abril 24, 2015

Brechas que parecen abismos




Como un aire fresco entre tanta mala noticia diaria -murales borrados, árboles arrancados, caos del tránsito-, una fotografía nos llenó de ternura hace unos días. La imagen causó revuelo en Lima, se propagó por la red y salió incluso en los medios masivos.¿Qué es lo que hizo que este material se difundiera tan ampliamente?, se preguntarán algunas personas. Se trataba de la foto de un hombre cuidando a su wawa, asumiendo explícita y visiblemente su corresponsabilidad en las labores que le competen. Su participación en la realización de esas tareas no nos sorprendería, si es que no viviéramos en una sociedad en la que los roles de cuidado y acompañamiento a los hijos e hijas le han sido asignados a la mujer. Un hombre con una manta andina, cargando en su espalda a su wawa, que feliz se distrae con algo, mientras él busca información sobre algún trámite, sin ningún atisbo de vergüenza por una acción considerada NO masculina, es la muestra de una nueva paternidad que rompe los estereotipos de género y que, en la práctica, va forjando una nueva relación afectiva con los hijos e hijas; confirmando, además, que los roles, comportamientos esperados y las expectativas sobre lo masculino y lo femenino son construcciones culturales. Pero pese a lo emocionantes que pueden ser esta historia y el mensaje que transmite, hay que tener claro que, lamentablemente, una golondrina no hace un verano, como dice el popular refrán.

Una reciente publicación del Instituto Nacional de Estadística y el Movimiento Manuela Ramos, sobre los avances hacia la igualdad de género[1], nos trae datos sumamente significativos sobre la realidad que vivimos las mujeres en el país. Precisamente, sobre el trabajo doméstico y de cuidado que tanto nos llamó la atención en la foto, según este estudio, tenemos que, en todo el país, tanto en el área rural como en la urbana, las mujeres trabajan más que los hombres, dedicando, en promedio, 24 horas semanales más que éstos a actividades económicas no remuneradas, mientras que los hombres dedican 14 horas más que las mujeres a actividades remuneradas.

Si vemos la data por sectores, tenemos que, si bien el promedio nacional de tiempo que las mujeres dedican a actividades domesticas no remuneradas es de 39,28%, son las mujeres rurales quienes más se dedican a estas actividades, llegando a 47,09 horas, en promedio, a la semana. En cambio, las mujeres urbanas les dedican diez horas menos, aunque el tiempo que ellas ocupan en la realización de labores remuneradas es en diez horas mayor al de las rurales. Es interesante también mencionar que, en el caso de los hombres, los rurales dedican 20 horas a las actividades domésticas no remuneradas, mientras los urbanos le dedican solo 14,29 horas. Si seguimos profundizando y vemos la información sobre cargatotal de trabajo de mujeres y hombres,según nivel educativo y área de residencia, constatamos que las mujeres con inicial y primaria invierten mayor cantidad de horas en actividades domésticas no remuneradas, llegando a 45 horas, pese a que utilizan 34 horas en trabajo remunerado, lo que da cuenta de la gran carga que tienen. Por otro lado, mujeres con nivel superior universitario sólo invierten 28 horas en actividades domésticas. Sería interesante indagar en este punto, aunque lo más probable es que la reducción de esta carga de trabajo en las mujeres profesionales se deba a que encargan el trabajo doméstico a otras mujeres. Por otra parte, en cuanto a los hombres en los distintos niveles educativos, la carga casi no varía, siendo el promedio 15 horas, y siendo también los hombres con educación superior los que menos desarrollan este tipo de actividad. Incluso si están desocupados, los hombres no destinan mucho de su tiempo a las tareas domésticas. Puede apreciarse, entonces, que el cuidado de la familia sigue recayendo en los hombros de las mujeres.

Un aspecto que hay que resaltar es la gran incorporación de las mujeres al mercado de trabajo que se ha dado en los últimos años, tanto por la necesidad de que se generen más ingresos para el sostenimiento familiar, como porque, para muchas personas, el trabajo es también una forma de realización y crecimiento personal, lo cual es una expresión de la autonomía de las mujeres. Sin embargo, se sigue dando la misma segmentación que existe desde hace mucho tiempo, según la cual las mujeres se encuentran especialmente en las áreas de servicios y comercio, en donde se concentra casi el 66,3%. Asimismo, es importante mencionar que el 77% de las mujeres que trabajan lo hacen en el sector informal. Señala el estudio que:

“Las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de dedicarse a actividades de baja productividad, el 35,6% de ellas son trabajadoras independientes o cuenta propias. El trabajo en sectores de baja productividad se caracteriza por ser precario, inestable y mal remunerado; además, en su mayoría implica ausencia de los beneficios sociales legales que generalmente conlleva el trabajo asalariado.”[2]

Es decir, estamos en el 2015 y las mujeres seguimos en la misma situación.

Un punto que no puede dejar de mencionarse es el de las brechas salariales que existen entre hombres y mujeres, pues el estudio señala que las mujeres ganan en promedio 30,3% menos que los hombres y, si miramos por niveles educativos, quienes no tienen escolaridad o tienen sólo primaria tienen una brecha más amplia, ganando las mujeres el 64,2% de lo que ganan los hombres. En el sector agropecuario, la distancia es mucho más grande, pues las mujeres ganan sólo el 53% de lo que ganan los hombres. Asimismo, encontramos que hay una mayor proporción de mujeres sin ingresos entre quienes hablan una lengua nativa, y esto en todos los departamentos del país. En cuanto al ingreso mensual, tenemos que los hombres ganan 500 soles mensuales más que las mujeres, en el área urbana, reduciéndose esta diferencia, en el área rural, a 323 soles.

Otro punto resaltante del estudio es la maternidad adolescente. Según lo asegura, en el 2013, a nivel nacional, un promedio de 13,9% de las adolescentes de 15 a 19 años de edad tenían al menos un hijo o hija, o estaban embarazadas de su primer hijo/a. En la zona rural, encontramos en esta situación a un 20%, porcentaje que expresa, en realidad, cómo la vida de cientos de chicas puede transformarse y limitarse, e incluso perderse, por embarazos que muchas veces no desearon. Las chicas embarazadas son, en su mayoría, pobres, madres solteras, casi sin educación. Si vemos los datos por condición socioeconómica, el porcentaje se eleva a un 23% en el quintil más pobre y, si nos acercamos a la data departamental, tenemos casos como los de Amazonas y Ayacucho, donde encontramos respectivamente un 30% y un 22% de madres adolescentes o embarazadas por primera vez.

Por otra parte, en relación a la violencia, el estudio trae buenas noticias, pues señala, por ejemplo, que la violencia física disminuyó entre el 2009 y el 2013. Sin embargo, en este último año, el porcentaje de mujeres peruanas en edad fértil, unidas, que han sufrido violencia física o sexual de parte de su pareja, llega a un 35,7%, siendo las mujeres separadas o divorciadas las más afectadas, al alcanzar un porcentaje del 56,7%. Estos datos son una expresión clara de cómo la violencia es un mecanismo de control y poder sobre las mujeres, que se ejerce más cuando tenemos visos de autonomía.

No podemos dejar de mencionar los datos relativos al feminicidio, que, aunque se ha reducido, sigue siendo un problema grave, ni podemos dejar de hacer notar la violencia con que se realiza. Así, tenemos que el acuchillamiento es la principal forma de asesinato de mujeres por el hecho de serlo (27,6%), seguida del estrangulamiento (26,9%) y los golpes, en tercer lugar (19,5%.), mientras un 16,1% es asesinado por balas.

Estos son sólo algunos de los datos que nos presenta este importante trabajo, el mismo que nos lleva a constatar que, pese a los avances que hay en relación a la reducción de las brechas de género, aún, en algunos aspectos, se presentan, más que brechas, abismos. Esperemos que este documento sirva para que tomemos conciencia de la situación, de modo que se desarrollen políticas públicas dirigidas a cambiar la realidad de discriminación e inequidades que vivimos las mujeres, especialmente las más empobrecidas. Que más hombres y mujeres cambiemos también nuestras concepciones de género y asumamos la corresponsabilidad en el día a día, en el cuidado, en la crianza, para que un día, la imagen de un hombre cargando su bebe en la espalda sea parte de lo cotidiano y no una excepción que se viraliza, por lo extraña e inusual que resulta.


Por Rosa Montalvo Reinoso
[1]Brechas de Género, 2001-2013: Avances hacia la igualdad de mujeres y hombres. INEI, Movimiento Manuela Ramos. 2015.
[2]Ibíd., p. 299.