enero 19, 2015

Mujeres afganas cosen un futuro mejor en Pakistán.

Viudas y huérfanas afganas en Pakistán tienen pocas opciones laborales, pero una organización no gubernamental les enseña a coser y a bordar para que puedan ganarse la vida. Crédito: Najibullah Musafer/Killid.

A los 46 años, Nasima Nashad debió rehacer su vida, no por elección sino por necesidad. Tenía solo 25 años cuando su familia huyó de Kabul y se refugió en Pakistán, cuando la organización radical islámica Talibán tomó el control de Afganistán, consciente de que sería un régimen brutal.

“Mi padre se quedó para hacerse cargo del pequeño negocio y mandaba dinero todos los meses”, relató a IPS. “Con eso se alimentaba la familia de siete miembros y pagábamos el alquiler de nuestra casa en Peshawar”, detalló, refiriéndose a esta capital de la noroccidental provincia pakistaní de Jyber Pajtunjwa.
“Las mayores víctimas del conflicto que lleva tres décadas son las mujeres, pues perdieron a sus padres, esposos y otros varones de la familia y tienen dificultades para ganarse la vida": Ahmed Rasool.

Pero en 1999, “sin motivo alguno”, el Talibán mató a su padre, según contó. Desde entonces, la supervivencia de la familia se volvió una lucha diaria. Sus tres hermanos, de 12, 14 y 15 años consiguieron trabajo en hoteles locales, aunque les pagaban una miseria.

Nashad, por su parte, solo conseguía empleos esporádicos, con lo que apenas lograba sobrevivir. Ella necesitaba un trabajo de tiempo completo, y mejor si podía hacerlo desde casa y asegurarse un ingreso regular.

Pero lo que parecía un sueño imposible está cerca de volverse realidad gracias a los esfuerzos de un centro vocacional, creado por la Organización de Mujeres Afganas, con sede en esta ciudad.

“Aprendí a coser y a bordar y abriré muy pronto mi propio taller en casa. Algunas de las mujeres que ya habían participado en la capacitación me están ayudando”, apuntó.

Nashad es una de las miles de mujeres, todas de familias perjudicadas por la guerra, que aprendieron a bordar y a coser en los últimos cinco años.

Cada mujer tiene su propia historia. Gul Pari, de 14 años, por ejemplo, llegó a Peshawar procedente de Afganistán hace siete años. Como jornalero, su padre apenas podía mantener a la familia y no tuvo más alternativa que dejar que sus hijas jóvenes salieran a trabajar.

Actualmente, Gul y su hermana menor, Jamila, son propietarias de un pequeño taller de costura en su casa, en el que realizan arreglos de ropa. Siguen viviendo en una pequeña vivienda de barro, pero por lo menos ganan suficiente dinero para alimentar bien a toda la familia.

Safoora Stanikzai, al frente de la Organización de Mujeres Afganas, dijo que se habían capacitado unas 4.000 personas desde la fundación del centro en 2010.

“La mayoría de las asistentes eran viudas o huérfanas que perdieron a los hombres de la familia en Afganistán y atravesaban serias dificultades económicas aquí” en Peshawar, explicó Stanikzai en entrevista con IPS.

La organización no tiene suficiente espacio ni recursos, pero hace lo que puede con lo que tiene. Al final de la capacitación, las asistentes reciben una máquina de coser para poder empezar un negocio desde sus casas.

Stanikzai también invita a mujeres que encuentra mendigando en las calles o en los mercados y les ofrece la posibilidad de volver a empezar; una rara oportunidad en esta atribulada región, donde los civiles suelen quedar en el medio de enfrentamientos entre insurgentes y el ejército y donde un gran número de personas desplazadas le disputan el espacio a la población local que ya carece de vivienda, empleo y alimentos suficientes.

Las refugiadas afganas sufren una doble dependencia

Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), hay 1,6 millones de residentes afganos “legales” en Pakistán, además de los dos a tres millones de indocumentados que se estiman que cruzaron la porosa frontera de 2.700 kilómetros de largo desde la invasión soviética de Afganistán en 1979.

Las personas que huían de Afganistán, y que pasaron por los varios puntos de entrada sin vigilancia que hay en las montañas que forman el límite rocoso entre ambos países, fueron bienvenidas por sus hermanos de las Áreas Tribales bajo Administración Federal (FATA) y Jyber Pajtunwa, antes llamada Provincia de la Frontera Noroccidental.

Algunas mujeres afganas ganan unos 150 dólares al mes gracias a talleres de costura en el norte de Pakistán. Crédito: Ashfaq Yusufzai/IPS.

Pero tras la invasión de Afganistán, encabezada por Estados Unidos para expulsar al Talibán de Kabul y que hizo que muchos combatientes se refugiaron en las montañas generando un aumento de los grupos armados operando con impunidad en los territorios tribales, la mano hermana dejó de estar tendida. Muchos afganos ahora son marginados y considerados responsables de la creciente conflictividad y delincuencia en la región.

Según Ahmed Rasool, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Kabul, los refugiados afganos pobres no tienen más alternativa que quedarse en Pakistán porque tienen pocas, o ninguna, oportunidades económicas en su país.

“Las mayores víctimas del conflicto que lleva tres décadas son las mujeres, pues perdieron a sus padres, esposos y otros varones de la familia y tienen dificultades para ganarse la vida”, subrayó Rasool en entrevista con IPS.

Las viudas y huérfanas recién llegadas se unen a la ola de afganos que huyeron de Afganistán en 2001. Otras viven aquí desde hace años y ya consideran a Pakistán como su país.

La asistencia humanitaria que solía ser abundante, ahora menguó. Las organizaciones internacionales y las agencias de ayuda siguieron a las fuerzas extranjeras en su partida y abandonaron a los refugiados afganos.

Incapaz de cubrir las necesidades de su propia población pobre en el norte, el gobierno de Pakistán ofreció poca asistencia a los vecinos, a quienes ahora les dijeron que habían excedido el plazo para su estadía.

En ese contexto, iniciativas como el centro vocacional de Stanikzai representa un oasis en un desierto hostil.

Shamin Ara, de 49 años y que hace cinco se capacitó en el centro, llegó a este país en 1992, pero perdió a su padre hace seis años por tuberculosis.

Ahora gana unos 150 dólares al mes gracias a lo que aprendió en el centro. Es un salario decente en un país donde el ingreso anual promedia los 1.250 dólares.

No encontró esposo, según dijo, pero por lo menos puede alimentar a sus cuatro hijos y soñar con ampliar su negocio. Incluso ha logrado ayudar a otras cinco afganas a crear su taller y espera poder seguir ayudando a otras compatriotas.


Editado por Kanya D’Almeida / Traducido por Verónica Firme
Fuente: IPS