diciembre 10, 2014

El sexismo de la ciencia

Los contenidos y el quehacer investigativo estuvieron siempre centrados en el hombre. Esta doctora en filosofía e historiadora de la ciencia pone en crisis ese paradigma: rescata el aporte femenino, muestra por qué la presencia de la mujer siempre fue desvalorizada en ese ámbito y explica con casos concretos cómo la perspectiva de género cambia una disciplina científica.

Eulalia Pérez Sedeño fue la gestora y promotora de un Primer Congreso de Ciencia, Tecnología y Género realizado hace casi dos décadas en Madrid, España. “El primer congreso que hicimos era nacional, y lo monté con la idea de pensar desde nuestro propio lenguaje, nuestros problemas de aquí y no tanto a partir de lo que planteaban las norteamericanas. Y aparecieron unas ‘locas’ argentinas y mexicanas que dijeron que querían participar, porque tenían cosas que plantear”, recuerda. Entre esas “locas” estaba la doctora en filosofía Diana Maffía, una de las creadoras de la Red Argentina de Ciencia, Género y Tecnología (RAGCyT), junto a las doctoras Silvia Kochen (neuróloga) y Ana Franchi (química), las tres investigadoras del Conicet. Gracias a este trío, el segundo congreso (1998) se convirtió en Iberoamericano y se realizó en la ciudad de Buenos Aires, y desde entonces el encuentro se realiza cada dos años alternativamente a un lado y otro del océano. La iniciativa creció y ahora ya cuentan con una red formal: la Red Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Género (RICTyG), con financiamiento de Cyted (Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo).

De paso por Buenos Aires, rumbo al X Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Género –con sede en Asunción, Paraguay–, Pérez Sedeño señala un principio básico del área en la que trabaja: “Los estudios sobre ciencia, tecnología y género comparten un objetivo político: la oposición al sexismo y androcentrismo reflejados en la práctica científica”.

–¿Puede explicar cuáles son los sesgos sexistas y androcéntricos en los contenidos y la práctica científica?

–Lo androcéntrico es que está centrado en el hombre, históricamente siempre ha sido así, pero hablamos de sexista cuando ya hay un aspecto más peyorativo que marca al sexo femenino como peor, subordinado e inferior. Son muy diversos estos sesgos, pero podríamos decir que corresponden a tres tipos. Por un lado está el propio contenido de la ciencia, que utiliza muchas veces metáforas muy sexistas, como por ejemplo cuando se habla de la reproducción se presenta el óvulo como la bella durmiente que está esperando al aguerrido guerrero, el espermatozoide, que llegue y la despierte. Y hay muchas metáforas de ese tipo en la ciencia. Luego están los sesgos metodológicos, como cuando en medicina los ensayos clínicos se hacen con muestras que no incluyen mujeres, o que no incluyen embarazadas, o que no incluyen mujeres de determinada edad. Y luego están los sesgos propios de la ciencia como tal, en el sentido de que ciertas críticas metodológicas nos han llevado a replantear la idea de ciencia que tenemos, que es una idea muy jerárquica y autoritaria. Esto nos ha llevado a plantearnos la ciencia como una empresa mucho más colaborativa donde la objetividad se alcanza a través de la crítica intersubjetiva en las comunidades científicas, y donde la participación de todos y todas es necesaria para llevar a cabo la empresa científica.

–¿Qué aporta el feminismo a la mirada sobre la ciencia?

–Pues aporta todo, es una teoría que fundamentalmente mira críticamente esta ciencia y lo que hace es, por un lado, analizar velando porque ese sexismo y ese androcentrismo en la ciencia no se produzca, pero también plantea una reflexión a un nivel más amplio sobre el tipo de ciencia que queremos, y el tipo de investigaciones que queremos llevar a cabo.

–¿Qué cambios le parece que produjo el feminismo tanto en la comunidad científica como en los propios contenidos de las disciplinas?

–Creo que ha provocado muchos cambios en muchas disciplinas. Por ejemplo, en la teoría de la evolución se pensó durante mucho tiempo que el motor evolutivo había sido la caza llevada a cabo por el hombre cazador, y eso se basaba en evidencias fósiles, como puntas de flecha, que habían quedado. Pero, precisamente, un grupo de biólogas evolucionistas no satisfechas con el papel que se les asignaba a las mujeres en la evolución empezaron a mirar desde otra perspectiva el registro fósil y a buscar otro tipo de evidencia, y a ver que en muchos casos la evidencia se podía interpretar de diversas maneras, con lo cual eso también ha llevado a una reconfiguración de la idea general de ciencia. Y entonces, ellas propusieron la hipótesis de la mujer recolectora, porque decían: “Bueno, la caza de los grandes animales sería algo extraordinario, ocasional, mientras que en el día a día habría que recoger bayas, frutos, pequeños animalitos, y esto seguramente que lo podían hacer las mujeres”. Fijándose además en tribus contemporáneas que hacían cosas semejantes a nuestros antepasados. Entonces pensaron que las mujeres seguramente inventaron instrumentos también muy fundamentales para el desarrollo, para la evolución de la especie humana, como pueden ser cabestrillos para llevar a los niños, mientras se hacían esas labores de recogida, o cestos. Pero eso se hacía con vegetales, entonces no queda en el registro fósil. Y de hecho hoy en día ya no se habla de la hipótesis del hombre cazador, ni de la hipótesis de la mujer recolectora, sino de la hipótesis de las sociedades cazadoras-recolectoras. La ciencia es un conocimiento situado, que se hace en un tiempo y en un lugar, y los seres humanos que practican la ciencia pueden pertenecer a varias comunidades, políticas, religiosas, académicas. Entonces es muy importante, y eso es un aporte del feminismo, el ver que las pertenencias a estas diversas comunidades intervienen en el desarrollo de nuestra ciencia. Hay varias perspectivas feministas en ciencia, pero yo creo que prácticamente todos los feminismos admiten el conocimiento situado.

–Las primatólogas tuvieron un rol importante en este cambio de perspectiva en la ciencia, ¿verdad?

–Sí, pero muchas de las primatólogas no se reconocieron en ese momento como feministas. Creo que es una disciplina muy típica donde se ve que la presencia mayoritaria de mujeres cambia por completo la disciplina. En los años ‘60 no había mujeres haciendo primatología, y en los años ‘90 alrededor del ochenta por ciento de los doctorados que se hacían en primatología eran de mujeres, y han hecho muchas cosas desde Jane Goodall (sus observaciones sobre la conducta instrumental de los chimpancés, sus hábitos de caza, su inteligencia, sus emociones y su personalidad individual revolucionaron la biología y nuestra percepción sobre los otros primates). Una de las cosas que hizo Jane Goodall fue darse cuenta de que los chimpancés utilizaban elementos perecederos. Ahora todo el mundo ha visto los documentales donde el chimpancé mete el palito (en un termitero) y lo saca lleno de termitas, pero ésa fue una de las primeras observaciones que hizo Goodall. Y se le ocurrió, y también a las evolucionistas, que a lo mejor las mujeres (en la prehistoria) también usaban ese tipo de instrumentos para escarbar. Han hecho muchas cosas, por ejemplo observar a los primates en libertad, porque antes por lo general se observaban en cautividad. Otra de las cosas importantes ha sido desarrollar protocolos de observación, y observaban no sólo centrándose en la figura del macho dominante, sino en otras figuras. Además comenzaron a observar muchas más especies diferentes, porque antes se observaban a una serie de primates que no eran arbóreos, los que eran terrestres, que eran los más fáciles de observar, y en concreto es un grupo de primates que tienen un macho dominante, machos periféricos y hembras. Pero ahora se sabe, gracias a la observación, que las sociedades de primates son muy variadas, como sucede también con las humanas. Por ejemplo, están los orangutanes de Borneo, que los estudió Birute Galdikas, que forman familias. Hay otra especie que estudió Jane Altman, que fue la que desarrolló los protocolos de observación, en la que quien marca la jerarquía es la hembra y las hijas heredan la jerarquía de la madre, y los machos son los que migran a otro grupo cuando se hacen adultos. Lo que hicieron los protocolos de observación fue tremendo, porque antes cada primatólogo o primatóloga observaba lo que le parecía. Los protocolos establecían que había que observar a cada uno de los miembros de la manada, lo que hacían, incluso consignar lo que no hacían. Eso permitió comparar entre especies.

–¿En qué sentido esa variedad de observaciones que se abrieron en la primatología aportaron a las perspectivas feministas sobre la ciencia?

–Es muy importante, porque lo que se hacía era observar a los primates porque se pensaba que observar las especies de las que provienen los seres humanos nos podía dar la pauta de por qué somos así, explicar un poco la conducta actual. Por eso se consideraba que como en estas especies que se observaba inicialmente el macho dominante era muy agresivo, pues era normal que en nuestras sociedades dominaran los varones, que nuestra sociedad fuera agresiva. Entonces, al ver que había tal variedad, eso ha ayudado a no justificar la dominación del varón con respecto a la hembra, ampliar la mirada sobre la diversidad de nuestras culturas, de nuestras conductas.

–Históricamente se ha situado la objetividad y la razón del lado masculino, y la subjetividad y el sentimiento del femenino. En esta división del trabajo emocional e intelectual, la ciencia quedó para los hombres.

–Sí, son estereotipos que tenemos muy arraigados, y es muy difícil eliminarlos porque son estereotipos culturales que están ya en los mitos de la creación, está ya en el mito de Adán y Eva de cómo se crea a la mujer, que dicen que la crean de una costilla de Adán, aunque aparece otro relato de la creación del ser humano en la Biblia, pero el que ha tomado la Iglesia Católica es ése. Esos mitos están muy arraigados dentro del imaginario colectivo y es muy difícil erradicarlos, por eso es importante una conciencia crítica para plantearse que eso no es así.

–Además, esta división trae como correlato una idea sobre la construcción del conocimiento científico, como escindido de la emocionalidad.

–Exacto, algo separado de uno mismo, que no puede una mantener un contacto porque lo vicia. Yo creo que ahí hay un error entre entender la subjetividad como lo contrario a la objetividad en el sentido de que algo que es objetivo es justificado y lo que es subjetivo no es justificable. Eso lleva a la idea de que la ciencia es algo que está completamente separado de uno mismo, y viene dado por la creencia, en mi opinión errónea, de que la ciencia es algo imparcial y valorativamente neutro. Es decir, que en la ciencia no intervienen más valores que los que tengan que ver con la verdad y la evidencia empírica, y que valores políticos, económicos, sociales e ideológicos no tienen cabida. Pero eso no tiene sentido, porque desde el momento en que la ciencia la hacen las personas que están en una situación concreta, que pertenecen a diversas comunidades, que tienen una serie de valores, pues esto tiene que impregnar de alguna manera las prácticas científicas que se hacen. Pero para asignarle cierta objetividad a esas creencias nuestras tenemos que hacer una crítica, pero una crítica de todos, no vale la autoridad de una sola persona o de un solo grupo, sino que tiene que hacerse una crítica intersubjetiva en toda la comunidad científica.

–Hasta no hace tanto, cuando se hablaba del rol de las mujeres en la historia de la ciencia y la tecnología, solía destacarse primero la escasez. Pero en realidad, los estudios más recientes muestran que las mujeres no fueron tan escasas, sino que tal vez han estado en lugares menos visibles o en roles más marginales. ¿Es así?

–Bueno, no tan marginales. Porque lo que sucede a veces es que tendemos a ver a la historia de la ciencia con los ojos del presente. Por ejemplo, en una época en la que no existía la fotografía, la manera de hacer llegar a los científicos las nuevas especies de flora y de fauna, para que las pudieran estudiar, era a través de dibujos, de pinturas, y hay muchas ilustradoras científicas, y eso no es marginal ni mucho menos. En realidad lo que no hay son mujeres en las historias de las ciencias que se han escrito, que tampoco es tan exacto, porque hay algunas historias específicas sobre mujeres en determinadas disciplinas. Pero por lo general en las historias que se han escrito hasta muy recientemente casi no aparecían mujeres, sólo estaban Marie Curie, Hipatia y alguna más. Y esto es así porque, entre otras cosas, se tenía una concepción de la historia de los grandes nombres, que además eran de varones. Pero cuando se ha empezado a prestar atención a otras prácticas, a darse cuenta de que la ciencia no es sólo una teoría, sino que la ciencia está compuesta por muchas otras cosas, por los libros de texto, los libros de divulgación, las prácticas de laboratorio, las ilustraciones y todo lo que se pueda imaginar alrededor de la ciencia, entonces ahí se ve la aparición de mujeres. Un ejemplo muy curioso es el de las mujeres del Observatorio de Harvard, que parecía que quien había hecho todas las observaciones de los espectros estelares era (Edward) Pickering, pero resulta que había un montón de mujeres trabajando, muchas de ellas de primera fila, como Henrietta Leavitt, que fue en quien se basó (Edwin) Hubble para llegar a la constante de Hubble. Y como ése hay un montón de ejemplos. Entonces, hay más de las que se piensan, pero es verdad que no hay tantas como hombres, porque, para empezar, no se les permitía el ingreso a las universidades hasta fines del siglo XIX principios del XX, entonces también es normal que no hubiera, porque muchas de estas mujeres eran autoeducadas o educadas en sus casas, porque tenían un padre o un hermano que se dedicaban a temas científicos, o se casaban con alguien con quien poder continuar sus investigaciones.

–Está más que comprobado que las científicas durante el de-sarrollo de sus carreras tienen inflexiones que los hombres no tienen. Por ejemplo la maternidad hace mella en los currículums de las mujeres, mientras que la paternidad no suele afectar la trayectoria académica de los varones. Esta cuestión sobre todo tiene que ver con la división del trabajo doméstico, por lo menos en el marco de una pareja heterosexual, un problema que claramente excede a la comunidad científica y se extiende a toda la sociedad. ¿Usted notó algún cambio en la última década con respecto a este tema? ¿Pudo observar la promoción de políticas orientadas a paliar esta situación?

–Yo creo que se ha mejorado algo, por lo menos en algunos países en los que las licencias por maternidad y paternidad son compartidas. Pero por ejemplo en España, aunque existe la posibilidad de que el hombre se tome parte de la licencia, sistemáticamente se la toman las mujeres. La cosa no está para nada equiparada, lo que sucede es que cuando un hombre hace algo en el ámbito doméstico se ve más que cuando lo hace una mujer. Yo creo que se ha adelantado algo porque por lo menos algunos hombres de las nuevas generaciones comparten mucho más el cuidado de los hijos y las labores del hogar, pero desde luego, no hay igualdad. Y hay otra cosa, que ya atañe específicamente a las científicas. En determinadas disciplinas pasarse seis meses fuera (por licencia de maternidad, por ejemplo) afecta mucho. Por eso yo creo que son muy importantes las medidas positivas, las medidas de apoyo a las mujeres investigadoras. Nosotros tuvimos una idea buenísima en mi institución, era que cuando una mujer se reincorporaba luego de una licencia prolongada, se le asignaba un ayudante para que se pudiera poner al día en su disciplina. Era una cosa que teníamos aprobada en el Plan de Igualdad, pero llegó la crisis y no se pudo hacer.

–En general, a la hora de informar o divulgar sobre ciencia suele haber una cierta descontextualización, se habla de descubrimientos, de grandes hallazgos, y parece que los hechos sucedieron ayer. Y en esta descontextualización también se suele omitir la división del trabajo que se da hacia dentro del sistema científico: las mujeres son mayoría en la base y minoría hacia la cumbre de la pirámide, en donde se ubican los puestos jerárquicos, se concentra la toma de decisiones y se cuenta con mayores recursos. Estos son los lugares de mayor visibilidad, por lo tanto la mayoría de las científicas suelen quedar invisibilizadas para el gran público. ¿Qué influencia tiene esta forma de mostrar la ciencia en la reproducción de un cierto statu quo en el que la imagen por antonomasia de quien hace ciencia es la de un hombre blanco de clase media?

–Claro, las mujeres generalmente aparecen detrás de él, o las mujeres rodeando al jefe, que suele ser un hombre. Pero a veces se está teniendo un poco más de cuidado con eso, por lo menos en España. Y creo que eso además daña mucho la imagen de la ciencia en el sentido de que la hace muy lejana para la gente de la calle, del día a día, los presentan un poco como si fueran bichos raros que están en sus laboratorios, en lugar de como seres humanos comunes y corrientes, con sus maravillas y sus miserias como cualquiera de nosotros. Yo creo que esto responde a dos cosas. Primero a que los hombres piensan en hombres a la hora de realizar una entrevista o una nota de divulgación. Pero también creo que como las mujeres cumplen ese doble o triple rol en la sociedad, aparte del profesional, el reproductivo y el del cuidado, pues no les queda tiempo para hacer divulgación. En las revistas de divulgación científica el porcentaje de divulgadores varones es mucho mayor que el de mujeres. Las mujeres cuando acaban el trabajo salen corriendo porque tienen otras ocupaciones, y ellos en cambio establecen vínculos muy fuertes, luego del trabajo se van de copas. Y, claro, es normal que cuando estás pensando en alguien pienses en la persona que tienes más cerca, que es con la que has estado tomándote la cerveza anoche, no piensas en una persona a la que ves menos, aunque esté en el laboratorio haciendo un trabajo igual o más importante que el otro.


Por Verónica Engler
Imagen: Dafne Gentinetta
Fuente: Página/12