noviembre 02, 2014

Valor agregado. Las mujeres Wichí

Resistencias Las mujeres wichí piden un mercado de comercio justo para vender sus artesanías. Cada pieza les demanda dos semanas de tareas incesantes: recolectan la materia prima, usan los árboles y frutos para hilar y teñir con técnicas ancestrales, cuidando del monte, recorriéndolo. Usan su cuerpo como telar, se rasgan la piel entre las espinas del chaguar y después les pretenden pagar con naranjas o con precios irrisorios. La especulación que convierte en exóticos a estos objetos preciosos las desdeña. Pero ellas se plantan, exigen esfuerzo para que su lengua sea escuchada, quieren ser invitadas a ferias donde puedan poner precios justos a su producción, quieren que ese arte que se trasmite de mujer a mujer sea valorado más allá del discurso. Ellas son chinay, no mujeres; así lo dicen para marcar la distancia con las blancas. Y no porque desprecien la diversidad, sino para denunciar la inequidad.

Las palabras brotan en wichí. Las risas no tienen pasaporte ni fronteras de abecedarios. Y los silencios develan los puentes todavía rotos. Las chinay piden que se las llame por su nombre, la lengua con la que ellas se nombran mujeres. A veces parece que las palabras no brotan, no se hacen rueda de vientos; a veces las manos se las llevan a la boca como si quisieran interrumpir el intercambio. Pero se plantan: ellas son chinay, no mujeres, y marcan la distancia con las blancas, no se trata de bendecida diferencia, sino de desigualdad. Sin equidad, la diversidad resta. Y piden, también, que las palabras que no les brotan en castellano, que tienen que buscar en una memoria ajena, se reconozcan en el diálogo, irreverentes como el chaguar en su tierra, naturalmente, como el wichí de sus bocas.

“Hay cosas que no sé cómo decirlas si no es en wichí”, explica desafiando a agudizar la escucha Simona Pérez, de 39 años, capacitadora de artesanas formoseña, con mucha pero mucha sed de avanzar en los caminos plurales y no de quedar congelada como una reliquia. “Tenemos muchas cosas para decir. Pero nos cuesta un poco hablar en castellano”, describe Valeria Segundo, de 25 años, una distancia de traducción que exige apostar a la multiplicidad de palabras. Por eso, María Ortiz, de 44 años, es maestra especial modalidad aborigen –así el título– para ayudar a que los niños y niñas aprendan wichí. Y puedan, por ejemplo, saber que “irilót’áj” es una palabra tan linda como lindo quiere decir en otra de las lenguas que dan voz a la multiplicidad de argentinas.

La antropóloga Ana González, coordinadora del Programa Social de Bosques de la Subsecretaría de Planificación y Política Ambiental de la Nación, apunta una experiencia para replicar, como se replican las fuerzas en rondas de mujeres cuando no sólo se las escucha sino que se les da aire para hablar: “En noviembre del 2013 se llevó a cabo un taller con unas noventa artesanas wichí en Ingeniero Juárez, Formosa, en el que participaron artesanas de las provincias de Chaco, Formosa y Salta. En junio de 2014 se realizó otro taller del que participaron alrededor de ciento treinta artesanas en Tartagal, Salta. Los talleres fueron enteramente bilingües. Todas las mujeres hablaron en wichí y algunas traducían”.

Simona se alegra con la idea de un futuro tan largo como el pelo que desafía danzante el límite de su cintura. Por eso no sólo revalorizó las técnicas de tejido y teñido que aprendió de niña, sino que inventó nuevas y ahora les enseña a otras artesanas a reinventar los colores del bosque salteño y formoseño en las conocidas yicas o carteras, en su rol de capacitadora experta en diseño y tintes. Ella tiene la sabiduría para hacer surgir el negro del guayacán, el amarillo del palo amarillo, el marrón rojizo del quebracho y hasta otros cuarenta y dos tonos que destemplarían cualquier visión angosta –o binaria– del inmenso paraíso cromático. Pero con una paciencia que no conoce de exigencias o apuros, sino que apuesta a la alquimia de seis días de barro y cenizas hasta que la transformación aparece.

Las chinay festejan la alegría del reconocimiento a sus tintes antiguos y sus colores nuevos para trasmitir un arco iris del que muchas veces se conserva sólo el final pero casi nunca su abarcador principio. Ellas aprendieron, cuando la sangre las bendijo con la raíz de la fertilidad, a enhebrar chaguar. Y aprehendieron a mixturar los colores que ofrece la tierra y que rascaron entre los árboles, el bosque y el poder de la paciencia para ofrendar de tiempo al parto de pigmentos nuevos que pujan con barro, deseo y cenizas. Las chinay piden contra las injusticias. Su tiempo vale. Y el inmenso trabajo de buscar en el bosque los hilados, de teñirlos entre ciencia ancestral y creatividad a futuro, de arrollarlos entre las piernas deshilachadas de piel y rodarlos por las escamas descascaradas por el pinche trabajo de domar el chaguar hasta volverlo hilo las deja curtidas en sus propias llagas. Y con el derecho a pedir que su trabajo valga tanto como ellas le ponen el cuerpo. No un kilo de azúcar, una botella de aceite, un montoncito de naranjas o la mitad de un billete sonriente de Julio A. Roca.

Las desigualdades no se pueden –ni deben– disfrazar. La falta de acceso a trabajo digno es injusta. Pero ellas no son pobres entre las pobres, son mujeres con enormes riquezas culturales con las que hay una deuda pendiente y una pérdida para quienes no la reconocen. “La idea de pueblo originario ingresa a menudo en la sociedad con el respeto que una nación merece, pero la mayoría de las veces ese respeto se desdibuja y sólo se ve al otro como alguien despojado, alguien que está en peores condiciones que nosotros, un pobre que necesita recuperar algo. Esa forma de percepción representa un riesgo (...), podría contribuir a que se deje de ver a los indígenas como indigentes y se comience a verlos como miembros de naciones preexistentes, como sujetos de derechos individuales y colectivos”, enmarca Pablo García, en el libro, de reciente aparición, Es la diversidad, idiota. Un acercamiento a la relación entre Estado y pueblos originarios, de Editorial Octubre.

Simona, Valeria, María Ortiz (44) y Ema Solano (49), todas artesanas wichí de El Potrillo e Ingeniero Juárez, en Formosa, que realizan con excelencia tejidos de chaguar y desarrollan extraordinarios tintes a partir de especies nativas del monte, visitaron la Tienda del Mercado de Artesanías Tradicionales de la República Argentina Matra, en Tecnópolis, del 8 al 12 de octubre, para vender sus productos a un precio justo, acompañadas por Gladys Arce, de la Asociación Civil Bosques Modelo Formoseño, una mujer que las sigue tierra adentro y que hace lágrima la emoción de sentir que sus derechos hacen eco. “Somos tímidas porque venimos de otra cultura”, dice Simona, y despoja de solemnidad su timidez con la caricia de su pelo negro, brillante, larguísimo, destrenzado de estribos, que le hacen lucir su sonrisa cuando la eligen para lucir sus artesanías. Ema, en cambio, elige el silencio, no se halla entre palabras impropias. En cambio, hace propio su cuerpo cuando muestra sus piernas tajeadas por hacer de su cuerpo su propia herramienta para crear canastas, carteras, cinturones o billeteras en la que usa como telar la misma piel que necesita para caminar.

Ellas aprovechan el monte, no es un paisaje, en espejismo para quienes pretenden que la conservación sea una selfie de turistas ricos y afortunados. Pero lo usan y lo cuidan. No lo extinguen ni lo talan ni lo dañan. Le conocen sus mejores secretos, lo cuidan. Y, en su arte, reproducen caranchos, garzas, quirquinchos, tortugas, tapires, cardenales y búhos, la fauna autóctona del noreste argentino que, pocas veces, aparece en las ilustraciones de una infancia educada sin el norte en la diversidad –biológica, social, étnica y sexual– propia.

Por eso, tanto Simona, Valeria, María y Ema fueron invitadas a vender sus productos en el marco de un comercio justo –que no se aprovecha de sus necesidades, sino que valoriza su talento e inversión de tiempo, capacidad y esfuerzo– en la Octava Semana de Artesanías en Matra, en Tecnópolis, invitadas por la Subsecretaría de Planificación y Política Ambiental, que promociona el uso sustentable de los bosques nativos como eje fundamental para el desarrollo de las comunidades con biodiversidad e inclusión social.
Vender para todas

La leyenda que se cuenta de boca en boca hasta las bocas que sólo se escuchan cuando se les abre la puerta a la lengua libre dice que las mujeres wichí y qom descendieron desde las estrellas a través de una fibra de chaguar –una palabra de origen quechua que puede nombrarse caraguatá en guaraní o chutsaj en wichí– para encontrarse con los varones en la tierra. Todavía ellas, las mujeres, brillan titilantes como las estrellas. Todavía hoy su vida se abraza a la misma fibra que es la que hoy puede hilvanar sus lazos para que el Estado respalde sus saberes con potencialidades productivas. Por eso, Silvia Révora, responsable de la Subsecretaría de Planificación y Política Ambiental, enfatiza: “Nuestra misión es implementar políticas públicas tendientes al combate de la pobreza y a la conservación de la biodiversidad que se motorizan a través del uso sustentable y de un desarrollo productivo con inclusión social. Fortalecer mecanismos de comercio justo y empoderar a las comunidades wichí para que puedan seguir viviendo de lo que les brinda el monte es fundamental para su arraigo territorial e identidad cultural y, asimismo, para la preservación de los bosques nativos. En la medida en que visibilicemos los bienes naturales y los servicios ecosistémicos vitales que benefician a todo el pueblo argentino valoraremos acabadamente nuestra muy rica biodiversidad”.

El monte no sólo es la raíz de las artesanías –que van desde monederos a collares y polleras con chaguar y semillas–, también da alimentos o medicina, purifica el agua y el aire, protege las cuencas, regula la humedad y la temperatura, amortigua el viento y las lluvias, fija los suelos y previene la erosión. Por eso es fundamental que sea aprovechado, pero no talado por los desmontes que dificultan el hallazgo de chaguar.

“Los desmontes la mayoría de las veces son violatorios de la ley 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos y son formas encubiertas de desalojo de los pueblos originarios. Si estos pueblos son desalojados de su territorio, además de violar sus derechos constitucionales, el bosque nativo desaparecerá rápidamente, avanzando la desertificación y el cambio climático”, advierte la antropóloga.

Esta mirada ambiental también tiene perspectiva de género. González remarca: “Cuando había chaguar en abundancia y no alambrados que les cortaran el paso, ir a recoger las largas hojas espinosas de las plantas les permitía un espacio propio de mujeres, para conversar e intercambiar, pero también para comulgar con el monte, encontrar la tranquilidad de un día con sus hermanas, madres, tías y abuelas. Para transmitirse conocimientos. Ahora los desmontes no sólo arrasan con el chaguar, la miel de las meliponas, la algarroba, el chañar y el mistol, también con la posibilidad de que puedan pensar un desarrollo propio no depredador. Por eso, apoyar las artesanías de chaguar de las mujeres del Gran Chaco es apoyar el fortalecimiento de la cultura, la identidad y el empoderamiento de las mujeres”. Por eso ellas, las chinay, hablan.

¿Cuánto tiempo y trabajo les lleva hacer una cartera?

María Ortiz: Lleva dos semanas hacer el hilo y una semana tejerla. Es muy trabajoso.

Simona Pérez: Nosotras buscamos el chaguar en el monte. Y después machucar y después poner en el sol y después hacer el hilo y empezar a buscar los colores en el monte, y después hay que esperar tres días para el negro. Por eso, recién como en dos semanas tengo una carterita.

¿Cuánto es un precio válido en el comercio justo?

Simona: Por acá la vendemos a 200 pesos, está a muy lindo precio, pero en nuestra zona nos la quieren comprar por naranjas o por 50, 30 o 20 pesos. Por eso estamos contentas, porque la gente de Buenos Aires aprecia nuestro trabajo.

¿Qué les pasa cuando les pagan mal su trabajo?

María: Una no tiene ganas de hacer nada.

Simona: Hay mujeres que venden muy barato o por naranjas.

¿Se desalientan cuando tienen casi que regalar las artesanías?

María: Sí.

Valeria Segundo: Hay mujeres que dejan los hijos en busca de chaguar y dejan al mayor para que les dé pan y comida. Porque llegamos a la noche y para sacar más de cincuenta chaguar podemos estar dos días lejos de la casa. Los blancos les dieron la idea a las mujeres de que pueden usar guantes y así podemos sacar más de cincuenta plantas.

¿Qué pasa cuando se desaniman?

Valeria: Hay mujeres que como el precio no es bueno no hacen, porque el marido dice que no hay que hacer porque no te valorizan. Porque es un sacrificio dejar a los chicos y a la casa y cuando lo vendés a 50 pesos y el marido viene del trabajo le dice: “Hacelo unito para que sea un bolso tuyo nomás”, porque ¿quién va a comprar? O si van a comprar a bajo precio.

María: Cuando hay salida las mujeres tienen más ganas. Ustedes como blancos tendrían que poder ayudar a las mujeres.

¿Cuáles son las dificultades cotidianas?

María: En nuestra zona las mujeres buscan chaguar, pero es muy lejos, se van a la mañana y vuelven a la noche. Las mujeres me dicen que pida a las autoridades que nos ayuden y nos den un camión para ir a buscar chaguar. Hace falta. Porque nosotras ahora le pagamos cien pesos, por cada mujer, al camión, y a veces somos veinte mujeres y es muy peligroso también porque puede haber un accidente. Hay mucho sufrimiento para las mujeres.

Valeria: En el monte hay mucho calor, a veces frío. Nos lastimamos las manos y las polleras. La misma Ema (Solano) hace muchos hilos y se lastima toda la pierna por las espinas. Nos sangran las manos. Por eso podemos sacar treinta o cincuenta plantas y más no porque lastima mucho. A veces no podemos ni lavar, ni cocinar, ni hacer tortillas del dolor en las manos. Cuesta mucho el trabajo. Y siempre tenemos que tener jabón pan para que mejoren un poco las manos.

¿Qué significados tienen sus tejidos?

Valeria: Cuando estuve en la feria de Tartagal allí escuché que cada yica tiene significado y no sabía. El yica tiene un dibujo de semillas de chañar y algarrobo que es la comida de nuestros ancestros. Hay otros dibujos de animales como corzuelo (similar a un ciervo) y carancho. Son buenos los encuentros de artesanas porque uno descubre cosas y sirve para que sepamos lo que era nuestra cultura que ahora está sepultada. Es importante porque nacimos de esa cultura.

¿Cómo empezaron a hilar el chaguar?

Valeria: Aprendí de mi mamá y mi abuela a hacer hilo cuando estaba en el colegio. Mi mamá hacía yicas y vendía y me daba un poco de dinero para que yo estudiara y pudiera comprar las copias que me pedía el profesor.

¿Qué es ser wichí?

María: Ahora lo que veo es que nosotros que somos wichí estamos avanzando mucho, tenemos muchas experiencias y conocimientos nuevos. Antes se dedicaban todas las mujeres a la artesanía y ahora hay mujeres jóvenes que no saben tejer, se dedican al colegio, van a la escuela. Lo que veo ahora es que la enseñanza que tienen las jóvenes es igual a la de los blancos. Hay un avance. Ser mujeres wichí no significa dedicarnos solamente a la artesanía. Somos como ustedes, los blancos, capaces de pensar y de expresar lo que siente cada una. Y para mí es lindo que haya acompañamiento para las mujeres. Porque si nos dejan solas nos quedamos. Nosotras nos queremos seguir capacitando. Ahora veo que la artesanía se mejora mucho. No es como antes con las yicas solamente de algarrobo o frutos del monte que se recolectaban. Ahora buscamos la forma para que la gente vea que son lindos y haya salida. Nosotras pensamos seguir avanzando y buscar otras formas de hacer el trabajo.

¿Qué significó encontrar nuevos colores?

Valeria: Ahora con Simona, que es la capacitadora, conocimos el negro como azul del guayacán, el blanco natural y el marrón del quebracho y pudimos mejorar las artesanías.

¿Cómo es la técnica del teñido?

Simona: El guayacán, cuando empezamos a teñir, ponemos un recipiente con un poco de agua y lo ponemos al fuego. Cuando empieza a hervir ponemos el hilo y después de eso cenizas y después sacamos y tenemos que esperar unas dos horas. Hay veces que tarda mucho hasta que sale el color.

¿Quién inventó esta receta para lograr guayacán?

Simona: Nosotras buscamos cada árbol y probamos. Por eso conocemos los colores que tiene cada árbol.

¿Se necesita mucha paciencia?

Simona: Sí, se necesita mucha paciencia para esperar que salga el color. El negro hay que esperar hasta tres días para que salga. Tres días está con tinte y cuando sale se le pone barro y hay que esperar otros tres días.

¿Cuál es el color más rápido?

Simona: El amarillo es el más rápido, y también el verde.

¿En la escuela en Formosa les enseñaron su cultura?

Valeria: No, otras cosas. Pero para llevar adelante nuestra cultura y nuestros derechos la educación es muy importante.

Simona: Yo hice la primaria y después dejé. Ahora me gusta enseñar a otras mujeres.

¿Cómo se imaginan una educación mejor?

Valeria: Es importante saber castellano más para pedir apoyo a la artesanía. Necesitamos poder hablar a los blancos. La educación es importante. Ahora mi hija Valeria, de diez años, tiene la netbook. Y a los doce años también le decimos qué es el chaguar, porque ésa es la cultura de nosotros.

¿Pueden convivir los conocimientos ancestrales y la potencialidad de las computadoras?

María: Yo digo gracias que ahora tenemos computadoras.

¿Cuáles son sus deseos?

María: Las mujeres piden un camión y a veces dicen cómo los gobernantes no ayudan a las mujeres, que cuando hay elecciones las mujeres tienen más votos. Las mujeres siempre votan más que los hombres. Y necesitamos compradores de artesanías.

Simona: Me gustaría seguir viajando. Nosotras necesitamos eso. Me gusta porque juntamos las artesanías entre todas las artesanas y las vendemos para todas. Ojalá que me inviten a otra feria.

Valeria: Que se valoren nuestros productos porque son el sostén de la familia.

Por Luciana Peker
Imagen: Constanza Niscovolos
Fuente: Página/12