agosto 30, 2015

Sexualidad. Tragate ésta

La industria farmacéutica norteamericana lanza en octubre un supuesto Viagra femenino con más marketing que eficacia. Pero hace rodar el imaginario sobre las mujeres dispuestas a satisfacer la avidez masculina cuando son requeridas. La sexualidad y los gustos propios son dejados de lado para favorecer el mercado de los medicamentos y el negocio de las mujeres aplacadas y fogosas a medida. En Argentina, el fenómeno Esperanza mía muestra a una símil monja hot que da besos pero no encara, apura pero no acaba. El deseo femenino se enciende como un botón o se apaga si intimida a los varones, pero sigue siendo el motor más fuerte de las mujeres para no sólo luchar, sino gozar, con sus derechos.

–Esta noche no, querido. Me duele la cabeza
–Pero abrí el botiquín y tomate un viagra. Yo ya me tome el mío y no puedo esperar.

El diálogo puede esperar. Pero el deseo masculino no. En el peor de los casos, en octubre y en Estados Unidos, ya se podría escuchar la interpelación al botiquín sexual para activar mujeres dispuestas y, no suficientemente, estimuladas en la búsqueda de su propio deseo. El deber ser de una esposa ensanchó su banda de obligaciones. Ya no basta con hornear panes y criar hijos. La pastillita para varones más erectos que cautivadores tiene su pareja perfecta en una nueva pastillita rosa (los cliché, bien, gracias). El turno trasnoche impone –no invita– al compromiso sexual. Y si hay más cansancio que tentación, más aburrimiento que fantasía, más resquemor que pasión, nada mejor que abrir esa boquita, empinar el brazo, levantar los hombros, tragar agua, hacer un buche y solucionar la indisposición. “Mi marido venía a casa, muy cansado a las 10 de la noche, yo me iba a acostar, él venía, pim pum pan y me decía ‘ya está’. Dos minutos y así tuve cinco pibes. Nunca me preguntó si yo tenía ganas y mi mamá me decía que ni se me ocurriera decirle que me dolía la cabeza porque se iba a ir con otra”, contó Moni, en una reunión de Las Doñas, de Adrogué, relatada en Las/12, del 10 de julio del 2015. El deseo, en cambio, no es tragar el sexo pim pam pum ni una curita.

Si los analgésicos dicen que las mujeres no pueden parar, los antigripales que una madre no tiene descanso ni días francos, los calmantes para la menstruación (rebautizados con el mote de agente potenciador) que la sangre no se note y que hay que ser fuerte y que ya no nos duele que nos critiquen por lloronas o por ocupar puestos altos está claro que las farmacias son expendedoras de blindaje. Ni hablar de los antidepresivos expedidos como si se tratara de bomboncitos para el copetín y en muchos casos indicados en exceso para tapar angustias, calmar crisis de parejas o que la violencia se aguante. ¿Pero ese traje de damas de hierro puede convocar, también, al deseo desnudo? “La estafa brutal de la cultura represora se compensa con psicofármacos y los modernos afrodisíacos. O sea: agua helada al deseo y luego maniobras de reanimación con alguna fogatita en forma de comprimidos”, radiografía el médico psiquiatra y psicoanalista Alfredo Grande. Por su parte, la psicóloga María Luisa Lerer y vicepresidenta de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Sexología y Educación Sexual (Flasses) convoca a las mujeres: “Necesitamos caricias, ternura, tiempo, estímulos auditivos y táctiles que despierten nuestro deseo, no medicaciones. Es bueno que las mujeres sepamos que no sentir deseos sexuales no es una enfermedad que necesita de pastillas y que los mimos, caricias, tiempo y palabras pueden producir la magia que esperamos. Hay que estar alerta porque los laboratorios quieren ganar mucho dinero con el viagra femenino. No dejen su salud en manos de profesionales deshonestxs que trabajan para los laboratorios y viajan por el mundo y asisten a los congresos pagados por los laboratorios que así les agradecen sus servicios”.

Seducción recetada

Si algo te molesta, callate. Si estás triste, cambiá la cara. Si llorás mucho, secate con un pañuelo en polvo. Y si no te dan ganas de sexo también empolvate. De hecho, la nueva pastillita –se bautiza Addy–, con flibanserina, se ensayó como un antidepresivo. No resultó para el bajón. Y, en realidad, solo sería efectiva para el TDSH (la clasificación de problemitas es una especialidad de la psiquiatría buitre) o deseo sexual hipoactivo. La solución no es ni caricias, tiempo, descanso, vacaciones, besos, nuevos cuerpos para esos besos y caricias, porno, post porno, más previa al porno ni otros caminos sin atajos. La promesa es levantar la libido de un sorbo. La agencia de medicamentos de Estados Unidos (FDA) solo va a permitir que lo tomen mujeres con TDSH que no hayan llegado a la menopausia. Supuestamente no se puede tragar para mejorar el rendimiento sexual ni para solucionar desencuentros de pareja. Pero del dicho al hecho y de la letra chica al mercado clandestino hay poco trecho. Pero muchos (¡muchos!) efectos colaterales: mareos, somnolencia, fatiga, insomnio, sequedad en la boca, hipotensión y perdida de la conciencia.

En realidad, hubo una campaña para su aprobación que incluyó tildar de machista a la FDA por demorar su aprobación. En la nota “La pildorita rosa destiñe...”, publicada en Las 12, el 6 de febrero del 2015, la periodista Guadalupe Treibel señalaba: “ La International Society for the Study of Women’s Sexual Health, en sociedad con las farmacéuticas Sprout, Trimel y Palatin, lanzó dos astutas y concatenadas campañas online (Even The Score y Women Deserve) que buscan instalar variopinto repertorio: que señoras y señoritas están en desventaja porque los hombres tienen “24 drogas sexuales disponibles” (en realidad no pasan de seis, pero ¿quién está contando?), y ellas, cero. Pues, sendas maniobras (destinadas a alertar sobre la “disfunción sexual femenina” toda, un concepto de vaga definición que también incluye el trastorno orgásmico y el dolor génitopélvico), están teniendo tal eco que hoy muchos hablan de sexismo”. Muchas feministas salieron al cruce de la campaña embanderada de pro femenina de los laboratorios.

Y, en Argentina, por suerte, no todas las parejas necesitan hacer trío con el botiquín en la cama. “Cuando era chica, escuchaba algunas conversaciones de mi mamá con sus amigas en las que hablaban de la obligación de tener sexo todas las noches con sus maridos, del no poder negarse después de un día agitado de rutina o simplemente no tener ganas y de las risas cómplices ante el invento del dolor de cabeza. Hablaban de los enojos de algunos hombres que luego las castigaban con no hablarles por un día (y hasta semanas) o que se tenían que tomar una aspirina para darse impulso a la última actividad del día. Con mis amigas hablamos de hombres más comprensivos, que respetan la falta de deseo de una noche o el cansancio y, muchas veces, son ellos los que están agotados. Existe el respeto mutuo de un deseo compartido”, relata la periodista Evangelina Díaz Denis.

Si hay deseo tragátelo

La contradicción principal no es solo empujar a las mujeres intimadas a tener intimidad con las fórmulas que funcionaron alguna vez y que ya aburren, con toda la burocracia cotidiana apiñada sobre la cama o con el cuerpo pensado como mecanismo disponible y no dispuesto a emprender un viaje de seducción sin obligación. El punto G del flechazo contra el deseo es que las mujeres son demonizadas por no desear cuando el marido quiere tener sexo, pero también por desear sexo cuando ellas quieren, sin esperar a ser conquistadas, invitadas, cortejadas o aceptadas para tener sexo. En todas sus formas, parece, el deseo femenino todavía jode.

En el caso del antigalán apodado “el gigoló” los medios se ensañaron con Adriana, la hermana de Flavio Mendoza, que denunció la estafa económica de Javier Bazterrica. En América le tiraron un manto de piedad “te agarró con la guarda baja” para comprender porque había aceptado esa relación. Y Baby Etchecopar le imputó en la cara “Si violaba a tu hija vos tenías la culpa”. La relación entre el deseo de una mujer y su complicidad con un delito sexual es una moneda cada vez más grave y corriente. Y toda la tele repitió como un mantra de culpa: “¿Por qué lo metiste en tu casa?”. ¿Y por qué otra cosa va a ser que ganas de disfrutar y sí, también, de una rica vida sexual?: A los 15 se les exige a las chicas que derrochen sensualidad, pero se las condena si toman la iniciativa para una cita o se encaran a un pibe. A las de 30 que a los cinco días de parir la panza esté chata y entre mastitis y somnolencia estén dispuestas a atender como se debe (y por deber) y a las mayores de 40 que sean MILF o madres calientes a las que no se les note el batón de la maternidad desgastada por el tironeo con chicos adolescentes. Pero sí además de apetecibles quieren apetecer son condenadas por meter en su casa a alguien que las meta en la sintonía de su propio placer (y ya se sabe que a veces la búsqueda del placer conduce a situaciones de violencia) el punto es no condenar, a priori, a las mujeres por su sed.

Desesperanza mía

El fenómeno de Esperanza mía hizo que los disfraces de monjas desplazaron a los de princesas (volvé Blancanieves, te perdonamos) entre canciones pegadizas, el romance insinuado de Mariano Martínez (cura en la ficción) y Lali Espósito (falsa monja en la ficción y muy gauchita para el sexo según sus declaraciones de no ficción) y álbum de figuritas para niñas y púberes con traje de castración sexual pero ídola hiper sexy. Las chicas tienen que ser deseables, pero no desear. La colegiala ya no basta. Ahora las adolescentes hasta avanzan a los muchachitos que les gustan. Ya no son las que sucumben a dar el sí en el zaguán del reclamo de entrega masculina. Las símil monjas no imponen abstinencia masculina, pero coartan a las chicas de avanzada y de ganas tomar. Lo que tapa el traje es las ganas de tapar –por parte de muchos varones– ese deseo que los interpela y frente al que –con machismo, con inhibición, con educación o con miedo a fallar por presiones de tenerla más grande, más dura, más parada y saber más– muchísimas veces los acobarda o, directamente, les quita las ganas de una conquista en donde no tienen el lugar de iniciador.

En 1796 el Marqués de Sade reflejaba los conventos como lugares en donde el roce femenino podía encontrar el goce –sin el ojo social sobre sus cuerpos y sus gustos– que no era permitido a través de la historia de Juliette y Justine. Desde ese momento, el deseo femenino circuló en los conventos como refugio. Aunque Esperanza mía no saca del closet-confesionario la pasión lésbica sino que –parece– encapsula el deseo por cuenta propia de las chicas, aún cuando se trate de un amor –supuestamente– prohibido.

Santa y puta

Carolina Justo von Lurzer, investigadora del Conicet, agudiza el horizonte del deseo: “¿Qué podemos desear las mujeres? O, incluso más bien, qué de lo que deseamos podemos mostrar, decir, exigir, pavonear frente al mundo. Pavonear el deseo propio como un modo de afirmarse en una misma y frente a otras y otros. También como una invitación, claro. Vení, acercate que me gustás, acercate que tengo un mundo de sensaciones que te quiero regalar. Ah, no. No, porque no somos nosotras las que estábamos destinadas a cabecear en la pista. ¡Puta! ¿Cómo se te ocurre?! Y no, claro, porque si igual nos animamos a cabecear habría que rever la formulación... esto de regalarle un mundo de sensaciones a otro (y acá el uso del masculino es insidioso) parece que responde siempre y sin matiz a los espurios intereses del patriarcado y nos convierte en unas pobres víctimas de nuestro deseo que ya entonces ni siquiera es nuestro, es de eshos. Tampoco tirar la bombacha desde la platea, eh? Ojito. Que el deseo y el placer, de existir, más vale sea encauzado por carriles (y camas) apropiadas. Bueno, eso sí, pero tampoco taaaan encauzado porque si no lo manifestamos en absoluto nos volvemos unas mogigatas, unas frígidas, unas monjas. Oh, como Lali... mirala vos. Esperanza mía, una monjita que se las trae y pone en escena esas dos posiciones históricamente habilitadas para nosotras: la santa y la puta (que además, por esos misterios tan poco misteriosos de las industrias culturales, ahora se come a Mariano Martínez y desarma una familia, ¡qué descarada! Así son las putas). Peor la pasan las románticas, que desean como locas alguien que las quiera y no va que se cruzan con un pseudo polista que les dice tres palabritas de amor y zas, pierden la cabeza, la casa y los ahorros. ¿No ves? Eso por andar con el deseo medio disperso en lugar de haberse conseguido un buen marido que las ate a los veintipico a la pata de la mesa de la cocina. No te olvides de las lesb...nono es que yo de esas cosas raras no sé nada. Pero en cambio, se me ocurre ¿y si mejor ponemos el deseo en la maternidad y nos dejamos de joder? Santas unas, putas otras... madres, todas. Será por eso que el derecho al aborto y el trabajo sexual nos producen mucho más escozor que los relucientes disfraces de monja que venden en la juguetería del barrio”.

Si hay deseo que sea el correcto

“¿Qué sucede cuando las mujeres deseamos incorrecto?”, interpela Carolina Spataro, investigadora del Conicet y docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y apunta al lazo de las fans de las corbatas en el cuello. “¿Qué sucede cuando el deseo se dirige a un objeto/práctica/sujeto que no es calificado como progresista? ¿Qué sucede cuando Cincuenta sombras de Grey, la novela erótica de E. L. James, calificada en ciertos núcleos como reproductora de la subordinación de las mujeres, se convierte en un éxito mundial? ¿Las millones de mujeres que gozan en el mundo con su lectura acaso son por ello cómplices del patriarcado? Tal vez no, tal vez los procesos de generización no se dan en un solo sentido, es decir: la configuración de feminidades no ocurre sólo como emancipación o subordinación. El vínculo con la cultura de masas habilita otros procesos más allá de la reproducción de la cultura sexista o su denuncia; procesos que las mujeres experimentan como placer, interrogación, juegos identitarios, procesamientos de emociones y sentidos de emancipación. Aunque, claro, no en los términos que ciertos discursos de lo políticamente correcto instauran como legítimos. Tal vez, y sólo tal vez, el placer no tiene por qué experimentarse en esos términos”.

Por Luciana Peker
Fuente: Página/12