septiembre 22, 2015

El siglo de las personas centenarias

Muchos adultos mayores indios dependen de familiares debido a la ausencia de un adecuado sistema de seguridad social. Crédito: K.S. Hari Krishnan/IPS

Al mejorar la calidad de vida, los avances en la tecnología y la medicina y disminuir la mortalidad entre adultos mayores, el siglo XXI es testigo del aumento del número de personas centenarias.

Se estima que en el mundo hay cerca de medio millón de personas que tienen más de 100 años, casi el triple de las que había a principios de siglo, pese a que la población mundial aumentó 20 por ciento.

Si bien se pronostica que la población mundial aumentará 80 por ciento para fines de este siglo, se estima que el número de personas centenarias se multiplicará por 60, llegando a más de 26 millones para 2100 (Figura 1.)

Fuente: División de Población de la Organización de las Naciones Unidas.

Las personas de más de 100 años representan una pequeña proporción de los 7.300 millones de habitantes del planeta, unas seis cada 100.000 habitantes o una cada 16.000.

Pero se prevé que en las próximas décadas, la proporción aumente con rapidez y, según las proyecciones, a fines de este siglo habrán 236 personas de más de 100 años cada 100.000 habitantes o una cada 425.

En la actualidad, los países con mayor número de personas centenarias son Estados Unidos (72.000), Japón (61.000), China (48.000), India (27.000) e Italia (25.000), que concentran alrededor de la mitad de los habitantes de más de 100 años.

A mediados de siglo, esos países seguirán ocupando los primeros cinco lugares, pero con números mayores: China (882.000), Japón (441.000), Estados Unidos (378.000), Italia (216.000) e India (207.000).

En lo que respecta al número de personas de más de 100 años cada 100.000 habitantes, los primeros cinco países son Japón (48), Italia (41), Uruguay (34), Chile y Francia (31).

Con 22 personas centenarias cada 100.000 habitantes, Estados Unidos está en el lugar 15, detrás de muchos países europeos como Francia, Alemania, España y Gran Bretaña.

Para mediados de este siglo, se pronostica que Japón e Italia tendrán la mayor proporción de personas centenarias con un número más elevado, aproximadamente 400 cada 100.000 habitantes o una cada 250.

La gran proporción de personas longevas en algunos países obedece en gran medida a su baja mortalidad y a estructuras etarias con muchos adultos mayores.

Japón e Italia, por ejemplo, tienen la mayor esperanza de vida del mundo (83 años), la mayor proporción de adultos de mediana edad (46 años) y grandes sectores mayores de 65 (26 y 22 por ciento, respectivamente).

En términos de longevidad, las mujeres tienen una clara ventaja.

En general, la población femenina tiende a vivir más que los hombres, con un número desproporcionadamente superior de mujeres en las edades más avanzadas. Ellas constituyen 80 por ciento de las personas centenarias; y 96 por ciento de las 46 documentadas como supercentenarias, de más de 110 años.

Por lo tanto, no debe sorprender que la persona documentada que vivió más años sea una mujer. La francesa Jeanne Calment nació en 1875 y murió en 1997, habiendo vivido 122 años y 164 días. El hombre en haber vivido más años fue el japonés Jiroemon Kimura, quien murió a los 116 años y 54 días.

Calment y Kimura llegaron a ser personas que vivieron por lo menos un millón de horas o 114 años y 57 días. Las probabilidades de que una centenaria logre ese hito son muy bajas, menos de una cada 1.000.

Unas 30 personas documentadas vivieron más de 114 años.

Hasta hace poco, la persona viva más anciana fue Misao Okawa, de Japón, quien vivió 117 años y 26 días.

En la actualidad, la persona viva más anciana es Susannah Mushatt Jones, en Estados Unidos, quien nació el 6 de julio de 1899. La sigue de cerca Emma Morano, en Italia, quien nació el 29 de noviembre de 1899.

El hombre vivo más anciano es el supercentenario Yasutaro Koide, de Japón, quien nació el 13 de marzo de 1903.

Estudiar a las personas centenarias es beneficioso, pues permite comprender mejor el proceso de envejecimiento. Las investigaciones contribuyen a identificar formas de aumentar la esperanza de vida y mejorar la calidad de vida de las personas mayores que siguen envejeciendo.

Entre los factores clave de la longevidad excepcional están los “súper” genes heredados. La mayoría de quienes llegan a los 100 años tienen un abuelo, un padre (madre) o hermano (hermana) que vivió 90 años o más.

Algunos estudios también señalan que los hermanos de los centenarios tienen una posibilidad significativamente mayor (17 veces más para los hombres y nueve veces más para las mujeres) de cumplir 100 años que otros nacidos en la misma época.

Además de la importancia de la genética, en especial en edades avanzadas, algunos de los factores más notables relacionados con la longevidad son: (a) buena salud y hábitos personales, como la dieta, el ejercicio, el peso normal, el poco estrés y no fumar ni abusar de substancias; (b) la educación y el elevado conocimiento; (c) un sistema de apoyo social fuerte y comprometido; (d) una perspectiva optimista y emociones positivas con capacidad de adaptación al cambio y a la planificación de alternativas.

Muchas personas centenarias señalan que no sienten su edad cronológica, sino que se piensan y se sienten muchos años más jóvenes.

Las probabilidades de que una persona viva 100 años actualmente son bajas, pero ciertamente son mayores que las de sus padres o sus abuelos.

Un estudio en Gran Bretaña calculó que las probabilidades de que un recién nacido británico viviera 100 años eran una en cuatro para un varón y una en tres para una niña.

Otros estudios resultan más optimistas sobre las posibilidades de ser una persona centenaria, con estimaciones que indican que más de la mitad de los bebés en las naciones más industrializadas tienen una esperanza de vida de 100 años.

La mayor longevidad de alrededor de 100 años es, por cierto, una bendición que la mayoría de las personas quisieran lograr.

Pero el creciente número y la proporción de centenarios y de adultos mayores generan cuestionamientos a los programas y las políticas, como la edad de retiro, la atención médica, las pensiones, las inversiones económicas, los impuestos, los servicios sociales, el mantenimiento de la salud, la rehabilitación, el cuidado y la vida asistida.

No prestar atención o demorar la atención de las profundas consecuencias del envejecimiento poblacional y de la mayor longevidad no solo es una visión de corto alcance, sino que dificulta la situación de personas, familias y comunidades, así como eleva el costo económico para los gobiernos.

Pese a que los dirigentes políticos traten de hacer otra cosa, las realidades demográficas del envejecimiento poblacional y de la creciente longevidad humana no puede negarse con sinceridad ni con ingenio político ni evitarse con leyes.

Al final, se pagará el pato demográfico de una u otra forma.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no representan necesariamente las de IPS – Inter Press Service, ni pueden atribuírsele.

Demógrafo, consultor independiente y exdirector de la División de Población de la Organización de las Naciones Unidas.
Fuente: IPS