marzo 22, 2015

“No queremos un trozo del pastel en la industria del arte: queremos dinamitarla”

En 30 años de activismo, Guerrilla Girls han denunciando la discriminación hacia las mujeres en la cultura mediante todo tipo de formatos: cartas, libros, performances, acciones… Charlamos con dos de las fundadoras de este emblemático colectivo feminista y con Xabier Arakistain, comisario de la exposición sobre su obra que se exhibe hasta el 26 de abril en Madrid.

Kahlo y Kollwitz, en un momento de su charla en el Matadero de Madrid./ Bárbara Boyero

Al pelo. La equivocación al escribir gorila en vez de guerrilla, que en inglés suenan prácticamente igual, les venía al pelo. Nunca una falta de ortografía en unas actas había sido tan útil. La imagen de gorilas se contraponía de plano a la estética refinada y conservadora del mundo del arte. Y serían girls. Se adelantarían a las críticas, al apropiarse del calificativo con el que serían menospreciadas, como antes hicieron otros colectivos. Putas, indios, negros, chicas, chavalitas, girls.

Estaban muy cabreadas. El Metropolitan Museum de Nueva York reabría después de una remodelación con una exposición que pretendía constituir un estado de la cuestión en el mundo del arte contemporáneo. De los 200 artistas que incluía, solo 17 eran mujeres. “Cualquier artista que no esté aquí debería replantearse su carrera”, llegó a decir el comisario de la muestra. Ja.

Adoptaron las máscaras de gorila y los seudónimos de artistas ya fallecidas para mantener el anonimato y “que no se personalizara”. Cualquiera puede ser una guerrilla girl. Y han llegado a ser casi 60

Era 1985 y este fue el primer impulso para juntarse. Buscaron otras formas de protesta, empapelaron las calles y se colocaron sus —ahora archiconocidas— máscaras de gorila. “Cubrirte el rostro te permite hacer y decir cosas que quizás no podrías a cara descubierta, y añade cierto factor de misterio. Eso llama la atención sobre nuestras acciones”, explican las Guerrilla Girls.

Lo que importaba era la crítica hacia la discriminación de las mujeres en el mundo del arte, querían que quedara claro que no se trataba de “resentimiento personal”. Cuenta Frida Kahlo, una de sus fundadoras, que decidieron adoptar las máscaras de gorila y los seudónimos de artistas ya fallecidas para mantener el anonimato y “que no se personalizara”. Cualquiera puede ser una guerrilla girl. Y han llegado a ser casi 60.

Mientras a finales del pasado enero otras compañeras participaban en acciones en Estados Unidos, Kahlo y Käthe Kollwitz, también fundadora del grupo, inauguraban una exposición retrospectiva sobre sus 30 años como colectivo en el centro de creación contemporánea Matadero de Madrid. En EE UU no se ha hecho —todavía— una exposición similar sobre ellas. Esta recopilación de trabajo político y artístico es una producción de la Alhóndiga de Bilbao comisariada por Xabier Arakistain, Arakis, y que acoge Matadero hasta el 26 de abril.

Una visitante contempla la obra más conocida de Guerrilla Girls./ Bárbara Boyero

La imagen más grande de la exposición, y también la más conocida, es de 1989: ¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el museo Metropolitan de Nueva York? “Manifiestan un gran enfado, porque el trabajo de sus antecesoras, de los 60 y 70, había conseguido más bien poco. El mundo del arte seguía dominado por los hombres”, describe Arakis. Pero, ¿cuáles son los principales factores por los que las mujeres no entran en los museos si no están desnudas?

—¡Los hombres! —Kahlo se ríe de su propia síntesis y retoma—. Los hombres, en un sistema que discrimina a las mujeres artistas y a los artistas negros, consciente o inconscientemente.

—Según Linda Nochlin —añade Arakis—, la discriminación social de las mujeres. Según Griselda Pollock, no solo por eso, sino también porque la ‘institución arte’ está construida sobre la exclusión de las mujeres, pone en valor el arte producido por hombres y menosprecia el arte creado por mujeres.

Las Guerrilla Girls marcan el cierre de una primera etapa fuerte del llamado “movimiento arte feminista”, que luchó para desbaratar conceptos como el de “obra maestra” y “artista genio”, explica Arakistain

¿Y cómo se hace para impulsar el trabajo de las mujeres sin alimentar, al hacerlo, el mismo sistema que se está criticando? Para Kahlo, algunas personas quieren “entrar en el sistema y otra gente lo que quiere es sencillamente dinamitarlo”. Las mujeres que “solo quieren un trozo del pastel en el mundo del arte tienen todo el derecho”, completa Kollwitz. Ellas, por el otro lado, explican que han hecho de todo para lograr un cambio en la estructura, pero el sistema es cada vez “más corrupto”. Junto con el tráfico de armas, las drogas y los diamantes, el negocio del arte se ha convertido en uno de los más lucrativos y menos regulados, denuncian.

“Los coleccionistas millonarios controlan el mundo del arte, quién expone y quién no. Todo tiene que ser vendible. Y, por desgracia, ellos, con su limitado criterio, son los que están determinando qué obras de artistas actuales se preservarán para el futuro”, explica Kollwitz.

Cuando los museos y centros de arte públicos apuestan por artistas hombres, afianzan la discriminación. Si no recibes el mismo reconocimiento, la misma remuneración, tienes una desventaja de cara a competir en el mercado, a emprender proyectos, explican. “¿Qué ocurre con los presupuestos públicos?”, pregunta Arakis. “Si la herramienta política por excelencia es el presupuesto, deberíamos saber cuánto dinero llega a las mujeres. Hay que tocar el discurso central, el programa”, afirma el comisario.

En 2005, con el apoyo de una larga lista de profesionales, entre los que estaban las Guerrilla Girls, se firmó un manifiesto en España “que se acabó colando”, explica Arakis, en la Ley de Igualdad de 2007. Un artículo que recomendaba, no obligaba, a los museos y centros de arte incorporar a las mujeres en paridad, ya que no llegaban en ningún caso a constituir el 20%.

Foto: Bárbara Boyero

Las Guerrilla Girls son un colectivo de artistas y, al mismo tiempo, activistas. ¿Cómo se consigue fomentar la creación de las artistas sin alimentar egos que hagan daño al movimiento?

—¿Sin crear superestrellas? —pregunta Kollwitz—. Es muy difícil impedir que los artistas tengan ego…

—Es muy difícil impedir que la gente en general tenga ego —añade Arakis. Kollwitz y Kahlo ríen.

—Tal como el sistema está construido hay muy pocos ganadores y muchos perdedores. Y eso es una construcción fundamentalmente patriarcal y masculina —afirma Kalho.

Las Guerrilla Girls, cuando se constituyen, describe Arakis, marcan el cierre de una primera etapa fuerte del llamado “movimiento arte feminista”, que luchó para desbaratar conceptos como el de “obra maestra” y “artista genio”. Los genios, los genios. “Para mí, sólo hay dos tipos de mujeres: diosas y felpudos”, llegó a afirmar el ‘genio’ Picasso.

Según sostiene Arakis, con el auge del neoliberalismo en los 80, estas ficciones de genialidad y procesos de mistificación encuentran un renovado ímpetu. “Nosotras decimos que la historia del arte en general es muchísimo más amplia que eso”, dice Kahlo. “¡Puede haber mucha más gente con éxito! Todos los museos y los coleccionistas de arte tienen lo mismo. Pero nuestra cultura cada vez es más amplia. No tiene ningún sentido. Y si tuviéramos conciencia de la cantidad de gente que hace un trabajo estupendo, quizás esos egos no serían tan afilados, porque habría espacio para las mujeres artistas, para los hombres artistas, para artistas transgénero, artistas gays… ¡Hay espacio para todo el mundo!”, afirma, dentro de su siempre-puesta-en-público máscara de gorila.

—Lo que queremos es dinamitar el mundo del arte tal como está y encontrar otras formas. Una manera es cuando se juntan artistas y hacen cosas más baratas, colectivas, en sus comunidades… —dice Kollwitz.

‘Guerrilla Girls a los museos: ¡Es hora de una reasignación de género!’

En uno de sus carteles se lee “Muchos museos tienen nombre de artistas famosos inscritos en sus fachadas, pero ninguno es de mujer. En el interior, la situación no es mucho mejor”. Unas gorilas bajadas del cielo a modo de angelotes proponen algunos nombres: Ana Mendieta, Rosa Bonheur, Alma Thomas, Hannah Höch, Edmonia Lewis, Claude Cahun, Liubov Popova, Artemisia Gentileschi, Frida Kahlo. ¿Y españolas? Desde que Mentxu Gal recibió en 1959 el primer Premio Nacional de Pintura concedido a una mujer, las cifras no se han disparado precisamente.

—Según Linda Nochlin —explica Arakis, que tiene las referencias siempre a mano—, lo que es importante es que no creemos una subcategoría para las mujeres artistas, son artistas que resulta que son mujeres.

“Quizá podríamos escribirle a Abramović: ‘Querida Marina, si tú no te consideras feminista es que claramente estamos haciendo algo mal. ¿Podrías decirnos cómo transmitir el feminismo de forma correcta?’”, propone Kahlo

Sobre la importancia de no caer en la subcategoría, habla Ana Miralles en el prólogo de Enjambre, una recopilación de cómic hecho por mujeres, cada cual de su padre y de su madre, que muestra la diversidad entre las autoras.

—En EE UU ocurre lo mismo con los cómics hechos por mujeres. Se ha creado una categoría y no les gusta un pelo— describe Kalho.

—El trabajo de las mujeres artistas en EE UU siempre se compara con otras mujeres artistas —agrega Kollwitz—. Ni siquiera se nos permite estar en la liga de los seres humanos. ¡Resulta que las mujeres artistas somos seres humanos! [risas generalizadas dentro de las máscaras de gorila]

—¡Seres humanos con peces en sus vaginas! —Kahlo está haciendo alusión a una performance a la que asistieron ambas en 2007 junto con Arakis, ya entonces buen amigo suyo.

La obra, que formó parte del simposio The Feminist Future, parodiaba a la artista Marina Abramović, que se autodefine como la abuela de la performance y que, en ese mismo encuentro, había afirmado que no se consideraba feminista. En el número 64 de la revista Pueblos, Irantzu Varela desgranaba algunos motivos por los que el feminismo tiene “mala prensa”. ¿Habrá que cambiar de estrategia?

—No todas las mujeres son feministas y no todos los hombres son sexistas —resume Kalho. En EE UU también las llaman feminazis—. La gente que cree que tenemos que cobrar lo mismo y que no tenemos que soportar abusos ES feminista. En el caso de Abramović, creo que simplemente ella piensa ahora que no le sirve en este momento de su carrera. Pero sospecho que dentro de 20 años se va a arrepentir. Va a estar en el lado equivocado de la historia. ¡Marina, todavía estás a tiempo de retractarte!

—La palabra feminismo ha sido demonizada durante tanto tiempo, tan atacada por los medios de comunicación y en la sociedad por parte de enfadados hombres blancos conservadores que tienen miedo de que su palacio se derrumbe, que es completamente comprensible que algunas mujeres, y la gente en general, no quieran verse asociadas con el feminismo —explica Kollwitz—. Nosotras estamos por un cambio de percepción sobre el feminismo, con formas nuevas con las que la gente pueda conectar. Recibimos una cantidad de cartas que dicen “Hola, ayer me hice feminista” y eso nos hace sentir genial, en nuestro minúsculo mundo.

—Quizás podríamos escribirle a Marina —Kahlo está pensando en una de las cartas que también caracterizan a las Guerrilla Girls. Son cartas escritas sobre papel rosa, con letra cuidada, muy redonda, y algunas florecillas, cartas de amenaza a los responsables de las instituciones artísticas—. “Querida Marina, si tú no te consideras feminista es que claramente estamos haciendo algo mal. ¿Podrías decirnos cómo transmitir el feminismo de forma correcta?”.

—Creo que ella solo estaba intentando ser provocativa —contrapone Kollwitz.

‘El Oscar anatómicamente correcto. Es blanco y hombre, exactamente como los tíos que lo ganan’

En 30 años de activismo, les ha dado tiempo a hacer de todo: cartas, libros, performances, acciones, pero se resisten a resaltar ninguna. “Este es nuestro trabajo —señala Kollwitz la sala de la exposición, al fondo el póster gigante del Metropolitan—. Estos materiales siempre han sido la base de nuestro trabajo”. La exposición reúne correspondencia, apariciones en medios de comunicación y materiales de contexto, una película sobre ellas, pero sobre todo carteles, carteles con datos.

—Esa mezcla entre estética y estadística es muy poderosa —describe Arakis, que dice ser de la generación que aprendió a contar con los números de las Guerrilla Girls—. Los carteles son el principal material, pero no es una coincidencia. Si piensas en las sufragistas, piensas enseguida en una mujer con un corsé y un cartel, si piensas en los 70, piensas en mujeres con carteles…

“Ahora todo el mundo critica que los Oscars son muy blancos, muy blancos. ¿Podemos anotarnos el tanto? Bueno, ¿por qué no?. Es estupendo cuando otra gente critica lo mismo que criticamos nosotras. ¡Una cosa menos que hacer!”, celebran

—¡Y sin sujetador! —añade rápida Kahlo.

—Los carteles han sido clave en los movimientos feministas, son casi un elemento tradicional —termina Arakis.

Las Guerrilla Girls rescatan en redes sociales la historia de una sufragista, Mary Richardson, que para protestar por la detención de una compañera, atacó en 1914 la Venus del Espejo de Velázquez, que estaba en la National Gallery. Mary la acuchilladora, como la apodaron los medios de la época, dijo después que no le gustaba nada como los hombres babeaban frente a ese cuadro. (Mar Gallego recordó su historia y la de otras sufragistas en Pikara)

Los carteles del peludo colectivo suelen tener más texto que imagen y se suelen servir del humor, que, según explican, “te permite llegar a personas que no piensan como tú”. A menudo utilizan espacios publicitarios de grandes dimensiones. Uno de sus carteles más conocidos, de 2002, señalaba la discriminación que existe en los Oscar y representaba la “estatuilla anatómicamente correcta: blanca y hombruna, ¡tal como la gente que gana!”. Explicaban entonces que no se había otorgado nunca a una mujer el premio al mejor director, que solo el 5,5% de los premios de interpretación ha recaído en personas negras y que los galardones al mejor guion han ido a parar en un 92,8% a hombres.

Al año siguiente de esta acción, Denzel Washington y Halle Berry fueron premiados y, más tarde, Kathryn Bigelow ganó el Oscar a la mejor dirección. Patricia Arquette este año utilizaba su discurso para denunciar las diferencias salariales.

“Uno de los mayores logros es cuando los medios empiezan a hablar en los mismos términos que nosotras. Eso es emocionante, quiere decir que nos están haciendo el trabajo sucio”, relata Kollwitz. “Ahora todo el mundo critica que los Oscars son muy blancos, muy blancos. ¿Podemos anotarnos el tanto? Bueno, ¿por qué no?”, pregunta Kalho. Ambas se ríen. No se lo están anotando. “En cualquier caso, es estupendo cuando otra gente critica lo mismo que criticamos nosotras. ¡Una cosa menos que hacer!”, dice con alivio.

Y no es difícil criticar las estructuras que ellas critican. El llamado weenie count —algo así como recuento de nabos o pichitas— es fácilmente replicable en las instituciones artísticas. En 2005, por ejemplo, en la Bienal de Venecia, contaron las obras de mujeres expuestas en los museos. Y resultaba que, a veces, los museos sí tenían obras de mujeres, pero no expuestas, estaban en los sótanos, encerradas. Eso les dio pie a hacer un póster parodiando el de La Dolce Vita, con Marcello Mastroianni cabalgando sobre Anita Ekberg, que rezaba: “¿Dónde están las mujeres? Debajo de los hombres”.

“Arco, eres un fucker”, ilustración de Emma Gascó

Allá donde van, dan pie a hacer el recuento. Unas semanas antes de la feria de arte ARCO, Palomitas en los Ojos escribía en El Estado Mental: “ARCO (…) como cualquier otra cita comercial está llena de datos y previsiones. Hagamos las nuestras: Un autobús sale de la facultad de BB.AA. de Cuenca hacia Madrid a 100 kilómetros por hora con un 65% de mujeres artistas dentro de él. Si la distancia que separa a las dos ciudades es de 169 km por carretera, ¿cuántas de esas mujeres podrán exponer en ARCO? Solución: un 4,4% de ellas”.

Mujeres en las Artes Visuales, que colaboran con la exposición de las Guerrillas Girls haciendo visitas guiadas los sábados, ya tienen los resultados de ARCO 2015: “De los 1.230 artistas presentes este año en el programa general, el 76,75% siguen siendo hombres”. De hecho, aunque entre las galerías más jóvenes se esté mejorando mucho la situación, con casi un 42% de participación de mujeres, la cifra general de toda la feria ha retrocedido desde 2010. En definitiva, “Arco, eres un fucker, (…) un tío que marca los tiempos y los espacios”, como decía Palomitas en los Ojos.

Cada tanto, las Guerrilla Girls vuelven a hacer su recuento de nabos en el Metropolitan. Y las cifras han cambiado, sí, aunque de forma diferente a lo que ellas esperarían: la inclusión de artistas mujeres ha ascendido algo, poco, pero, eso sí, hay muchos más desnudos de hombres.

¿Cómo se las apañan para sobrellevar el éxito en el mundo mainstream?

—Nosotras somos artistas, y que nuestra obra haya llegado a la gente, que sirva, que se utilice en todo el mundo, significa mucho para nosotras —dice Kollwitz—. ¿Qué más se puede pedir? Que la gente nos tome como modelo para hacer sus propias acciones, esa parte es maravillosa. La otra parte es venir a Madrid y hacer 27 entrevistas… [¡27!]

— Yo pongo bastante en duda que tengamos éxito mainstream —se queja Kahlo—. Depende de qué entiendas por éxito mainstream… Solo quiere decir que trabajamos muchísimo más, porque no tenemos miles de asistentes y personas que trabajen para nosotras para hacernos la vida más fácil. Trabajamos mucho más ahora que antes. El premio es que a la gente le importa, no que tengamos éxito.

—Y que nos invitan a sitios increíbles —añade Kollwitz— como aquí, y conocemos a artistas y a activistas increíbles. Y a veces podemos hacer proyectos con la gente…

—Hemos ayudado a un montón de artistas que pensaban que tenían que ser “elegidas” —dice Kahlo—. No te tienen que elegir, levántate y oblígales a que te miren. Y, en ese sentido, nuestro éxito no es mainstream, sino más bien underground.

—Y esta exposición no se encuentra en un museo peripuesto —completa Arakis—, sino en un centro cultural. Y lo mismo hicimos en Bilbao. Los carteles que editan cuestan veinte dólares… ¿Qué venderán, doscientos al año? [Las Guerrilla Girls se ríen, deben de vender muchos menos] Aunque sí que es cierto que están en todos los libros de historia del arte feminista…

—Creo que es hora de que subamos los carteles a 25 dólares —concluye Kalho. Risas.

Puedes visitar la exposición de Guerrilla Girls en el Matadero de Madrid, hasta el 26 de abril. Entrada libre.

Por Ema Gascó
Fuente: Pikara