noviembre 13, 2014

Cáncer: palabra maldita

Hace unos días, me llegó la noticia de que una amiga, luego de años de luchar contra el cáncer, había decidido no continuar resistiendo, y esperar junto a su familia, con una terapia para el dolor, que le llegara la muerte. Ella, una mujer con una fortaleza envidiable, que había enfrentado duros momentos y pese a ello mostró siempre una gran capacidad de gozo, aceptó que había llegado el momento del descanso de la guerrera y de partir sin angustia, dejando todo arreglado, como le gustó tenerlo en la vida. Me despedí de ella una noche, conscientes ambas de que no nos volveríamos a ver, pero riéndonos, y mirando con ternura a sus dos hijos adultos, que se vacilaban como niños.

Todo empezó con una bolita en el seno, la primera señal de que algo podía estar pasando en su cuerpo. Luego de los exámenes, los temores iniciales se confirmaron y empezó la pesadilla: primero el diagnóstico, la metástasis, el miedo que surge en el primer momento, no sólo a morir, sino a dejar a los hijos chicos, los sueños profesionales truncos, tanto aún por hacer y por vivir. Luego, el tratamiento, la quimioterapia, la pérdida del cabello, la debilidad y, al mismo tiempo, la fuerza que sacan las mujeres para enfrentar este tratamiento. Luego vinieron años de cuidado, pero que permitieron que tuviera un tiempo de vida aceptable, retomando el trabajo, la vida familiar, las relaciones, hasta este nuevo desenlace. Como en todos los casos en que se presenta esta enfermedad, siempre queda la incertidumbre sobre las posibilidades que hubiera tenido si se le diagnosticaba a tiempo el cáncer de mama.

La palabra “cáncer” se ha convertido en un sonido de terror cuando la escuchamos, y lamentablemente, cada vez está más presente en nuestras vidas, afectando sin discriminación a todos los sectores; a unos más que otros, sin duda, pues las posibilidades de enfrentar la enfermedad varían según se tenga o no las posibilidades económicas y de acceso al diagnóstico y tratamiento. Todos y todas tenemos una amiga, un amigo, un familiar, una persona conocida, que está en tratamiento, que acaba de ser notificada de la enfermedad, que ya tiene marcado un tiempo de vida o que ya decidió dejar de luchar. Hay un momento, cuando tenemos noticias del diagnóstico o del tiempo de vida que se les vaticina a nuestras personas allegadas, en el que nos embarga también la incertidumbre y empezamos a preguntarnos si quizá a nosotras también nos toque vivir lo mismo, o a temer el momento cuando, quizá, seamos atrapadas en esa telaraña, que silenciosamente crece y crece en todo el mundo. La Organización Mundial de la Salud, en un comunicado de prensa emitido el presente año, señala que:

“Se calcula que, en 2012, la carga mundial de cáncer alcanzó los 14 millones de casos nuevos al año, una cifra que se prevé que aumente hasta los 22 millones anuales en los próximos dos decenios. En el mismo período, se prevé que las muertes por cáncer aumenten, desde los aproximadamente 8,2 millones de casos anuales, hasta los 13 millones de casos anuales.”

En el país, la situación también es grave, especialmente para las mujeres que sufren, en su mayoría, el cáncer de mama, de cérvix y de tiroides, que ocupa el tercer lugar en afectación a las mujeres. Todos estos, si fueran tempranamente diagnosticados, podrían evitarse, posibilitando que tantas vidas productivas se salvaran o que muchas mujeres no tuvieran que vivir el doloroso camino de la quimioterapia, que tantos estragos les causa.

El Análisis de la Situación del Cáncer en el Perú 2013, documento que se elaboró como parte del “Plan Nacional para la Atención Integral del Cáncer y el Mejoramiento del Acceso a los Servicios Oncológicos – Plan Esperanza”, para tener una visión más clara de este problema de salud pública, menciona que, en el país, “de acuerdo a la Vigilancia Epidemiológica de Cáncer, de un total de 109 914 casos notificados en el período 2006-2011, los cánceres más frecuentes fueron los de cérvix (14.9%), estómago (11.1%), mama (10.3%), piel (6.6%) y próstata (5.8%)”.[1] Como vemos, la enfermedad está arrasando con las mujeres sobre todo, recalcando que estos porcentajes corresponden a los casos notificados.

Cabe también resaltar aquí lo que señala dicho informe en relación al cáncer del estómago, que ocupa el segundo lugar, y es que la alta incidencia de éste puede deberse al consumo de agua contaminada por la bacteria Helicobacter pylori. Según se indica en el documento, “aún el disponer de agua potable no es suficiente en la prevención de la infección. Helicobacter pylori es más resistente al cloro que las bacterias coliformes comunes y permanece viable en el agua por varios días, lo que favorece su transmisión”[2]. En las localidades en donde la cobertura del servicio y la calidad del agua son incipientes, es muy probable que se presente con mayor frecuencia este tipo de cáncer, el cual, debido a la falta de infraestructura, de personal y de servicios de salud, no será detectado a tiempo y, cuando lo sea, tendrá, así mismo, muy pocas posibilidades de tener un tratamiento adecuado y un tránsito digno por la enfermedad. “Me pegó mi hermano”, me dijo una mujer en Ayacucho hace poco, “pero era porque ya no resistía el dolor y estaba desesperado”, concluyó con tristeza, al contar que luego de diez meses murió. “Mi hermana también murió de cáncer”, me dijo otra señora, dando inicio a un largo compartir de historias, tristezas, recuerdos de los familiares que se llevó la enfermedad.

Hay que señalar también que, junto a la falta de información y de acceso a servicios, hay una parte de la población, especialmente de las mujeres – incluso aquellas que tienen plena conciencia de la necesidad de prevención y de la importancia de hacerse la mamografía o el papanicolau – en la que sigue prevaleciendo el miedo a realizarse los diagnósticos, y alude causas que aparentemente no tienen lógica alguna, aunque si una empieza a indagar con mayor profundidad, puede lograr entender el origen de la molestia y de la negativa. Así, por ejemplo, el papanicolau implica el ingreso de un espéculo por la vagina; es decir, una especie de invasión a un lugar que en el proceso de socialización le dicen a uno que es suyo únicamente y al que ningún desconocido debería poder acceder, menos aún con un aparato que podría resultar dañino, aunque esto no sea cierto. El mecanismo de diagnóstico choca, entonces, con los mensajes con los que somos educadas las mujeres y, entonces, incluso aquellas que saben de la necesidad e importancia de hacerse el examen no se lo hacen, incluso teniendo acceso al mismo. Y qué decir de la mamografía, en la que con unos aparatos le aprietan a una las mamas, y tiene una que hacer maromas para lograr colocar el pecho adecuadamente y no malograr la placa, en medio de un dolor cada vez más intenso, desde mi experiencia y la de muchas a quienes he escuchado. Y a ello, en ocasiones, se agrega la actitud reprobatoria de quienes hacen las placas, que miran a las pacientes como si fueran una viejas quejosas, incluso en clínicas privadas. Entonces, aunque para algunas de nosotras el papanicolau y la mamografía sean un mal al que acudimos con desgano, como si fuéramos a una sesión de tortura, otras muchas mujeres, incluso las que están en nuestro entorno, hacen oídos sordos, viven la ilusión de la inmutabilidad, del “a mí no me va a pasar”, especulando con que no se tiene antecedentes familiares incluso y postergándolo, año tras año, hasta que quizá sea demasiado tarde.

Son, entonces, varios los factores que inciden en que esta enfermedad cobre cada vez más vidas de mujeres, como lo declara Raúl Velarde, director médico de la Liga Peruana de Lucha Contra el Cáncer:

“Actualmente, tenemos más de cuatro mil casos nuevos de cáncer de mama al año en el Perú y 1,500 casos de muerte. Tenemos doce casos que aparecen al día y al menos cuatro mujeres fallecen diariamente debido a este mal.”

Y estos son los casos que entran a las estadísticas públicas y que han logrado permear las dificultades de acceso al sistema de salud. ¿Cuántos más habrá que no se diagnostican a tiempo o cuántas muertes de mujeres en distintos lugares del país se producirán, sin que se conozca a ciencia cierta si la causa fue la presencia de un cáncer?

Es necesario que se cree más conciencia de lo que están significando el cáncer, el dolor y las pérdidas, incluso económicas, que este mal causa; que se invierta realmente en servicios oncológicos; que se expanda la cobertura de atención en todo el país, con pertinencia cultural, algo que siempre es olvidado; que se sensibilice más sobre la importancia del diagnóstico; que se garantice el buen trato a quienes se someten a los exámenes, para que no tengamos que despedir tan tempranamente a tanta gente valiosa y amada; y que se evite tanto sufrimiento a quienes tienen que acompañar este camino.


Por Rosa Montalvo Reinoso

Pd: Dedicado a Kathy Herndon, cuyo ejemplo y fortaleza nos seguirá acompañando.

[1]Willy César Ramos Muñoz y Diego Rolando Venegas, Análisis de la Situación del Cáncer en el Perú, 2013, Ministerio de Salud del Perú, noviembre de 2013, p. 13.
[2]Ibídem, p. 29.