mayo 24, 2015

La política del prohibir, desvalorizar e imponer.

Sin un enfoque en la violencia de género, sexual o doméstica, el Plan Familia del Gobierno ecuatoriano propone un “saber amar” descontextualizado de la realidad y las necesidades de la población adolescente, sobre todo de las mujeres.


Los mensajes contra el Plan Familia fueron protagonistas en la Marcha de las Putas de Quito./ Cazorla y Gator

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Anaís Córdova-Páez, integrante de la Colectiva Salud Mujeres, de Ecuador

Tenemos costumbre en América Latina de que si algo no nos gusta se borra, se bota, se cambia, pero nunca se reconstruye; menos aún se evalúa objetivamente su desempeño. Esta práctica nos ha llevado a desarrollar una actitud apática frente el cambio. Sin embargo, los humanos, al igual que la naturaleza, somos seres de procesos. Partimos de un ecosistema que nos influencia, para entender mejor cómo funciona lo que nos rodea, responder a quiénes somos y sobrevivir. Por lo tanto, la política pública aplicada en Ecuador con respecto a la Estrategia Nacional Intersectorial de Planificación Familiar (ENIPLA) y los cambios vienen del dogma iluso del desechar y prohibir.

El amor, el género y nuestros gustos están atados a distintos momentos de nuestra vida, a la cultura en la que nos desenvolvemos. Es imposible aislarse porque los símbolos por los cuales se comunican atraviesan nuestro inconsciente.

La monogamia, sueño eclesiástico, en mi país es una realidad de minorías; en un país tan diverso, es importante mantener políticas públicas basadas en derechos, no en creencias dogmáticas

ENIPLA se creó para que la sexualidad en jóvenes, niños y niñas fuera saludable y libre de violencia. Sin embargo, la violencia presidencial es tal que las políticas de prohibición han tomado forma en una nueva estrategia llamada Plan para el Fortalecimiento de la Familia o Plan Familia Ecuador, que cuenta con diez veces más del presupuesto que ENIPLA. Sin un enfoque en la violencia de género, sexual o doméstica, propone un “saber amar” descontextualizado de la realidad ecuatoriana y las necesidades de parte de la población adolescente, joven, en edad reproductiva y sobre todo de las mujeres.

La frase “saber amar”, cargada de superioridad, implica que las y los ecuatorianos no sabemos qué es amor, que no entendemos cómo se realiza y que deben enseñarnos a amar. Pero este amor de familia heteronormativa, de película, es una confusión que nos vendió Disney, en donde el príncipe azul llega en una mezcla entre mesías y robocop a salvarnos de nosotras mismas. Es sin duda triste encasillar el amor, y grave perpetuar la violencia que genera la imposición de estereotipos. La monogamia, sueño eclesiástico, en mi país es una realidad de minorías y es que Ecuador es tan diverso en culturas, idiomas, regiones y naturaleza que no se puede esperar que exista una sola manera de hacer familia o relaciones. Por eso es importante mantener políticas públicas basadas en derechos, no en creencias dogmáticas.

Sexualidad es la relación con nosotras y nosotros mismos y con el entorno desde los distintos aspectos que tiene un persona. Representa, de igual manera, una búsqueda con la identidad que construimos, el placer que exploramos y la autoestima que formamos. La sexualidad permite amar, desear, conocer desde la diversidad de interpretaciones que podemos darle. La sexualidad no es sexo, algo que parece pasar por alto el Plan Familia Ecuador, que busca la abstinencia a toda costa, sin tener en cuenta la educación en derechos sexuales y derechos reproductivos.

Los derechos sexuales son derechos humanos, que traspasan nuestro cuerpo y nuestra toma de decisiones todos los segundos del día. Proveer los recursos para que mujeres y hombres puedan vivir relaciones no violentas, el pleno ejercicio de su sexualidad y la toma de decisiones con respecto al plan de vida que desean permite hablar de una construcción social. Prohibir, normar, controlar, son medidas retrógradas que perpetúan la violencia.

La lucha por los derechos sexuales y los derechos reproductivos es personal y es política, pero también es pública. La toma de decisiones sobre nuestro cuerpo es sin duda una de las principales trincheras donde ejercemos nuestros derechos, independientemente de las órdenes presidenciales. Lo ilegal no deja de ser legítimo, el placer (hedonista), las experiencias sexuales y la toma de decisiones sobre nuestra maternidad se respaldan en esta legitimidad. Lamentablemente, la violencia es la que compañera de la abstinencia y la imposición dogmática, condenando de esta manera a todas las mujeres, jóvenes, adolescentes y mayores y, por ende, forjando la violencia estructural con la que tanto luchamos cada día los grupos feministas.
 
Fuente: Pikara