octubre 03, 2015

La vejez, ¿una doble desventaja para las mujeres?



Silke Staab se unió al equipo de
 Investigación y de datos de ONU Mujeres
como Especialista de Investigación en 2014,
y es una de las y los autores de
Progreso de las Mujeres en el Mundo.
Silke es politóloga, y completó su doctorado
centrado en las políticas sociales
y la igualdad de género en Chile en 2013.
Ha trabajado como investigadora tanto en
el Instituto de Investigación
de las Naciones Unidas
sobre el Desarrollo Social (UNRISD)
 en Ginebra
y en la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe
(CEPAL) en Santiago.
Después de toda una vida cuidando de su familia y amistades, las mujeres de edad avanzada a menudo viven en la pobreza sin que nadie cuide de ellas. Envejecer es inevitable, pero las injusticias ligadas al género no lo son. Este Día Internacional de las Personas de Edad es el momento de poner el foco en la lucha contra la pobreza de las personas jubiladas y en la prestación de servicios de cuidados decentes para todas y todos.

Se calcula que la población mundial mayor de 60 años se duplicará en la primera mitad de este siglo, alcanzando a los 2.000 millones de personas en 2050. Esto plantea importantes preguntas. ¿Serán capaces los sistemas de salud y pensiones de hacer frente al desafío del envejecimiento de la población? ¿Quién cuidará al creciente número de personas ancianas dependientes? Estas preguntas reflejan problemas políticos candentes en muchos países desarrollados. Sin embargo, dos terceras partes de las y los adultos mayores del mundo viven en países en desarrollo, y en 2050 esta proporción habrá aumentado hasta cerca de un 80 por ciento. El reto de proporcionar cuidados y seguridad de los ingresos a todas las personas de edad es enorme allí donde la pobreza es generalizada, los sistemas de salud se encuentran ya sobrecargados y el apoyo familiar y comunitario escasea.

Aunque el envejecimiento tiene rostro de mujer, las respuestas políticas en favor de los derechos de las mujeres de edad avanzada se caracterizan por su gran lentitud. Las mujeres no solo son más longevas que los hombres, lo que hace que representen un porcentaje muy elevado entre el total de personas mayores, sino que además sufren mayores dificultades económicas. Debido a la discriminación a la que se enfrentan durante toda su vida, las mujeres acumulan menos ahorros y recursos con los que, de otro modo, podrían mantener un nivel de vida adecuado en la vejez. Además, en general los sistemas de pensiones no consiguen protegerlas de la pobreza.

En todo el mundo, solo la mitad de las personas que superan la edad legal de jubilación tienen acceso a una pensión de vejez. En la mayoría de los países, las mujeres tienen una probabilidad menor que los hombres de percibir una pensión de este tipo, y cuando la perciben, el monto suele ser inferior. En las zonas urbanas de China, las mujeres de edad presentan unos índices de pobreza de tres a cuatro veces mayores que sus pares varones; y en la Unión Europea, las ancianas tienen un 37 por ciento más de probabilidades que los hombres de vivir en la pobreza [1].

La desigualdad de género en la vejez se refleja tanto en el plano de los cuidados como en el económico. Las normas de género vigentes y el hecho de que las mujeres suelen vivir más tiempo que los hombres con los que se casan implican que son las mujeres quienes asumen la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado de sus esposos cuando estos envejecen. También desempeñan un importante papel en el cuidado de sus nietas y nietos, permitiendo de ese modo que madres y padres puedan desarrollar una actividad laboral remunerada, o incluso convirtiéndose en las principales cuidadoras en el caso de los niños que quedan huérfanos como consecuencia del VIH/SIDA o que quedan atrás en un contexto de migración. Aunque muchas mujeres de edad avanzada se sienten orgullosas de realizar este trabajo, el reconocimiento social y la recompensa que obtienen son escasos y los costos que puede conllevar desde el punto de vista de su bienestar físico y emocional pueden ser elevados.

No deja de ser irónico que las mujeres, que con frecuencia pasan toda su vida brindando cuidados, terminen en la pobreza por el hecho de que los sistemas de pensiones no reconocen este trabajo, y que no tengan a nadie que se ocupe de ellas cuando empiezan a fallarles las fuerzas.

Sin embargo, la vejez no tiene por qué constituir una doble desventaja para las mujeres. El informe insignia de ONU Mujeres, El progreso de las mujeres en el mundo 2015-2016, pone de manifiesto que, con políticas adecuadas, es posible marcar la diferencia. Las pensiones sociales universales pueden ser una poderosa herramienta para proporcionar seguridad de los ingresos básicos y cerrar las brechas de género en la cobertura de las pensiones: este tipo de pensiones establecen el derecho de todas las personas mayores, mujeres y hombres, a disfrutar de una pensión de vejez, con independencia de su historial laboral y situación familiar.

Su implementación está al alcance incluso en los países de ingresos bajos. Bolivia, Botswana y Mauricio lo han demostrado, y existen estudios que calculan que, en la mayor parte de los países del África Subsahariana, el costo de este tipo de pensiones ascendería tan solo al 1 por ciento del PIB. Los beneficios, en cambio, pueden ser enormes y llegar a muchas generaciones. En Sudáfrica, las pensiones universales, disponibles para un amplio porcentaje de la población, no solo han reducido la pobreza entre las personas de edad avanzada sino que además han traído consigo mejoras en la nutrición a largo plazo y la asistencia a la escuela entre las niñas y niños con los que viven.

Contar con servicios de cuidados asequibles es tan importante como garantizar las pensiones. A pesar de ello, estos servicios siguen siendo muy rudimentarios incluso en los países ricos, lo que refleja que todavía se sigue dando por sentado que el trabajo de cuidados no remunerado de los adultos mayores ha de recaer en las mujeres. Es esencial partir de la hipótesis de que el cuidado de nuestros adultos mayores es una responsabilidad colectiva, y esto debe materializarse en una ampliación de los servicios públicos y otros mecanismos de apoyo, a fin de garantizar tanto los derechos de quienes prestan los cuidados como de quienes los reciben; las opciones pueden ser diversas, desde cuidados a domicilio hasta la atención institucionalizada en centros de día o residencias de ancianos.

La adopción de estas medidas exigirá un compromiso político y una considerable inversión de recursos. Pero seamos claros: la alternativa no puede ser nunca delegar el trabajo de cuidados no remunerado en las mujeres para abandonarlas a la pobreza cuando llegan a la vejez.

Notas



Fuente: Onumujeres