marzo 16, 2014

Rita Levi-Montalcini, el tesón de la “dama de la neurona”

Mujer y judía en la Italia fascista, dio con las claves de la neuroembriología en laboratorios clandestinos enfrentándose al machismo y el racismo

Levi-Montalcini en 2008, impartiendo una ponencia en la Katzir Conference on Life and Death in the Nervous System

“El futuro del planeta depende de la posibilidad de dar a todas las mujeres el acceso a la instrucción y al liderazgo”. Esta frase resume buena parte del ideario feminista de la neurocientífica italiana Rita Levi-Montalcini. Ella tuvo que luchar por su acceso a la instrucción e hizo posible el de muchas otras mujeres con su activismo. Los frutos de su instrucción son hoy patrimonio de todos. Aunque su teoría del desarrollo embrionario cuenta entre las pocas firmemente establecidas en biología tardó décadas en ser aceptada. Sus aportaciones a la neuroembriología han sido cruciales para comprender el desarrollo del sistema nervioso y están ayudando, entre otras cosas, a avanzar en la investigación para la prevención de enfermedades neurodegenerativas. En sus textos no científicos atacó toda clase de dogmatismo, defendió los derechos de las mujeres y subrayó el valor de la autonomía y la honestidad.

El comienzo de una carrera de obstáculos

El despertar de la vocación científica de Rita Levi-Montalcini sólo encontró impedimentos. El primero vivía ya en su casa antes de que ella naciera. Creció en el seno de una familia judía de origen sefardita, acomodada y culta, pero tradicional. Su padre, hombre autoritario y de carácter explosivo, encontraba absurda la idea de que una mujer recibiera educación superior. Tanto él como su mujer querían ver a sus hijas convertidas en madres y esposas ejemplares. Pretendían que, al terminar su educación básica, Rita y su hermana gemela Paola asistieran a una escuela femenina en la que aprenderían todo lo que una buena esposa necesitaba saber. Pero ellas tenían otros planes: a finales de los años veinte Paola comenzó a estudiar pintura con Felice Casorati mientras Rita preparaba el examen de acceso a la universidad. Ninguna de las dos se casó ni tuvo hijos.

Solía decir que ella misma era su propio marido y que nunca habría podido soportar la falta de libertad a la que el matrimonio condenaba a las mujeres

En el momento en que sus padres entendían que debían comenzar sus vidas domésticas ellas cimentaron sus vidas culturales. Paola daba los primeros pasos de lo que sería una exitosa carrera artística y Rita ingresaba en la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín. Entre más de trescientos alumnos sólo había siete mujeres. Sus compañeros la describían como un calamar dispuesto a escupir su tinta ante cualquier intento de galanteo. Siendo aún adolescente había decidido que nunca se casaría. Solía decir que ella misma era su propio marido y que nunca habría podido soportar la falta de libertad a la que el matrimonio condenaba a las mujeres del entorno en el que creció. Hablaba a menudo del “dominio victoriano” de su padre y de la sumisión de su madre. Ella no estaba dispuesta a reproducir ese modelo.

Una científica clandestina

En 1938 Mussolini promulgó el Manifiesto por la Defensa de la Raza, que obligó a todas las personas judías a abandonar sus puestos docentes e investigadores en centros italianos. Rita Levi-Montalcini era una de esas personas. Llevaba investigando el desarrollo embrionario del sistema nervioso en la Universidad de Turín desde su licenciatura en 1936. Su trabajo era irreprochable, pero tuvo que dejar el laboratorio.

Ni la oposición paterna ni el racismo hicieron que Rita se rindiera. Con el guiño antisemita de Mussolini a la Alemania nazi todo el apoyo institucional para su investigación se había esfumado de la noche a la mañana. Por eso, poco después de su expulsión de la universidad en verano de 1938, la joven investigadora improvisó un pequeño laboratorio en su habitación e inició allí unos estudios que revolucionarían la neuroembriología. Al año siguiente, el guiño de Mussolini a Hitler se convirtió en alianza militar y las ciudades del norte de Italia sufrieron constantes bombardeos. Rita y su familia tuvieron que refugiarse en el campo, y su laboratorio clandestino fue a peor: un microscopio, una incubadora y escalpelos que tuvo que forjar con sus propias manos.

Cuando en 1943 los alemanes ocuparon los alrededores de Turín, Levi-Montalcini y su familia abandonaron su vida retirada en el campo para llevar una similar, pero ahora cerca de Florencia. Allí trabajó para la Cruz Roja y al terminar la guerra regresó a Turín para retomar por fin sus investigaciones en un laboratorio profesional, el mismo del que le habían expulsado siete años antes.

Su trabajo desveló las claves del desarrollo embrionario del sistema nervioso

Los embriones de todos los animales comienzan por ser pequeñas pelotas de células idénticas. Conforme el embrión va desarrollándose, sus células se diferencian para formar los distintos tejidos (huesos, piel, etc.). En determinada fase del desarrollo, los miembros del embrión (patas, alas, etc.) ya pueden distinguirse, pero a ellos no llega todavía ninguna neurona desde la médula espinal, y de hecho las células que acabarán formando la médula todavía no son neuronas. Antes de que el embrión rompa el saco amniótico o el cascarón, las células de su futura médula espinal tienen que desarrollarse como neuronas y estirarse hasta alcanzar cada miembro para conectarlo con las áreas del cerebro que lo controlarán. Tienen que convertirse en neuronas y alargarse hasta su destino sin equivocarse de camino. ¿Cómo lo consiguen? Levi-Montalcini buscaba la respuesta en laboratorios improvisados desde finales de los treinta mientras Viktor Hamburguer hacía lo mismo en Estados Unidos, pero en laboratorios profesionales. La italiana leyó sus conclusiones en 1940, pero no concordaban con los resultados que ella había obtenido.

Su investigación condujo al descubrimiento del primer factor de crecimiento, el factor de crecimiento nervioso (FCN). Sus teorías y descubrimientos tardaron décadas en ser aceptados, pero le valieron el cuarto Nobel de Medicina concedido a una mujer, el de 1986

Cuando a un embrión se le amputa un miembro en desarrollo, más de la mitad de las células que tendrían que diferenciarse como neuronas y llegar a ese miembro desde la médula mueren. Según Hamburguer, esto sucedía porque, al faltar el miembro, éste no puede segregar un hipotético factor inductor gracias al cual células indiferenciadas se convierten en neuronas y se prolongan hasta llegar al miembro. Rita descubrió primero que muchas de esas células no morían por la falta del miembro, sino naturalmente, en un proceso de muerte celular programada que hoy llamamos apoptosis. Más tarde descubrió que algunas de aquellas células se convertían en neuronas aunque el miembro al que tendrían que llegar faltara. La conclusión lógica era que el factor que Hamburguer había imaginado no podía inducir a células indiferenciadas para que se desarrollen como neuronas. Cuando la joven científica llevaba apenas unos meses de vuelta en el laboratorio de Turín sus resultados habían llegado ya a oídos de Hamburger. El profesor que dirigía su investigación en Turín le propuso hacer una visita de un semestre al laboratorio del científico americano. Aceptó y el semestre duró más de veinte años.

Allí, en Estados Unidos, emprendió una larga e intensa investigación que condujo al descubrimiento del primer factor de crecimiento, el factor de crecimiento nervioso (FCN). El FCN es una proteína que guía el crecimiento de las neuronas de la médula espinal durante el desarrollo embrionario: le dice a cada cable cómo llegar a su enchufe. La guía química del factor de crecimiento es necesaria para que cada neurona llegue a su órgano y contribuya a controlarlo desde el cerebro. Hoy se conocen cientos de factores de crecimiento y nadie duda de su relevancia en el control de infinidad de procesos biológicos. Sin embargo, hizo falta tiempo para que los biólogos aprendieran a mirar sin desconfianza el sorprendente campo de investigación abierto por Levi-Montalcini.

La última dificultad que su carrera científica tuvo que vencer fue el ninguneo la propia comunidad científica. Sus teorías y descubrimientos tardaron décadas en ser aceptados, pero cuando lo fueron le valieron el cuarto Nobel de Medicina concedido a una mujer, el de 1986.

Gracias a la Fundación Levi-Montalcini miles de mujeres han podido estudiar

En 1992 Rita y Paola crearon la Fundación Levi-Montalcini, que la neurocientífica italiana presidiría hasta su muerte. Desde su nacimiento, la fundación ha conseguido miles de becas para que mujeres africanas puedan estudiar. La intención de las hermanas Levi-Montalcini al crear la fundación era la de ayudar a construir sociedades libres de machismo estructural en el continente africano. A pesar de haber creado la fundación con más de ochenta años, Rita nunca fue una presidenta honorífica: todas las tardes trabajaba en las oficinas de la fundación, y aun así seguía encontrando tiempo para colaborar con la Comisión de Derechos Humanos y el Departamento de Justicia del Senado de la República Italiana. Además, continuó combinando su compromiso político y su vocación intelectual: siguió de cerca la actualidad científica y política y escribió con lucidez y entusiasmo hasta su muerte en diciembre de 2012. Estaba a punto de cumplir 104 años.

Por Aiser Arias
Fuente: Pikara Magazine