abril 19, 2015

La vida en la teta y el biberón en la despensa

La lactancia es un acto generador de salud, que busca una ruptura con las lógicas patriarcales y capitalistas, y que se puede vincular al decrecentismo, dado que no prioriza la producción sino el cuidado. La lactancia activista no implica esencialismo ni recluir a las mujeres en lo doméstico: dar teta se entiende como práctica y realidad cultural, y lo público se reivindica como espacio de acción política.


Alba. Feliz mamá de Milo a tiempo completo, da el pecho a demanda. Dice, con cara de felicidad: “Aunque es un currazo, esto es mucho mejor que cualquier empleo remunerado a tiempo completo”

“Dar la teta es gratis y por lo tanto un pecado capitalista” (Massó Guijarro, 2013)

La lactancia en la narración patriarcal

A lo largo de la historia, la lactancia ha sido estudiada por las ciencias de la salud más concienzudamente que por las ciencias sociales, por lo que hasta ahora sólo tenemos ‘científicamente’ clara su relevancia crucial para el bienestar materno-infantil desde el punto de vista de la salud.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) determina que la lactancia materna es la forma ideal de aportar a los niños pequeños [por niños, entiéndase niñas también. Que el lenguaje inclusivo no es tan importante para esta organización en cuanto que hablamos de lactar] los nutrientes que necesitan para un crecimiento y desarrollo saludables. La OMS recomienda la lactancia materna exclusiva durante seis meses, la introducción de alimentos apropiados para la edad y seguros a partir de entonces, y el mantenimiento de la lactancia materna hasta los 2 años o más.

Si una lactancia prolongada es lo más saludable –según la OMS–, ¿por qué no se valora, protege y legisla en función de esta prioridad?

Un dato que me pareció muy relevante es este detalle de la OMS en su recomendación sobre la lactancia: Prácticamente todas las mujeres pueden amamantar, siempre que dispongan de buena información y del apoyo de su familia y del sistema de atención de salud. A lo que yo añadiría la disposición de tiempo, de reconocimiento -tanto social como económico-; y la más importante de todas que gestiona las dos anteriores, de políticas públicas que traduzcan en derechos de las ciudadanas este período de crianza para todas aquellas personas que deseen ejercerlo, por lo tanto el apoyo del Estado.

Voy a analizar este ciclo vital de las personas acompañándome del artículo de Ester Massó Guijarro ‘Lactancia materna y revolución, o la teta como insumisión biocultural’ (Massó Guijarro, 2013), que propone reflexionar sobre la lactancia materna desde una perspectiva interdisciplinar para reivindicarla como espacio de transformación social.

Con la llegada de la segunda ola del feminismo y su lucha por la ruptura de la dicotomía naturaleza-cultura, se rechazó todo aquello que el patriarcado había construido en la esfera doméstica. Así, la reproducción y la atadura de la mujer a esta concepción se consideraba una forma de esclavitud para desarrollarse como persona en la sociedad. De esta forma lo definía Simone de Beauvoir: “La lactancia es también una servidumbre agotadora; un conjunto de factores -el principal de los cuales es, sin duda, la aparición de una hormona, la progestina- produce en las glándulas mamarias la secreción de la leche; la subida de esta es dolorosa, va con frecuencia acompañada de fiebre y la madre alimenta al recién nacido con detrimento de su propio vigor.” (Beauvoir, 1949).

Más adelante, el feminismo de la diferencia sacó a la palestra el reconocimiento de las actividades femeninas históricamente asignadas y la valorización de nuestro trabajo reproductor; y con ello los beneficios tanto para la/el bebé como para la madre de este ciclo vital.

La histografía de la lactancia materna puede definirse como una narración patriarcal, que bien expone Massó en su artículo con el siguiente esquema:

Fuente: Massó Guijarro, 2013

A partir de esta falacia se cuestiona la narración patriarcal de la lactancia desde la política de los cuerpos, porque el momento de la lactancia en el ciclo vital de las y los seres humanos se sitúa en la normatividad capitalista, individualista, de la esfera doméstica no productiva versus el mercado laboral remunerado, regulando nuestros cuerpos e imponiendo un orden hegemónico socioeconómico que históricamente ha desprestigiado el acto de lactar. La relación lactante, dentro del sistema imperante, desvanece los límites corporales. Esto provoca un desafío en el sistema occidental de unicidad, univocidad e individualismo corpóreo.

Aunque ciertos feminismos consideren la lactancia como un acto de esclavitud, visto desde la naturalización del cuerpo de la mujer y sus funciones reproductivas, las personas lactivistas -lactantes activistas- deconstruyen y resignifican este proceso vital sin pretender naturalizar a las mujeres, ya que:
Parten del reconocimiento de la lactancia como práctica y realidad cultural, no específicamente biológica. Como ejemplo aparecen parejas lesbianas lactantes, procesos de relactación1, o la lactancia en tándem.
La lactancia no tiene por qué reducirse al ámbito doméstico, de hecho las lactivistas reclaman la lactancia en el espacio público como acción política; cuestionando la división del espacio público-privado.

Despatriarcalizando la lactancia

“Ni el hogar es tan malo ni la teta es sólo doméstica” (Massó Guijarro, 2013)

Desde el movimiento feminista se estudia, lucha y practica la emancipación de las mujeres. Más concretamente desde una economía crítica feminista, se repiensa la actividad económica, el capitalismo, la división del ámbito público-privado, la revalorización de los cuidados de la vida; y se concluye que para vivir una economía más justa, igualitaria y sostenible la vida tiene que estar en el centro de la economía de las personas y el planeta.

Siguiendo esta línea, me gustaría nombrar a las compañeras del Colectivo Miradas críticas del Territorio desde el Feminismo (Ecuador), las cuales escribieron el año pasado un libro denunciando el extractivismo petrolero del Gobierno en la selva del Yasuní. En su título resumen muy bien esta idea: ‘La vida en el centro y el crudo bajo tierra. El Yasuní en clave feminista’ (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo, 2014). De una manera tan bonita, creo que este título se puede aplicar a cualquier resignificación económica feminista. Adaptándolo al tema que nos concierne, yo diría: La vida en la teta y el biberón en la despensa.

Con este título quiero hacer referencia a la valorización del cuidado de la vida, y por tanto al acto de lactar. Si lo más saludable –según recomendaciones de la OMS– para la persona lactante y la persona que lacta, y en consecuencia para la sociedad en general, es una lactancia exclusiva durante los primeros seis meses e intercalada hasta las dos años de edad, ¿por qué no se valora, protege y legisla en función de esta prioridad que es clave en ciclo vital de las personas? Si la incorporación al mundo laboral de la mujer se prioriza en detrimento de una lactancia prolongada y saludable, si las funciones reproductivas se desvalorizan en comparación a un mercado capitalista productor generador de dinero, ¿cómo desarrollamos una sociedad saludable desde el primer ciclo vital de las personas una vez nacidas? Desde el feminismo debemos revindicar la lactancia como vida y salud para toda la ciudadanía, recordando siempre que hablamos de nuestro cuerpo y cada persona decide sobre su propio cuerpo qué quiere o no hacer con él. Pero debemos tener la posibilidad de elegir, y que la emancipación económica de la mujer no suponga un impedimento para nuestra propia salud y la de nuestras/os hijas/os, y en conclusión para la sociedad completa. Por ello la declaración de La vida en la teta y el biberón en la despensa, porque debemos sentirnos y ser libres de elegir cuando acudir a esa despensa, a la fabricación del mercado productivista de alimento.


Ali. Feliz mamá de David a tiempo completo por ahora, da el pecho a demanda. En breve se le acaba la licencia por maternidad y se reincorpora a su puesto laboral. Ya está guardando leche porque su jornada laboral no va a ser muy compatible con la lactancia.

Promoviendo las actividades de cuidado y estos valores, la responsabilidad social del cuidado no tendría por qué recaer únicamente en las personas lactantes, si lo consideráramos una responsabilidad social por el bien de todas las personas, toda la sociedad desde un impulso económico, legislativo, social… apoyaría el cuidado de la vida sostenible y saludable. No sería una responsabilidad individual, sino colectiva y compartida.

El lactivismo2 pretende una transformación social, provocando una ruptura con el patriarcado y el capital, desde el simple hecho de lactar donde y cuando la/el bebé lo requiera. Por ello la lactancia se puede considerar un acto político de lucha feminista, teniendo en cuenta el feminismo de la diferencia y su declaración: lo personal es político y lo político es personal. Este activismo social rompe la reclusión del espacio doméstico donde se encarcelaba la lactancia, por femenina y reproductiva, ocupando espacios públicos para ejercer un cuidado de la vida tan básico como es lactar.

No por ser lactivista se renuncia a otros aspectos de la vida como el trabajo remunerado, sino que se reclama ese prestigio social de lactante para respetar y proteger la cobertura, el permiso de maternidad y una remuneración por un trabajo no reconocido socialmente por el sistema heteropatriarcal capitalista. Ester Massó pone de manifiesto cómo el sistema capitalista necesitó de la dicotomía público-doméstico/ producción-reproducción para materializarse. Así la autora declara de una forma genial: “Ni el hogar es tan malo ni la teta es sólo doméstica. Si la teta no ha sido un asunto público hasta ahora es porque no la daban los hombres, sino las mujeres, o dicho de otro modo, los cuerpos controlados, sometidos y subordinados cuyos potenciales había que supervisar y deslegitimar”.

El ‘lactivismo’ rompe la reclusión del espacio doméstico donde se encarcelaba la lactancia, por femenina y reproductiva, ocupando espacios públicos para ejercer un cuidado de la vida tan básico

Otra idea muy interesante que trata Massó es la teta como cultura de paz y decrecimiento. Debido a las hormonas segregadas durante la lactancia –oxitocina y prolactina– autores como Odent hablan de cómo determinados contextos hormonales influyen en las relaciones altruistas entre los seres humanos. La “hormona del amor” (oxitocina) podría generar prácticas y personas más cooperativas y colaboradoras, lo que podría generar una forma cultural de paz.

A partir de esta forma cultural de paz generada por este tipo de prácticas en torno a la vida -y específicamente- la lactancia, se pueden generar modelos alternativos económicos de decrecimiento sostenibles. Dar la teta es gratis, y por tanto un pecado capitalista, lo que rompe la dinámica capitalista de consumo y producción, y mantiene a la mujer en el lado invisible de la economía: la reproducción.

Por todo esto, el lactivismo se plantea como una práctica de insumisión biocultural, generadora de salud y a su vez provocadora de una disminución drástica de inversión económica (leches de fórmula, biberones, disminución de riesgos cancerígenos para las mujeres, fármacos). La lactancia se podría vincular al movimiento decrecentista como planteamiento vital diferente donde no prima la producción sino el cuidado.

Otro argumento que desprestigia la lactancia y la enmarca en la “naturalización” de las mujeres, es la lactancia como acto sexual. En cuanto que la lactancia es un acto sexual, no sometido al deseo del hombre y el sistema patriarcal, es sexualmente concebido entre la persona lactante y la/el bebé. La razón que da Ester Massó y comparto completamente es que, resulta tan difícil aceptar esta realidad porque emancipa absolutamente la sexualidad de la madre con respecto a una sexualidad falocéntrica y normativa, se traslada el objeto-sujeto de deseo del hombre al bebé. La sexualidad de la madre o persona lactante se orienta casi exclusivamente hacia la/el bebé. La lactancia además, es sexualidad, formando parte del ciclo sexual de las mujeres, ya que es necesario para esta relación madre-bebé los caracteres sexuales secundarios femeninos: las mamas.

Casilda Rodrigáñez habla de la lactancia como un despliegue impresionante de la sexualidad humana, de la criatura y de la voluptuosidad jamás definida de la mujer; y presupone una fusión tan grande que madre y criatura forman un solo organismo. Sin embargo, la lactancia se presenta descafeinada, desposeída de esa líbido y del placer que la acompaña, y con un vínculo apenas corporal. Como si todo quedara en el contacto puntual y superficial de la boca con el pezón, ocultando lo que sucede en el interior de ambos cuerpos. O como si sólo fuera un proceso de la fisiología del sistema digestivo. (Rodrigáñez Bustos, 2008)

Además, por esa educación sexual patriarcal dominante al servicio del deseo masculino, las mujeres lactantes pueden verse violentadas por los “mirones de lactancia”. Es un modo más de opresión y violencia sexual contras las mujeres en el espacio público, que puedan sentirse intimidadas a la hora de lactar fuera del ámbito doméstico, por el hecho de concebir la teta como objeto sexual en vez de como glándula secretora con unas funciones de gran sostenibilidad.

Para concluir, aunque todo lo comentado anteriormente considero que colabora a la salud- tanto sentida como real- de la sociedad, la lactancia materna favorecerá la salud directa de las mujeres y las criaturas en tanto que las ciencias de la salud confirman lo siguiente:
Recuperación más rápida y satisfactoria tras el parto
Prevención del cáncer de mamas y ovarios
Prevención de la osteoporosis en la vejez
Prevención de la depresión posparto
Reducción de la cantidad de fármacos tanto del bebé como de la madre habrán de tomar a lo largo de su vida
Buen desarrollo fisiológico del bebé y la prevención de enfermedades a lo largo de su vida

Nuestro cuerpo es revolución

Por todo lo anterior concluyo que la teta es revolucionaria, nuestro cuerpo es el campo de batalla de la revolución. Porque somos generadoras de salud, rompemos con el patriarcado, el capitalismo, y la dominación sexual a la que nos someten históricamente.

Me gustaría acabar con otra frase de Ester Massó, gran inspiradora para este trabajo:

“Esa fabulosa capacidad nutricia, formadora, ciudadanizante, pacificadora, integradora, sexualmente enraizada… sería un canto, sería patrimonio inmaterial de la humanidad, habría gestas a la teta, por supuesto habría prolongados permisos para ejercerla, se retribuiría económicamente… y seguramente no existirían pastillas para inhibirla. En todo caso para potenciarla (si consideramos la existencia de la Viagra).”


Alba Cuadra Garrido realizó este artículo académico para el Master de Estudios Interdisciplinares de Género de la Universidad Autónoma de Madrid
Fuente: Pikara


Bibliografía

  • Beauvoir, S. d. (1949). El segundo sexo. Madrid: Ediciones Cátedra.
  • Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo. (2014). La vida en el centro y el crudo bajo tierra. El Yasuní en clave feminista. Quito, Ecuador: Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo.
  • Massó Guijarro, E. (2013). Lactancia materna y revolución, o la teta como insumisión biocultural: calostro, cuerpo y cuidado. Dilemata , 5, 170-206.
  • Rodrigáñez Bustos, C. (2008). La rebelión de Edipo II parte: La sexualidad y el funcionamiento de la dominación. La Mimosa: Casilda Rodrigáñez Bustos.