo”

Hay un hecho que precipita la pérdida de control de Elsa y fuerza su huida. No tolera ni acepta que su hermana Anna se case con Hans, el príncipe al que acaba de conocer. Aquí radica una de las rupturas frente al imaginario patriarcal anterior en el que el matrimonio era el único fin de las películas. Y es que al amor y la entrega al príncipe, si bien es uno de los ejes de la película, no es el único. Es más, ese amor instantáneo que siente Anna por Hans deviene peligroso y una de las moralejas de la historia es el riesgo de sucumbir a los amores repentinos y a las entregas absolutas. Además, Elsa es una princesa sin príncipe, el poder que tiene y que no es capaz de controlar es lo único que importa e interesa en la trama.


Anna es la protagonista de la película. La hermana pequeña, que se siente dolida por el abandono de su hermana mayor, que nunca llegará a comprender, es la heroína que comienza un viaje tanto físico como personal para salvar a su hermana. Se debate entre dos modelos princesiles: la princesa que busca el amor por encima de todo, y la princesa activa, inquieta y decidida. Por eso, a pesar de comprometerse con el príncipe Hans, no duda en ir a buscar a su hermana. En este viaje que inicia en solitario se encontrará con Kristoff, un joven intrépido, Sven, su reno, y Olaf, un muñeco de nieve. La relación de amistad que inicia con el joven montañero se convertirá en una historia de amor y, si bien se advierte cierta idea de la masculinidad salvaje que únicamente las mujeres mitigan, su historia de amor, en contraposición a la de Hans, se edifica sobre la amistad, el conocimiento, el entendimiento y la diversión.

La película ofrece una moraleja sobre lo peligroso que resulta entregar el corazón a alguien para que te salve de una vida rutinaria y monótona

Pero tampoco la historia de amor entre Anna y Kristoff será la más profunda y verdadera de la película. La verdadera historia de amor, el verdadero beso y acto de amor que salvará a Anna de su congelado corazón, y de la maldición que estas historias exigen, es el beso de su hermana. En este caso de nuevo los príncipes se trasladan a un plano secundario. De hecho, el príncipe Hans es el personaje malvado y no el salvador.

Más allá de estas rupturas profundas, existen otras más sutiles. Como ya ocurriera en Brave, el universo principesco se centra en colores verdes, azules y morados, y se crea una nueva iconografía que huye de los tonos pastel y de los rosas. Lo más reprochable, las excesivas canciones y lo accesorio del personaje de la reina madre a la que no escuchamos decir ni una palabra.

En definitiva, Frozen, que no va a pasar a la historia del cine como una obra maestra, nos aporta personajes femeninos autónomos y libres, capaces de actuar de manera independiente, y nos ofrece una moraleja sobre lo peligroso que resulta entregar el corazón a alguien para que te salve de una vida rutinaria y monótona. Y es que hasta las princesas Disney aprenden y enseñan que nadie puede salvarte excepto tú misma. 


Doctora en Historia. Tiene diversas especialidades de conocimiento como la historia y teoría de género, pero sobre todo es especialista en representaciones, género y medios de comunicación. Es editora del blog Las princesas también friegan, donde escribe sobre cultura y feminismos. Es autora del libro "Fotogramas de género. Representaciones de feminidades y masculinidades en el cine español (1977-1989)"
Fuente: Pikara Magazine