noviembre 24, 2014

¿Estás segura de que nunca has vivido una agresión sexual?

Fue necesario sufrir una agresión sexual de manual para darme cuenta de que no era la primera vez

Ilustración de Madui y Paulapé para Ladyfest

México, agosto de 2004

En esta ocasión, se trataba de un desconocido y la situación fue totalmente espeluznante, de película. Ocurrió en Taxco, un pueblo del estado de Guerrero. Mis dos amigos y yo alquilamos una habitación, con el baño sin puerta y llena de cucarachas, en el único hostal cuyo precio nos podíamos permitir. Después de cenar y fumar un poco de “mota”, juntamos las dos camas y nos echamos los tres a dormir.

Gracias a las lecturas feministas y las charlas con compañeras fui poniendo nombre y contexto a lo que hasta entonces vivía como “lo normal”, como el hombre adulto que, con diez años, me seguía por el barrio diciéndome cosas

De pronto noto una sensación sobre la piel, a la altura de los pechos. Cambio de postura, entre sueños. La sensación se repite sobre otras partes de mi cuerpo. No puede ser. Noto claramente una mano que me sube por entre las piernas. Imposible, mi amigo I. jamás haría algo así. Debe ser una pesadilla rara, como cuando quieres mover un brazo y no puedes. Que acabe ya. Continúa. ¡Hay una mano intentando entrar en mi vagina! Abro los ojos, me incorporo, hay un señor al lado de la cama, grito, mis amigos se despiertan, gritan, el desconocido se va corriendo, mis amigos lo persiguen, yo me quedo abrazada a mis rodillas.

Cuando ocurrió esto, estaba empezando a ser feminista de forma consciente. Nunca le estaré suficientemente agradecida a Marie Jose Nadal, profesora de cultura indígena contemporánea: me ayudó a poner en palabras todas esas inquietudes que sentía desde siempre. Eso me permitió enmarcar la agresión sexual que había sufrido como tal y no como una mera anécdota exótica.

Se lo conté a la comunidad internacional de estudiantes con la que convivía. Y empezaron a aflorar las historias. S. confesó llorando que hacía cosa de un mes había ido a casa de un chico de su clase a hacer un trabajo. Cuando acabaron, se sentaron en el sofá a tomar un agua de Jamaica y, de pronto, él se abalanzó sobre ella y le empezó a tocar los pechos. Cuando ella gritó y lo empujó, él protestó: “Venga, güey, si todas las gringas son unas putas”. S. no se lo había contado a nadie hasta entonces.

A Coruña, agosto de 2001

Gracias a las lecturas feministas y las charlas con compañeras fui poniendo nombre y contexto a lo que hasta entonces vivía como “lo normal”. Recordé aquella vez que, con diez años, un hombre adulto y -nunca lo olvidaré- con patillas rockeras y chupa de cuero me fue siguiendo por el barrio, haciéndose varias veces el encontradizo y diciéndome cosas cada vez que pasaba a mi lado. Cuando llegué a casa con el pan, debía tener una cara muy rara. Mi madre me preguntó qué me pasaba. No supe explicarme, pero le pregunté qué significaba verga.

Pero sobre todo me di cuenta de que había vivido un intento de violación con penetración. En este caso, el patrón fue el más típico: lo cometió un conocido y no tuvo que ejercer la fuerza bruta. Habíamos salido de fiesta toda la pandilla. Uno de mis amigos más cercanos trajo a un compañero suyo de la facultad. Tomamos chupitos de absenta, en mi caso por primera y última vez. Antes de que el cerebro se me fundiese a negro, vomité en el seto de al lado del bar.

Quizá fui demasiado simpática y me malinterpretó. Obviamente estaba demasiado borracha. Los días de sentimiento de culpa no se acompañaron de ninguna conversación con mis amigos. Estoy segura de que ese hombre no se considera un agresor

Lo siguiente que recuerdo es encontrarme en un portal de mi barrio, muy lejos de donde estábamos, como si me hubiese teletransportado. Estoy desmadejada, con medio culo en el escalón y medio en la acera, y tengo los pantalones y las bragas a la altura de los muslos. De pronto me doy cuenta de que el compañero de clase de mi amigo está intentando meterme su pene.

Cuando llegué a mi casa seguí durmiendo la borrachera. Pero al día siguiente no paraba de darle vueltas. No recordaba nada. ¿Había tonteado con él? Si no me gustaba ni un poco, ni siquiera me caía bien. ¿Por qué me acompañó hasta mi barrio? ¿Me siguió? ¿Le dije yo que viniese? ¿Nos encontramos por casualidad? Quizá fui demasiado simpática y me malinterpretó. Obviamente estaba demasiado borracha. Inconsciente. Los días de sentimiento de culpabilidad no se acompañaron de ninguna conversación con mis amigos.

Estoy segura de que ese hombre, cuyo nombre nunca logré retener, no se considera un agresor, a pesar de intentar tener relaciones sexuales con el cuerpo de una mujer semi-inconsciente. Es posible que incluso sea de los que se indignan porque las “feminazis” tratamos a todos los machos como violadores en potencia.

Madrid, agosto de 2014

El caso de la agresión sexual de Málaga destapó un enorme debate sobre el consentimiento y los límites. En Twitter, los machistas de izquierdas y de derechas se convertían en adalides de la cultura de la violación (“Acabo de leer que si no hay un sí explícito es violación, glubs.”) Por su parte, miles de mujeres contaban sus experiencias (“Recuerdo esa vez que no quería follar pero cedí ante su insistencia y luego me dijo ‘¿ves como en realidad sí que querías?’. No le contesté.”)

Estaba de vacaciones y me pasaba la mitad de la mañana leyendo sobre el asunto y llorando sobre el teclado. Un día quedé con cuatro amigas para ir a la piscina y les conté los dos casos de agresión sexual que viví. ¿Y ellas?

V. se vio obligada a practicarle una felación a un hombre con el que se había acostado una noche, semanas antes. Estaban en el lugar de trabajo de ambos, él iba armado y la acorraló en un cuartucho. “Pensé que lo mejor era acabar cuanto antes; estaba segura de que si me negaba me iba a forzar”. E. recuerda un día en el que unos amigos de sus amigos la llevaron a casa en coche, borracha. “Uno se pasó el trayecto metiéndome los dedos en el coño. No podía ni apartarlo pero pensaba ‘Estoy con la regla, que se joda’”. M. por fin lo dice: “Desde el segundo año de matrimonio y hasta que por fin me divorcié, todas las veces que follamos, aunque en ese momento no me pegase, fueron violación”.

Únicamente L. no tiene ninguna experiencia de agresión sexual. “Claro, si quitamos todas las veces que un desconocido me ha tocado el culo o me ha agarrado las tetas en un concierto o una discoteca. Bueno, y cuando tenía unos seis años había un vecino, de ocho, que me daba besos en la boca. Un día le pilló su madre tumbado encima de mí haciendo como que me follaba”.


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Por Gaelx
Fuente: Pikara Magazine