diciembre 20, 2015

La revolución de las ‘wayúu’


“¿Y cómo no voy a ser feminista si defiendo los intereses de la madre tierra?”. La activista indígena Jazmín Romero Epiayú denuncia el impacto de las multinacionales en su comunidad, La Guajira (Colombia), que presume de matrilineal a la vez que obstaculiza la participación pública a las mujeres. La entrevistamos en la Cumbre del Clima de París.

Nada es demasiado obvio. Los hilos e hilos que tejen las mujeres de la comunidad wayúu no es solo una labor de indígenas, es más que una red de historias, un entrelazado de reivindicaciones y derechos. Es el sustento de una identidad y de transmisión de sabidurías.

Las wayúu son mujeres “revolucionarias y de armas tomar”. Así lo susurran entre los hombres de esta comunidad que advierten del cuidado de plantarles cara e, incluso, tildan de rebeldes a todas las que se atreven y se levantan ante quienes las tenían por menos.

El feminismo occidental es considerado por los hombres ‘wayúu’ como una amenaza, porque aseguran que “hace a las mujeres desobedientes”

Jazmín Romero Epiayú sabe muy bien lo que es esto. Como todos los y las wayúu, reside en La Guajira, un departamento al norte de Colombia. Nació en el seno de una familia activista y forma parte del movimiento Fuerza de Mujeres Wayúu. En su comunidad es temida y señalada por los hombres que la tachan de feminista, pero es algo de lo que Jazmín se siente orgullosa. “Yo soy feminista. ¿Y cómo no voy a ser feminista si defiendo los intereses de la madre tierra? ¿Quién no es feminista? En el feminismo defendemos los intereses colectivos, aunque en los movimientos indígenas aún prevalece el machismo”, recalca.

A pesar de todo, los y las wayúu no reconocen su faceta machista y patriarcal. Presumen de vivir en una comunidad matrilineal, donde la mujer y su papel de lideresa se impone a todo lo demás. “La indígena también es una cultura muy machista. Escritos y antropólogos venden que somos matriliniales, pero eso no es verdad. Simplemente porque nuestros hijos heredan nuestra sangre, el eirruku [así es como lo denominan], y hasta ahí”, se opone Jazmín Romero a las premisas que incluso mujeres de su comunidad defienden.

El feminismo indígena anda de forma paralela al feminismo de Occidente, pero con pilares fundamentales muy parecidos. El primero parte de la transformación colectiva de la discriminación hacia las mujeres; mientras que el segundo “trabaja en la individualización que excluye”, según Mercedes Olivera, pensadora feminista indígena, que desde sus comisuras explica que “no se trata de anular el individuo, sino que se reconozca que el colectivo está hecho de diferentes personas. La ‘individuación’ [su teoría sobre el feminismo occidental] implica este reconocimiento colectivo de la existencia de lo individual. No se pueden hacer colectivos si no hay este reconocimiento”.

Sin embargo, el feminismo occidental es considerado por los hombres wayúu como una amenaza, porque aseguran que “hace de las mujeres desobedientes, no hacen los quehaceres en la casa y se quieren mandar a ellas solas”. Pero Jazmín Romero lo tiene muy claro: “Es el argumento más mediocre que he escuchado. Yo puedo hacer los quehaceres de la casa, pero no es mi obligación. Las mujeres no somos esclavas de la casa, ni de buscar agua durante horas y cortar leña, ¿por qué el hombre no lo puede hacer? Somos una amenaza porque despertamos a las mujeres. De 2700 personas que hay en nuestra comunidad, más de 200 mujeres se han unido ya”.

Las desigualdades de género en la comunidad indígena no son el único problema. Con la invasión del colonialismo, los pueblos quedaron sometidos a otras culturas y normas, que les hicieron perder su identidad y las mujeres fueron víctimas del acoso, no solo sexual, sino también patriarcal. La imposición de la religión católica acabó con las lideresas espirituales y relegó a las mujeres al último plano. Pero según Jazmín Romero, eso también está cambiando y cada vez son más las mujeres organizadas en movimientos de base.

Pero si hay algo que lleva por bandera el feminismo indígena son los principios de la madre tierra. Sin embargo, con la llegada de un Gobierno neoliberal a Colombia, el 67 por ciento del territorio de La Guajira está en concesión a empresas privadas que mal explotan los recursos y derechos medioambientales, según la explica esta mujer wayúu. Desde hace más de 30 años, la empresa transnacional Cerrejón está devastando la territorialidad ancestral del pueblo wayúu dejando unas consecuencias muy negativas en la salud de los pueblos indígenas y también en la contaminación de ríos, como el Ranchería que defienden a capa y a espada.

Las ‘wayúu’ denuncian los estragos de las grandes multinacionales en un territorio que sigue contando con presencia paramilitar

Mientras “para ellos [los extractivistas] es un recurso económico, para nosotros es un bien público ancestral y sagrado. No somos mujeres que buscamos recursos, sino el levantamiento de un pueblo ante estas multinacionales que están destruyendo nuestro territorio e igual que nosotras damos vidas, ellos deberían aprender de nuestro ejemplo y ser responsables para generar vidas. Sin esto no podemos hablar de políticas medioambientales, ni de desarrollo sostenible”, argumenta. Desde Colombia hasta París, con motivo de la XXI Cumbre del Clima, esta mujer wayúu viaja para poner en manifiesto la obligación de los gobiernos de comprometerse con los territorios indígenas que están sufriendo los estragos y los impactos de las grandes multinacionales.

El movimiento Fuerza de Mujeres Wanyúu también se enfrenta al paramilitarismo colombiano que aún tienen presencia en su territorio. Uno de los peores momentos ocurrió en 2004, con la masacre en Bahía Portete: seis personas fueron asesinadas, entre ellas cuatro mujeres. “La mujer no se mata. Si nos tocan rompen con el tejido social y espiritual y los hombres también sufren”. Pero esto no les importó a los más de 50 paramilitares del Frente Contrainsurgencia Wayuu del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que llegaron a la comunidad y arrasaron con ella, dejando además tres mujeres desaparecidas y entre 600 y 800 desplazadas internamente. “Fue degradante y terrible llorar a nuestras mujeres”, recuerda.

Las mujeres wayúu parten de una tradición de poder y liderazgo. Con ella talan la barrera del silencio que intenta mantener una autoridad patriarcal férrea.

Por Lucía Muñoz. / París
Fuente: Pikara