marzo 27, 2015

Racismo cotidiano e interiorizado




Seguramente todas las personas hemos tenido alguna vez un apodo, sobrenombre o chapa, como le dicen en Perú a la utilización de una forma de referirse a una persona, que no es su nombre, pero que la intenta definir o mediante la cual se la reconoce. Esta chapa muchas veces es asumida por la persona y forma parte de su identificación, sobre todo cuando la denominación tiene tras de sí la impronta del afecto de quienes la utilizan. No constituye un insulto, no es peyorativa, no genera ofensa, es parte de un acuerdo común entre quien la dice y quien la recibe. Incluso palabras que en determinados contextos tienen un contenido racista, discriminador o insultante, en los círculos íntimos pierden este sentido, y pasan a denotar cariño, confianza y empatía. De esta forma, “negro”, “cholo”, “gorda”, “chato”, “pancha”, “china”, e incluso “mona”, como me dicen a mí algunas amigas, son apelativos con los que muchas veces se nos nombra o renombra, sin que signifique ofensa alguna.

No es que las palabras dejen de ser insultantes per se, sino que en las relaciones sociales se pueden resignificar. Esto parece ser lo que reclama Natalia Málaga, la entrenadora del Regatas, equipo de vóley femenino, frente a las acusaciones de racista y maltratadora que se le hicieron, a raíz de lo que dijo en un partido y se filtró a la prensa. Al dar instrucciones a Alexandra Muñoz, una de sus pupilas, cuando su equipo iba perdiendo frente al de la Universidad César Vallejo, en un encuentro de la Liga Nacional de Vóley, dijo, refiriéndose a Angélica Aquino, jugadora huanuqueña: “La llama pega todo diagonal, tú ya sabes cómo juega. ¿Cuántos años más tienes que jugar con ella para conocerla?”.

Decirle “llama” a otra persona, si es un acuerdo entre quien lo hace y quien lo recibe, en un espacio íntimo, no tendría por qué tener la connotación racista que, creemos, tuvo el comentario de la entrenadora. Así lo sugiere también Angélica Aquino, cuando señala que: “Sólo hay una persona que me dice así. No voy a decir su nombre, pero lo hace de cariño”.Sin embargo, “llama” se les dice peyorativamente a los habitantes de las serranías, animalizándolos para expresar su inferioridad. “Hay un olor a llama”, he escuchado decir, en un avión en el que viajaban a Lima hombres y mujeres de comunidades de Cusco y Puno.


Muchas personas han reaccionado calificando de racista a la entrenadora, dando cuenta de la poca disposición que hay en la sociedad a dejar pasar acciones como ésta, que ofenden y degradan a otras personas por su diferencia, lo cual es saludable y esperamos que sea un aliciente para el cambio. Sin embargo, no deja de llamar la atención que, para muchas otras, el asunto no era para tanto y era mucho escándalo para algo tan pequeño, sin considerar la carga que tiene el apelativo y todas sus implicancias. Tampoco deja de llamar la atención la agresividad con la que se ha tratado a la entrenadora, en el afán de denunciar su actitud discriminatoria, hecho que da cuenta de que la intolerancia cunde también entre quienes se dicen no racistas. 

Si bien es saludable la discusión sobre estos casos, que posibilitan el debate y algo de reflexión sobre las implicancias del racismo y la discriminación, que persisten y evidencian cómo están enraizadas en nuestra sociedad, es lamentable que sólo saltan a la palestra cuando las involucradas son personas famosas, como el caso de la entrenadora, o de los jugadores que han sido agredidos en el estadio o de la cantante Dina Páucarque en las redes fue calificada de “serrana piojosa”, “asquerosa”, “creída”.

Suele suceder que a pocos días del episodio, éste desaparezca de los medios, sin que se aproveche para dar paso a otros procesos que sostengan en el tiempo la puesta en cuestión de la discriminación, el racismo y el sexismo, que se muestran cotidiana y sutilmente, y que se han interiorizado de tal forma, que son parte de nuestras estructuras mentales, y que, sin querer queriendo, como decía el Chavo del Ocho, ponemos en práctica casi inconscientemente. ¿Cuántas veces no hemos dicho a una persona amiga “no seas chuncha” cuando se muestra tímida? Para luego sostener que no hay ninguna connotación racista en eso, ya que no se hace la relación de que chunchos se les dice a los indígenas amazónicos y de que “chuncho” es definido en el diccionario como “rustico, huraño, escasamente incorporado a la civilización occidental”. Por lo tanto, es así cómo se percibe a los pueblos indígenas amazónicos; imagen equivocada, por cierto. ¿Cuántas veces no hemos sentido aprehensión o cruzado la calle con miedo si un hombre afroperuano se cruza en el camino? ¿No es esa también, acaso, una manifestación del racismo interiorizado? Es en las prácticas cotidianas en donde se expresa, de manera descarnada, el racismo cargado de connotaciones étnicas. Está presente en lo que decimos un domingo cualquiera, cuando nos molesta el chofer que se cruza en el paso de la bicicleta. “Serrano tenías que ser”, como le gritó a un automovilista, una ciclista defensora del medio ambiente, o “cholas de mierda”, como dijo a una periodista, una abogada capturada en estado de ebriedad. Y, a propósito, ¿se han dado cuenta de cuántas mujeres que hacen escándalos en estado de ebriedad aparecen en televisión? Parece que siempre hay una cámara ahí cuando se trata de una mujer haciendo estupideces.

El racismo y el sexismo sustentan la idea de que hay personas superiores, que tienen el derecho de ostentar el poder, el control frente a grupos humanos que, por su supuesta inferioridad, no tienen las mismas posibilidades de ejercerlo. Son las prácticas cotidianas sutiles, a veces indirectas pero con una fuerte carga simbólica, las que legitiman el sistema y son base fundamental del mismo. El racismo, dice Nelson Manrique, “cumple una función decisiva en la legitimación de las exclusiones, pues ‘naturaliza’ las desigualdades sociales, consagrando un orden en el cual cada uno tiene un lugar inmutable”.[1]

Así se justifican políticas de inversión que priorizan el uso de los territorios indígenas para las industrias extractivas, y se explica que buena parte de la ciudadanía piense que si es en beneficio de la mayoría, no importan los destinos de las personas que habitan esos territorios. Se les acusa de “perros del hortelano” o se deja de lado un proyecto como el de Río Verde en Lima, que incluía el traslado de las familias shipibas de Cantagallo a un lugar con mejores condiciones, con el argumento de que se va a hacer una obra de gran envergadura, “en vez de beneficiar a unas cuantas familias que están ocupando un relleno sanitario”, como lo dijo Jaime Villafuerte, gerente de Promoción de Inversión Privada de la municipalidad.

En este racismo cotidiano también se inscribe el reciente episodio protagonizado por el programa “El último pasajero”, en el cual, un reto para una adolescente de un colegio era comer cucarachas en la final del juego, lo que le permitiría ganarse pasajes para su promoción. Ya podemos imaginar de qué sector social proviene alguien que va a un concurso para aportar al viaje de promoción aún a costa de un acto degradante, y el mensaje que esto envía a la gente, como se puede ver en un foro en Internet, en el que se pone como titular “Chica cholita come cucarachas”.[8]

Sí, el racismo está vivito y coleando, cotidianamente, está en cada uno de nosotros y nosotras, en expresiones y prácticas inconscientes, rutinarias, en hechos insignificantes y absurdos, como que no podamos encontrar fácilmente una base de maquillaje para piel morena y la vendedora te diga que es mejor la otra porque te blanquea. No basta, entonces, con la indignación que nos genera cuando se produce un escándalo televisivo. Es un reto cotidiano el combatir estas prácticas, denunciarlas cuando somos testigos de ellas, confrontarlas y, sobre todo, hacerlas conscientes y cambiarlas.

Por Rosa Montalvo Reinoso


[1]Nelson Manrique. “Algunas reflexiones sobre colonialismo el racismo y la cuestión nacional”. Introducción al libro La piel y la pluma. Lima, Casa Sur, 1999.