octubre 05, 2014

Marimachos en el music hall.


La reina Victoria I de Inglaterra ordenó alargar los manteles de palacio para que las piernas de las mujeres no incitaran a la lascivia. Bajo ese contexto de represión sexual se desarrolló en Gran Bretaña el ‘music hall’. Allí, entre las distracciones mundanas, las burlas a lo establecido y los espejismos, irrumpieron las ‘drag king’, consolidando el género travesti.

Marlene Dietrich

“Nuestro segundo número, que interpretábamos con el uniforme de la Guardia Real fue como la seda; el follón se armó durante el siguiente. Había un hombre en las primeras filas gritando:

-¿Chicas, a esto llamas chicas? ¡Pero si son un par de… marimachos!”.

Así describe la autora británica Sarah Waters el ambiente en el que se desarrollaba la vida de las mujeres drag king en las revistas musicales durante la época victoriana (1837-1902). En su novela ‘El lustre de la perla’ (‘Tipping the Velvet’), recorre tabúes, alegrías y ambientes sórdidos del mundo del espectáculo, del crossdressing y el travesty o travesti; un tipo de burlesque teatral que ridiculizaba los roles de género y que alcanzó una gran popularidad en la segunda mitad del s. XIX. En la novela, una joven Nan Astley logra introducirse en lo más del mundillo de los suburbios de la reprimida sociedad victoriana. Tras enamorarse de una drag king, Kitty Butler, su sexualidad y su identidad se ven disparadas. Nan se convirtió en una estrella de espectáculo como “male impersonator” (imitadora de hombres) bajo el personaje Nan Rey.

El travestismo protagonizado por mujeres fue un hecho recurrente en los musicales. A pesar de ser tachadas de “marimachos” y “vulgares”, la burguesía europea acabó acercándose a estos espectáculos para disfrutar de la “masculinidad femenina” y viceversa.

“La victoria” represiva de la reina

Jacques Lacan (médico psiquiatra) llegó a afirmar que “sin la reina Victoria el psicoanálisis no hubiera existido” y que “ella fue la causa del deseo de Freud”. Su afirmación refleja la represión que se vivió en su época.

Vesta Tilley

El reinado de Victoria I (época victoriana) acogió profundos cambios bajo la insurrección de la doctrina evangélica, una estricta moral impuesta en la que los deseos, lejos de quedar ocultos, iban a refugiarse en lugares fuera de la vista de las apariencias. Al son que se pregonaban los deberes de la fe, el paraíso aristocrático montaba sus extravagantes encuentros y el trabajo sexual invadía las calles de Londres; también la prostitución infantil. Fueron los tiempos de los titulares sobre Jack el Destripador y el escándalo sexual de Oscar Wilde, acusado de sodomía.

El ideario femenino se movía bajo la figura del ángel de hogar y siempre en lo privado: con una patente “oda a la castidad” y un férreo sentido del trabajo en las clases obreras. El psicoanálisis y las pastillas se vendían como “salvadores” de la supuesta insatisfacción de las mujeres. Tal estado era considerado un desorden de la ansiedad. Cuando había recursos económicos, las mujeres eran estimuladas sexualmente por “expertos”. Ante semejante panorama, el espectáculo era, para unas pocas privilegiadas, una muy buena salida y una oportunidad para hacer del cuerpo un lugar más habitable.

Mujeres en espacios públicos

A pesar de la represión, las mujeres conquistaron el derecho a la propiedad tras el matrimonio y el derecho al divorcio y a acceder a la custodia de sus descendientes. El music hall representó una liberación para muchas, aunque el contexto estaba mucho más relacionado con el mundo subterráneo y callejero que con los reconocimientos que se exigían en la esfera política.

Los burdeles, salones de juegos y de espectáculos se aglutinaban en el este de Londres. Allí se daban cita la comedia, el baile, las canciones populares y todo tipo de espectáculos, incluido el travesti. Los espectáculos de drag kings se popularizaron y eran habituales los dúos de mujeres imitando los gestos y pensamientos asociados tradicionalmente a lo masculino.


Se trataba de espectáculos en los que se aplaudía que el género de las actrices pasara desapercibido. A mayor semejanza con lo masculino, más se valoraba el número, además de contar con las habilidades escénicas de cada actriz. Así, se buscaba el prototipo de mujeres con no demasiadas curvas cuya vestimenta se adaptara a los cánones de belleza masculina del momento. Se explotaba y valoraba la androginia y el uso de la gestualidad masculina.

Las actrices travestidas tenían su propio repertorio. Podían representar a galanes protagonistas (principal boy) en obras como Cenicienta o Aladino; esquivando algunos personajes femeninos abocados a la pasividad. La masculinidad era entendida socialmente de un modo tal que, durante la Primera Guerra Mundial, era habitual ver a estas artistas vestidas de soldados o marines, incentivando a los jóvenes a que se alistaran. Era lo que se conocía como el music hall patriótico.

De las tablas a la gran pantalla

Hetty King

El cine recogió la apuesta y así han llegado a nuestros ojos escenas como las protagonizadas por Marlene Dietrich en ‘Morocco’ o Greta Garbo en ‘Reina Cristina’. En las revistas musicales el número de travestis –mujeres y hombres- era similar. Sin embargo, en la gran pantalla predominaron los hombres.

Hetty King (1883-1972) y Bessie Bonehill (1855-1902) fueron dos grandes estrellas de las tablas. El nombre original de la primera era Winifred Emms. Su éxito fue tal que encabezó el programa del recién inaugurado Empire-Hipódromo en Ashton-under-Lyne. Desarrolló su carrera a lo largo de las dos guerras mundiales, por lo que actuó en musicales patrióticos con ropajes de soldado y marinero. Entre sus temas, ‘Todas las muchachas aman a un marinero’ y ‘Oh, chicas, ¿por qué amamos a los soldados?’.

Por su parte, Bessie Bonehill (Betsey Bonehill) extendió su carrera cómica hasta los Estados Unidos convirtiéndose en una de las más famosas artistas de su tiempo. The New York Times publicó que la actriz “estaba tan a gusto en su atuendo masculino que parecía haber nacido con él”. Su estilo fue imitado por otras drag kings como Vesta Tilley.

Todas ellas respondían a la teoría de Judith Butler que defiende que “el género no es una cuestión de ser o tener, sino de llevar a cabo la repetición de una serie estilizada de actos”. En este sentido, el travestismo de las mujeres del music hall lo tenía claro. Su apuesta en escena recurría, quizás de manera inconsciente, a la ambigüedad de mecanismos que se ponen en marcha en nuestras escenificaciones en torno a los géneros.

La temática principal del género travesti era la burla de los valores tradicionales binómicos. A finales de siglo XIX, se tornó mucho más subversivo con el burlesque. En estos espectáculos la pregunta sobre qué significa ser hombre o mujer se escenificaba de manera explícita. Lejos de ser copia del original, actrices como Vesta Tilley, Hetty King o Bessie Bonehill, lograron entrar con su masculinidad a espacios vetados para mujeres. Y lograron hacerlo, tal y como expresaba Nan Rey, “no exactamente como un chico, sino de un modo confuso. Como el chico que hubieran sido si hubieran sido una chica…”.

El travestismo, de la época victoriana al camp

  • Tan sólo en Whitechapel, la policía calculaba que existían unas 1.200 trabajadoras sexuales y unos 62 burdeles. También era muy frecuente la prostitución masculina en la época victoriana.
  • El Círculo de Boomsbury al que pertenecía Virginia Woolf, se reveló años después contra la estricta mora victoriana. Travestirse era una de sus actividades frecuentes. Además, sus integrantes mantenían relaciones abiertas, también con personas de su mismo género.
  • El drag dentro del teatro de variedades se extendió a otros medios como característica clave de la cultura camp anterior a los disturbios de Stonewall.
Por Mar Gallego
Fuente: Pikara Magazine