diciembre 29, 2014

Inertnacional. Es la desigualdad, estúpido.

En momentos en que la violencia global contra mujeres y niñas atraviesa un recrudecimiento que espanta, el Banco Mundial presenta una guía de recursos para abordar, prevenir y brindar servicios multisectoriales unificados a víctimas de violencia de género. El documento resalta la urgencia de un enfoque estratégico que achique las enormes brechas sociales, económicas y políticas entre mujeres y hombres.

Más del 35 por ciento de las mujeres del mundo ha sufrido violencia física o sexual infligida por su pareja o por otras personas. Esto equivale a 818 millones de mujeres, casi la población total del Africa Subsahariana y cerca del triple de la de los Estados Unidos. La mayoría de las víctimas nunca pide socorro ni habla con nadie sobre su padecimiento. Sólo 4 de cada 10 sobrevivientes de la violencia contra mujeres y niñas solicitaron ayuda a fuentes de apoyo formales o informales. Los datos surgen del último informe del Banco Mundial, que acaba de lanzar una guía de recursos para abordar, prevenir “y prestar servicios de alta calidad a las sobrevivientes de violencia”.

El documento es publicado en momentos de un recrudecimiento global de la violencia contra las mujeres, que durante diciembre quedó cristalizado en las redes sociales con diferentes publicaciones de individuos, confirmando que habían asesinado a sus parejas. Cosimo Pagnani, un italiano de 32 años de la provincia de Salerno, en el sur de la península, mató a cuchilladas a su ex mujer, María D’Antonio, de 34 años y con quien tenía una hija de 4 años, para después escribir en Facebook: “Estás muerta, puta”. Lo alarmante del caso es que antes de que su página fuera eliminada de la red, 321 personas le dieron “me gusta” a la publicación. La violencia de género en Europa arroja cifras de horror: sólo en Italia se calcula que cada 12 segundos una mujer se convierte en víctima, y aun así sobran las voces que culpan a las mujeres de sus propias muertes. Dos años atrás, en la puerta de la parroquia de Lerici, al nordeste de la península, colgaba una nota titulada “Mujeres y violencia de género”, donde se explicaba que el problema de la violencia contra las mujeres se debía “a que éstas provocan cada vez más, se vuelven arrogantes, se creen autosuficientes y acaban por exasperar las tensiones”.

“La violencia contra las mujeres y las niñas (VCMN) es una de las formas más opresivas de la desigualdad de género y se erige como barrera fundamental a la participación igualitaria de las mujeres y los hombres en las esferas social, económica y política. Impide la igualdad de género y el logro de una variedad de resultados de desarrollo”, advierte el informe elaborado entre el Grupo Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Instituto Global de las Mujeres, de la Universidad George Washington. “La VCMN es un problema complejo y multifacético que no se puede abordar de forma efectiva desde un único punto de vista. La prevención y respuesta a la violencia exigen la acción coordinada de múltiples sectores.”

La urgencia por adoptar un enfoque estratégico basado en el ciclo de vida para abordar la violencia tanto en el hogar como en la comunidad es uno de los principales ejes de la propuesta, que atienda las necesidades de las mujeres y las niñas en todas las etapas de su vida. Porque las diferentes expresiones de violencia comienzan desde la gestación: aborto selectivo en función del sexo, infanticidio, descuido, ablación, mutilación genital femenina, prostitución, matrimonio forzado, violencia de pareja, agresión sexual, maltrato de ancianas y viudas, y abuso económico son algunos casos de perpetuación del espiral de violencia que también obstaculizan el desarrollo social y económico de las mujeres.

Según el informe, la mayor parte de aquéllas, expuestas a situaciones de violencia, nunca buscan ayuda ni hablan con nadie al respecto. Los datos de las Encuestas Demográficas y de Salud (Endesa) en 30 países revelaron que, en promedio, sólo 4 de cada 10 sobrevivientes de la VCMN solicitaron ayuda alguna vez. Otros estudios recientes calculan que “sólo el 2 por ciento de las mujeres en la India y en el este de Asia, el 6 por ciento en Africa, el 10 por ciento en Asia Central y el 14 por ciento en América latina y el Caribe revelaron de alguna manera su experiencia relacionada con la violencia”. Las que se atrevan a relatar su drama y pedir ayuda deberían por lo menos escuchar la propuesta de un “plan de acción de acuerdo con sus preferencias, puesto que ellas están más familiarizadas con sus circunstancias y saben cuál es su nivel de confort con las opciones que tienen disponibles. A esto se le suele llamar enfoque centrado en la sobreviviente”, donde prevalecen los principios de autonomía y confidencialidad, “prestando la mayor atención posible a su seguridad”. A escala mundial, las mujeres y niñas tienen más probabilidades de ser atacadas o asesinadas por un conocido. La iniciación sexual forzada de las más jóvenes oscila entre el 7 por ciento en Nueva Zelanda y el 46 por ciento en el Caribe.

Los autores del estudio señalan la necesidad de hacer hincapié en los grupos de mujeres que pertenecen a comunidades excluidas o que se encuentran en situaciones vulnerables, como las mujeres indígenas, migrantes o empleadas domésticas, que enfrentan mayor violencia. Pero los factores de riesgo clave que alcanzan a todas por igual, más allá de la franja social que ocupen, siguen siendo el dominio masculino sobre las decisiones y los ingresos del hogar, las políticas y leyes que discriminan a las mujeres, y las normas culturales que justifican o condonan la violencia como una forma de resolver conflictos o imponer disciplina.

La guía, que puede consultarse online (http://www.vawgresourceguide.org/es), concluye en la necesidad urgente de articular “servicios multisectoriales integrados bajo un solo techo” para empoderar a las mujeres, concentrar sus necesidades en un único lugar y favorecer la posibilidad gloriosa de que las sobrevivientes de violencia logren separarse de su agresor. Sin consecuencias nefastas.

Por Roxana Sandá
Fuente: Página/12