mayo 06, 2015

Pandilleras, al margen de la ley

Las pandilleras son mujeres anónimas e invisibles, pero radicalmente subversivas porque van en grupo. Vistas por el imaginario colectivo como agrupaciones de mujeres violentas, lo cierto es que pandillas hay de toda clase: desde las vecinas que se reúnen con la silla delante de la casa, al grupo de mujeres que salen juntas a comer en el trabajo.


Pandilleras las hay de todo tipo de estéticas y en todas partes del mundo. En esta ocasión, abordamos a las pandilleras de ficción, en el cine y en el cómic de superhéroes; y descubrimos que en Japón se organizan desde los setenta.
Pandilleras de cine

El cine pandillero es un género que no cuenta con mucha producción a sus espaldas, y sus títulos más aclamados tampoco ocupan las listas de mejores películas del año. Pero dentro de esta subcultura, parece existir un sentimiento común sobre lo emocionante que resulta ver a las pandillas ocupando las calles.

Hablar de cine de pandillas nos traslada de inmediato hasta el asfalto de Manhattan enWest Side Story o a la encerada pista de baile del instituto Rydell en Grease. Películas con mayor presencia de lo masculino, como la sobrevalorada The Warriors, cuentan al menos con grupos tan carismáticos como las Pink Ladies o la banda neoyorkina The Lizzies. Pero no siempre las pandillas de chicas son meros anexos de la trama principal. Existen bastantes títulos en torno a ellas con los que poder completar una filmografía:Jóvenes y brujas, Amigas para siempre, Chicas malas o Foxfire: confesiones de una banda de chicas.

“Podemos hacer lo que queramos, para ellos somos invisibles”. Esta frase es reveladora y decisiva para las pandilleras de Foxfire. Asimilarlo es dar el primer paso para formar parte de una banda nacida de la necesidad de hermanamiento entre unas chicas que están cansadas de soportar sin respuesta la violencia cotidiana de sus compañeros de clase, profesores y familiares. Esta toma de conciencia, esta camaradería y oposición hacia las normas sociales, supone un acto de rebeldía, y serán duramente castigadas por ello. Pertenecer a un grupo no es un simple acto simbólico; les dota de seguridad y fuerza para dar el segundo paso: reapropiarse de ese espacio público, la calle, del que están excluidas diariamente en una inconcreta ciudad de Estados Unidos de los años cincuenta. Lo harán mediante pintadas, protestas callejeras o respuestas violentas.

Hay un sentimiento común sobre lo emocionante que es ver a las pandillas ocupando las calles

De Foxfire podemos sacar muchas lecciones. Una de las más importante descansa en la propia esencia del grupo, conformado por una heterogeneidad de mujeres que tienen dos cosas en común: la conciencia de la desigualdad y las ansias de venganza. La otra lección extraída deriva de una mala elección: motivadas por el convencimiento de que el cambio social está muy lejos de poder alcanzarse, optan por crear un microcosmos y encerrarse en él. Salen del espacio público para enclaustrarse entre las paredes de lo privado, en lo que parece ser una reproducción a pequeña escala del paraíso socialista. Esta burbuja estallará rápidamente cuando se den cuenta de que, por mucho que hayan creado su espacio utópico ideal, éste se encuentra rodeado y supeditado por una lógica capitalista.

Pero, ¿es Foxfire una película feminista? Podríamos contestar sí y no. Sí, en lo que respecta a su contenido, pero no en lo que a narratología se refiere. La mirada desde la que se cuenta la película no es transgresora, más bien está supeditada al placer masculino y encorsetada dentro de la normalidad del discurso. El camino hacia el empoderamiento de las chicas está repleto de lecciones paternalistas dadas por los hombres –por no mencionar que el discurso subversivo imperante a lo largo de la película se cierra una vez más con un final aleccionador que les castiga por lo que han hecho–. No obstante, Foxfire es una película necesaria y recomendable por tratarse de una obra que apuesta por contarnos de manera crítica una realidad común a todas nosotras.

Ellas se unen. Cómics de superheroínas

Un género como el de los superhéroes, donde hasta hace poco apenas se cuestionaba la esencia heteropatriarcal en la que se sustentan sus formaciones –véanse Los Vengadores, la Patrulla X o La Liga de la Justicia Americana–, ha dado alguna agrupación, alguna que otra banda, integrada solo por mujeres, algo que podemos leer como semilla revolucionaria.

Empezamos por la editorial Marvel. Desde Las Liberadoras de Roy Thomas en la década de los setenta, nacidas del hechizo de una villana y leídas como burla hacia el womans libde la época, pasando por recientes fórmulas comerciales tales como Marvel Divas, cómic protagonizado por heroínas de segunda categoría, hasta la última triquiñuela comercial de la franquicia X, más conocida como los X-Men, orgullosa de anunciar una formación eminentemente femenina. Existen también formaciones ambiguas, como los Cuclillos de Stepford, cinco clones de Emma Frost, que le hacen guiño cinematográfico a Las mujeres de Stepford (1975) y su remake de 2004, aquellas perfectamente programadas para actuar tal y como el sistema espera de ellas. No obstante, en La Patrulla X de Grant Morrison, estas quintillizas juegan a representar un simulacro de desobediencia. Algo parecido a lo que otro guionista de cómic, Peter David, intentó a mediados de la pasada década, recuperando a Las Liberadoras en un desafortunado intento de resurrección del grupo setentero, esta vez en las páginas de la superheroína Hulka.

Por parte de la editorial DC, en Sirenas de Gotham se dan cita Catwoman, Harley Quinn y Poison Ivy; villanas hermanadas para luchar contra la franquicia Batman y contra la representación de sí mismas que le confieren sus ejecutores creativos. La guionista Gail Simone, por su parte, se encargó desde 2003 de Aves de presa, dando un vuelco a las cabeceras protagonizadas por grupos de superheroínas. En esta serie en particular, Oráculo, Canario Negro y La Cazadora unen fuerzas para luchar contra el mal, que no es el patriarcado, pero al menos hacen piña.

La Alianza de Mujeres Delincuentes de Kanto agrupó a más de 20.000 chicas bajo sus estrictas reglas

Pero, si alguna vez ha habido una intención ciertamente revolucionaria en lo que a fomento de la hermandad se refiere, se la debemos a las amazonas de la isla Themyscira y a las Holliday Girls, en las páginas de la superheroína Wonder Woman: mujeres de ficción responsables de comunidades enfocadas en el empoderamiento y la supervivencia en el mundo patriarcal, con un objetivo de cambio estructural. Esta propuesta, llevada a cabo en la década de los cuarenta y mutilada progresivamente hasta nuestros días, resuena en nuestro oídos feministas precisamente por marciana. Porque, no nos engañemos, por mucho que se anuncien revoluciones cada mes en el cómic mainstream, los cambios de este capitalismo creativo son pura transgresión marketiniana.

Pandilleras japonesas. De las sukeban a las kogal

El referente más inmediato de pandillera que tenemos proviene de los años cincuenta en Estados Unidos o incluso del cine quinqui español. Pero en Japón también hay pandilleras.

Las pioneras fueron las sukeban, que significa delincuente (en femenino) o mujer líder de una banda delincuente. El concepto, acuñado en los años setenta, está asociado a unos rasgos muy concretos: adolescentes con las mangas de la chaqueta del uniforme escolar remangadas, calcetines de colores, pelo teñido de castaño o rubio y –ojo a este ejercicio de resistencia– la falda alargada hasta los tobillos. En sus ratos libres se dedican a lo típico de las pandilleras: robar en las tiendas, consumir drogas de forma recreativa, intimidar a otras chicas del instituto y defenderse a muerte entre ellas. Para que nos demos cuenta de lo extendidas que estaban, se dice que la Alianza de Mujeres Delincuentes de Kanto llegó a agrupar a más de veinte mil chicas bajo sus estrictas reglas internas.

Existe una línea invisible que une a las sukeban con la subcultura de las kogal o kogyaru que en los noventa viven una explosión de popularidad, no sólo en las calles de Shibuya, también en los medios de comunicación. Las kogal se infantilizan deliberadamente con la falda del uniforme ultra corta, las enormes calzas blancas arremolinadas en torno a la pantorrilla, se broncean de forma extrema la piel y usan accesorios de marca. Sin embargo, lo que atrajo la atención mainstream fue saber el cómo eran capaces de costearse este estilo de vida sin recurrir al robo.

En Diario de una kogal, de 1998, una de ellas explicaba cómo ganaba el equivalente a cuatro mil dólares al mes a cambio de citas con hombres de mediana edad en las que no había sexo explícito. Lo que podría parecer una sumisión al capitalismo y el heteropatriarcado tiene un interesante componente subversivo. Japón, dejando a un lado los tópicos, es una sociedad muy jerárquica donde se espera que las mujeres sean esposas y madres y, por tanto, el individualismo femenino es un acto radical. Las kogals están centradas en su autonomía económica y personal, son grandes adeptas de las nuevas tecnologías ya en los años noventa, además de ser conscientes de formar parte de una subcultura femenina propia. A diferencia de las sukeban, no existe un referente masculino, ni por imitación ni por derivación, de las kogal.

Uno de los aspectos que más llama la atención de las kogal es el uso del lenguaje. El japonés es un idioma con un alto componente ritual cuyos términos y estructuras gramaticales varían en función del género y edad de quien habla y a quien se refiere. Las kogal alteraban esos códigos y tendían a comunicarse como chicos no como una imitación de la masculinidad sino cuestionando lingüísticamente la definición de feminidad.

Una de las derivas más interesantes de las kogal son la ganguro y las radicales yamanba, cuyo nombre remite a una bruja perversa del folklore japonés. En un país donde uno de los atributos más fuertemente asociados a la belleza femenina es la blancura de piel, estas adolescentes se pintaban el rostro de marrón oscuro y se dibujaban enormes ojeras blancas, todo enmarcado por melenas foscas teñidas de neón. 

Canciones de pandilla

La cultura de consumo da forma a estas mujeres, unidas por un deseo inagotable de unirse, expresarse... y hacer del mundo su patio de recreo.


Hijas de la MTV, estas princesas Disney de bikinis flúor huyen hacia delante al encuentro de la muerte lúdica. Si la vida es un guión de película de desmadre ¿por qué no puede ser un videojuego sin posibilidad de jugar otra partida?
Por cada banda de chicos (los T-birds) hay una banda de chicas (las Pink Ladies). Pocas nos identificamos con la Sandra Dee de falda con largo reglamentario, pero sí con Rizzo y sus secuaces. 3. 'I wanna be where the boys are' The Runaways
El toque de queda es diferente dependiendo del constructo social de género. Lo mismo pasa con meterse en líos, volver a casa sucia de barro y con la ropa enganchada. Las chicas nunca nos manchamos. 
El no future del punk se aplica a las pandilleras que viven deprisa en una burbuja de sororidad combativa. La cantante fue en los años 80 una sukeban de las “Hell’s Angels”. 
Si pensamos en pandilleras, rápidamente saltamos a las bandas de chicas. De la serie de los ochenta Jem nos gustaban no sus protagonistas, Jem & The Holograms, sino la banda rival de chicas punk llamadas The Misfits.

Sangre Fucsia es el fanzine sonoro de Ágora Sol Radio, emitiendo desde el espacio transfeminista Eskalera Karakola.
Fuente Periódico Diagonal