diciembre 18, 2015

Explotación sexual e indiferencia



Lima se va calentando. El sol anuncia la llegada del verano y se van decantando las opciones electorales. Se concretan alianzas inimaginables hace un tiempo, que nos dejan boquiabiertas y patidifusas, mientras nos sorprenden nuevos discursos y posiciones, especialmente cuando intentan justificar lo injustificable. Es el caso, por ejemplo, de la ex congresista Anel Townsend, quien dice que la actuación de su candidato, César Acuña, en el caso del abuso sexual que habría cometido contra una menor de edad, a la que le llevaba 17 años y con la cual tuvo un hijo, es: “Un episodio, una circunstancia difícil en la vida de dos personas, pero lo más importante es que el padre de ese hijo que creció veló por él”. Mientras se discute sobre alianzas, jales, outsiders, etc., la prensa nos asalta esta semana con una información que resulta espeluznante. El ciudadano estadounidense Joshua David Brown, quien vivía en Perú desde hace 13 años y gerenciaba supuestamente una empresa importadora de medicinas, productos de aseo y preservativos, en realidad comandaba una red de prostitución con vínculos en Tailandia e Indonesia, que son los países en donde encontramos la mayor cantidad de niñas prostituidas en el mundo.

Sí, 13 años, durante los cuales su actividad fue dirigir una red que prostituía mujeres, niñas y adolescentes para un mercado sexual en el que la demanda es sobre todo masculina. “La Bestia”, como lo han llamado en los medios, contaba con un catálogo para sus privilegiados clientes, en el que ofrecía variadas opciones, según la Policía: “La compañía de una adolescente podía costar entre 500 y 700 dólares, pero por una virgen cobraba dos mil o más. También incluía tríos con madres e hijas y, en algunos casos, encuentros con gestantes. Solo personas ‘recomendadas’ podían acceder a estas fiestas”.

Sí, 13 años en que muchas niñas y adolescentes prostituidas, como suele suceder en estos casos, pasaron a ser las captadoras de otras niñas y adolescentes. Escindidas de su propio dolor, se lanzaron a buscar a otras víctimas para que Brown pudiera cumplir con lo ofrecido en el mercado sexual que había desarrollado. Marilyn Conny, de 26 años, quien fue abusada sexualmente por Brown a los 14 y prostituida por éste, fue una de sus principales captadoras. Ella habría ofrecido, a pedido de Brown, incluso a sus dos hijas, de cuatro y siete años, por doce mil dólares, según sus declaraciones.

Frente a este terrible acto, las acusaciones se han venido contra ella solamente, por mala madre, mientras su pareja casi no ha aparecido, y cuando lo ha hecho, ha dicho que “no sabía nada”, pese a que era el contador de la empresa. Como siempre, la culpa se adjudica solo a la mujer, como si una mujer abusada desde los 14 años tuviera total autonomía y no sufriera los efectos y traumas que conlleva tal abuso. Tampoco se menciona a los hombres que demandan los servicios sexuales de menores de edad, que son la principal causa de que existan estos mercados, pues sin demanda no habría trata ni explotación sexual.

Una comunicación enviada desde Colombia por policías estadounidenses, informando que un grupo de empresarios de los Estados Unidos llegaría a Lima en un tour sexual organizado por Brown fue lo que permitió, hace unos meses, que la División de Trata de Personas (Divitrap) tuviera conocimiento de esta red y pudiera actuar y liberar a 36 mujeres, entre las cuales estaban once menores de edad que iban a ser ofrecidas a este grupo. Gracias a dicho dato, pudieron también conocer más detalles de cómo operaba la red. Así nos enteramos de que, como en tantos otros casos, las niñas eran captadas de lugares lejanos, engañadas con posibilidades de mejorar su vida; que provenían de familias empobrecidas que las entregaban a otras mujeres, comadres o conocidas, por la confianza que les tenían, bajo la promesa de que las cuidarían o les conseguirían trabajo, peroque luego no podían buscarlas ni saber qué había sido de sus vidas. Este parece ser el caso de unas niñas piuranas, según ha denunciado una de las captadoras de Brown, y ha informado la Policía:

“Una de las encargadas de captar a las menores es Patricia Chambi, o ‘Patty’. Ella opera en el norte del país y habría traído a varias niñas de un pueblo alejado de Piura, del distrito de Huarmaca, en la provincia de Huancabamba. Las supuestas víctimas serían dos niñas menores de diez años, que habrían fallecido durante un encuentro sexual con el propio Brown.

¿Cómo es posible que niñas desaparezcan como si se las tragara la tierra y sus crímenes queden en la impunidad? ¿Cómo es posible que entre el 2011 y 2013, según un informe del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, en base a información de algunas instituciones encuestadas, 80 menores de entre seis y once años, y 414 entre los doce y 17, en su mayoría de sexo femenino, hayan sido víctimas de explotación sexual? Con seguridad estas cifras son mayores, pues muchos casos se desconocen. ¿Cómo es posible que no nos indignemos y protestemos, que no organicemos marchas por estas violaciones a los derechos humanos?

Otro punto en el que no se ha profundizado mucho en este caso es en el hecho que la alerta fue dada porque empresarios que venían de Estados Unidos (de donde se estima que viene la cuarta parte de los turistas sexuales a nivel mundial), venían a buscar niñas y adolescentes en un viaje programado por Brown. Seguramente, muchos de estos hombres, como muchos otros que viajan en estos tours, viven una vida de señores respetables, que van a sus iglesias y tienen familias bien constituidas, pero que se permiten cometer delitos de este tipo en lugares lejanos, con niñas que son diferentes a sí mismos, a sus hijas, a sus culturas. Son hombres que cuentan con recursos parapoder viajar y pagar lo que las agencias que organizan este tipo de viajes les cobran. Son hombres que creen que pueden salirse de la ley en lugares lejanos porque están protegidos por el dinero que han pagado. Creen que las niñas, o los niños también, sólo son objetos para su uso. Quizás hasta sientan que las están ayudando a salir de su situación de pobreza, que su dinero les hace un favor a sus familias. Son hombres que son cómplices de las redes de prostitución; no son sólo empresarios, vale recalcar.

Por otra parte, son la impunidad y la permisividad social las que contribuyen también a que no se enfrente este problema y siga creciendo. Según el Ministerio Publico, entre el 2009 y el 2013, sólo hubo 45 sentencias por trata, de un total de 2,700 imputados. ¿Cómo es que los vecinos de las casas donde operaba Brown no vieron que entraban niñas y adolescentes y que circulaban hombres mayores? ¿No sospecharon, en todos estos años, que ahí pasaban cosas extrañas? Que nos hacemos de la vista gorda, que nos callamos, es también cierto, como lo hacemos cotidianamente, cuando pasamos por el centro de Lima o Miraflores y vemos a adolescentes siendo abordadas por hombres, y miramos para otro lado.

Los hombres que demandan sexo de niñas, niños y adolescentes, y de mujeres prostituidas, son nuestros ciudadanos, hermanos, hijos, parejas. Quizás por eso miramos para otro lado, quizá es porque seguimos pensando que para los hombres el sexo es una necesidad que deben satisfacer como sea, y que eso no es parte dela cadena de violencias que sufrimos; que no es parte de un problema social que nos compete a todos, a todas, a ustedes, señores candidatos, señoras candidatas también. A ustedes les corresponde hacer propuestas e implementarlas, si son favorecidos o favorecidas por los votos. Les toca a ustedes exigir que se aumente el presupuesto para la lucha contra la trata de personas, para evitar que miles de niños, niñas, adolescentes y mujeres tengan que pasar por estas circunstancias que marcan sus vidas para siempre. Hay que terminar con la indiferencia frente a la trata y la explotación sexual. Hay que dejar de mirar para otro lado. Hay que romper el silencio. Hay que sancionar severamente a las bestias que están detrás, lucrando y destruyendo tantas vidas.

Por Rosa Montalvo Reinoso