enero 29, 2016

Colonialismo e ignorancia



En su texto La Sal de los Cerros, Stefano Varese da cuenta de una crónica del etnólogo alemán Gunter Tessmann sobre los indígenas asháninkas publicada en 1930, en que dice:

“Alguna vez me parecía estar frente a un simio antropomorfo altamente evolucionado en la naturaleza, tan poco era capacitado para entender el cerebro del indígena, los hechos, dados claros y sencillos. […] esta tribu campa se civilizará muy lentamente y debido solo a la extensión de la población de piel clara. […] el Campa no tiene civilización del todo […] y la mayoría es salvaje por completo.”[1]

Esta mirada sobre la población que habitaba estos territorios fue en buena medida lo que justificó el despojo y el sometimiento de los pueblos indígenas amazónicos y andinos que habitaron nuestro país en ese entonces.

Pasados cientos de años de esas crónicas, sin duda las mentalidades coloniales siguen viviendo en muchas personas que parecen detenidas en la historia y ancladas en el pensamiento de los primeros colonizadores y siguen reproduciendo esas miradas, avalando los nuevos despojos que están viviendo los pueblos indígenas en la actualidad. Pretenden seguir negando los derechos que les corresponden gracias a las luchas de los propios pueblos, porque hay que decir, que los derechos que exigen los pueblos indígenas han sido conquistas realizadas por ellos mismos, muchas veces a costa de la vida de sus integrantes.

En el Perú, el país de la marca con logo que parece significar mala suerte, según algunos entendidos, precisamente tenemos la mala suerte de mantener las continuidades racistas y discriminatorias que justificaron el despojo. Así tenemos que mientras, en una especie de juego esquizofrénico, se mantiene el desprecio a los hombres y las mujeres indígenas, se los muestra como parte de la fotografía que acompaña al logo de Marca Perú junto a alguna zona arqueológica o a una llama, como si fueran objetos de decoración. Aunque no puede decirse que no se hayan dado cambios y no se esté haciendo algunos esfuerzos para combatir el racismo y la discriminación, es lamentable cómo aún está tan presente y aparece con tanta claridad en los medios, en la pluma de periodistas que sin ningún remordimiento lo exponen. Uno de los ejemplos más patentes es el señor Aldo Mariátegui, cuyo abuelo, que escribiera con tanta preocupación sobre el “problema del indio”, seguramente debe removerse en su tumba. Hace unos días, en su columna de opinión en Perú 21, dijo al referirse a la consulta previa:

“Esta ‘consulta previa’ es un integral negocio magnífico para la izquierda, por lo que es natural que la defiendan y promuevan tanto: permite manipular masas ignorantes, practicar lenguaje demagógico, poner a los gobiernos a la defensiva, crear un nuevo actor social (los indígenas) clientelista, atomizar el poder, obtener protagonismo político en la toma de decisiones, controlar la riqueza y, no menos importante, darles ocupación e ingentes recursos a sus ONG. Disfrazan este absurdo plebiscito vecinal como ‘derecho humano’ para sacralizarlo y lo eternizan, con su dorada burocracia roja de la OIT, como un tratado.”

Es claro que estas apreciaciones, a más de demostrar desconocimiento o ignorancia sobre lo que es la consulta, al llamarla “plebiscito vecinal”, son la continuidad del pensamiento de los cronistas de la época colonial, así como de las argumentaciones contenidas en los escritos del ex presidente y hoy candidato a la presidencia Alan García, denominados “síndrome del perro del hortelano”, en donde también aludía a la supuesta ignorancia de los indígenas para justificar su política de apertura a las grandes inversiones en territorios indígenas. Al igual que en la colonia, se intenta sustentar la negación de los derechos de los pueblos manteniendo las mismas narrativas que se han interiorizado en el imaginario de grandes sectores de la población y que se expresan en el racismo y el endoracismo tan presente cotidianamente.

Como un indicador de un nuevo tiempo, la respuesta vino tanto desde las organizaciones de pueblos indígenas como de instancias gubernamentales. La Organización Nacional de Mujeres Andinas y Amazónicas el Perú (ONAMIAP), por ejemplo, publicó un pronunciamiento, condenando “ todo tipo de discriminación y vulneración de nuestros derechos reconocidos y respaldados en mecanismos internacionales como el Convenio 169 de la OIT, ratificado en nuestros país y que tiene rango constitucional, y la Declaración de las Naciones Unidad sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas”. El Ministerio de Cultura también se pronunció firmemente en relación a esta columna señalando que:

“Los adjetivos utilizados en el artículo en mención para referirse a la población indígena de nuestro país están basados sobre prejuicios racistas que fomentan discursos de odio, la perpetración del racismo y fomentan la conflictividad social. En ese sentido, recordamos que el artículo 323° del Código Penal vigente tipifica y sanciona el delito de discriminación, que describe entre otras manifestaciones, como el promover en forma pública actos discriminatorios, por motivo de identidad étnica y cultural, con el objeto de anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos de la persona.”

Obviamente por la prepotencia y el desprecio del periodista expresado en su artículo, no iba a dar una respuesta a las organizaciones indígenas que se pronunciaron, mas sí respondió a este pronunciamiento, seguramente porque la Ministra es considerada de su clase. Sin embargo, lo hizo lanzándose contra la funcionaria Gabriela Pariona a la que llama “calichina burócrata caviar”, para quitarle autoridad y subalternizarla, insistiendo en explicar a qué se refería con “masa ignorante”, en un obvio abuso a la inteligencia de la ciudadanía, e intentando de todos modos zafarse de la acusación de racismo. Refiriéndose al DRAE, afirma que uno de los significados de la palabra ignorante es “Que carece de cultura y conocimientos, término descriptivo y no peyorativo para masas que a menudo carecen, lamentablemente, de conocimientos básicos (alfabetismo, escolaridad)”. Vuelve aquí a expresar, como sin querer queriendo, su visión discriminatoria sobre los pueblos indígenas, al ligar conocimientos con escolaridad, demostrando su ignorancia sobre lo que es conocimiento y cómo todos los pueblos tienen sus sistemas de conocimientos que van construyendo en su propio contexto y que expresan valores, prácticas, ideas, formas de entender el mundo y que en el caso de los pueblos indígenas han permitido mantener la diversidad cultural y biológica que tanto apreciamos.

Por eso, habría que recordarle permanentemente al periodista lo que quizá ignora, que cuando saboree un rico plato Novoandino, debe saber que la base de esa culinaria son los productos que amorosamente han cuidado y criado hombres y mujeres indígenas andinos y amazónicos y que ahora combinados con otros elementos y conocimientos hacen posible que podamos disfrutar de ellos. Y habría que hacerle conocer al periodista otras que parece ignorar y es que los pueblos indígenas han estado aquí desde antes de la llegada de los colonizadores, que hace rato son un actor social que exige derechos y que afortunadamente, pese a los intentos de integración homogenizadora e incluso de desaparecerlos, como sucedió con los Matses a quienes lanzaron Napalm en el primer gobierno de Belaunde, y pese a la guerra interna que desangró a tantas familias indígenas por la insania de los subversivos y de las fuerzas armadas, son colectivos de ciudadanos y ciudadanas que exigen el respeto a sus derechos individuales y colectivos, a sus culturas y modos de vida, representación política, iguales oportunidades, el derecho a existir como cualquier peruano o peruana. Es urgente que se supere la ignorancia tan profunda sobre los pueblos indígenas, que se condene con firmeza el racismo y la discriminación a la que se ven sometidos y que no se deje pasar nunca más el tratamiento despectivo hacia ellos en los medios masivos de comunicación.


Por Rosa Motalvo Reinoso

[1]Varese Stefano, La sal de los cerros, Fondo Editorial de la Casa de las Américas, La Habana, 2011, p. 172