junio 05, 2015

Gobernanza de la tierra: problemas comunes, resistencias globales



Lo primero que llama la atención cuando se llega a Dakar es la belleza de la gente, especialmente de las mujeres: Su garbo al caminar con sus coloridos vestidos y pañolones en la cabeza. Si se pasea un poco, se siente la brisa de un mar verde esmeralda, que apacigua el calor de la tarde. La gente es acogedora, sonríe todo el tiempo, responde con gentileza a cualquier pregunta, excepto en el mercado de artesanías, en donde la amabilidad se incrementa exponencialmente, desconcertando a quienes venimos de otros mundos.

Colonia de Francia en un primer momento, cedida luego a Gran Bretaña para volver a manos de los franceses, Senegal obtiene su independencia en 1960. En Senegal, se mantiene viva la memoria de lo que fue el horror de la esclavitud. En Gorea, una pequeña isla de 18 hectáreas, patrimonio de la humanidad, se conserva la Casa de los Esclavos, desde donde salieron miles y miles de hombres y mujeres que eran mantenidos en esta isla mientras los engordaban, para enviarlos luego hacia las plantaciones en América, lo que constituía un viaje sin retorno.

Senegal fue el país anfitrión, en mayo pasado, de un encuentro especial, tanto por la dimensión del mismo como por el tema que convocaba. “Gobernanza de la tierra para el desarrollo incluyente, la justicia y la sostenibilidad”, se llamó el foro global de la tierra, organizado por International Land Coalition. Congregó a más de 600 personas de una variedad de instituciones y organizaciones del mundo, que son parte de la coalición, para debatir, reflexionar y compartir las diferentes problemáticas que estamos viviendo en el mundo en relación a la gobernanza de la tierra. También para intentar entender las múltiples dinámicas, los vínculos políticos y económicos, y las consecuencias ambientales y sociales que tiene el acaparamiento de las tierras; para conocer los esfuerzos de reformas para una nueva gobernanza, como la que se está desarrollando precisamente en el país anfitrión; para buscar alianzas y compartir solidaridades entre quienes venimos de mundos tan diversos.

Paneles, mesas, sesiones paralelas se desarrollaron, sobre una variedad de temas y desde enfoques que daban cuenta de los esfuerzos que se vienen haciendo para responder a las problemáticas de la tierra en un mundo globalizado. Sorprenden las semejanzas de muchas de las situaciones que viven los países africanos con las de América Latina: Comunidades desposeídas de sus tierras, gobiernos y políticos que se coluden con las grandes empresas inversoras para despojar de sus derechos a las comunidades, hombres y mujeres desplazados que se quedan sin posibilidades de futuro, negación de los derechos ancestrales por los Estados para entregárselos a grandes corporaciones, bajo el supuesto de que sus inversiones traerán el desarrollo para la población, grandes expectativas y muchas promesas incumplidas. Cultivos de caña, palma aceitera, que han destruido en muchos lugares los ecosistemas tropicales, y jatrofa –esta última originaria de Mesoamérica, pero que se ha expandido en Africa– se extienden a lo largo y ancho de diferentes países para la producción de biocombustibles.

También oro, diamantes, madera, coltán y minerales de todo tipo son algunos de los recursos explotados por las industrias extractivas, generando un enorme impacto en los derechos de las comunidades locales. Según un informe de Fundación Sur, “la cantidad global de tierras ‘acaparadas’ en África hoy supera los 63 millones de hectáreas”[1], lo que se está catalogando como una nueva forma de colonización y donde emergen también nuevas y antiguas formas de explotación, similares a la esclavitud que tanto desangró al continente africano.

Así lo señala un joven sacerdote de seudónimo RobertBolenge, quien ha sido testigo de cómo funciona, en la República de Congo, la empresa de agronegocios Feronia Inc., de capital canadiense, que ha contado con fondos de la cooperación internacional, según un reciente informe[2], y a la que la gente acusa de ocupar de manera ilegal sus tierras.

“La empresa se apropió de todas las tierras de las comunidades, por lo que estas no tienen dónde cultivar su propio alimento,” afirma. “En un momento –continúa- empecé a alentarlos a que plantaran cultivos y criaran ganado en las áreas abandonadas de la plantación. Pero cuando fue el momento de cosechar, la compañía destruyó todos los cultivos y ordenó, por la fuerza, que la gente saliera. Fue como si la compañía hubiera querido asegurar que las personas permanecieran dependientes de ella para su supervivencia. Es como un sistema de esclavitud.”[3]

Para la población en África, como para la de América Latina, la tierra no es una mercancía de la cual sólo se puede obtener beneficios. Es un espacio donde se desarrollan sus culturas, un lugar de recuerdos, que tiene una valoración espiritual y cultural, que garantiza su vida y que debe permanecer y ser legada a las generaciones futuras. Todo ello está ahora poniéndose en riesgo debido al acaparamiento, a la degradación y a la contaminación.

Aunque la agricultura sigue siendo fundamental en los países de África y el 80% de la población subsiste de sus tierras, las tendencias actuales implican un serio deterioro en la vida de la gente. Propuestas como la coexistencia y colaboración entre inversionistas y campesinado, para evitar el acaparamiento, fueron planteadas, así como que el Estado refuerce su autoridad sobre la tierra, para garantizar los derechos de la población, o que los jefes tradicionales tengan un rol más importante, en la medida en que están más cerca de la población. La desconfianza persiste frente a la posibilidad de la coexistencia entre inversores y campesinado y se manifestó también en algunos comentarios y reflexiones. “No se trata de entregar el producto a grandes inversiones, sino de hacer políticas que apoyen al campesino que tiene derecho a la propiedad y a la seguridad”, señaló un conferencista, mientras otro afirmó que “no se puede poner un lobo en el bosque y decir que queremos paz”.

Los derechos a la tierra de las mujeres fue un punto que estuvo rondando en las plenarias y en varias sesiones paralelas. Todo el mundo está de acuerdo en que las mujeres que trabajan la tierra y gracias a cuyo trabajo se tienen muchos de los alimentos que consumimos, deberían gozar de derechos de tenencia y propiedad. Pero allá, igual que acá, no se trata muchas veces de marcos normativos que impiden el acceso, sino de las arraigadas tradiciones, que no consideran a la mujer como sujeto de derecho y que establecen, por ejemplo, que la herencia vaya del padre a los hijos. Se mencionó que, en algunos lugares, los jefes tradicionales están sensibilizando a sus pares para que reconozcan el derecho de las mujeres a la tierra, así como la importancia de su participación en la toma de decisiones. En el caso de perder al esposo, para muchas de ellas, su vida empeora, pues no tienen muchas posibilidades de subsistencia, salvo que se vuelvan a casar con el hermano de su cónyuge, como sucede aún en algunas comunidades en Senegal. Aunque la preocupación sobre los derechos de las mujeres fue extensamente planteada, las preguntas siguen siendo cómo hacer una buena gobernanza, cuando las relaciones inequitativas entre hombres y mujeres permanecen, cuando las asimetrías de poder entre las comunidades y las transnacionales, muchas veces exoneradas de estándares ambientales y del pago de derechos, persisten; cuando los políticos negocian los intereses de las comunidades, que suelen estar desinformadas de los distintos procesos.

Es interesante señalar que en África, al igual que en América Latina, se reproducen narrativas que ponen en cuestión la propiedad de la tierra de las comunidades para posibilitar la apropiación de extensos territorios, instalando en el imaginario colectivo que éstas son tierras vacías, que la población que la habita no tiene derechos, como lo menciona Ben White:

“Los gobiernos nacionales y locales y sus socios extranjeros justifican el cercado y la apropiación empresarial de tierras en pugna con el uso de un conjunto de herramientas discursivas que por una parte presentan la tierra como ‘marginal’, ‘abandonada’, ‘estéril’, ‘en desuso’, ‘improductiva’, ‘ociosa’ o incluso ‘vacía’, y por otro, prometen un amplio abanico de beneficios para la población local, en forma de desarrollo de infraestructuras y, especialmente, de empleos. Los que se oponen al cercado, utilizando sus propias herramientas discursivas que también debemos analizar críticamente, pueden, por tanto, ser tildados de ser ‘anti-desarrollo’.”[4]

El mismo discurso, los mismos métodos, la misma complicidad de políticos, las mismas luchas y resistencias, lo que nos lleva a pensar que es necesario que sigamos ampliando nuestro conocimiento de lo que pasa al otro lado del océano, precisamente para globalizar resistencias, propuestas, articular redes que nos permitan seguir construyendo un mundo en donde las mujeres y los hombres no tengan que morir defendiendo el derecho a su tierra, a su territorio, como sigue pasando en todos nuestros países, como nos lo recuerda Bagua este 5 de junio.


Por Rosa Montalvo Reinoso


[1]Peter Baleke Kahiira y Lázaro Bustince Sola. Acaparamiento de tierras en África. Fundación Sur, 2012.http://www.africafundacion.org/IMG/pdf/ACAPARAMIENTO_DE_TIERRAS_EN_AFRICA-COMILLAS-.pdf
[2]Joaquim Muntané i Puig. Feronia Inc., Una diosa desnuda:De cómo empresas acaparadoras de tierras son rescatadas por fondos públicos de cooperación al desarrollo, Mundubat, GRAIN, Soberanía Alimentaria, Diversidad y Cultura y Plataforma 2015 y más, 2015.
http://www.grain.org/article/entries/5223-agro-colonialismo-en-el-congo-agencias-de-desarrollo-de-estados-unidos-y-europa-financian-una-nueva-ola-de-colonialismo-en-la-rdc
[4]Ben White. “Transacciones de tierras, desposesión y el futuro de la agricultura”, en Boletín ECOS Nº 16, septiembre-noviembre 2011. CIP-ECOSOCIAL. www.fuhem.es/cip-ecosocial