noviembre 17, 2015

Descolonizar la Maternidad, Descolonizar la Paternidad, Reapropiarse de la Vida

En un mundo concebido para la inmediatez, para la eterna adolescencia, para el gasto permanente en uno mismo. En un mundo construido para el consumo, para el trabajo precario, la movilidad incesante no decidida. En un mundo donde el amor se experimenta como el mercado, supuestamente libre, guiado por la gran mano, pero condicionado como el capitalismo por los criterios heternormativos y patriarcales que movilizan la sociedad entera. En un mundo donde la vida y su discurso han ido apropiados por la iglesia y por el estado. En un mundo donde la geografía de los pueblos y las ciudades esta conectada para el flujo de capitales y no para el encuentro de personas. En un mundo así la maternidad, la paternidad, es por si mismo un acto político, que devenga en decolonial es decisión nuestra.

Las maternidades nos exponen desde el mismo momento de la concepción frente al biopoder. Todo el proceso del embarazo está medicalizado, requiere un tratamiento, se lo atiende como una enfermedad. Portar una vida en el vientre sitúa a la mujer frente al médico inferiorizándola. En tono grave, serio, científico el personal médico aconseja, recomienda, ordena, sin miramientos. Respaldado por su autoridad responde el poder médico ante cualquier cuestionamiento con el clásico “ustedes sabrán”, “firmen este papel, yo me lavo las manos”, es el todo o nada, o ellos o la muerte, civilización o barbarie. La ciencia construida por el hombre para el hombre, tiene ante si a la mujer como objeto reproductivo. En la mayor parte de los centros públicos toda la cadena de acontecimientos que conducen hacia el parto están tecnificados, guiados por protocolos maquínicos, deshumanizados. Llegado el mismo incluso en los centros que tienen reconocido otra forma de actuar, más humana, más cercana, mas personal, el poder médico toma el control. No cabe explicación, ellos son el sujeto de poder, de conocimiento. Si el parto se complica ciertamente salvan vidas, pero quien haya experimentado el riesgo de la muerte de alguien tan cercano como un hijo es consciente de la impotencia de cada uno de sus actos, del acto miserable de delegación con el que hemos ido transigiendo a lo largo de nuestras vidas. Estar frente al poder médico guiándote en el camino de la vida es estar cara a cara frente al despojo que el estado, que la iglesia, que la ciencia, ha ido llevando a cabo contra los comunes. Un despojo de los saberes. Un despojo incluso de la esencia biológica que nos compone, pues estamos discapacitados para gestiona nuestra propia reproductividad.

Y esto comienza desde la infancia, desde niñas se nos enseña a no escuchar nuestro cuerpo, a no conocerlo, a ocultarlo y repudiarlo: no te toques ahí; confiando desde la pubertad nuestra salud sexual y reproductiva al de la bata blanca, revisión una vez al año, nadie sabe porqué, si nuestros cuerpos están sanos. Nos han enseñado a no reconocer señales, a ocultarnos: nuestra menstruación es algo que esconder, en vez de ser una puerta al conocimiento y la sabiduría; tenemos mucha suerte porque ahora diseñan compresas para que la regla no huela y nos sintamos libres y seguras... perdonen ustedes, no sabía que por tener la regla era una esclava y estaba en peligro constante, menos mal que inventaron esos artilugios. Antes nos quemaban en la hoguera, ahora nos desnudan ante la autoridad médica que se encarga de infantilizarnos, de negarnos, de anularnos. Llegado el momento del embarazo estamos tan desconectadas que parece que no podemos dar ni un paso sin que el médico nos de permiso. Y llegado el momento del parto, te rasuran, te humillan, hasta te atan... tú no mandas, aquí decido yo, y cómo seas díscola lo vas a pasar peor. Una serie de prácticas destinadas a situarnos por debajo, a despojarnos de nuestras armas (si es que las hemos tenido alguna vez), a hacernos creer que nosotras no podemos y olvidarnos de que nuestros cuerpos están diseñados para parir; control, control, control.

La maternidad, la paternidad, nos sitúan frente al hecho desnudo de la vida en su esencia mas obvia. Un cuerpo frágil que nos es entregado para su cuidado y que por entero depende de nosotras. Es preciso actuar, alimentar, abrigar, velar el sueño, limpiar el cuerpo pequeño, aprender con el, caminar en su devenir. Esa sensación de impotencia, de desconexión absoluta de falta de control se extiende ante cada gesto de la nueva vida. No sabemos sobre su salud, sobre su alimentación, sobre sus procesos de aprendizaje, sobre su sociabilidad, sobre su sexualidad, sobre su psique. Todos los aspectos de esa vida con su entorno y con nosotras ha sido delegada de una manera u otra al poder medico o al poder educativo. Y ¡ay del pobre que ose enfrentarse a ellos, que ose transgredir o simplemente pensar, estudiar, investigar. 

¿Vacunas si o vacunas no? El mero hecho de preguntar ya te sitúa como prófugo de la ciencia. Aquí da igual si tienes o no tienes formación universitaria, de la vida, o de la experiencia. Cualquier cuestionamiento de los protocolos, aunque estos repetidamente fallen, aunque sean inciertos y cambiantes, aunque están cansados de revisarlos por que matan, le sitúan a uno frente a la vergüenza de no seguir lo científicamente correcto ¿Acaso entre los que leen estas líneas no hay alguien que se haya sentido sonrojada por no haber vacunado o seguir todos los consejos del poder médico?. El poder médico mantiene todas las formas del poder patriarcal mas tradicional. Irrebatibilidad, autoridad absoluta, suma potestas. Y lo mismo sucede con la “educación”, ¿escolarización o no escolarización? El poder médico deja paso al poder ilustrado de lxs maestros, una compleja red para socializar a nuestrxs hijxs en los valores del estado, para seguir cercenando nuestras mentes, moldeandolas a su imagen y semejanza. Una vez más el cuestionamiento es perseguido. Siempre bajo la amenaza del bien mayor que es la criatura.

Quizás lo mas complejo no quede solo en la relación con la nueva vida. Si no en el contexto familiar que se ha creado ¿Como no verse reducido a aquello que siempre detestaste, al trabajo asalariado precario, a la estabilidad residencial periférica, a la vida de consumo, a la lógica de la familia nuclear, cristiana occidental? 

Confrontar la nueva realidad existencial de conjunto es darse cuenta como ya han dicho otras por ahí de que estamos carentes de tribu. Distanciados de la comunidad nos vemos rotos, fracturados de los saberes educativos compartidos, del conocimiento sobre salud, de la economía común. La nueva realidad familiar te hace ver, por mucho que te esfuerzes por convencerte de lo contrario y de hacerlo, que tu existencia precaria previa no vale para un bebé de 6 meses: es necesario planificar, estructurar, organizar un plan de contingencia. Ello requiere una base material, recursos, medios para satisfacer las necesidades. Pronto, una es consciente de que está sola ante la producción. La comunidad en la que vivías no es mas que un agregado de individuales sin proyecto común, un sálvese quien pueda capitalista. ¿Hasta que grado la alienación nos impide ver que ninguna de las facetas de nuestra vida nos pertenece, no como individuos, si no como colectivos? Para la inmensa mayoría de las personas que vivimos en el occidente cultural es imposible satisfacer nuestras necesidades biológicas mas elementales fuera del mercado. Es mas, el mercado es también el espacio donde se satisfacen nuestras necesidades afectivas, el mercado guía los espacios de consumo donde nos socializamos, donde nos encontramos, donde gozamos. El mercado guía nuestras conversaciones, nuestras tardes de parque. El mercado quiere entrar de lleno también en la crianza de nuestros hijxs, y el mercado da las vueltas de tuerca para que nosotras, díscolas, acabemos cayendo en su red. Quiere reubicarse, que caigamos en sus trampas, que creamos que necesitamos. Cómo sortear esta trampa, es tarea pendiente. Tarea difícil pues siempre encuentra la manera de entrar, con esos tentáculos tan escurridizos y persistentes. 

El mismo hecho de amamantar transgrede los valores de la lógica del mercado; un acto reproductivo en su esencia, fuera del mercado, solo dos, la naturaleza actúa si nosotras la dejamos. Como bien han dicho por ahí, “dar la teta es gratis y por lo tanto un pecado capitalista”. Rompiendo los esquemas del mercado, donde príman consumo y producción. La lactancia materna es en sí mismo un desafío a la mercantilización de nuestros cuerpos, de nuestras vidas y de las criaturas.

Nuestras vidas mercantilizadas nos exigen para su reproducción un esfuerzo mas. Lo que antes podías sortear con curros de temporada ahora te expone frente a un horario standar, si tienes la suerte de hallarlo. Te encuentras entonces situada frente a un dilema. La nueva vida, la nueva estructura, requiere recursos, trabajas para satisfacerlos. El hecho de que trabajes te fuerza a delegar más su vida, a alejarte de ella. Aún más, la ausencia de comunidad real te expone ante el frío hecho de que tu salario precario solo no basta para mantener el conjunto, al menos hace falta otra contribución mas…

Y ante esta situación, ¿dónde nos quedamos? ¿Seguimos dejando que se reapropien de nuestros cuerpos, de nuestros partos, de nuestrxs hijos? ¿seguimos dejando que la mercantilización de nuestras vidas llegue hasta la vida en su mas pura esencia? ¿dónde esta nuestra tribu? ¿cómo recuperar la sabiduría del cuerpo, la sabiduría de las brujas? ¿es necesario colectivizar lxs hijxs? Como las mujeres negras esclavas, que ante la adversidad más grande, comprendían, y sabían desde sus entrañas pues es lo que habían hecho desde siempre, que el cuidado de lxs hijxs era colectivo, pues era la única forma de sobrevivir... la colectivización de las criaturas como forma de resistencia. Ahora la esclavitud es otra, pero seguimos necesitando de esa tribu. Luego, puérperas perdidas, depositamos todas nuestras necesidades sobre una sola persona, pues estamos adiestradas a vivir bajo el modelo de la familia nuclear, y una sola persona no puede abarcar todo lo que antes abarcaba la tribu. No podemos sustituir a la tribu. Necesitamos a la tribu, como lugar de encuentro y empoderamiento, de construcción y de creación, de reproducción y de crianza.

Por Teresa Sanjurjo y Aitor Jiménez
Fuente: Periódico Diagonal