diciembre 27, 2015

La cantora no se detiene

Tal vez porque las demandas de libertad, justicia y dignidad conforman un aullido interminable, la música de Mercedes Sosa se mantiene siempre fresca, siempre vigente. Cantaba para hacerse entender por quienes necesitaban una canción de alivio, estimulándoles a levantarse. Su historia, como la de América Latina, es un relato de lucha infatigable. Como dijo alguien: si Latinoamérica hablase, lo haría con la voz de La Negra.

“Si se calla el cantor muere la rosa / De qué sirve la rosa sin el canto / Debe ser el canto la luz sobre los campos / Iluminando siempre a los de abajo” (‘Si se calla el cantor’)


A La Negra le gustaba que pensasen en ella como cantora, más que como una cantante, tal vez porque veía en sí misma las cualidades de un pájaro: alguien que vive cantando y que lo hace para todo el mundo, sin excepciones. Cuando escuchamos ‘Duerme Negrito’, ‘Zamba Para No Morir’, o cualquiera de esas canciones que Mercedes Sosa cinceló a conciencia en la memoria de Latinoamérica, realmente la vemos levantando el vuelo: todas ellas están pensadas e interpretadas con esmero desde el contacto con la tierra, pero concebidas también para atravesar el mundo. El compromiso de La Negra estaba, sobre todo, con la tierra (especialmente con su tierra, Argentina) y con el pueblo. O como ella misma decía, “con la gente del pueblo, la gente que está en contacto con lo que produce”.

El hambre mordía con fuerza en la casa donde creció Haydée Mercedes Sosa (Tucumán, 1935 – Buenos Aires, 2009), pero sus recuerdos preferían acomodarse entre las imágenes felices de aquellos años: las tardes eternas jugando en el parque 9 De Julio y las comidas familiares, cuando su padre regresaba de la refinería de azúcar y su madre terminaba su jornada como lavandera. Aunque se esforzaban por no poner en evidencia las duras condiciones de trabajo que soportaban para que a sus hijos no les faltara pan y abrigo, apenas conseguían ocultar su inquietud por la creciente inclinación artística de Mercedes, que desde muy niña se entretenía emulando a la folklorista catamarqueña Margarita Palacios. El canto sólo podía sentenciar a la pequeña a una vida llena de carencias, pensaban, haciéndola rodar eternamente por esa existencia noctámbula e inestable que identificaban con la profesión de música. Pero Mercedes, en parte por obstinación y en parte por no traicionar la confianza que habían depositado en ella, se aplicó a fondo: comenzó a asistir a clases de canto, donde siempre era la primera en entrar y la última en salir, esforzándose por domar su voz hasta convertirla en un instrumento ancho y diáfano.

Tuvieron que ser sus amigas quienes la animasen a participar en un concurso radiofónico de nuevos talentos, al que Mercedes se presentó en 1950 bajo el nombre artístico de Gladys Osorio. Aún titubeante y sin repertorio propio, no le costó gran esfuerzo hacerse con el primer premio: un contrato por dos meses como cantante principal de la emisora, que en poco tiempo redondeaba ya con un pequeño sueldo como maestra de folklore. Poco a poco, las tensiones familiares comenzaron a arreciar, al tiempo que se gestaba una curiosa paradoja: Martita, como todos la llamaban en casa, no sólo estaba logrando esquivar la pobreza con su don para la música; además, en pocos años alcanzaría la fama con un cancionero propulsado por su apego a las clases más desfavorecidas.

Fotografía de la cantante argentina Mercedes Sosa perteneciente al disco “Hasta la victoria” editado en Argentina en 1972.

Aunque nunca pensó en que llegaría a cantar para vivir, la década de los sesenta la sorprendió en el epicentro de la bohemia ilustrada de Mendoza, al oeste del país, donde el rumor de que había una joven destinada a ser la Edith Piaf argentina empezó a correr como la pólvora. Ajena al ruido de fondo, a Mercedes se la podía encontrar cada noche en la casa del poeta mendocino Armando Tejada, enfrascada en una intensa labor intelectual y colectiva con destino inmediato: la creación de una corriente enfocada a renovar el folklore nacional, donde el acento recayese a la vez en la recuperación de la memoria cultural, la exploración de narrativas de contenido social y la descripción fidedigna de la cotidianidad de las mujeres y hombres argentinos. El Nuevo Cancionero, como se le llamó, tan sólo recogía una demanda política, musical y poética cuyo eco podía escucharse a lo largo de toda América Latina, desatando booms paralelos en Chile, Uruguay o Cuba. En Argentina, Mercedes Sosa se convertiría en la más ilustre encarnación del movimiento, impregnando todo su arte de un ideal compartido: si el pueblo es a la vez creador y destinatario de las canciones, su lenguaje habrá de ser estéticamente claro para que pueda llegar a todo el mundo.

Al firmar el manifiesto que levantaba el acta fundacional del cancionero, rubricado junto a poetas y compositores como Oscar Matus o Tito Francia, Mercedes Sosa estaba reconociendo la necesidad de emplear la poesía como un acto político. Sin embargo, como ella misma reconocía, nunca interpretaba una canción únicamente por su contenido literario: la seducción a través de la música llegaba siempre en primer lugar. Primero se producía una inmersión armónica; después, una lectura de la letra. El proceso se repetía cuantas veces fuesen necesarias, hasta que la autoría misma de la pieza parecía quedar desdibujada.

Era el mismo método de trabajo que seguía desde el inaugural ‘Canciones con fundamento’ (1965), el disco de la consagración temprana: un ramillete de zambas, cuencas o chacareras escritas por sus compañeros del Nuevo Cancionero, con aportaciones del compositor guarupense Ramón Ayala. Tal vez sea impreciso decir que, con su voz, La Negra infundía vida a aquel repertorio: después lo echaba a rodar tierra adentro, cartografiando la Argentina interior, dando testimonio de los rigores que se ocultaban tras las postales turísticas. No obstante, ni su terca búsqueda de una verdad emocional y social, ni la fuerza con la que su garganta lograba abrirse paso, conseguían desbrozar plenamente el camino hacia el éxito. Muy al contrario, Mercedes Sosa estaba empezando a pagar el precio por ser una artista incómoda, acaso demasiado franca.

Ese mismo año aterrizó en el Festival Internacional de Folklore de Cosquín con una mano delante y otra detrás. Entre bambalinas, algunos amigos intentaban que la artista accediese al escenario para interpretar sus canciones, conscientes de que el público merecía descubrir aquel tesoro todavía oculto. Pero la organización ya había dictado sentencia: las artistas de filiación comunista nunca serían bienvenidas en el certamen. Se desató entonces un pequeño revuelo, seguido de una intervención inesperada: era Jorge Cafrune, un cantante de apenas treinta años que ya deslumbraba por su profundo conocimiento del folklore nativo, y él sí quería escuchar a su compañera. Cafrune subió entonces al escenario principal, y su larga barba tupida se acercó al micrófono. “Yo me voy a atrever, porque es un atrevimiento lo que voy a hacer ahora, y voy a recibir un tirón de orejas de la comisión. Pero qué le vamos a hacer, siempre he sido así: galopeador contra el viento. Les voy a ofrecer el canto de una mujer que no ha tenido oportunidad de darlo. Aunque se arme bronca, les voy a dejar con ustedes a una tucumana: Mercedes Sosa”. Ella se deslizó tras él, y provista únicamente de su bombo legüero, interpretó de corrido la ‘Canción Del Derrumbe Indio’: “Tuve un Imperio del Sol, grande y feliz / El hombre blanco me lo quitó, charanguito”. Silencio, y después una ovación atronadora. De algún modo, aquel fue el instante preciso en el que nació la leyenda de La Negra.


Transcurrieron años agridulces: tras un doloroso proceso de divorcio, la aclamación del público comenzó a amortiguarse cada noche en la soledad de los hoteles, y la soledad desembocó en un incipiente alcoholismo. Al mismo tiempo, Mercedes emprendía su expansión internacional, constatando hasta qué punto la sustancia puramente latinoamericana de sus canciones había conseguido atravesar fronteras. Basta una anécdota: la noche de su debut en el Théâtre de la Ville, en París, lo primero que hizo en cuanto los focos se posaron en ella fue toser ante el micrófono de puro nerviosismo. No una, sino varias veces. Pero antes de acertar con el arranque de ‘Zamba Para No Morir’, el tema que iba a presentar durante esa velada, la audiencia ya la había envuelto en aplausos. Comenzaba así su entrada triunfal en Europa.

En 1971 llegaron las primeras cartas amenazantes, firmadas por la triple A (Alianza Anticomunista de Argentina): “Reflexione. En cuatro días vence el plazo. Abandone el país o aténgase a las consecuencias”. Mercedes, que ni siquiera se consideraba una cantante protesta (“sólo los niños protestan, yo describo y denuncio”) intentó mantenerse firme durante un largo tiempo: al fin y al cabo, no encontraba ningún motivo para huir de la tierra de cuyo material estaban hechos su vida y su arte. Aún tuvo el arrojo de presentarse en público entre amenazas de bomba, de grabar discos cargados con repertorio de contrabando: obras cercenadas por la censura en las que mantenía vivo el fuego de Horacio Guarany, otro poeta perseguido, y donde clamaba contra el olvido de Víctor Jara, el compañero al que los golpistas chilenos habían torturado y asesinado poco tiempo atrás.

Aguantó hasta que la situación se volvió insostenible. En 1978, en el transcurso de un recital en El Almacén San José (La Plata), una marea de policías irrumpió en la sala con la misión de reventar el acto, deteniendo a más de 300 personas e incomunicando a Mercedes Sosa durante 18 horas eternas. El exilio era ya inevitable, y la cantante no volvería a pisar su país hasta casi cinco años después, durante la falsa apertura promovida por el presidente Leopoldo Fortunato Galtieri. Primero en Francia, y después en España, el destierro supuso para ella una dura prueba de resistencia, apenas aliviada por el fervor de las multitudes que la esperaban en Europa. Mientras la televisión francesa la presentaba ante la audiencia como alguien “cuya voz logra conmovernos, aún sin comprender totalmente sus letras”, La Negra sólo pensaba en volver, arrastrando la canción que en aquellos días se había convertido en su talismán: “Cuando me acuerdo de mi país naufrago total, cuando me acuerdo de mi país me nieva la sien”.




Al fin, en 1982, regresó al bonaerense Teatro Opera convertida en un mito: cinco minutos de aplausos como recibimiento, una flor en cada butaca, el calor de los viejos tradicionalistas y de los nuevos rockeros respaldándola al unísono en su vuelta a casa. Mercedes retornaba con su mentalidad de música más abierta que nunca, disfrutando de su reciente afición al estilo soul, pero también más guerrera, cargando contra los puristas: “Les advierto a los folkloristas que dejen de tomar vino y comer asado y que se pongan a estudiar”. Volvía, en definitiva, con la voluntad de tender puentes sonoros y generacionales, y el público acogió con entusiasmo su apuesta por la reconciliación: ‘En Vivo En Argentina’, la grabación que recoge aquellas actuaciones incandescentes, continúa siendo uno de los discos más vendidos en la historia de su país.

En adelante, La Negra bandeó entre las giras multitudinarias y los retiros forzosos, ocasionados por las constantes complicaciones físicas y mentales con las que lidiaría hasta su muerte. Pero siembre hubo una nueva canción que apresar en el estudio de grabación, un nuevo recital en el que reencontrase con sus seguidores. Aún en silla de ruedas, su caudal de voz lograba mantenerse intacto. A veces, incluso se decidía a marcarse unos pasos de baile, excitada por el retumbar con el que su banda convertía el tema “La Luna Llena” en una pura fiesta. Y, sobre todo, le dio tiempo a sentir el afecto de una nueva generación de músicos (Calle 13, Lila Downs), y a sentirse colmada por una lluvia de distinciones, medallas, placas. Los mismos premios que se complacía en enseñar a los periodistas que la visitaban, siempre con una advertencia: “Estos premios no son solamente porque canto, sino también porque pienso”. Ella, la misma Negra que un día tuvo que abandonar su país por pensar demasiado.

Por Carlos Bouza
Fuente: Pikara