abril 16, 2015

Campesinas latinoamericanas abren surcos de un feminismo propio

Un grupo de mujeres indígenas participan en uno de los debates de la V Asamblea Continental de Mujeres del Campo, en el marco de VI Congreso de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo-Vía Campesina, celebrado en la localidad argentina de Ezeiza, en el Gran Buenos Aires. Crédito: Fabiana Frayssinet /IPS

Organizaciones campesinas de América Latina intentan definir los conceptos de un feminismo “campesino y popular”, que incorpore una cosmovisión rural, no siempre coincidente con la de las mujeres urbanas, o modelos económicos alternativos.

Para Gregoria Chávez, una veterana campesina de la noroccidental provincia argentina de Santiago del Estero, el feminismo incluye “las luchas y el apoyo de los compañeros para defender las tierras”.

Hasta hace poco, para ella el feminismo era un concepto extraño. Pero como otras tantas campesinas latinoamericanas en sus localidades, ahora protagoniza las batallas en su provincia contra el avance del monocultivo de la soja y el desalojo de pequeños productores.
“A veces arrastramos esa concepción del feminismo como lo habíamos aprendido, de que para enfrentar al machismo hay que tener una actitud opresora también. Pero aquí no se trata de predicar eso, sino un feminismo con una actitud de solidaridad entre compañeras y compañeros”: Deolinda Carrizo.

“Yo pienso que la mujer es importante en el campo porque tiene más coraje que el varón. Yo no tengo miedo a nada. Siempre les digo a mis compañeras que sin coraje no vamos a conseguir nada”, relató a IPS.

Definir un feminismo propio no es tarea fácil para la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo-Vía Campesina, que celebra su VI Congreso entre los días 10 y 17 de este mes, en el municipio argentino de Ezeiza, que forma parte del Gran Buenos Aires.

Pero sus integrantes tienen claro que no se limita a una “simple agenda de igualdad de género”.

La profundización del feminismo en el ámbito rural fue parte del debate de la V Asamblea Continental de Mujeres del Campo, un foro en el marco del Congreso que congregó a 400 delegadas de 18 países latinoamericanos y caribeños y se clausuró el martes 14.

Como ilustró Deolinda Carrizo, del argentino Movimiento Nacional Campesino Indígena, en la Asamblea al menos se intentó “abrir esos surcos cada vez más”.

El término de feminismo asusta a muchas campesinas, según Rilma Román, delegada de la Asociación Nacional Agricultores Pequeños de Cuba. Ella también integra la coordinación de la organización internacional Vía Campesina, donde la mitad de sus líderes son mujeres, según destacó.

“Asusta porque muchas veces se piensa que feminismo es que las mujeres estemos solas luchando contra los hombres, que somos dos bandos”, explicó a IPS. “Es un tema prácticamente nuevo en nuestros debates. Creo que hay que darse un tiempo para poder explicar y llegar a un consenso”, opinó la delegada cubana.

Hay que explicar, por ejemplo, temas como el de la diversidad sexual. “Antes era muy difícil que en una comunidad campesina encontraras travestis que se manifestasen. Había mucha auto represión y represión que existe todavía”, relató Carrizo.

“A los más viejos les cuesta mucho entender que hay compañeros que tienen otra opción sexual. Poco a poco vamos viendo cómo abordar el tema y a animarlos a que lo acepten”, agregó.

Tres generaciones de mujeres rurales recolectan vainas de algarroba en el pueblo de San Gerónimo, en la noroccidental provincia de Santiago del Estero, en Argentina. Las campesinas latinoamericanas producen la mitad de los alimentos de la región. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

La V Asamblea de mujeres rurales reconoce la “contribución histórica” del feminismo, pero parte de un concepto diferente al del “capitalismo” que, interpretó Carrizo, impuso la explotación, inclusive la de género.

Prefieren definirlo bajo la lupa de la reforma agraria, la disputa contra las corporaciones transnacionales agrícolas, la concentración de tierras y agua, el agro negocio y la mega minería, que excluye y margina a hombres y mujeres.
La inequidad en cifras

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 58 millones de mujeres viven en zonas rurales de América Latina y representan una pieza clave de la seguridad alimentaria regional, de la preservación de la biodiversidad y de la producción de alimentos saludables.

Pero, pese a que producen la mitad de los alimentos de la región, las mujeres rurales viven en situación de desigualdad social, política y económica. De aquellas de más de 15 años, solo 40 por ciento cuentan con ingresos propios y ostentan apenas 30 por ciento con la titularidad de la tierra, 10 por ciento de los créditos y cinco por ciento de la asistencia técnica.

“Pero las mujeres, especialmente las del medio rural siempre fueron más excluidas”, contextualizó Marina dos Santos, del brasileñoMovimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra.

También lo están de las políticas públicas de salud o educación, destacó a IPS.

“En Brasil están cerrando escuelas rurales. Los puestos de salud, cuando los hay, no tienen médicos, enfermeras o medicinas. Muchas mujeres en el campo comienzan su trabajo de parto y por falta de hospitales o transporte terminan muriendo”, subrayó.

También se margina a las mujeres de la titularidad de la tierra o el acceso al crédito rural.

“La mujer es la que más trabaja pero es la última que tiene acceso a la tierra y la más explotada como mano de obra barata. El éxodo rural hizo que los hombres salgan cada vez más a trabajar fuera, y las mujeres se quedaron con la parte de subsistencia de sus familias”, ejemplificó Santos.

“Los terrenos se adjudican primero al hombre. Las mujeres que somos cabeza de familia, que no tenemos compañeros, no tenemos posibilidades porque debemos tener como referente a un hombre”, agregó Luzdari Molina, de la Federación Sindical Agropecuaria de Colombia.

“Otra particularidad, como sucede en Colombia, es que las mujeres del campo todavía están muy poco escolarizadas, porque tenemos que ocuparnos del hogar”, detalló a IPS

Las participantes en la V Asamblea destacaron como a las faenas domésticas y el cuidado de la familia, a las mujeres se les suma el peso de la producción de alimentos.

“En Santiago del Estero, hay épocas que tienen que ir al corral a atender los cabritos o vacas. Cuando los hombres se van (como trabajadores temporeros a otras provincias), la mujer se queda sosteniendo el trabajo del hogar y de la tierra”, añadió Carrizo.

“Las campesinas no somos reconocidas como trabajadoras. En mi región (el departamento colombiano de Boyacá) desde las tres de la madrugada estamos levantadas para ordeñar vacas, cuidar la casa, preparar el desayuno para obreros, atender nuestra propia producción y el día se nos va”, planteó Molina.

Las mujeres rurales, según la argentina Carrizo, son también las que han ejercido históricamente el rol de “guardianas de las semillas” y por ello viven como “violencia” los intentos de “privatización de las semillas”.

Igualmente sienten como violencia, aseguró la lideresa campesina argentina, las fumigaciones con pesticidas, porque afectan “la salud de nuestros hijos y nuestra, porque causan abortos espontáneos, malformaciones, y acumulación de estos venenos en la leche materna”.

Además, la brasileña Santos destacó que en aquellos problemas de género que son comunes con las mujeres urbanas, la situación se agrava para quienes viven en el campo. Citó como ejemplo el caso de la violencia doméstica, que empeora porque las comisarías especializadas de la mujer están en las ciudades.

En Colombia, añadió argumentos Molina, “no hay nada que les garantice a las mujeres alejarse del territorio donde han sido agredidas”, lo que evita las denuncias.

“Los vecinos dicen no me meto, las cosas de pareja se arreglan debajo de las cobijas (mantas). Pero cuando se llega a los extremos, la comunidad va al entierro y hace misas para que le salven el alma del pobre marido. Es muy triste pero es real”, lamentó.

La cuestión es cómo abordar esos temas, a veces aceptados como naturales.

“En el campo hay mucho machismo y muchas mujeres lo traen incorporado desde que nace”, observó la cubana Román. “Hay compañeras o compañeros que creen que queremos que se separen las familias, o el divorcio”, agregó.

Por eso, planteó Carrizo, debería considerarse la “diferencia de cosmovisión de cada pueblo”.

“La mujer campesina en Colombia, por ejemplo, no se siente identificada como feminista. Lo que les choca (de la mujer urbana) es una cuestión de clase, que tienen ciertas comodidades y actividades diferentes a las suyas”, acotó Molina.

“A veces arrastramos esa concepción del feminismo como lo habíamos aprendido, de que para enfrentar al machismo hay que tener una actitud opresora también. Pero aquí no se trata de predicar eso, sino un feminismo con una actitud de solidaridad entre compañeras y compañeros”, argumentó Carrizo.

Editado por Estrella Gutiérrez
Fuente: IPS