agosto 26, 2015

Andalucía, mujer, tierra y lucha.


"No hay un feminismo, sino muchos. El feminismo eficaz tiene que luchar contra la homofobia, la explotación de clase, raza y género, el capitalismo y el imperialismo".
Angela Davis

Pensar el feminismo desde el sur.

Hablando desde la lógica de los movimientos sociales y del activismo, el feminismo y la necesidad del mismo para una mínima transformación social es una cuestión indiscutible, aceptado por todas y todos, al menos de cara a la galería.
A pesar de ser fuerzas vivas y muy activas, hay una clara incapacidad del movimiento de hacerlo visible en la opinión pública general. Los logros alcanzados por el feminismo en la igualdad formal y las acciones positivas han supuesto grandes avances, pero también han significado la invisibilización de las entrañas del patriarcado y de las violencias invisibles que crea. En la sociedad ha calado la idea de que con la igualdad formal se ha conseguido una igualdad real.

El feminismo estudia y conceptualiza la realidad, poniendo al descubierto la situación de desventaja social y de negación de derechos en la que nos encontramos las mujeres. Sin embargo, su labor no acaba aquí, no solo analiza la realidad sino que propone su transformación.

Para analizar la situación de la mujer en cada territorio es esencial tener en cuenta distintos factores sociológicos: la realidad cultural del lugar, la realidad geográfica y política, la cuestión nacional, la clase social o el impacto de las religiones. Esto hace que no haya un análisis único del feminismo, ni siquiera lo podemos generalizar en el Estado español.

La realidad socio-política y económica de Andalucía: subdesarrollo, dependencia económica, que se traduce en una realidad de desempleo, emigración estructural y en el intento de expolio de nuestra identidad cultural y de nuestra memoria histórica marcan la realidad de las andaluzas, donde a parte de estas opresiones sufrimos la de ser mujeres.

Si analizamos el movimiento feminista en nuestra tierra vemos un auge focalizado en las zonas urbanas, encontramos asambleas o coordinadoras feministas no mixtas en todas las capitales de provincia. También, se observa un aumento de la actividad y el estudio feminista por parte de las organizaciones sociales, políticas y sindicales. A pesar de estos avances, seguimos sin ser capaces de llegar a los barrios obreros y los barrios más marginados, donde más necesario es. Tampoco llegamos al medio rural, tan importante en nuestro territorio, pues según los datos oficiales de la Junta de Andalucía el 54,92 % de la población vive en municipios rurales, donde el 49,82% de la población rural son mujeres, es decir, 2.244.394 andaluzas.

La teoría feminista actual surge desde la academia , desde la universidades e impone un feminismo blanco, burgués y eurocéntrico, que tiene como reflejo que la activistas,en general, tengan un perfil de mujer, joven, blanca con estudios universitarios. Esto hace que no estén representadas todas las mujeres, ni siquiera todas las feministas.

Los privilegios se vuelven invisibles para aquellas que los disfrutamos y es mucho más fácil centrarnos en las situaciones que nos afectan solo a las privilegiadas. Es esencial la interseccionalidad en nuestra lucha, reconocer las distintas identidades que enriquecen nuestras vidas, y generan distintos grados de opresión. Pero esto no se resuelve con la inclusión de todas las identidades si el marco de análisis está previamente establecido. Es necesaria una descolonización de los saberes. Pensar en el sur y para sur, pensar en Andalucía y para Andalucía.

Recuperar la memoria de las nuestras.

Como expone Adriana Guzmán, compañera del feminismo comunitario boliviano , el patriarcado, el neoliberalismo y el colonialismo nos han robado nuestros espejos, tenemos que recuperar nuestra memoria y situarnos en lugares de identidad política propia y no en lugares de pobreza cultural.

Es esencial recuperar las luchas de todas aquellas revolucionarias andaluzas que ocupadas haciendo feminismo, no tuvieron tiempo de escribirlo, de teorizarlo. Nuestra historia está llena de mujeres que se rebelaron contra del poder establecido, jugándose la vida y, casi siempre, perdiendo la “reputación”. Nuestras compañeras cambiaron el mundo, luchando por lo que era justo, viviendo como querían vivir, sin un destino marcado por el sexo con el que habían nacido.

Si al hecho de que la historia está escrita por hombres , tanto las de los vencedores como la de los vencidos, le sumamos el silencio histórico que ha sufrido Andalucía y la incapacidad de los movimientos de escribir sobre nuestras luchas y sobre nuestras victorias, nos encontramos con una invisibilización total de la mujer en la historia de nuestro país.

Las feministas andaluzas, tenemos que recuperar nuestra historia, añadir nombres, acciones y testimonios desconocidos hasta ahora. Esto supondrá la toma de conciencia feminista como pueblo, que cambiará la vida de cada una de las mujeres de nuestra tierra.

Nuestra historia no se entiende sin las luchas que llevaron a cabo todas aquellas antifascistas, las compañeras asesinadas por luchar por la libertad, aquellas encerradas en cárceles, en campos de explotación, de todas aquellas que se rebelaron contra el franquismo, como bien narra la compañera Francisca Adame.

Compañeras como Pepi Conde, la única mujer en la primera dirección del SOC (Sindicato de Obreros del Campo) de 1976. De las luchas que llevaron las jornaleras en Gilena (Mari Carmen, Concepción, Dolores , Manuela, Margarita y Agustina), conocidas como las “Cabras Montesas” en 1979 para que el Empleo Comunitario llegara a las mujeres. Las mujeres que tenían cartilla agraria no tenían acceso al empleo comunitario, cuando cumplía los mismos requisitos que sus compañeros. La dignidad y la necesidad de estas jornaleras de llevar el pan a su casa hizo que a pesar de que no se les reconocía el acceso a la prestación, subieran a la sierra con sus herramientas, trabajando y luchando por lo que era suyo y tras 15 días de ataques, de comentarios y de lucha, una decena jornaleras en pleno corazón de Andalucía consiguieron que este derecho llegara a todas las mujeres.

Esencial fue también el papel de las mujeres en la lucha por el agua y por la tierra en Marinaleda (como narra Susana Falcón en “Lo dieron todo. Las luchas de Marinaleda” donde cuenta el papel de las jornaleras en esta lucha histórica).

Compañeras como Mari García Bueno, jornalera , dirigente del SOC y posteriormente del SAT, integrante del Comité Coordinador de la Vía Campesina, responsable de articulación de mujeres y Colectivo Agua, Tierra y Territorio y, actualmente, parlamentaria andaluza por PODEMOS.

Ellas son algunas de las protagonistas de nuestra historia escondida y silenciada, pero también han sido clave para conseguir las conquistas que disfrutamos, pese a este momento de crisis sistémica donde intentan arrebatarnos nuestros derechos.

Desde las experiencias de las nuestras, desde la teoría de la académica y desde, principalmente, la acción política feminista tenemos que encontrar un método que nos una. Ese método puede ser la pedagogía feminista, como expone la compañera Claudia Korol, educadora popular de la organización argentina Pañuelos en Rebeldía: “es básico la interlocución entre las experiencias de resistencias a las distintas opresiones, para que en el seno de las mismas puedan crearse los puentes por los que transiten de ida y vuelta las diversas rebeldías hasta contaminarnos mutuamente: hasta que no haya manera de ser feminista sin ser antirracista, de ser socialista sin ser feminista, de ser antipatriarcal sin ser antiimperialista“. La pedagogía feminista no es una pedagogía de profesoras y alumnas, sino de compañeras que soñamos juntas y pensamos juntas nuestras prácticas.

De lo individual a lo común. Cuerpo y territorio como campos de disputa.

El feminismo comunitario propone superar las categorías actuales del feminismo que quieren incluirse en el sistema, apuesta por un feminismo que tiene que ver con un desafío mayor. Se trata de construir un feminismo útil para la lucha de pueblos, un feminismo que construya un modelo económico que no repita la explotación de nadie ni de la naturaleza. Un feminismo que construya modelos de recuperación de los recursos, circulación de los productos y convivencia con la naturaleza para el Buen Vivir. El feminismo comunitario unifica las luchas de recuperación frente a las violencias ejercidas contra los pueblos, especialmente contra las mujeres. Entiende el cuerpo como primer territorio de defensa.

Esto lo podemos trasladar a nuestra realidad en un derecho básico de nuestro pueblo a la soberanía territorial, a la soberanía alimentaria y como plena autonomía de las mujeres respecto a nuestros cuerpos.

En este sentido, la Vía Campesina entiende la soberanía alimentaria como una alternativa política a un sistema agrícola y alimentario injusto. Esta demanda no implica un retorno al pasado, sino que se trata de recuperar las prácticas y saberes tradicionales y combinarlas con las nuevas tecnologías. Tenemos derecho a producir dignamente y consumir alimentos sanos, nutritivos y culturalmente apropiados, así como derecho a elegir nuestra la forma de producir y consumir.

Para esto es básica una reforma agraria y popular, donde tengamos acceso a la tierra y al agua. Necesitamos un regreso al consumo de productos locales y respetuosos con el medio, a través de otro modelo productivo, energético y de consumo que respondan a las necesidades del pueblo andaluz. Avanzar en la construcción de alternativas al actual modelo agrícola y alimentario implica incorporar una perspectiva de género, tener un posicionamiento feminista de ruptura con la lógica patriarcal y capitalista.

Desde el Sindicato Andaluz de Trabajadoras/es (SAT) proponemos una ley de patrimonio agrario, donde el uso y explotación de la tierra sea repartida entre las cooperativas que concursen por ellas. No pretendemos la cesión de la propiedad, sino su uso y explotación agraria para dar trabajo y crear riqueza para toda Andalucía. Una verdadera alternativa para una tierra de terratenientes, donde el un 2% de la población sigue controlando más del 50% de la tierra cultivable y de este otro 50 %, menos del 10% está en manos de mujeres.

Las mujeres son el 60% de la mano de obra agrícola jornalera, en la agricultura familiar campesina son las que gestionan el grueso del trabajo familiar, reproductivo y productivo, controlan las semillas y la alimentación.

La mujeres tenemos que luchar por la tierra dada la importancia de la misma como espacio donde se crea la vida, donde ésta se construye .Al igual que el capitalismo quiere controlar nuestro territorio, la alianza entre patriarcado y capitalismo quiere dominar nuestros cuerpos.

Por eso tenemos que defender nuestro derecho a decidir sobre el mismo, defender nuestros derechos sexuales y reproductivos, entender nuestros cuerpos como campos de batalla.
Porque queremos el pan pero también las rosas.

Artículo escrito por Ana Martínez Serrano, Portavoz nacional del Área de Juventud del Sindicato Andaluz de Trabajadores/as. Es estudiante de Derecho en la Universidad de Jaén y forma parte de la candidatura municipalista Jaén en Común. La ilustración es de Abel Fernández. 

Por Pensar la tierra
Fuente: Periodico Diagonal