octubre 11, 2014

REFLEXIONES A PARTIR DE LA CONFERENCIA DE ANA DE MIGUEL: “HACIA UNA TEORÍA CRÍTICA DE LA PROSTITUCIÓN”.

De la mano de Ángela Escribano Martínez y organizado por Dones de Xirivella en Acció, colectivo perteneciente a la Coordinadora Feminista de Valencia, y con el apoyo de otras asociaciones y  sindicatos, tuvo lugar el pasado jueves 2 de Octubre en la Universidad Menéndez y Pelayo (UIMP), la conferencia de la Doctora en Filosofía Ana de Miguel Álvarez: “Hacia una teoría crítica de la prostitución. A debate su inclusión en el PIB”.

Ana de Miguel sitúo la charla en el actual momento que vive la mujer en nuestro país, como fruto de una trayectoria feminista de más de doscientos años, y que es la que nos ha permitido un modelo de desarrollo de los derechos civiles que han dado como fruto la Ley de Igualdad 3/2007, pionera en Europa.
Sin embargo, a la vez que una parte significativa de la sociedad se comprometió con la igualdad entre mujeres y hombres a través de la promulgación y publicación de esta Ley,  los proxenetas, sobre todo a partir de los años 90, abrían las puertas a la explotación de mujeres y niñas de distintas razas,  en situación de máxima vulnerabilidad,  que llenaban los burdeles y espacios públicos de destino para la prostitución.
Esta tesitura, paradójica, ha sido objeto de estudio dentro del pensamiento feminista, que tiene sobre la mesa, junto a la multiculturalidad, un debate abierto y encendido entre la postura  pro prostitución, que considera el desempeño de esta labor como un trabajo, y por tanto considera necesaria su reglamentación para legalizar y normalizar la situación de las trabajadoras sexuales, y la abolicionista o anti prostitución, que no considera este trabajo como tal, sino como una vulneración de los derechos fundamentales y la dignidad de las mujeres.
Añadido a este debate aparece ahora la recomendación de Bruselas de incorporar al indicador que marca el tamaño y la evolución económica de un país, el PIB, el impacto -en términos económicos-  de actividades ilegales como el tráfico de drogas y  la prostitución, lo que a priori sitúa la actividad económica española en un mejor puesto dentro del  ranking europeo, facilitando así  los procesos de inversión y resolución favorable de  la deuda externa. A la postre, una sesión de maquillaje en la contabilidad nacional para disimular la recesión económica que sufrimos. Recomendación, por otro lado, a la que Francia se ha negado rotundamente al considerar que tras este tipo de actividades hay, en la mayoría de los casos, un factor de coacción, cuando no el establecimiento de una amnistía moral que permite por ejemplo negocios ilegales pero muy lucrativos como el turismo sexual. No es la primera vez que se ha hablado de España como el burdel de Europa.
Para la Doctora Ana de Miguel,  a estas alturas de la controversia, se precisa el desarrollo de una teoría crítica, una redefinición conceptual de la prostitución en la que no puede faltar el enfoque feminista o de género, a la vez que precisamos repensar la sexualidad en términos de su distinta significación en según para quién y cómo.
Apunta la filosofa De Miguel que las mujeres que consideran la prostitución como trabajo sexual y  ejercicio de una libre decisión, una muestra de poder y control sobre los hombres a través del cuerpo, están llevando a cabo un ejercicio de transgresión no del todo bien entendido. Si se legitima esta actividad se  favorece el envío a la prostitución de las mujeres de los estratos sociales más bajos y a las de los países más desestructurados y sexistas del mundo. El tráfico mundial se nutre de ellas, y regular la compra/venta de sus cuerpos es tanto como convertirlas en un objeto de consumo. Normalizar la prostitución puede llegar a convertir en solo una agresión, una vulneración de derechos tan grave como lo es una violación.
Volviendo al tema de la redefinición del término prostitución, durante la charla, Ana de Miguel quiso insistir en que ésta no se puede conceptualizar como un mero intercambio de servicios sexuales por dinero, se precisa incorporar un enfoque feminista o de género: “Cuando hablamos de prostitución, hablamos de una institución, de un sistema a través del cual la sociedad y el estado regulan el libre acceso de los hombres al cuerpo de las mujeres por un precio variable”, definición inspirada en Carole Pateman, autora de “El Contrato Sexual”.
Personalmente, y aquí abro un pequeño debate conmigo misma y al que también estáis invitadas si es vuestro deseo, me resulta curioso, cuando tanto ha luchado una parte del feminismo contra el aparato de verificación empírico/científica del siglo XIX, que dio validez a una invención estético/política de la diferencia sexual, etiquetando masculinidad y feminidad como verdades anatómicas irrefutables y que durante tanto tiempo nos ha hecho mirarnos como el resultado de una estandarización de consecuencias indeseables, que nos veamos ahora en la necesidad de volver a articular un lenguaje de la diferencia para redefinir los estatutos del cuerpo y las leyes que tienen que dictar cómo se gobiernan esos cuerpos. Así es el patriarcado.
El carácter de institución que ostenta la prostitución se sostiene sobre la idea de que todo hombre tiene derecho a satisfacer sus necesidades sexuales. Apunta Marcela Lagarde que el patriarcado ha sufrido un embrutecimiento radical en contestación a la progresión y  los espacios de conquista cada vez mayores del feminismo. Y esa reacción tiene una traducción efectiva y real en términos de violencia de género, feminicidios, aumento exponencial de la trata de mujeres con fines de explotación sexual y la cosificación del cuerpo de las mujeres a través de la publicidad y los mass media.
Claramente  las mujeres se prostituyen, en la gran mayoría de los casos, por dinero para sobrevivir y son habitualmente explotadas y abusadas. En muchas ocasiones se critica al abolicionismo una falta de sensibilidad para con estas mujeres en lo que respecta a la valoración de sus necesidades materiales. Este término no es discutible, partimos de esa realidad.
Pero no podemos perder de vista, como cita Beatriz Gimeno, y no le falta razón, que la prostitución es el único espacio del patriarcado donde el feminismo no ha podido entrar. En ese escenario el hombre que no se ha adaptado a los cambios que el movimiento feminista ha ido propiciando socialmente en términos de igualdad, reconstruye, previo pago y disposición del cuerpo de las prostitutas, su masculinidad puesta en cuestión en otros espacios. Es lo que Dona Haraway nombra como “Plusvalía de Género”. Así la prostitución refuerza una masculinidad no igualitaria y misógina.
Argumentos como estos son los que nos revelan que, con independencia del fenómeno de la trata, la moral o el libre consentimiento, de la consideración de si es o no un trabajo,  la prostitución nos afecta a todas y cada una de las mujeres en nuestra convivencia diaria con los hombres.
Es muy posible y deseable que cuando el feminismo logre incidir en la prostitución, esta institución cambie como ha cambiado la sexualidad después de la segunda ola del feminismo y como ha cambiado el matrimonio en los últimos cincuenta años.
Cita Beatriz que, del mismo modo que la teoría de Marx proclama que no se puede ser marxista y estar a favor de la libre empresa, de igual manera no se puede ser feminista y querer regular la prostitución.
Con respecto a estas posturas encontradas, a favor y en contra de la regulación, Alicia Miyares plantea en su última intervención, en la Escuela de Feminismo Rosario Acuña, la imposibilidad de hablar de feminismo en términos de reglamentación de la prostitución. Las corrientes teóricas, que ella llama transgénero neoliberal, y que prescinden de las bases del feminismo político, que es el que cuestiona a partir de los años 70 los parámetros patriarcales que excluyen al colectivo de las mujeres de los mecanismos de protección y prevención de riesgos del estado del  bienestar, no pueden llamarse feministas.
Los principios de elección y decisión, que son los pilares del feminismo político,  no pueden ser utilizados, en un giro rocambolesco,  para desde esos mismos principios defender mecanismos de exclusión, esclavitud o sometimiento. Ni aún en el caso de extrema necesidad sería este el camino más deseable, sino urgir a los estados al desarrollo de políticas, leyes y normas que pongan en valor a las mujeres como sujetos políticos con plenos derechos sociales.
Los valores de la libertad individual que se asocian únicamente a mejoras materiales, “no son –como cita A. Miyares- necesariamente compatibles con los valores de justicia sexual o social”. Las posiciones favorables a la prostitución como trabajo son posiciones más neoliberales que feministas porque “explotan favorablemente los conceptos de libertad individual, identidad y elección”, fragmentando las luchas colectivas y su capacidad como agente transformador de la realidad.
Así pues, y aquí lo dejo, está claro que el debate social está abierto. Que existen posturas diversas, y que probablemente lo más sensato pase por alcanzar un consenso donde el feminismo y su visión transformadora consiga posicionarse  frente a una ideología neoliberal y patriarcal que tiene una enorme influencia a nivel global en los grandes flujos de capital, incentiva la demanda a través de todos los mecanismos de que dispone y está convirtiendo toda memoria de igualdad social en individualidad, en base a los principios de rentabilidad, violencia  y dominación.


Por Concha Martínez
La Ciudad de las Diosas
Fotografías
Concha Martínez/María Martí

Fuentes