junio 15, 2014

Flechazos

A veces me pseudo enamoro de desconocidas. Bueno, no son desconocidas del todo.


Mini-cómic: Núria Frago

Las veo por la calle muy de vez en cuando. Tengo información sobre ellas, porque conozco a gente que las conoce. Somos amigas de Facebook, lo cual denota que saben que existo. Posiblemente no sepan cómo me llamo realmente, pero yo sé cómo se llaman ellas. O eso creo. Malditos pseudónimos y motes internáuticos que entorpecen el espionaje patológico a las taradas como yo. Las veo por primera vez en saraos lesbianistas. Yo suelo estar bailando cual posesa, sudando la gota gorda en bares demasiado pequeños con demasiada gente. Es más, ahora que lo pienso, siempre suelo estar bailando SOLA. Viva yo. El caso es que giro la cabeza hacia un lado, haciendo uno de estos gestos de stripper cautivadora, y las veo allí, en un grupito. Suelen ser enamoramientos instantáneos. Siempre me han intrigado los flechazos, porque no los entiendo. ¡Qué cosa tan irracionalmente ridícula! De repente ves a alguien por primera vez y como supongo que tiene algo que te llama la atención, involuntariamente, te sale mirarla insistentemente para ver qué hace. Si te mira de vuelta, te entra esa enfermiza obsesión por hablar con la total desconocida en cuestión. Si el miramiento cuela y se mantiene en el tiempo unos minutos, tu fantasía momentánea es morrearte con ella en una esquina del bar. De verdad que no lo entiendo. Yo que soy más rara que doce con la higiene personal, y maniática hasta la médula con duchas, dientes limpios y olor a crema hidratante, me paso todas mis normas por el forro del bolso, y decido que esa personita en concreto, por sus características físicas y por cómo interacciona con su entorno, seguro que es la monda y hasta huele bien. Así que necesito “tenerla”. Porque la cosa es así de simple. Un capricho consumista-capitalista, ¿no? ¿Qué es un flechazo para el resto? Lo mismo es biología pura y la hembra mamífera que llevo dentro decide que de todos mis alrededores ella es la otra hembra mamífera de mi especie más apta para aumentar la prole o ayudarme a cuidarla… ¿? Menuda chorrada. Espero. Hubo una época que me dio por leer compulsivamente a Punset y estos son los posos de tanto enfoque biologicista del amor y las relaciones humanas. Qué horror, por diosa. Animalización. Que vale que soy una homínida cavernícola al fin y al cabo, pero cuando todavía éramos nómadas y no existía la “propiedad privada”, a mí alguien me dijo que todo el mundo follaba con todo el mundo. Y que además de la supervivencia, el otro objetivo vital era el placer. Los monos hacen eso. ¿O me mintieron en aquel soporífero documental? El caso es, que por alguna razón que aún no he descubierto, paso por alto todas las posibles taras de mi amada y me empeño en conversar con ella cueste lo que cueste. Las conversaciones son dignas de ser grabadas y difundidas. Los primeros contactos son memorables. Los diálogos suelen girar en torno a la vida de una misma. Pero siempre tratando de escuchar lo que dice el objeto de deseo en cuestión, validando sus comentarios con “ahá” o “¡qué graciosa eres!” sin resultar pesada, añadiendo estudiadas dosis de humor, acompañadas de flirteo descarado pero sutil. Un cuadro, vamos. Yo, cuando tengo que hablar con alguien por primera vez, sufro. Sufro tanto que siempre intento evitarlo. No soy yo especialmente pudorosa…Bueno, “lo normal”, escribo artículos contando mi vida en prosa, ya tú sabes, pero cuando se trata de hablar cara a cara y sintetizar mi verborrea llevándola por un camino concreto que impresionará a mi elegida pieza de la noche… me entran unos sudores fríos… unos temblores por las rodillas… unos retortijones raros… me cuesta tragar saliva. Vamos, que cuando me toca hablar con alguien por primera vez me cago y me dan arcadas. Más claro agua. Y lo paso fatal. No se lo deseo a nadie. ¿Qué leches hacéis las demás? A mí me pasan doscientos mil pensamientos por segundo por la mente. Sólo de imaginarme que tengo que elegir uno de ellos y soltarlo como si me saliera natural, acompañado de sonrisas, gestos con las manos y una expresión desenfadada que no haga ver a quien tengo delante que soy una psicópata, me vuelven a dar retortijones. ¿Pero qué invento es este? ¿Es que no hay manuales para estos primeros encuentros? ¿Cuáles son los pasos a seguir? ¡¡Necesito saberlo!! Como alguien use la frase hecha “déjate llevar” o “sé tu misma”, mato. En fin. Lo dicho. Que me esfuerzo muchísimo. Sudo tinta china para dar una buena impresión. Y al final, cuando por fin creo que tengo todo bajo control, la otra personita suele murmurar algo así como “qué rara eres”. Ahí es cuando o disimuladamente la gente se aleja de mí alegando que tiene que dar de comer al gato, o directamente empieza la fase de intercambio de fluidos. Bien, queridas amigas. Así que ahora debemos tener sexo. Si hablo con una desconocida que me atrae físicamente y pasa las pruebas dialécticas (¿o las paso yo?), se ve que necesito saber a qué sabe su saliva. Esto es así desde que el mundo era mundo y sé que le sucede a más gente. ¿Alguna otra loca en la sala? Vale, pues no voy a describir esta parte, y me la saltaré como hacen en las películas, para que la siguiente imagen sea nosotras en pelotas en una minúscula habitación de un piso compartido, comiendo falafel del suelo y creyendo que nos conocemos. Hemos tenido un encuentro eróticosexualafectivo. Por lo general muy genitalizado. El objetivo era demostrar que sé proporcionar orgasmos a diestro y siniestro. Aunque yo seguramente no me haya ni acercado a correrme. Demasiadas cosas en la cabeza como para estar a todo. Vale. ¿Ahora qué? ¿Qué hay que hacer? Pues señoras y señoras, ahora empieza la fase “voy a inventarme cualidades y a endiñárselas a mi amada aunque no las tenga”. Que nadie me pregunte cómo ni por qué, pero en esta interesante y a la vez traumática fase, tiro de hemeroteca y empiezo a buscar información en mi cabeza. ¿De quién me gustaría rodearme? Teniendo en cuenta sus características físicas, el tono de su bella voz, cómo me metió mano aquella noche (que posiblemente dependerá de los litros de kalimotxo que lleve encima, o las rayas que haya decidido meterse, porque el abuso de sustancias está a la orden del día y el sexo se ve condicionado por ello día sí y día también), (Y en realidad abro otro paréntesis para decir que ¡menos mal! Porque yo soy tan sumamente rancia que si no tengo sexo unas cuantas veces borracha como una cuba, siento que nunca consigo esa confianza plena para dejarme llevar del todo. Tener sexo sobria siempre es un tostón. Al menos para las tías raras como yo que no se saben dejar llevar), seguro que le gusta la música, es vegetariana, hace jabón y activismo de algún tipo en sus ratos libres y su sueño es vivir en una granja. Hecho. Pack número uno. O quizás adore bailar, escriba poesía los viernes en vez de salir de fiesta, tenga el pelo naranja fosforito, los labios rojos, gafas de pasta y su sueño sea tener un piso lleno de estanterías repletos de libros donde vivir con su gato. Pack número dos. Y así, voy estudiando los diferentes packs de personalidad que tengo, para poder clasificarla y catapultarla hasta lo más alto. Me invento cualidades que pueda tener, contrasto comentarios dichos en diferentes conversaciones, observo su entorno…y empieza la fase “esto no es lo que yo creía”. ¡SORPRESA! Tienes treinta años, pero sigues enamorándote como cuando tenías quince. Ahora, después de que ha pasado el ecuador de los dos meses, descubres que todo lo que realmente te interesa de ella, se lo has comprado tú. Vamos, que si duráis dos meses más, posiblemente acabéis no teniendo nada en común y vuestras conversaciones sean un rollo repollo. Y es que el error es siempre el mismo: enamorarme de gente que no conozco. ¿Por qué no me enamoro de gente que ya sé cómo es? Porque ya sé cómo es y no hay nada por descubrir. Y de cerca todo el mundo es feo. Entonces, ¿por qué no tengo sexo sin enamorarme? Porque debo tener algún tipo de oxidación en el cerebro, y cada vez que de fiesta veo a alguien y me creo que tengo un flechazo, en vez de asumir que lo único que me pasa es que estoy cachonda y quiero follar, me invento pajarillos, mariposas, montañas rusas y brillantinas en lugares donde sólo hay serrín en el suelo para tapar una pota, posiblemente de alguna otra loca que ha vomitado de los nervios pre-morreo con otra alguien. En fin. ¡Que vivan los flechazos!


Ilustración: Núria Frago


Por María Unanue
Fuente: Pikara Magazine