septiembre 20, 2015

NAVEGAR ES PRECISO > ENTREVISTA I El sueño ha terminado

María Ruído

LA VIETNAMITA TRINH T. MINH-HA Y LA BARCELONESA MARÍA RUIDO, DISCUTEN DESDE SUS OBRAS CON LAS IMÁGENES HEGEMÓNICAS DE LAS MIGRACIONES

¿Es que acaso el mundo no se había dado cuenta antes de que niños y niñas morían ahogados tratando de cruzar el Mediterráneo, compartiendo con sus familias la pasión y el deseo por una vida lejos de la guerra o el hambre? En el marco de la 6a edición del festival Cine Migrante, la barcelonesa María Ruido -parte de la curaduría colectiva de la sección “Cuerpos que (im)portan. Territorios y Cicatrices” y autora de un documental sobre la frontera sur de Europa- y la gran documentalista y ensayista vietnamita Trinh T. Minh-ha –de quien se presenta una retrospectiva de su obra a través de seis largos y un mediometraje– comparten la incredulidad y hasta el hartazgo frente al modo en que buena parte del mundo colonial se rasga las vestiduras por aquello que su mismo sistema provoca. Como mostrar lo que no quiere ser mirado. Dónde encontrar los detalles más íntimos y a la vez políticos de lo que significan los desplazamientos, quiénes son lxs otrxs son algunas de las reflexiones sobre las que trabajan y a las que es posible asomarse hasta el próximo miércoles.

“No sé qué hizo que sólo yo sobreviviera cuando la embarcación
se destrozó contra las rocas (…). Pero sé que ese puente que
todos creímos ver cuando estábamos en la playa en el
extremo norte de África, el continente del que huíamos
y al que ya llorábamos, ese puente va a ser construido.
Porque la montaña que formarán los cuerpos comprimidos
en el fondo del mar será tan alta en algún momento
que la cima va a surgir del agua como un país nuevo,
y el puente de cráneos y costillas golpeará esa pasarela
que ningún vigilante, ningún perro, ningún marinero borracho,
ningún traficante de personas va a poder arrancar.
Entonces cesará esta locura cruel.”
Fragmento de Tea–Bag, Henning Mankell.


María Ruido es artista, realizadora audiovisual, investigadora de la imagen, docente en la Facultad de Arte de la Universidad de Barcelona. Habla bajito, tranquila, con aplomo. Así de discreta –y envuelta en prendas de diseño net– dispara sus temas: el capitalismo, los nuevos colonialismos, las viejas y nuevas guerras, lo urbano, el mundo del trabajo, el género, la diversidad, la iglesia o mejor dicho las religiones, las teles públicas, las identidades, la cultura, la memoria y las historias, las políticas y las poéticas que las representan.

Es española, creció cerca de la frontera con Portugal. Cuenta que una lectura la empujó a abrir los ojos: “Lo que no puede ser visto, debe ser mostrado”. La dijo Gérard Wajcman (un famoso y lúcido psicoanalista francés) en 1999 para referirse al Holocausto. Ella la tomó como una orden para mirar su época y resignificar su oficio, y más: la eligió para nombrar una de sus películas (la que habla sobre los movimientos sociales y la transición de su país hacia la democracia).

María Ruido es una de las invitadas especiales en la 6ta. Edición del Festival Cine Migrante que acaba de comenzar el miércoles pasado y seguirá hasta el 23 de septiembre (www.cinemigrante.org), con entrada libre y gratuita. La realizadora ciudadana del (sur del) mundo presentará también videos propios en el Centro Cultural de España en Buenos Aires, en el marco de la instalación Memorias y olvidos a ambos lados del Atlántico. Proyectará por primera vez en la Argentina Le rêve est fini (El sueño ha terminado), un documental filmado entre Túnez e Italia, sobre desplazamientos forzados y sobre el fin de la utopía para ambos continentes.

Su perspectiva tiene más vigencia que nunca en estos meses en los que el flujo migratorio es tan intenso como la diáspora que generó la Segunda Guerra Mundial; ahora que el fotogénico Mediterráneo mutó en mar–cementerio y los cuerpos de las víctimas afectadas por este genocidio contemporáneo narran, prepotentes, las secuelas del capitalismo global. La frase de Wajcman era más larga, seguía y decía que la forma de mostrar “lo que nuestras democracias ciegas no quieren ver es a través de la huella de la carne obscena”.

Ruido forma parte de la curaduría colectiva del segmento del Festival que se llama justamente “Cuerpos que (im)portan. Territorios y cicatrices”. El nombre parafrasea otro título, esta vez del libro que Judith Butler publicó en 1993 (Cuerpos que importan), y que entonces señalaba “la corrida constante hacia la producción y el consumo de los nortes del mundo”. La sección incluye ensayos, ficciones, cortos, cine antropológico. Su criterio es la idea de que “las políticas de frontera (ya sea ésta el límite sur del Mediterráneo o la línea que separa México de EE.UU. –por poner algunos ejemplos–) dirimen hoy la supervivencia de sujetos a los que hemos sustraído su dimensión humana plena, en una suerte de violencia estructural naturalizada tan asesina como las guerras”. Por eso el denominador común de las proyecciones consiste en mostrar lo que en los medios hegemónicos queda fuera de cuadro. Y bucear en la pasión y desesperación de quienes deciden salir a por un nuevo destino, mostrar las dificultades que presenta el camino y rescatar del naufragio sus historias.

Estudiaste los noticieros y cuestionás al cine de no–ficción como constructor de realidades. ¿Qué te provoca el aluvión de imágenes que circulan y denuncian la crisis migratoria actual?

–Es algo que ha estado pasando en los últimos 15 años en la frontera sur de Europa. Pero parece que los medios sólo reaccionan ante la tragedia inmediata, y más si hay niños. La de Aylan no es la única foto. Hay niños muertos todos los días en todos los lugares del mundo. Y son víctimas de la estructura en la que vivimos, por el sistema mundo-capitalista, mundo-colonial absolutamente injusto. No sé por qué les remueve la conciencia un niño muerto más.

Una de las películas que vas a presentar en el Festival es sobre víctimas de naufragios, de Africa a Europa...

–En enero de 2014 fui a rodar a la isla de Lampedusa (Italia), y en octubre había ocurrido otra de esas tragedias grandes, barcos, muertos. Y recuerdo que había una fila de ataúdes blancos, pequeñitos, con un osito peluque encima. Me pareció absolutamente demagógico. Cuando hice aquel trabajo (Le rêve est fini / El sueño ha terminado) la prioridad era no repetir la forma del discurso mediático, no contribuir a alimentar el sentimentalismo que se mueve a corto plazo. Los medios de comunicación buscan esa imagen impactante, esa imagen conmovedora. Hay una frase que circula por Facebook que dice que el fotoperiodismo es algo así como una nueva forma de colonialismo y tiene un poco de eso, la obscenidad de ir a buscar la miseria ajena y traerla a casa en forma de imagen de televisión o de periódico para que todo se quede ahí. Son imágenes que consiguen shockear y remover. Si hicieron que la última semana la todopoderosa Angela Merkel haya cambiado un poco el cupo migratorio podemos decir que sirve para algo, pero en realidad es pan para hoy hambre para mañana. Son políticas de patas cortas que se mueven a golpe de encuesta, que sólo tienen en cuenta la opinión europea y la mala conciencia europea. Nada ha cambiado excepto los discursos sentimentales.
Vos venís de una familia migrante.

–¿Quién no ha tenido familia migrante? Yo vengo de Galicia, que es un lugar de inmigrantes, de hecho decimos que Buenos Aires es la quinta provincia de Galicia. Al hablar de estos temas es tan fácil caer en el discurso lacrimóngeno... pero eso no lleva a ninguna parte, no cambia las leyes, no cambia la estructura política. Es curioso analizar el tratamiento de lo que está ocurriendo en la frontera Sur europea, tan diferente a lo que ocurre en la frontera Este. Porque la frontera Este afecta al centro de Europa mientras que en el Sur estamos los porteros: Grecia, Italia, España, Portugal, somos los cerdos de Europa que estamos lejos de su corazón, Alemania. Es un club con sus reglas y el resto somos la comparsa. Los intereses occidentales han generado un conflicto bélico. La Fortaleza Europa sigue atrincherada en sí misma, consciente de que el modo de vida que tenemos está sostenido sobre la miseria de gran parte del mundo. Y eso no lo cambia ni un niño muerto en una playa, lo cambiará que tomemos conciencia y cambiemos las cosas.

Analizaste las revoluciones árabes, su resistencia y reivindicación, sus “guerras de base”. ¿Creés en la sociedad civil, sus levantamientos sociales y sus booms de solidaridad?

–¡Sí! Tenemos que tener confianza en la sociedad civil! Porque a la historia de verdad la mueve la gente, todxs y todas nosotrxs. En la Argentina y en España no ha sido la clase política la que ha logrado terminar con las dictaduras, lo ha hecho la sociedad civil. Pero es verdad que la mayor parte de la gente forma su opinión y su narrativa histórica a partir de los medios de comunicación. Por eso quienes trabajamos con imágenes fuera del mainstream tenemos una responsabilidad especial, tenemos que educar, deconstruir ese mensaje y formar una opinión crítica respecto a cómo se edita un noticiero y qué función tienen los imaginarios y las representaciones en el mundo en que vivimos, que son profundamente políticos y están travesados por la política. Se pueden construir otros discursos a través de lo poético, de lo irónico, de un análisis más crítico o distanciado. Hay otro tipo de estrategias representacionales visuales para que, según el análisis brechtiano, esas imágenes no actúen simplemente como un discurso sentimental que guía tu conciencia pero no cambia tu modo de vida. Para eso hacen falta relatos a largo plazo.

Las nuevas generaciones están cambiando el paradigma de consumo de información, ¿lo ves en el aula?

–Como docente, lo que observo es que casi todos mis alumnos y alumnas no ven la televisión, ¡me parece un gran avance! Trato de desmontarles la idea de que hay algo que sea realmente la verdad, les explico que ante todo discurso existen los hechos y la forma de contarlos, que siempre es ideológica. Puede que coincida con tu ideología y eso te lo haga más soportable. Pero todos los relatos están condicionados, tienen un marco de construcción.

Soberanía visual

Vos y tus pares incluyen el genocidio migratorio en la agenda del cine y a la vez renuevan las estéticas. En tu curaduría hay ficciones, thriller, algo de realismo mágico… ¿Qué incidencia pueden tener en la creación de nuevos imaginarios relacionados con la memoria?

–Pienso que los imaginarios son territorios políticos. Una película no cambia el mundo pero sí puede cambiar a una persona. Creo que el cine, el arte, son instituciones con unas normas difíciles de transgredir porque son muy cooptables, cualquier cosa que hagas acaba metida a un museo, en la institución. Tenemos que saber cuáles son nuestros límites y entender que una película no cambia el mundo, no cambia la realidad, porque la realidad se cambia en la calle y hay que poner el cuerpo para cambiarla. Pero desde luego las imágenes son un campo de batalla política fundamental. La realidad es algo que se construye, y se construye en pantalla. Volviendo a Brech, él decía que el arte no es un espejo de la realidad sino que es un martillo que está ahí para conformarla. Un informativo te muestra las cosas y te dice que eso ha pasado porque tiene imágenes, y las imágenes son manipulables porque lo que está enfocando es una parte de todo lo que pasa. Existe una cosa que se llama fuera de campo, y es muuuy importante. El arte que trabaja con la realidad debe poner el enfoque en lo que está fuera de campo de los medios de comunicación.

¿Conocés los relatos argentinos relacionados con la dictadura militar, los cuerpos, sus exilios, ausencias y reapariciones?

–Conozco Buenos Aires, mi pareja es argentino, es porteño. Y conocía la ciudad desde antes. Y sé de los siluetazos, las caceroladas y tantos gestos profundamente políticos que han hecho artistas desde los años 60, 70. Conozco el trabajo de Roberto Jacoby, el de Gabriela Golder, el de Albertina Carri, me han interesado mucho siempre. Me interesa el tema de la construcción de la memoria, el pasado común y los procesos transicionales. El año que viene volveré a la Argentina para participar de la “Bienal de la Imagen en Movimiento”, y uno de los temas sobre los cuales me gustaría profundizar es la construcción de la memoria y las dificultades de la memoria transicional, la reparación de las víctimas, las víctimas que todavía están vivas y cómo lidiar con eso, cómo lidiar con el trauma de la desaparición pero sobre todo cómo nos construirnos como sociedad civil hacia adelante, aprendiendo de eso. Los procesos transicionales tanto de España, del sur de Europa como de Latinoamérica o el norte de Africa son dolorosamente parecidos. En muchos casos no cambia el status quo para nada, sigue gobernando una oligarquía y esto nos hace pensar que las revoluciones o los cambios no sirven para nada. Es muy paralizante, te lleva a la inacción total, a la despolitización.


Huracán La Niña

Vas a exhibir obra tuya generada en los últimos 15 años. ¿Cuál es su vigencia, hay puntos en común?

–Tienen en común la idea de pensar con el cuerpo y desde el cuerpo. Yo he sido estudiante de historia y me han contado una historia basada en los monumentos. Luego me puse a pensar qué hay detrás de ese monumento, la estructura de poder sobre la que está construida literalmente el monumento.

¿Y de qué manera una pieza de videoarte, como es tu autobiografía, se convierte en cine militante?

–Mi biografía es Le paradis, un autorretrato curioso. Yo trabajo con archivos apropiados. En un festival de video me pidieron que hiciera un autorretrato y escogí dos películas, una dirigida por Marguerite Duras, que se llama Nathalie Granger, sobre una niña violenta, y otra con guión de ella, sobre la escuela y el sistema educativo como una forma de control y de adiestramiento de niños y niñas. Duras ha tenido mucha influencia en mi vida y en la manera de concebir los relatos, las imágenes y el cine. El relato de Le paradis es pequeñito, y escogí escenas en las que Nathalie Granger era pequeña, y me sentí reflejada a partir de la pregunta de quién eres toda la vida. Creo que somos la niña que éramos cuando éramos pequeñas. De hecho cultivo mucho mi niña interior porque creo que es mi verdadero yo. Me siento muy a gusto con la niña interior que todavía sigo siendo; era una niña rebelde, que preguntaba, que cuestionaba mucho las cosas. En el Centro Kirchner vamos a hablar de identidades (en el marco del Cine Migrante), pues esa película habla de la identidad como una construcción y de quiénes somos las personas que llevamos dentro y cómo sobre todo nuestra identidad sexual, que es profundamente subjetiva, está confrontada con lo que se espera de nosotras socialmente.

Por María Mansilla
Fuente: Página/12