abril 19, 2015

Voluntad y compromiso. Viyan Peyman


“Hoy otra vez nuestras chicas y nuestros chicos kurdos han convertido sus pechos en escudos frente a los tanques y bombas / Ay madre, ¡pobre de mí! / Hoy imagino a las madres de Kobanê en las calles llorando, imagino a los niños, las niñas, los ancianos y las ancianas gritando de dolor y rabia”, cantaba Viyan Peyman en diciembre, cuando la bruma apretaba en las montañas donde le hacía frente a su causa, la resistencia del pueblo kurdo, desde una habitación oscura, con un colchón viejo y con el ojo en la mira 20 horas por día. “Cuando veo un enemigo, disparo”, decía a una cadena internacional de noticias el año pasado, poniéndole nombre y apellido a la presencia de tantas mujeres al frente.

Hoy madres, niños, niñas, ancianos y ancianas la lloran a ella, muerta en la primera fila de una batalla que no cesa y que desde el 6 de abril homenajea a una valiente. Tenía 27 años y fue maestra hasta que sintió inútil su tarea entre tantos cadáveres. Ella, además del fusil, cargaba con una voz potente, como tantas guerrilleras que entregan algo de melodías al viento mientras el fuego amaina. Escapando de otros destinos, los que mandan a las mujeres a la venta, la prostitución, la vida errante o esclava, o directamente la muerte adolescente, Gulîstan Talî Cinganlo (Viyan Peyman era su nombre de guerra, que se traduce como Voluntad y compromiso) era célebre por su voz rasposa y su prosa, una daga.

Mucho se viene hablando de las mujeres en la resistencia contra Isis. En Kobani, Siria, su lucha se labra a sangre, fuego y canciones. Ponen el cuerpo a la violencia del grupo que se autoproclamó independiente Estado Islámico de Irak y Siria, reforzada durante la guerra civil siria en la que Viyan también ponía el cuerpo, en una batalla que parece no terminar nunca. El corresponsal Richard Engel de la NBC la entrevistó en noviembre: “Nos plantamos y luchamos, especialmente acá en Medio Oriente, donde las mujeres somos tratadas como seres inferiores. Permanecemos aquí como símbolo de fuerza frente a todas las mujeres de la región”, dijo quien sabe de pasar la noche en hoyos bajo tierra, tragar el polvo de las corridas hasta tener la garganta como un desierto y bañar su ropa en la sangre de compañeros y compañeras con las que estuvo cantando la noche anterior.

El fallecimiento de Viyan en el campo de batalla en un pueblo llamado Miço en Serêkaniye, del cantón de Yazira, causó conmoción en todo el mundo; era una heroína de pie que habla el idioma del feminismo con la rispidez de un lenguaje que se traza en la guerra. Pocas palabras, casi un rap de malas noticias: ella era la voz de su movimiento, el PKK, poeta y trovadora imprescindible de la arenga, sus videos cantando se pueden ver en YouTube y tienen cientos de miles de visitas. Su canto, un lamento que no hace falta traducir, es una puntada al corazón de un pueblo cortado. Había recibido dos disparos en su vida, uno en una pierna, otro en el estómago, herida que la tuvo fuera de combate por dos semanas, según Engel, que la siguió en sus escondites y recogiendo testimonios sobre su nombre supo de su carisma, a esta altura, una leyenda.

Los funerales de lxs soldadxs son a chaleco y arma en mano, pero el cajón siempre se viste de colores, de flores labradas con paciencia por las mismas manos que lloran las ancianas, acostumbradas a vivir en territorio bélico y con más de 200 mil muertes y 3 millones de refugiados. Las flores del cajón de Viyan dieron la vuelta al mundo como su canto, que vale la pena escuchar porque, aún sin entender lo que dice, la voz de Viyan es inmortal y su canto, una proclama que dignifica a todas.

Fuente: Página/12