noviembre 29, 2015

Sahara, la hamada inundada

Más de 25.000 personas han perdido sus casas, de arena y agua, en los campamentos de refugiados y refugiadas saharauis. Las inundaciones ahogan, aún más, este conflicto que ya dura 40 años


Los campamentos saharauis se derrumban, pero la resistencia continuará para conseguir la autodeterminación./Saharawi Voice. Lucía Muñoz


En el Sahara las melfas ya no se utilizan para protegerse del sol. El siroco no arrastra el polvo de la arena. El desierto se ha vuelto húmedo y más hostil que nunca. Hoy, las y los refugiados saharauis vuelven a reencontrarse con el mismo trozo de tierra inhóspito al que llegaron hace 40 años: un campamento sin agua potable, que han ido construyendo con sus manos y ayuda humanitaria. Miles de familias resisten con dignidad al exilio, causado por Marruecos tras ocupar su país mediante la barbarie de la Marcha Verde y por la pasividad de España ante una zona, de la que hoy por hoy, para la ONU, sigue siendo la potencia administrativa.

Hace tan solo un mes, en los cinco campamentos de refugiados saharauis al suroeste de Argelia, en Tinduf, amanecieron con lluvias. Unas lluvias que levantaron el ánimo, un respiro a la sequedad y a la erosión del sol que quema, pero no abrasa la dignidad de un pueblo que resiste en solitario y vetado por la comunidad internacional a la espera de un referéndum acordado en 1991. Sin embargo, durante más de una semana, las aguas no cesaron. Las casas, que construyeron de forma provisional con arena y agua, comenzaron a desgranarse y a derrumbarse por completo. Más de 90.000 personas están afectadas y 25.000, lo han perdido absolutamente todo. En los compamentos de población refugiada se estima que viven 200.000 personas.

Las familias que se han quedado sin vivienda duermen ahora en haimas hacinados en lo más alto de las colinas y las que aún la conservan se unen a ellos en la intemperie por miedo a más derrumbes. Los campamentos se han quedado desérticos. Auserd y Dajla han sido declaradas zonas en situación de “Catástrofe Humanitaria”.

El problema es aún mayor: se ha perdido la comida, los colegios están derrumbados y las puertas de los hospitales no se han vuelto a abrir desde entonces. Será necesario reconstruir las letrinas y retirar lo antes posible el agua estancada de las inundaciones para prevenir enfermedades, la contaminación de las fuentes de agua y el derrumbe de más inmuebles.

Ante esta situación, la ONU se ha comprometido a enviar por vía aérea un cargamento de ayuda humanitaria que está llegando con cuentagotas, pero del presupuesto de la operación de ACNUR para Tinduf solo está financiado al 20%, lo que deja una enorme brecha para paliar las necesidades básicas de los refugiados. Sin embargo, los y las saharauis ya no quieren ayuda humanitaria, ni solidaridad, ni compasión. Quieren una fecha acordada entre Marruecos, España y el Polisario para un referéndum de autodeterminación, tal y como les prometieron. Un paso firme a través de la democracia que les devuelva su tierra, su mar y sobre todo, sus derechos. Los y las refugiados debaten entre volver a reconstruir el campamento más longevo del mundo, pero los más jóvenes solo ven como única salida volver a las armas. “Estamos ante una mala situación, pero también ante una oportunidad. No veo futuro en los campamentos y por eso hay que tomarlo como un impulso para salir. Si en 40 años no se ha solucionado de forma pacífica, habrá que tomar las armas para que los jóvenes saharauis tengan una oportunidad y no vivan abrasados. A nadie le gusta la guerra, pero no nos queda otra opción”, dice resignado Bouscharaya Abdelaziz, un saharaui que ha pasado 23 años de su vida en el campamento de refugiados de Smara. Ahora vive en la provincia de Málaga.

Sin casas de adobe, las familias tienen que vivir hacinadas en haimas./Saharawi Voice.

El Sahara se inunda y nadie hace nada. Sus habitantes salen a Rabuni, campamento donde se encuentran las sedes institucionales, para protestar contra Marruecos, por el pisoteo de estos 40 años, y por la invisibilización ante los intereses de Occidente que han permitido que, a día de hoy, tengan que sobrevivir en una tierra prestada donde lo único que se ve en el horizonte es la nada. Pero tras el descontento social, la población saharaui refugiada vuelve a mezclar agua con arena para reconstruir sus casas para defender esta causa incansablemente. Con impotencia contenida. Una opción sería trasladarse a las zonas ocupadas del Sahara Occidental para vivir de rodillas y cabizbajos ante la represión del rey de Marruecos, Mohamed VI. También podrían ir a la parte supuestamente liberada, pero que está plagada de minas antipersona aún activas y delimitada por el muro de la vergüenza, una gran muralla de 3000 kilómetros construida por Marruecos y vigilada por los fusiles de sus militares. Si se van, dicen en los compamentos, perderán la resistencia y le darán la victoria Marruecos.

Las paredes del campamento de Dajla hacen homenaje a las mujeres por su lucha constante./ www.entrefronteras.com

Una vez más, como hace 40 años, las mujeres son las que levantan a las familias. “Ni los hombres, ni el Polisario. El campamento sobrevive gracias a las mujeres”, deja claro Boucharaya. Ellas, a pesar de ser las invisibles, las que pasan desapercibidas tras las melfas, son las que salen en busca de comida, ponen en pie las haimas en altas colinas alejadas de las zonas de peligro y reconstruyen las escuelas y hospitales para atender a los más afectados. Ellas no están representadas en los altos órganos del Frente Polisario, pero son las que ponen orden en los barrios, las conocidas dairas, a través de asambleas espontáneas, sacan el ganado y educan a los niños y niñas. Ellas viven por y para su pueblo y, a la vez, combaten a una sociedad machista. Las mujeres son determinantes en la lucha de esta causa, pero no se las reconoce.

Sahara, 40 años de esperanza, de resistencia y supervivencia. Las lluvias, ahora, les han vuelto a borrar del mapa y su causa, desterrada a un desierto sin dunas, ni paraísos en la hamada más dura del mundo y, ahora también, inundada.


Camarógrafa, periodista y flamenca. Me compré unas buenas zapatillas para recorrer el mundo y tengo un objetivo violeta para ver a través de él. Me decanto por escribir sobre mujeres y migración. Algún día, nos bañaremos en las playas de una Sahara Libre.
Fuente: Pikara