diciembre 04, 2015

No son errores, es violencia


Hace unos días, precisamente el 24 de noviembre, un día antes de conmemorar el Día de la No Violencia Contra la Mujer, las mujeres peruanas sufrieron un duro golpe de parte de un grupo de legisladores y legisladoras que, haciendo primar sus creencias religiosas, encarpetaron un proyecto de ley que proponía la despenalización del aborto en caso de violación. Lo hicieron en nombre de la vida, según dicen, negándole el derecho a decidir a una niña, una adolescente o mujer que tendrá que verse forzada a mantener un embarazo impuesto y muy probablemente a criar un hijo o hija que no quiso, y que con seguridad cambiará el rumbo de su vida. Muchas terminarán de crecer siendo madres obligadas, como criando muñecas, pues en el país, cuatro de cada cinco violaciones sexuales las sufren menores de edad, de las cuales el 34% ha quedado embarazada de su violador. Quién sabe cuántas de ellas irán a buscar soluciones en los cientos de lugares clandestinos, antihigiénicos, que pululan en el país y que se anuncian por los postes, proponiendo soluciones al “atrazo” menstrual y quién sabe cuántas sufrirán los estragos de abortar en esas condiciones y cuántas querrán poner fin a su vida al no encontrar otra salida.

El año 2014, se denunciaron 3,149 violaciones. El 78% de ellas las sufrieron menores de 18 años, y en este grupo, un 6% afectó a menores de entre los cero y cinco años. La gran mayoría de violaciones a menores de edad no ocurre en la calle ni en lugares oscuros donde un monstruo desconocido las acecha. La mayoría ocurre en sus casas, en el colegio, en la iglesia, y son ejecutadas por hombres que debían protegerlas, a quienes están unidas por lazos de confianza: El padre, el tío, el primo, el padrastro, el cura, el profesor, que, abusando del poder que tiene sobre los niños, niñas o adolescentes, las somete al abuso, infundiéndoles, además, miedo, o chantajeándolas para que mantengan el silencio. Hombres como William Gonzales, que violó y embarazó a su hija de trece años, o como el capellán del colegio privado San Alfonso, de la Congregación de los Padres Redentoristas, en el distrito de Ate, quien violó a un menor de edad, por lo que fue condenado a 35 años, o como el profesor Juan Herrera Segovia,director de la Institución Educativa Primaria 101013 de Tucopampa, que fue encontrado por los ronderos, durmiendo con una alumna de solo doce años. Son así de cercanos los violadores.

Podemos ver que las cifras que nos señalan las instituciones oficiales son de terror, y aunque nos dan una idea de la magnitud dela situación que viven tantas mujeres, niñas, niños y adolescentes, podemos también dimensionar que deben ser muchos más los casos, pues un buen número de víctimas, por diferentes razones, no se atreve a denunciar o no tiene posibilidades de hacerlo.

Esto sucede todos los días, en nuestras propias casas, escuelas e iglesias, por lo que debería haber campañas de sensibilización, presupuesto para facilitar espacios y modos de denuncia, apoyo terapéutico a las víctimas, casas de refugio, etc. Sin embargo, de esta situación se habla principalmente en páginas policiales, en el interior de los diarios, a modo de escándalo, o cuando sirve para poner en evidencia a algún político de turno. Es el caso del candidato a la presidencia, Cesar Acuña, a quien se ha denunciado por haber tenido relaciones sexuales conuna alumna de su academia, cuando ella tenía 16 años y él 33, configurando un delito, según la legislación de ese entonces y de ahora, pero que está siendo suavizado por sus coidearios y aliados, quienes ven en el asunto un “error”, como lo ha mencionado a los medios el pastor Humberto Lay, flamante aliado del candidato, aquel mismo que se opone tenazmente a la despenalización del aborto por violación:

“El tema del hijo que tuvo de una señorita, cerca de 30 años atrás, fue aclarado que no fue violación. Él cumplió con su responsabilidad, pero, ¿ahora quién no comete errores?, pero algo que sucedió cerca de 30 años atrás no hace a alguien un violador, hay que entenderlo de esa manera y todos cometen errores.”

Mario Deza, abogado del candidato presidencial, señaló, por su parte, que “No pasó de un escándalo, no hubo ningún arreglo ni acuerdo. Fue una relación normal. César Acuña cumplió con su hijo”. Mientras tanto, John Fernández, vicepresidente del partido de Lay, nos ilumina con una justificación antropológica, señalando que: “En las provincias, esas situaciones se dan a cada rato y no son mal vistas. Tampoco podemos exagerar. No estamos avalando, pero la cosmovisión en la provincia es diferente a la cosmovisión de la capital”.

No cabe duda de que el patriarcado está vivito y coleando, cuando se recurre a justificaciones de este tipo frente a hechos que encarnan delitos; que son una expresión del poder que se ejerce contra menores de edad, más reprochables aún cuando se dan en el marco de relaciones de confianza. Considerar sólo errores a situaciones como ésta es lo que alimenta la impunidad y la continuidad de las violencias que viven nuestras niñas, que quedarán marcadas para siempre, pues muchas de ellas mantendrán en secreto lo que les sucedió, intentando borrarlo de su memoria.

Miles y miles de los mal llamados errores se realizan cada año;miles y miles de vidas destrozadas; impunidad consumada. Pero así como es execrable que se intente justificar un delito cometido, calificándolo de error, es también condenable que lo que ocasiona tanto dolor y debería movilizar a todo el mundo, para que no pase, para que nuestros niños y niñas no tengan que sufrir tanta violencia, sea utilizado únicamente como arma política para hacer bajar en las encuestas a un candidato. La lucha contra la violencia hacia las mujeres en todas sus formas debería ser clave en las diversas plataformas políticas que están en este momento preparándose para participar en las elecciones. Cabe preguntarse qué proponen, frente a las diversas formas de violencia, la candidata Keiko Fujimori a quien se le recuerda constantemente que no hizo nada por defender a su madre, violentada por su padre. ¿Qué nos dicen el candidato Alan García, a quién también se le ha recordado el maltrato público sufrido por su esposa, cuando él presentó a su hijo concebido fuera del matrimonio, y elcandidato Alejandro Toledo, cuya negativa durante un tiempo a reconocer a su hija cubrió páginas y páginas de diarios?

Las próximas elecciones son un buen momento para que se ponga en la palestra pública y se debata lo que significan este terrible panorama y las implicancias de la violencia contra las mujeres, niños y niñas. Es una oportunidad de que se planeen propuestas serias para enfrentarla, en un país que ocupa el tercer lugar en el mundo en denuncias de violación sexual en la pareja; en un país en el que tener relaciones sexuales con una menor de edad, con una diferencia de 17 años, que queda embarazada, se señala como “normal”, se justifica como parte de supuestas “cosmovisiones” o como un error que se aliviana porque se cumple las responsabilidades con el hijo. No, no podemos aceptar estas situaciones como normales. No lo son y hay que denunciarlas. No podemos aceptar ningún tipo de violencia como errores que pueden ser reparados. No podemos aceptar que miles y miles de peruanas sigan siendo violentadas cotidianamente. ¡Es tiempo de actuar!

Por Rosa Montalvo Reinoso