septiembre 05, 2015

Billete de ida a una ciudad feminista

Mientras se prioriza un modelo neoliberal y patriarcal de relaciones, crecen alternativas y surgen otras formas de entender y vivir las ciudades. El urbanismo no es neutro.

David Fernández

Moverse por la ciudad en bici; hacer la compra en la tienda de ultramarinos de debajo de casa; caminar, sin prisa, con una amiga; quedar para charlar con las vecinas del barrio; volver a casa a la tantas de la mañana; coger el autobús con muletas; sentarse en el suelo; dar de comer a los pájaros; correr por el parque; plantar tomates en el balcón o participar un domingo por la mañana en la asamblea del barrio. Pequeños gestos cotidianos que se convierten en actos de resistencia. Visitamos las barreras que el patriarcado y el neoliberalismo intentan imponer en las vidas de las mujeres y su diversidad, pero también caminamos por nuestras resistencias.

Las tensiones en las ciudades son constantes. Por ello, cada día, reinventamos nuevas formas de supervivencia. Los espacios urbanos nos socializan en el consumo, la violencia, el machismo, el éxtasis de la velocidad, el estrés y las desigualdades; pero los espacios urbanos también están construidos sobre afectos, relaciones de apoyo, cariño e innumerables aprendizajes. El feminismo, como movimiento plural e inacabado, ofrece sus análisis y miradas para intentar comprender qué significa la ciudad.

Xara sacchi, artista visual e investigadora en el Programa de Estudios Independientes del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, asegura que las ciudades, igual que los paisajes, son construcciones espaciales políticas: “Tienen un recorrido histórico, unas relaciones específicas con el imaginario político y cultural de cada momento. Son lugares de tensión, lugares que, muy por el contrario, nunca son no lugares”. Una madrugada, sacchi llenó las calles de Bilbao de poesía lésbica, “esa acción poética en realidad era una cartografía de emociones”. ¿El objetivo? “Hacer decir a las paredes y a los espacios lo que se dice a los oídos, lo que se siente, lo que se piensa. No es lo mismo saber que a ese bar van bolleras que llegar y que en la ventana principal se esté diciendo ‘Aquí estamos’; ‘Nos decimos estas cosas’; ‘Nos queremos así’ o ‘Nos deseamos así’. El paisaje cambia”. Lo cambiamos nosotras.

La crítica feminista al urbanismo se centra en la supuesta neutralidad y universalidad de las ciudades. Ambos conceptos se conjugan en masculino. No todas las personas que habitan las ciudades forman parte de su ciudadanía. La antropóloga María José Capellín define a los elegidos: blancos, burgueses, varones y adultos. Los ‘BBVA’. Amaia Pérez Orozco, añade la H, de heterosexuales. Sujetos autosuficientes, que trabajan en la esfera productiva y cuya movilidad, como explica la urbanista Pilar Vega, se caracteriza por ser pendular: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Es la idea de ciudad como soporte, en la que lo productivo se desplaza encarnado en un cuerpo de varón a 60 kilómetros por hora mientras que lo reproductivo se intenta invisibilizar como si sólo formara parte de los hogares. Frente al recorrido pendular de los hombres, del trabajo remunerado al hogar, las mujeres se mueven dibujando una tela de araña. Itinerarios promiscuos en los que se intentan resolver distintas tareas y necesidades.El feminismo le echa un órdago al pensamiento dicotómico y muestra que lo productivo y lo reproductivo forman parte de un mismo relato, que son inseparables, que los trabajos productivos, en mucho casos, no son los socialmente más necesarios.
Proponer desde el feminismo

Muchos de los ‘bebeuveros’, probablemente, tengan contratada a una empleada doméstica. Puede que se trate de un servicio externalizado pero es probable que las labores del hogar recaigan en una mujer como parte implícita del contrato matrimonial.

Los recortes en servicios sociales de la Comunidad de Madrid dejaron a un grupo de empleadas del hogar internas sin espacio en el que reunirse. El centro en el que solían encontrarse empezó a cerrar los fines de semana, pero ellas sólo libran los sábados y domingos. Ante la pasividad institucional, acciones feministas. Se unieron para fundar la Asociación Pachamama-Mujeres en acción. María Caizapanta, su presidenta, asegura que muchas mujeres vivieron un “bajón” importante al verse sin espacios en los que reunirse durante sus momentos de ocio. “Sin familia, ni otro hogar que no sea el puesto de trabajo u otras redes de apoyo, ¿qué deberíamos hacer en nuestro tiempo libre?”, pregunta. Caizapanta se lamenta al ver a sus compañeras, durante los fines de semana, sentadas solas en un banco o pidiendo a sus patronos que les dejen pasar en casa su única noche libre. Ahora, se enfrentan a un nuevo reto: “Crear un espacio de empoderamiento, de intercambio de conocimiento; necesitamos redes de mujeres, al margen de las instituciones”, concluye Caizapanta.

Las propuestas feministas para las ciudades van más allá de añadir datos desagregados o indicadores, trascienden las políticas de paridad y las meras coletillas sobre igualdad.Reivindican poner en el centro de las políticas urbanas las necesidades de las personas, un urbanismo que promueva el derecho a la casualidad, los encuentros fortuitos y desmercantilizados, el derecho a salir de las lógicas empresariales de eficacia y eficiencia en el uso del tiempo, el derecho a respirar aire limpio, a vagar sin rumbo por el mero placer de vagar, a socializarnos a través de prácticas no patriarcales y antirrepresivas. El feminismo cree en otras ciudades y las está construyendo.

La antigua casa y museo del artista Salvador Morera, en Córdoba, se conoce hoy comoLa Casa Azul. Un proyecto social, cultural y agroecológico que surgió en 2010. Buscanla transformación social desde lo cotidiano: “Hemos optado por la práctica en vez de por la teoría”, asegura Alicia Luengo. Pretenden construir maneras más amables, vivibles y respirables. El colectivo está casi íntegramente formado por mujeres feministas, que aspiran a “construir junto a otras mujeres espacios de encuentro, reflexión, diversión, acompañamiento, conocimiento y re-conocimiento de nosotras mismas”. La obra de Morera fue catalogada por la crítica como ‘realismo vitalista’. En su hogar, hoy, hay mucho de eso.
Resistir en la ciudad

Para las arquitectas de Col.lectiu Punt 6 el diseño de las ciudades “no incorpora la pluralidad de sujetos ni experiencias que existen”, y esto no sólo se refleja en la distribución de los espacios, segregados y alejados entre sí. El simbolismo también reside en el mobiliario urbano, en las calles, en cada esquina. Las miembras de Sare Lesbianista lo saben bien. El colectivo, formado en 2013, surgió en torno a unas jornadas celebradas en Basauri sobre lesbofeminismo como resistencia al sistema capitalista y patriarcal. Una de sus acciones es rescatar la cultura lesbofeminista mediante placas que colocan en las calles de Bilbao. La primera que pusieron, el 28 de junio de 2012, está entre las calles Torre y Barrenkale.

Sesenta metros cuadrados del Casco Viejo bilbaíno donde se reúnen habitualmente las lesbianas de la ciudad, a sólo 150 metros de la Catedral de Santiago, lugar donde se celebró el entierro de Iñaki Azkuna, el alcalde que privatizó sus calles. Este pequeño rincón del Casco Viejo, conocido como ‘Hiruki Gune’ o ‘El Triángulo’, es lo que llaman “ambiente”: un lugar de resistencia, un espacio de seguridad. El proyecto, que sigue creciendo, pretende crear un “ruta alternativa de calles para crear un mapa propio, con nuestros referentes”, aseguran. Monique Wittig, Audre Lorde o Valerie Solanas también tienen un espacio en Bilbao. ¿Cómo construir ciudades lesbofeministas? La revisión crítica feminista del urbanismo oficial debe tener en cuenta también la diversidad entre mujeres: “Los espacios en los que nos movemos muchas de las lesbianas son espacios a los que no van las mujeres que están en los consejos ciudadanos decidiendo qué puntos negros hay que evitar en la ciudad. Algunos ‘puntos negros’ han sido nuestros espacios de seguridad”, explican desde Sare Lesbianista. Las lesbianas no sólo corren peligro a oscuras.

Las demandas de los colectivos de lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, queers e intersexuales (LGTBQI), habitualmente, quedan al margen de los discursos institucionales, pero también de las propuestas reivindicativas. Ante el olvido, política.La Barcelona más turística también tiene mucha pluma. Entre sus calles y callejones, maricas y travestis se enfrentaron, muchas veces, al odio que provocaba su presencia. Hombres organizados, durante la dictadura, simulaban encuentros sexuales con otros hombres para llevarles a pisos donde, después de apalearles, les robaban todo lo que llevaban encima. El miedo de las víctimas a ser descubiertas como gais les aseguraba que no habría denuncia. Ahora, Carme Pollina y Thais Morales han puesto en marcha unas rutas LGTBQI por el barrio de El Raval para rescatar sus historias. Paseos para rescatar memorias.

Las ciudades no son construcciones urbanísticas ajenas a nosotras. Las construimos con nuestra forma de vivir: paseando; comprando en el barrio; reuniéndonos en asamblea; intentando cultivar aguacates en el centro. Resistir, hoy, es tan simple y complejo como pasear..

¿Y si todas hacemos huelga?

Planchado, aseado, alimentado y listo para asistir a su empleo. Así es el trabajador champiñón, una especie bastante común que recorre nuestras ciudades cada mañana. Pero detrás de esta figura, que parece brotar por generación espontánea, hay una larga cadena de trabajos invisibilizados realizados mayoritariamente por mujeres. ¿Qué pasaría si todas esas mujeres parasen un día completo? Esa misma pregunta se hicieron desde la Vaga de Totes, una iniciativa feminista iniciada hace un año y medio que ya recorre distintos territorios de Catalunya, Valencia , Burgos o Mallorca. “Queríamos romper con el esquema de huelga androcéntrica que sólo refleja lo productivo, para incluir todo lo cotidiano, lo reproductivo”, cuenta una de sus participantes. Para la Vaga es importante visibilizar toda la diversidad de mujeres “como jubiladas, paradas, precarias, sin papeles, aquellas en las que además impacta con mayor fuerza la crisis”. La potencia de la Vaga de Totes, entre otras muchas cosas, reside en su carácter descentralizado: “Cada mujer se plantea por qué quiere hacer huelga y se autorganiza en su barrio con sus compañeras para hacer distintas actividades”. 

No me llamo nena.... ¡La calle es nuestra!

Cambiarte de acera para no pasar entre un grupo de chicos, mantener una distancia de seguridad en el metro haciendo casi equilibrismos o caminar por en medio de la carretera en una calle oscura al volver a casa son prácticas habituales de muchas mujeres. Las ciudades y el machismo también nos socializan en cómo movernos en las zonas públicas y qué espacios debemos ocupar. Cada una maneja sus mapas. En la punta de este iceberg están actos como los piropos, acoso callejero que en el mejor de los casos se considerará un micromachismo y en el peor algo simpático. Sin embargo, en nuestros mapas también se empiezan a dibujar respuestas, acciones feministas para reclamar las calles por las noches. Un buen ejemplo es la campaña “No me llamo nena”, en el barrio madrileño de Lavapiés, que visibiliza el acoso callejero cotidiano.

Fuente: Pikara/Periódico Diagonal
[Este artículo pertenece a la revista Cercanías, editada por La Marea y Diagonal, que puedes comprar en tu quiosco o aquí]