octubre 09, 2015

Clarito lo recuerdo



La violencia y la violación sexual, sobre todo hacia las mujeres, en los conflictos armados o en las guerras, constituyen algo cotidiano, como ha sido denunciado permanentemente por los organismos de derechos humanos en el mundo. Mujeres de todas las edades pasan a ser parte del botín de guerra; su violación, símbolo de la conquista del territorio, acto ejemplificador para otras mujeres que pertenecen a los grupos armados, demostración de la masculinidad hegemónica y de la victoria sobre los otros hombres a quienes se quiere vencer. La violación sexual, cualesquiera que sean las circunstancias, deja en las víctimas huellas indelebles, marcas que las acompañarán toda su vida y que son parte de las memorias de sufrimiento de las mujeres.

Las violaciones sexuales muchas veces quedan invisibilizadas, pues las víctimas, a más del dolor de lo que les ha sucedido, se enfrentan ellas mismas con la culpa y la vergüenza, por lo que lo que prima es el silencio, el sufrimiento en solitario, el vivir a diario con el recuerdo, e ir poco a poco, en el mejor de los casos, enterrando la experiencia en el olvido, como salida para poder seguir viviendo. Según DEMUS, en el Perú, aunque no se tiene la cifra exacta de las mujeres violadas en el conflicto armado, hasta diciembre del 2014 se habían inscrito en el Registro Único de Víctimas 4,289 casos, de los cuales el 98% corresponde a mujeres[1]. De todos ellos, sólo 19 están judicializados y ninguno está con sentencia.

Las mujeres que vivieron esta situación, si bien fueron de diferentes sectores, edades y regiones, según lo que constató la Comisión de la Verdad y Reconciliación, fueron en su mayoría jóvenes. Ayacucho, en donde se cometieron el 50% de los hechos, Huancavelica, Apurímac y Huánuco concentran el mayor número de casos. El 75% de ellos afectó a mujeres quechua hablantes en situación de pobreza, las vulnerables y desprotegidas del país, que vivían, muchas de ellas, entre dos fuegos, olvidadas, como si fueran de un país ajeno.

De Ayacucho precisamente es la señora Isabel Rodríguez Chipana, citada como testigo en el caso del asesinato del periodista Hugo Bustíos. Ella ha hecho sus declaraciones en el juicio oral que se le sigue al ex ministro del Interior y precandidato presidencial del Partido Nacionalista, Daniel Urresti, afirmando haberlo visto disparar, cuando cumplía funciones en la zona y era conocido como “capitán Arturo”. Para sorpresa de toda la sala, ella dijo, en relación a la participación del ex ministro: “Yo he reconocido clarito, porque él a mí me ha hecho mucho daño y nunca, yo jamás voy a olvidar sus cejas, su nariz, su labio, yo clarito, clarito lo he conocido señor, era flaco esa vez señor, pero yo ¿cómo me voy a olvidar de este señor? que a mí me ha violado”. Y entre llantos, al ser preguntada por el fiscal sobre a quién le contó el suceso, ella contestó: “Yo me puse a llorar señor fiscal, en ahí no podía decir a nadie”.[2]

Si en condiciones normales el silencio es lo que prima, en un contexto de guerra, en donde lo único que cuenta es salvar la propia vida y la de los seres queridos, la violación pasa a ser una más de las posibilidades de cosas que pueden ocurrirle a las mujeres y se pueden dejar de lado. “Me ha violado en dos oportunidades, señor fiscal”, afirmó la señora Rodríguez. El ex ministro, mientras tanto, ha negado que esto haya sucedido, riéndose en la sala, al oír el testimonio de la testigo, lo cual provocó que fuera desalojado por comportamiento indebido. En una entrevista con la periodista Roxana Cueva, en la que intentó permanentemente deslegitimarla, aduciendo que no se había preparado para la misma, como poniendo en práctica el viejo dicho de que la mejor defensa es el ataque, negó que se haya reído cuando la testigo mencionó la violación, diciendo: “Yo aplaudí porque me pareció una actuación fantástica. Yo no me reí cuando la señora dijo que la había violado. Yo lo que hice fue un aspaviento”.[3]

Acusó también a la testigo y víctima de violación de mentirosa y de terrorista. Al ser preguntado por la periodista si lo que había hecho en sala era un error, él contestó: “Yo no considero que haya sido un error por lo siguiente: Mientras muchos de los que estaban siguiendo el caso veían a una mujer llorando, yo veía a una terrorista mintiendo”, haciendo alusión a que la señora Rodríguez estaría en la lista de terroristas arrepentidas. Ha dicho también, en otros medios, que, en realidad, sería una “terrorista activa”.[4] Intenta, en este esfuerzo de deslegitimación de la palabra de la mujer, no sólo negar que él sea un violador, a lo que tiene derecho, por supuesto, sino también afirmar que la violación no sucedió, que la señora miente y que, por ser aún terrorista, lo ataca, no sólo a él, sino, en su persona, a todo el personal militar implicado en violaciones a los derechos humanos. Independientemente del caso de la señora Rodríguez, parece desconocer el ex ministro que a las mujeres acusadas de terrorismo y a las probadamente terroristas también las violaron. Al respecto, el informe de la CVR señala que “la violencia sexual contra las mujeres afectó a un número importante de las mujeres detenidas a causa de su real o presunto involucramiento personal en el conflicto armado; afectó también aaquéllas cuyas parejas eran miembros reales o supuestos de los grupos subversivos”.[5]Parece también desconocer u olvidar el precandidato presidencial que también en las bases militares se violó a cientos de mujeres, cuando refuta lo que dice la entrevistadora, en relación a que sí se cometieron violaciones en las bases militares: “¿Usted está diciendo que en los cuarteles se violaba? Deme ejemplos de que se haya registrado eso… Deme usted pruebas, dígame qué casos, y cuáles se han probado.”

Si se esforzara un poco el señor Urresti y revisara el informe de la CVR, vería que sólo procesando el 30% de los testimonios se tiene como resultado que en más de 60 bases militares se cometieron actos de violencia sexual. Uno emblemático, que ha sido ampliamente documentado, es el que sucedió en las bases militares de Manta y Vilca, en Huancavelica, en donde las violaciones a las mujeres fueron sistemáticas. En el informe de la CVR, se señala:

“Los casos de violación sexual se dieron desde la instalación de las bases, en el año 1984 y 1985, respectivamente. Los soldados acostumbraban incursionar en la comunidad y violar sexualmente de (sic) las mujeres en sus casas o detenidas con la excusa de tener vínculos con los senderistas para llevarlas a la base, donde eran violadas sexualmente. Muchas veces, los soldados irrumpían en las casas de los pobladores, instalándose en ellas y manteniendo en cautiverio a las mujeres.”[6]

Para alguien que pretende ser candidato a la presidencia de la República, documentarse sobre estos casos que ocurrieron a las ciudadanas en situación de mayor vulnerabilidad en ese momento sería una demostración de la clase de gobernante que quiere ser y de la voluntad de empezar a pagar la deuda que tenemos con las mujeres violadas, como lo señaló Rocío Silva en su columna publicada en La República[7], en vez de mantener la negación y la impunidad. Es justo que el ex ministro se defienda, que diga que no lo hizo, pero lo que no es justo es que deslegitime y revictimice a una mujer que se ha atrevido a declarar públicamente lo que durante años mantuvo guardado, en silencio. Quizá puede estar confundida y fue otro militar que actuaba en la zona el que la violó, pero que mienta en plena sala sobre algo tan doloroso es improbable. Quizá a la señora Rodríguez le pasó lo mismo que a muchas mujeres guatemaltecas en el proceso contra Ríos Montt, en el que una de las hijas de las víctimas dijo:

“Porque las mujeres han dicho que para ellas recordar y testimoniar la violación sexual es sentir que están viviéndolo de nuevo. Pero han tomado valor a través de la red de mujeres para decir que ahora tenemos derecho, y comenzamos a poner fin a la violencia sexual. Porque ellas no quieren que sus hijas, sus nietas, vivan lo mismo. Entonces las mujeres dijeron: ‘El día que dé mi testimonio, ese día voy a ser libre, ese día voy a romper el silencio. Voy a sentir que quito ese nudo de la garganta’.”[8]

Quizá también para la señora Rodríguez hacer esta confesión tan personal, tan dolorosa, más allá del juicio en el que está de testigo, es vivir de nuevo, un nuevo comienzo, un grito de dolor que exige ser escuchado, como merecen serlo las miles de mujeres que fueron violadas durante el conflicto armado y las que lo siguen siendo en tiempos de paz.

Por  Rosa Montalvo Reinoso

https://svasquezo.wordpress.com/2014/12/02/numero-de-victimas-de-violencia-sexual-durante-el-conflicto-armado-interno-continua-en-aumento/
[2]Panorama. “Daniel Urresti en su laberinto: Una nueva y oscura denuncia”. Reportaje televisivo difundido el 4 de octubre del 2015. https://www.youtube.com/watch?v=3kSZ7PfupmI
[3]Ídem
[4]“Urresti: Mujer que me acusa de violación es una ‘terrorista activa’”. Perú.com. 2 de octubre del 2015. http://peru.com/actualidad/politicas/urresti-testigo-caso-bustios-lo-acu...
[6]Ídem.
[7]Rocío Silva Santisteban. “La deuda con las mujeres violadas”. La República, 6 de octubre de 2015. http://larepublica.pe/impresa/opinion/708430-la-deuda-con-las-mujeres-vi...
[8]Florencia Goldsman. “La voz de las mujeres”. Página 12. 20 de septiembre del 2013.http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-8320-2013-09-20.html