diciembre 16, 2014

¡Maldita cultura patriarcal!

Póster de Guerrilla Girls

Si existe la responsabilidad social de las empresas, existe también la responsabilidad social de las empresas culturales y, por extensión, de todas las instituciones y organismos que programan cultura, en especial si lo hacen desde el ámbito de lo público. Aunque la realidad está lejos de confirmarlo. Estrella de Diego, en el especial Mujeres de El País Semanal (30 de noviembre), confeccionado al hilo del día contra la violencia de género, escribía: “Pese a todo, pese al camino recorrido en las salas de los museos, pese al enorme impacto de las artistas hoy, el techo de cristal está ahí, apabullante: ¿cuántos directores de grandes museos son mujeres? Muy pocos”. Mientras en esas mismas páginas, con la misma transparencia, Laura Freixas afirmaba: “La realidad cambia, pero la cultura nos la devuelve convertida en los estereotipos de siempre”.

En la misma línea el magazine Yo Dona que El Mundo dedicó por esa misma razón (29 de noviembre) a ese 51% de la población que somos las mujeres, hablaba con cifras del lugar que ocupamos en la sociedad. “Mucho ruido y pocas nueces”, rezaba uno de los artículos. En la cultura, de hecho, a veces ni siquiera hay ruido, sino un ominoso silencio apenas roto por el frufrú de algunas faldas que pasaban por allí, como si nadie las hubiera invitado: mujeres que ocupan en solitario las mesas redondas, los jurados, los altos cargos de responsabilidad de la gestión cultural, la lista de premiados…

Y es que, aunque haya quien no quiera verlo, sobre las creadoras y las agentes de la cultura (en proceso ascendente en número pero no en ocupación del espacio público, y mucho menos de los puestos de máxima responsabilidad), aún se cierne la sombra pertinaz de la todopoderosa presencia masculina, empeñada en seguir repartiéndose el pastel (y el papel y el metraje de las películas y los minutos de televisión) como si el creciente e imparable impulso femenino no fuera con ellos.

No hablamos aquí de los consejos de administración de las empresas del Ibex(donde las mujeres brillan por su ausencia), ni de los parlamentos donde se hacen las leyes (donde su presencia ha dado un vuelco radical durante las últimas décadas), ni tampoco del imparable proceso ascendente que ha llevado a las mujeres a ocupar en años recientes el mundo de la sanidad, aunque los grandes cargos los sigan ocupando ellos (miles de batas blancas que han feminizado el sector, pero que aún no han logrado transformar sus mecanismos de selección).

Nos referimos a esos muchos ámbitos de la cultura que van de las artes plásticas a la literatura, pasando por la música, la danza, el teatro, el cine… ¿Quién hace la cultura? Pues en un tanto por ciento aún elevadísimo, ellos. ¿Y quién consume la cultura? Pues a decir de las cifras, algo más ellas que ellos: leen por ejemplo un 64,1% de las mujeres frente a un 54% de hombres y el Laboratorio Permanente de Público de Museos, en su estudio Conociendo a nuestros visitantes, constata que un 52,6% de los visitantes de nuestros museos son mujeres. Algo menos que las que visitan el parisino Pompidou, que fueron en 2012 un 56%.

Si un 64,1% de mujeres lee (frente a un 54% de hombres) y un 55% posee hoy formación universitaria, ya no se las puede tratar como excepciones, ya no pueden de ningún modo estar representadas por una mujer por mesa redonda, una mujer por jurado, una mujer por año en un gran centro de exposiciones. No es de recibo y no responde a ninguna lógica que no sea la de la perpetuación de roles caducos. A la vuelta de la esquina está un radical cambio de mentalidad y la abolición de la cultura de la “men way of working”, que prima el intercambio de favores, el amiguismo y la camaradería entre iguales. Algo tan capital como la cultura, que irradia de modo transversal cualquier otra manifestación social, no puede responder a modelos decimonónicos, ni servirse de las alianzas que en su día determinaron el reparto del mundo.

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Esos son los síntomas de la verdadera enfermedad de la cultura (que no es ni de lejos la coyuntural y desastrosa subida del IVA, que la considera producto de lujo, ni la acuciante crisis, que la lastra como una losa). Y son las cifras de la desigualdad las que nos devuelven en el espejo el verdadero rostro de la cultura, su parcialidad, su enquistamiento y su desarraigo respecto de la realidad. Lamentablemente la llamada industria cultural carece hasta la fecha de documentación en este campo, aunque las asociaciones de mujeres y otros entes similares periódicamente denuncian infrarrepresentaciones y agravios, que tienen por objeto poner el dedo en la llaga e invitar a tomar medidas de corrección.

Cifras y datos en este campo son siempre bienvenidos y sí los ofrece el proyecto “Mujeres y hombres en la industria cultural española (literatura y artes visuales)”, a cargo de un grupo multidisciplinar de profesionales y destinado, en el campo de la investigación social aplicada, a visibilizar y sensibilizar acerca de la desigualdad entre hombres y mujeres. Sus resultados se presentaron en la Biblioteca Nacional de España los días 9 y 10 de diciembre en el seminario del mismo nombre, incluyendo la aportación de cifras objetivas que confirman que se siguen otorgando certificados de prestigio cultural en mayor medida a hombres que a mujeres. Y que, cómo no, evidencian la existencia de redes homosociales en las que los hombres demuestran sentirse más cómodos entre sus pares, razón por la cual acaban beneficiando a los suyos, en perjuicio de profesionales femeninas con las mismas o superiores competencias. De ahí que, por ejemplo, los jurados formados por hombres difícilmente premien a mujeres, mientras la cosa cambia cuando la composición de los jurados está más repartida.

En el seminario de presentación del proyecto afloraron realidades tan paradójicas como que la mayoría de las más de cien empresas culturales entrevistadas para la ocasión creen en un elevado porcentaje que favorecen la igualdad, aunque jamás hayan tomado ni una mísera medida al respecto; o bien que la llamada Ley de Igualdad es puro marketing jurídico, dado que ni se obliga a su aplicación ni se sanciona a quienes no la aplican. También se constataron realidades tan dolorosas como que en el sector cultural son las mujeres quienes poseen mayor número de contratos temporales o a tiempo parcial; me pregunto si por qué se las considera más prescindibles, porque la conciliación familiar aún no existe ni se la espera en breve o por ambas cosas.

Quienes hemos participado con nuestras aportaciones en el seminario, y más aún después de haber escuchado a otros expertos y expertas en ámbitos como el derecho, la sociología o la gestion cultural, sabemos que la única salida para desactivar la retroalimentación de esa desigualdad manifiesta tan lesiva en el ámbito de la cultura es que ese pacto entre caballeros que a día de hoy aún la sostiene lo sea pronto entre damas y caballeros. Todos y todas saldremos ganando y, sobre todo, saldrá ganando la cultura.

Por Mª Ángeles Cabré, escritora y crítica literaria, acaba de publicar Leer y escribir en femenino (Barcelona, Editorial Aresta, 2013). Dirige el Observatorio Cultural de Género (OCG).
Fuente: El País