febrero 09, 2014

La paria. Flora Tristán 1803-184

Era la abuela de Gauguin, la madre de su madre. Un legado errante, una identidad aventurera que su nieto, un clásico clandestino, saboreó como la piel maorí de sus pinturas en leyenda propia. Flora era la hija de un peruano rico de Arequipa, un coronel del virreinato del Perú y miembro de la Armada Imperialista, Mariano Tristán, quien en uno de sus viajes europeos se casó en Bilbao con Thérese Lainé, una francesa emigrada en España (el nombre de su madre no siempre coincide en las biografías –más allá de las traducciones– algunos cronistas la llaman Anne-Pierre Laisnay).

Los primeros años de Flora fueron años de lujo (un gossip histórico rumorea que Simón Bolívar visitaba la casa, que era amante de Thérese y que podría haber sido el padre de Flora). Pero el esplendor no duró mucho. Como el casamiento de sus padres no había sido legalizado cuando Tristán murió (ella tenía cuatro años) las mujeres quedaron en la calle. Ahora no era ni hija ni heredera. Esa pelea por los derechos de sucesión envolvió años en el calendario de su vida breve. Flora nació en París un 7 de abril y murió de tifus un 14 de noviembre en Burdeos. Tenía 41 años. Tenía 17 cuando se casó con su patrón, André Chazal, el propietario de un taller de litografía donde trabajaba como obrera. Tuvieron tres hijos (uno murió apenas nacido) y sólo vivieron juntos los años de embarazos sucesivos porque cuatro años después de dar el sí Flora se escapó de aquella casa. El litógrafo la maltrataba y ella lo abandonó llevándose a sus hijos. Amparado en su condición de hija ilegítima y esposa ausente, Chazal la persiguió hasta que logró quedarse con Ernest, el hijo varón. A la niña, Aline (la mamá de Gauguin) le deseó la misma suerte que a su madre. Juntas compartieron horas errabundas en los suburbios parisinos hasta que decidió viajar a Perú para que Flore Célestine Therese Henrriete Tristan-Moscoso (el nombre con el que la llamaba su mamá) dejara de ser la bastarda. En la búsqueda por recuperar su identidad como si un trozo de ella misma estuviera dando vueltas en su interior y el aliento le apretara siempre la garganta escribió Peregrinación de una paria (1833/1834), un texto pionero en la defensa de los derechos de la mujer y una crítica feroz a quienes vivían de la esclavitud. Mientras su familia paterna le cerraba las puertas (uno de sus tíos accedió a pasarle una austera pensión anual) y embestía contra su identidad, ella se relacionaba con mujeres peruanas y las incentivaba en la lucha por sus derechos. En El Callao se embarcó con destino inglés, llegó a Liverpool y escribió Paseos por Londres (1840), una crítica virulenta del capitalismo británico y una defensa de la clase trabajadora: “La esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado inglés”. Sus batallas habían cambiado de nombre, su lucha por ser reconocida como heredera ahora se llamaba emancipación de la mujer, derechos de los trabajadores y oposición contra la esclavitud y la pena de muerte. Finalmente logró separarse legalmente de Chazal, quien enfurecido intentó matarla en plena calle (antes había querido violar a Aline). El caso se hizo público y fue condenado a veinte años de trabajos forzados. Sin la sombra de Chazal sobre sus pasos, organizó un programa sindical, hablaba de socialismo cuando nadie lo hacía y escribió Unión obrera, un texto que llama a los trabajadores para que se unan sin distinción de países ni profesiones bautizando aquella frase que hicieron histórica Marx y Engels “¡Proletarios del mundo, uníos!” (Engels la nombra en uno de sus textos como la precursora feminista comunista, la llama Flore Celestine).

Murió durante un periplo francés, estaba formando organizaciones obreras. Desde 1979 una institución que defiende los derechos de las mujeres de Perú lleva su nombre.

Por Marisa Avigliano
Fuente: Página/12