diciembre 07, 2014

En relación con mandatos y exigencias. El malestar en las mujeres

Mujeres. Feminidad. Continente negro, enigma, excepción. Múltiples formas para nominar la supuesta inaccesibilidad de lo femenino. La pregunta freudiana sobre qué quieren las mujeres sigue insistiendo, a pesar de que ya numerosas mujeres que teorizan sobre la feminidad han comenzado a responderla. La problemática del supuesto malestar de las mujeres ha sido interrogada infinitas veces, casi siempre por teóricos impregnados de paradigmas patriarcales que operan en la ciencia médica y “psi”, naturalizando el posicionamiento inferiorizado de la mujer en lo social, lo que ha imposibilitado tradicionalmente analizar la feminidad y sus trastornos como productos de un entramado ideológico-político propio de la cultura de la modernidad y que aún continúa vigente.

En mi práctica como psicóloga, escucho con mucha frecuencia el malestar de numerosas mujeres de diferentes edades, que viven con sufrimiento su tránsito por los espacios laborales o por sus recorridos como estudiantes. Lo que nomino como malestar es un estado de insatisfacción y angustia que se desencadena a partir de situaciones connotadas como problemas que no pueden enfrentar y que suelen presentarse en situaciones tales como rendir exámenes, discutir con compañeros, hablar en público, manifestar opiniones, responderle a un superior, defender un proyecto u otras actividades que requieren de una conducta activa y expuesta a la mirada de los otros.

Utilizo la expresión “malestar”, en el afán por apartarme de categorías clasificatorias y patologizantes provenientes de las ciencias médicas y “psi”, que operan con criterios supuestamente neutros y a-históricos. Consecuentemente con estas ideas, he intentado indagar el malestar que presenta un grupo de mujeres y que describo como una sensación de inadecuación o de “no poder”, es decir, de impotencia, casi siempre acompañada de angustia, de inhibiciones, enojo y otros síntomas que aparecen en los espacios donde desarrollan prácticas laborales o de estudio y que frecuentemente desencadenan el abandono de dichos espacios. Los relatos de estas mujeres sobre estos episodios de su vida cotidiana aluden generalmente a inhibiciones que suelen verbalizarse con expresiones tales como: “no contesté”; “mejor callarme”; “preferí no decir nada”; “me fui llorando”; “me temblaba el cuerpo”; “me quedé muda”; “me dejó fría”; “me olvidé de todo lo que iba a decir”; “me bloqueé”; “quedé paralizada”. Generalmente, estas expresiones parecen remitir a vínculos interpersonales que se tornan conflictivos y que, como correlato, comienzan a desencadenar múltiples formas de la angustia, conduciendo a mayores inhibiciones, enojos o depresiones. A su vez, y vinculados con esa angustia, suelen aparecer todo tipo de autorreproches que, a modo de quejas y lamentos, producen un mayor aislamiento, tanto del entorno extrafamiliar como del familiar, así como a sentimientos de hostilidad que parecen teñir todas las actividades que realizan.

Este estado de malestar psíquico tiene una duración variable acorde a las singularidades de cada caso. Durante el tiempo en que transcurre, algunas de estas mujeres no aceptan intervenciones de personas que componen su entorno afectivo y menos aún intentos de contención que se propongan restar valor al acontecimiento provocador. Toda argumentación que quite importancia al episodio genera mayor hostilidad y mal humor, como si por alguna razón desconocida fuera necesario un autocastigo. Dependiendo de las asociaciones que se desencadenan a partir de la escena que provoca este estado de malestar, ellas coinciden en señalar que ha tenido lugar una acción considerada no satisfactoria para la autoestima, pero al mismo tiempo la perciben como la única posible, ya sea por una presumible falta de capacidad o por preservar una supuesta armonía con los demás protagonistas.

De este modo, la inhibición de una acción que vehiculiza una carga de agresividad funciona al modo de una conducta que se evita por simbolizar un peligro que amenaza con romper un estado de equilibrio. Las preguntas que surgen entonces serían: cuán peligroso es lo que se inhibe o se reprime en relación con un supuesto equilibrio intersubjetivo y, si además, lo que se pone en juego es el intento por evitar un peligro mayor, peligro que pertenecería al orden de lo intrapsíquico, debido a la aparición de un gran monto de angustia que parece derivar de conflictos, que involucrarían una pugna entre diferentes instancias del aparato psíquico.

Este problema remite a la constitución psíquica de la feminidad y conduce a interrogar los modos de subjetivación relacionándolos con el contexto histórico social, sobre todo a los mandatos que sufren actualmente las mujeres durante sus prácticas en el espacio público y a las exigencias derivadas de las nuevas demandas socioeconómicas.

Por Marta Fernández Boccardo
Fuente: Página/12