diciembre 28, 2014

Resistencias precarias. Dinámicas de control y exclusión

Ante la imposición de normas que nos oprimen y precarizan, Elisa Marquina aboga por la constante creación de lenguajes y espacios diferentes para la resistencia.

‘Panóptico queer’, Mario Pavón.

En este contexto tan neoliberal en el que vivimos nadie se libra de pertenecer al engranaje de la maquinaria capitalista. Hasta la Universidad y los planes de estudio se han convertido en una moneda más de cambio para alimentar el sistema. En España, el gobierno nos quiere encerradas e hipotecadas en un espacio en blanco que se va agrietando con tantas privatizaciones y recortes injustos. La puesta en marcha de prácticas anti-educativas, como los máster, nos condenan a nuevas formas de esclavismo (las prácticas no remuneradas, por ejemplo). Y yo me pregunto: con el potencial subversivo de los propios feminismos, ¿por qué no hacer de la academia un espacio real para la resistencia? Proponer el sistema de cuotas para llegar a la igualdad efectiva no es suficiente. Este tipo de teorías y sus respectivos análisis cuantitativos (supuestamente objetivos y serios) acaban convirtiéndose en teorías reformistas del capitalismo. Muchas veces se descartan las investigaciones que proponen una ruptura real con la situación actual, alegando que sus contenidos son demasiado arriesgados para introducirlos en la academia. La lucha por la consecución de un espacio abierto para las sexualidades y los cuerpos no normativos sigue siendo todo un reto, se siguen obviando los feminismos y/o activismos queer porque su carga crítica y profunda a todas las posiciones de privilegio supone un salto demasiado grande.

Hay una corriente dominante en el feminismo que repite insistentemente que las trabajadoras del sexo son presas de su propia condición patriarcal, que la solución es salvarlas de su herejía, pero ¿y las demás trabajadoras?, ¿no nos prostituimos laboralmente? A algunas filósofas no nos queda otra que mercadear con nuestros cuerpos y nuestras habilidades performativas para sobrevivir en un mundo ajeno a nosotras mismas. Obedecemos a la lógica del capital para sobrevivir, trabajamos en empresas que no están libres de machismos y homofobias (tampoco la universidad lo está), vendiendo por impulso y en cadena. Paseamos la precariedad política por nuestros barrios, nuestros curros y nuestras plazas, una precariedad que como dice Butler se mide de manera diferencial y está íntimamente relacionada con las normas sexuales y de género. Pensemos por ejemplo en las agresiones a las que están expuestas las seropositivas en sus ámbitos laborales, en las dificultades para encontrar trabajo siendo transexual o inmigrante y en la propia rivalidad y competitividad que fomentan las empresas entre mujeres. Cuando oigo hablar a las personas heterosexuales sobre el progreso actual en el terreno de las libertades sexuales, tampoco me pasa inadvertida la contradicción entre la celebración de una fiesta capitalista con una grandiosa cabalgata que conmemora el día del gay hegemónico y la violencia homofóbica y transfóbica que sufrimos las bolleras, transexuales, pansexuales o bisexuales precarias a lo largo de nuestra vida.

“Se utilizan diferentes elementos, como la vigilancia, la presión y el miedo para instaurar un ejercicio de poder constante sobre los cuerpos y así elevar su productividad”

Las redes del engranaje empresarial se sustentan a través de la reproducción de jerarquías de poder (del director al gerente, del gerente al encargado, del encargado al trabajador, de un trabajador a otro, etc.). Se utilizan diferentes elementos, como la vigilancia, la presión y el miedo para instaurar un ejercicio de poder constante sobre los cuerpos y así elevar su productividad. Por ejemplo; tener consciencia de ser vigilada por una cámara representa parte del juego del dispositivo panóptico que describe Foucault. Ser observada sin poder ver a la persona que observa implica que ese ejercicio de poder se mantenga en el tiempo, que cada cuerpo se imponga su propia disciplina de vigilancia hacia sí mismo. Estas formas de control (aunque seamos conscientes de ellas) aleccionan nuestros cuerpos configurando nuestras subjetividades. No estamos libres de la imposición de normas y, aunque estas nos representan como vulnerables, tampoco estamos completamente determinadas por ellas. Por esto necesitamos crear constantemente lenguajes y espacios diferentes para la resistencia. En una movilización ciudadana, por ejemplo, exponemos nuestros cuerpos vulnerables a las acciones de otros cuerpos, formando redes y espacios con significados plurales y diferentes. Nuestra vulnerabilidad es la condición previa para la resistencia.

“En muchas de las reuniones públicas que atraen a personas que se piensan a sí mismas en situaciones precarias, la demanda de acabar con la precariedad es escenificada públicamente por quienes exponen su vulnerabilidad ante unas condiciones infraestructurales que se están deteriorando; hay una resistencia corporal plural y performativa operando que muestra cómo las políticas sociales y económicas que están diezmando las condiciones de subsistencia hacen reaccionar a los cuerpos. Pero estos cuerpos, al mostrar esta precariedad, también están resistiendo esos mismos poderes; escenificando una forma de resistencia que presupone un tipo específico de vulnerabilidad y que se opone a la precariedad.” (Butler, 2014).

“En el 15M, la autogestión y las iniciativas populares fueron estrategias útiles para desafiar los ritmos del capitalismo y los mandatos de la mafia financiera”

Con el 15M resurgió la idea de crear política desde el cuerpo, la calle, las diferencias y los diálogos. Esto fue lo verdaderamente revolucionario. La autogestión y las iniciativas populares (por ejemplo: vivir en la Acampada Sol, okupar el Congreso o la unión de mareas) fueron estrategias útiles para desafiar los ritmos del capitalismo y los mandatos de la mafia financiera. También, sus dinámicas de control y sus políticas voraces de explotación, corrupción y discriminaciones. Ese despertar de la conciencia colectiva fue un importante punto de inflexión. El triunfo de protestas como la huelga de las trabajadoras de la limpieza de Madrid en 2013 o la retirada del anteproyecto de ley del aborto en 2014 son ejemplos de la efectividad de la lucha colectiva organizada desde abajo. Tanto la desobediencia performativa de arrojar la basura a las entidades bancarias como la unión masiva de colectivos feministas nos sitúa en la siguiente perspectiva: sólo nosotras podemos salvarnos a nosotras mismas. Por lo menos hasta que se demuestre lo contrario. Las afectadas por las estructuras neoliberales (desahuciadas, exiliadas, paradas, patologizadas…) necesitamos algo más que un voto para enfrentarnos a esta masacre. El conjunto de leyes represivas, en especial la actual ‘ley mordaza’, muestra la inseguridad y el temor del gobierno a la rebelión social. Esto es, en las movilizaciones ponemos nuestro cuerpo (que es todo lo que tenemos) para enfrentarnos de manera directa a la violencia estatal. Si entendemos el poder como un esencia fija manejada exclusivamente por unos cuantos, estamos aceptando una de las estrategias más repetidas por el gobierno para condenarnos al inmovilismo. Y la política es justamente lo contrario, se construye mediante la acción: okupando espacios y casas, parando desahucios, creando redes de apoyo entre comunidades vulnerables o dañadas, dedicando un tiempo de nuestra vida a la reflexión colectiva, etc. En definitiva, lo verdaderamente valioso en este tiempo es resistir creando alternativas de forma colectiva.

(Bibliografía: Butler, J. (2014). Repensar la vulnerabilidad y la resistencia. Trabajo presentado en el Simposio de filosofía de la Universidad de Alcalá).

Por Elisa Marquina, filósofa y/o activista en la disidencia cuir. Precaria e indignada.
Fuente: Pikara