marzo 13, 2014

Contemos historias de mujeres


En la guerra con Chile, Catalina Buendía de Pecho, una mujer afrodescendiente de Ica, al verse vencida luego de mostrar férrea resistencia junto con un grupo de pobladores y pobladoras de San José de los Molinos, decide entregar su vida en defensa de su patria y salvar al resto de pobladores luego de que un grupo fuera acribillado delante de sus ojos. Prepara una chicha de jora, a la que había agregado semillas de piñón, convirtiéndola en una bebida letal, y la ofrece al oficial chileno en señal de reconocimiento de su victoria. Para evitar la desconfianza de la soldadesca, ella tomó delante de ellos el primer vaso, lo que dio paso a que confiadamente los soldados la imitaran. Esta hazaña es muy poco conocida, pues pese a haber constituido un acto heroico, hay muy pocos datos que den cuenta de la vida de la protagonista, que era una mujer del pueblo, como lo son las miles y miles de mujeres que, cotidianamente, salvan vidas, defienden a otras mujeres, se exponen para salvar a sus hijos e hijas de los peligros que se ciernen sobre ellos. Todos los días, miles de mujeres en el país protagonizan acciones que cambian las vidas de otras personas, sin que sus historias ocupen los programas televisivos o noticiosos tan dados a mostrar las peores situaciones o a las mujeres especialmente como objetos o como víctimas.

Una de esas mujeres es Doris Cauper Dávila, una joven indígena shipiba que nos contó cómo había ayudado a una adolescente indígena que había sido secuestrada en Purus, una provincia de la Amazonía cercana a la frontera con Brasil, quien sabe desde hacía cuándo, para ser esclavizada y prostituida en Lima. Contó Doris que, siendo terramoza de un autobús que venía de Pucallpa a Lima, la joven se le acercó aferrándose a ella desesperadamente. Ella poco le entendía, pues hablaba uno de los varios idiomas de los pueblos indígenas de Ucayali. La llevó a la policía, consiguió que le dieran un pasaje de vuelta a su región y con la policía en Pucallpa lograron que la joven vuelva a su comunidad. Quién sabe de qué infierno Doris rescató a la joven, dándole la posibilidad a una adolescente de volver al seno de su familia, de su pueblo y no ser más parte de las redes de trata, que cual telarañas siguen creciendo en el país y destruyendo la vida de miles de niñas, adolescentes y adultas.

Pensé, cuando escuché esta historia, que deberíamos visibilizar estos actos heroicos realizados por mujeres, que son estas historias las que tenemos que contar, que tienen que ser conocidas. Mujeres que, pese al peligro al que se exponen, priorizan la vida de otros, como lo hicieron dos mujeres indígenas machiguengas que ayudaron al suboficial Luis Astuquillca Vásquez, quien había sido abandonado por sus compañeros. De ellas no se sabe sus nombres, sólo se sabe que “una de ellas lo habría ocultado en su vivienda, le dio de comer, curó sus heridas y hasta lo habría vestido de civil para evitar ser reconocidos por los narcoterroristas”. No volvimos a saber qué pasó con estas mujeres, que con seguridad siguen viviendo en lo recóndito de la selva, expuestas al peligro de los grupos armados que se movilizan en estos lugares.

Mujeres que, pese a la adversidad, siguen riendo y luchando para aliviar el dolor de las hermanas, como María Santafé León, o Mamá María, que, en plena época de violencia, organizaba los carnavales y fiestas con otras viudas como ella, organizadas en el club de madres Las Huérfanas, para aliviar un poco el miedo y el dolor de la pérdida de sus hijos, esposos y familiares asesinados o desaparecidos en el Sasachacuy Tiempo en Ayacucho e intentar darle visos de normalidad a la vida, reír en medio de la tragedia. “Entre viudas actuábamos, como los niños, como el matrimonio de verdad. A los más viejitos los poníamos de padrinos y a las mujeres viudas las hacíamos casar. A una la vestíamos de mujer y a la otra de varón”, cuenta muerta de risa a sus más de 80 años, mientras orgullosa afirma que ahora “con cualquiera ya me jaloneo” , como si luego de vivir 20 años de violencia ya nada la doblegara.

Mujeres que trabajan, que salen a la calle a vender comida para sostener a sus hijos, hijas, madres ancianas en las ciudades llenas de peligro e incertidumbre, que trabajan en oficinas, en fábricas donde son explotadas; como mi abuela Rosa Muñoz, que se hizo sindicalista para luchar con otras por mejores salarios, siguiendo los pasos de las precursoras, las obreras textiles que allá en Nueva York, un 8 de marzo, salieron a las calles para exigir sus derechos, la igualdad salarial, la jornada de diez horas, el derecho a la lactancia, y se declararon en huelga, tomaron la fabrica para morir ahí, quemadas por un incendio que provocaron los dueños de la fabrica, según cuentan las historias.

Madres que resisten, organizándose para cocinar colectivamente, para cuidar de las otras y los otros, cumpliendo dobles y triples tareas en una sociedad que coloca aún en nuestras espaldas el rol doméstico y el cuidado, de la familia y de los demás. Mujeres que se van demasiado pronto, dejando su ejemplo de organización y entrega, como Vilma Ortega, quien fuera presidenta de la Federación de Clubes de Madres de Ayacucho, o Isabel Choque, de la Coordinadora de Mujeres del Sur Andino.

Madres que siguieron viviendo mientras lloraron sus hijos desaparecidos durante años y años, sin dejar de buscarlos, como la señora Andrea Arones, que vende flores en la puerta de su casa en la esquina del cementerio en Huamanga y que por fin supo hace poco tiempo qué pasó con sus dos hijos arrancados de su casa una noche por los militares y a los que por tantos años buscó.

Jóvenes que estudian, que rompen moldes y son ingenieras, científicas, matemáticas, que crean y dan grandes pasos para continuar cambiando las visiones estereotipadas que se tienen sobre las mujeres y los roles que nos corresponden. Una de ellas es Kathya Mimbela Barrera, de 16 años, que se ganó el Premio Mercosur de Ciencia y Tecnología, en la categoría Iniciación Científica, con el proyecto “Desplazamiento simple y bioadsorción de plomo II en las aguas del río Rímac mediante cáscara de huevo y pepa de aceituna”.

Mujeres mayores, como la señora Rosa Dueñas, que sigue luchando contra la violencia hacia otras mujeres, ofreciéndoles refugio, acogida, calor humano, tan necesario para quienes llegan con el cuerpo y el alma hecha pedazos.
Maestras que son madres y se entregan a la cotidiana labor de construir mejores personas, que nunca dejan de ser maestras guiadoras, como mi profesora de segundo grado Piedad Pombo, que sigue recordando a sus alumnas con amor y orgullo. Chicas como Armanda San Martín, que se atreven a denunciar el acoso sexual en la calle, la violencia de hombres que se creen dueños de sus cuerpos o de todas las mujeres por el hecho de ser hombres.

Mujeres que, como María Isabel Cedano, no se callan contra la violencia del Estado y de la iglesia que pretenden imponer embarazos productos de violaciones. Mujeres que siguen denunciado las esterilizaciones forzadas como las mujeres de Anta, al lado de Hilaria Supa y María Esther Mogollon y las mujeres de DEMUS, por nombrar algunas.

Mujeres que, en el cumplimiento de su deber, enfrentan la violencia de los machos, como la suboficial Antuaneth García Mejía, que recibió una cachetada cuando exigía los documentos a Juan Ccente, taxista que le chocó la moto.
Mujeres que, con su palabra, inteligencia y la ley en la mano, hacen posible la justicia en los lugares más lejanos del país, como Nely Mejía, jueza de paz de San Miguel en La Mar. Mujeres que luchan por ser escuchadas, que se organizan, que defienden sus derechos como pueblos y como mujeres, como Gladis Vila, presidenta de ONAMIAP. Mujeres que, valientemente, en un mundo en que la política es aún considerada cosa de hombres, se atreven a participar y a ser regidoras o alcaldesas, como Melania Canales, alcaldesa de Lucanas.

Mujeres que creen que otro mundo es posible y crean, trabajan, luchan por un proyecto colectivo como tantas chicas que están haciendo posible el festival "Nosotras Estamos en la Calle y el Canto a la Vida".

Una forma de seguir luchando contra las desigualdades, contra el machismo tan presente, es visibilizando la lucha, el compromiso, la fuerza de las mujeres, sus historias cotidianas, que son las que van tejiendo y construyendo la posibilidad de vivir en un país más justo, equitativo, en donde las mujeres gocemos de todos los derechos. Vamos entonces a contar historias de mujeres, nuestras historias.

Por Rosa Montalvo Reinoso

NOTAS:

1. “Nativas machiguengas habrían cuidado del suboficial Astuquillca en la selva”, Tuteve.tv, 1 de mayo del 2012.
2. Tejiendo Vida. Historia de seis mujeres ayacuchanas, SER, 2009.
3. “Escolar peruana gana premio Mercosur de Ciencia y Tecnología”, Portal del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica, 11 de octubre del 2012.
4. Este 7 de marzo, a las 4 pm, desde el Parque La Muralla, saldremos nuevamente a las calles a exigir nuestros derechos y rendir homenaje a las que nos antecedieron y nos abrieron el camino y a cada una de nosotras, que todos los días trabajamos, construimos, aportamos silenciosamente para hacer un país en donde las mujeres tengamos igualdad de oportunidades, no suframos violencia y seamos dueñas de nuestros cuerpos y de nuestras vidas.