agosto 14, 2015

Las invisibles



Se llamaba Teresa, dice la prensa. Se comunicaba en castellano, aunque cuenta que fue arrancada desde muy pequeña de su comunidad, para ser arrastrada al interior de la selva, lejos de su familia, de su pueblo, hacia la zona en que aún se movilizan los remanentes de Sendero Luminoso. Allí fue creciendo, hasta que llegó a la edad en que los hombres podrían disponer de ella, de su cuerpo, obligándola a “asumirse” con alguno de los que le destinaban los mandos, o quizá con ellos mismos. Fue dada a un tal Mario y tuvo que aceptar, según cuenta, servirle, parir sus hijos, seguirlo por donde quiera que fuera, esperarlo, mientras él colocaba minas o guiaba a las columnas terroristas en medio de la selva. Tres hijos le parió, dice. Se asumió con él, por lo que también fue considerada terrorista y depositada en el penal de Ayacucho, aunque se diga también que fue liberada del secuestro.[1]

Al poco tiempo de este hecho, en julio del 2012, también la prensa nos trajo la información de una nueva liberación de niños y niñas de las garras del terrorismo. En esa ocasión, el rescate tuvo la presencia de personajes de alto nivel, como la primera dama y el mandatario, quienes quisieron demostrar el compromiso y la responsabilidad, sobre todo con los niños, no mencionando mucho quiénes eran sus padres y madres. En ese momento, el presidente Humala declaró: “Con esta acción hemos iniciado una operación que nos permite rescatar a nuestros hijos e hijas de la insania terrorista . Este esfuerzo, el pueblo peruano lo reconoce”.[2]

La televisión nos mostró a Sonia, a Marta, a Lucía y a Juana rescatadas, a quienes les dijeron que las llevarían a su pueblo, pero las trajeron a Lima, les arrancaron los hijos y las mantuvieron durante meses privadas de su calor. Jerónimo Centurión cuenta, en su documentalMasas[3], que sólo Orlando y Sonia pudieron recuperar a sus hijos. Las otras desaparecieron otra vez, sin que se sepa nada de ellas, sin que ellas sepan tampoco de los hijos que se quedaron en el monte, comidos por la espesura de la selva y por la insania del grupo terrorista, que los mantiene en cautiverio.

Juana tuvo un nuevo hijo. Ella, Marta y Lucía fueron encargadas al Ministerio Público como testigos. La noticia de este rescate desapareció enseguida entre la parafernalia de los programas como “Esto es guerra”, que llega a un público ávido de participar en las contiendas televisivas, mientras mujeres indígenas, y también hombres, siguen enfrentándose a la guerra, que para ellos nunca terminó, y que siguen viviendo como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos lejanos parajes del Perú profundo, donde el Estado brilla por su ausencia.

Es muy sintomática la manera cómo la gran prensa trata estos casos, o se refiere al rescate de “Pioneritos”, poniendo el énfasis en los niños y las niñas, dejando de lado el hecho que son parte de una historia, que nacieron de una madre que debe andar sufriendo porque no ha podido conservarlos, porque se los arrancaron, porque quizá tener un hijo en esas condiciones es el vínculo con lo humano, con la esperanza de crecer mejor, con un nuevo proyecto de vida. Historias como la de María, a quien le mataron a su padre, su madre y a sus seis hermanos en un paraje del Valle Esmeralda, en Satipo, para secuestrarla luego y llevársela a ser parte de “Los Pioneros”, se repiten cuando las mujeres pueden hablar de esa experiencia. Fue violada a los trece, quedó embarazada, y fue obligada a parir para luego sufrir el arrebato de su hijo. Ella lo buscó, luego de muchos años. Lo buscó porque no podía con el dolor que le produjo que se lo arrancaran de los brazos, aunque fue producto de la violación. Ese niño posiblemente fue su conexión con la vida en un contexto en que la muerte acechaba a cada paso. Ella quiso encontrarlo y lo logró.[4] Es también posible que para otras no será una opción buscar e intentar encontrar a los hijos o hijas que les arrebataron en esas circunstancias, y volver hacia atrás para andar un camino que les trae tanto dolor y angustia. Para otras no será posible, porque no sabrán dónde buscar, y quizás también para algunas estos hijos e hijas, paridos ahí, ahora les sean ajenos y no sientan con ellos ningún vínculo. Como lo señalan Pérez, Lloret y Dianderas en su estudio sobre las secuelas sicosociales del embarazo por violación sexual:

“Para aquellas que no han vivido un proceso de maternaje gratificante o en el que predominan efectos negativos hacia sí mismas, al padre del hijo o hacia importantes figuras del pasado, el embarazo podría facilitar que esos sentimientos se proyecten en el feto y que éste adquiera una identidad negativa. En algunos casos, el embrión no adquiere sustancia humana alguna, siendo para la madre tan sólo una parte del cuerpo, de la cual se puede prescindir, como si fuera un apéndice inflamado.” [5]

Una gran cantidad de las que forman parte de esa masa cautiva en manos de losremanentes de Sendero Luminoso son mujeres asháninkas que han crecido en la espesura de la selva y que no conocen otro mundo que el cautiverio; que han aprendido quizás que es el único mundo que tienen; que apenas conservan en la memoria su historia, sus vínculos con sus familiares y su comunidad, desde donde fueron arrancadas de raíz hace muchos años, mientras que siguen pariendo hijos para una guerra perdida. Hay que recordar, como lo informó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que aunque no hay datos precisos, cerca de seis mil asháninkas fueron asesinados, unas 40 comunidades desaparecieron y 10 mil personas fueron desplazadas.[6] Estas cantidades, para una población de 60 mil personas, dan cuenta de la magnitud del impacto que tuvo el conflicto armado interno en este pueblo.

Pese a que han pasado 30 años desde que muchas mujeres asháninkas fueron capturadas, nadie las ha reclamado, o sus familiares no han podido hacerlo, al no saber adónde acudir, como sucedió con los miles y miles de desaparecidos durante el conflicto armado, algunos de los cuales recién han podido ser entregados a sus familias, para recibir una sepultura digna, sin ellos y sus deudos hayan logrado aún justicia. Son las mujeres asháninkas secuestradas la evidencia más flagrante del olvido del Estado, el olvido de toda una sociedad que mira para otro lado y solo muestra un poco de empatía cuando aparece la noticia de su liberación.

Hace unos días, sólo un poco antes de conmemorarse el Día Internacional de los Pueblos indígenas, los periódicos nos volvieron a informar de nuevas liberaciones: “Tropas peruanas rescataron la semana pasada a una treintena de niños y una veintena de adultos –mujeres en su mayoría– que permanecieron bajo cautiverio de este movimiento, en lo que se conoce como Sector 5, en Mazamari, región Junín (centro sur)”.[7] Pese a que la mayoría de las personas adultas liberadas vuelven a ser mujeres asháninkas, ese dato aparece casi como casual en la información, cuando esa es precisamente una variable que nos debe llamar a plantear un tratamiento adecuado a la situación de la que están saliendo, que sea pertinente culturalmente, para que lo que se supone debe significar un cambio positivo en sus vidas no se transforme en un continuum de la situación de la que son rescatadas.

¿Cómo es posible que haya mujeres y hombres indígenas esclavizados, mujeres embarazadas por sus secuestradores, pariendo hijos para una guerra perdida, en el medio de la selva? ¿Cómo es que esta situación no nos provoca escándalo y protesta, y cómo es que el Estado no ha creado las condiciones necesarias para que estas mujeres, así como los niños y las niñas que son liberadas, tengan condiciones que les permitan readaptarse en sus lugares de origen, que vuelvan a reencontrarse con su pueblo, con su familia, con su propia historia, que recuperen el sentido de humanidad que tienen las mujeres en sus comunidades? Es imperativo que todos y todas conozcamos lo que viven estas mujeres indígenas, que nos escandalicemos, que exijamos respuestas que hagan posible que su experiencia se conozca, y que se desarrollen acciones que les permitan recuperar sus proyectos de vida. Parafraseando a Benedetti, para que ellas y ellos, cuando vuelvan a ver pasar los pájaros y los árboles, sepan a qué sombra pertenecen, para que recuperen su brújula, para que no sean más las invisibles.

Por Rosa Montalvo Reinoso

[2]“El exitoso rescate de ‘Los Pioneritos’ en el VRAEM’. La República, 8 de julio del 2012.
[3]Documental MASAS, Centurión Producciones, 2014. https://www.youtube.com/watch?v=nUwsBPI6iKo
[4]“‘Pionerito’ huye y se reúne con mamá”, Diario Ojo, 9 de enero del 2014.
[5] Yovana Perez, Juana L. Lloret, Karina Vianderas, Llover sobre mojado. Secuelas sicosociales del embarazo por violación sexual, Centro de Atención Psicosocial, 2014.
[6]Comisión de la Verdad y Reconciliación, Informe final, Tomo V: “Historias representativas de la violencia”, 2.8 “Los pueblos indígenas y el caso de los asháninkas”, 2003.
[7]“Sendero Luminoso usa niños como escudos humanos”, El Comercio, 7 de agosto del 2015.http://elcomercio.pe/peru/ayacucho/sendero-luminoso-usa-ninos-como-escud...