febrero 14, 2016

Abrir amores, ¿cerrar fronteras?



Vivimos en un sistema que nos dice que la llegada de “la otra” nunca es una buena noticia, que la otra no tiene derecho a estar. El pensamiento monógamo y la xenofobia comparten el pánico ante la alteridad.


Collage de Señora Milton

Hoy es 14 de febrero, San Valentín, y la fecha pide que hablemos de amores. En mi caso, de monogamia y de cómo repensamos un sistema amoroso que nos llena de alegría pero también nos hunde en violencias, en traiciones y en exclusiones. Hoy toca hablar de poliamor, de anarquía relacional, de abrir los amores y abrirlos bonitos.

A las fronteras de la Unión Europea, a Eslovenia, Ceuta o a la isla de Lesbos, hoy, 14 de febrero, también llegarán miles de personas refugiadas y migrantes que vienen huyendo de desastres infinitos, de guerras con bombas y guerras con expolios económicos, guerras coloniales, aún, orquestadas por una comunidad internacional que solo atiende a intereses estratégicos, económicos y militares.

La monogamia no es una práctica sino un marco de referencial y una forma de pensamiento que opera en la esfera privada y en la construcción grupal

Pero hoy no toca hablar de esto, no toca hablar de fronteras sino de amor. Y, sin embargo, tal vez sea un buen día para recordar las implicaciones profundas que conlleva la afirmación de lo personal como político y preguntarnos hasta dónde llega nuestro pensamiento crítico amoroso. Hasta dónde nos atrevemos a llevar nuestra afirmación rotunda de la deconstrucción monógama y del amor romántico. Qué sentido tiene, más allá de nuestras vidas privadas, que nos estemos jugando el corazón y los afectos en construir otras formas de relacionarnos.

El pensamiento monógamo

La monogamia no va de números, no va de cantidad. Si así lo creemos es por un error de la antropología (eurocéntrica y androcéntrica) que la definió en oposición a otras formas de relación sin poner nunca el foco en las dinámicas sino en la cantidad de personas involucradas. Desde esa base afirmamos que la monogamia son dos personas y la no-monogamia son más de dos (a menos que sean musulmanas, que entonces ya le damos otro nombre y nos parece fatal).

En esta obcecación por la cantidad perdemos de vista que la monogamia no es una práctica sino un marco de referencial, el marco monógamo, y una forma de pensamiento: el pensamiento monógamo que opera, además, en la esfera privada y en la construcción grupal. Un pensamiento monógamo que rige los amores y que rige las fronteras.

De toda la constelación de ideas que operan en el pensamiento monógamo, hay dos que remiten tanto a la inmensa dificultad para tener relaciones sexo-afectivas múltiples, como al maltrato que estamos dando, como sociedad, a eso que definimos como la alteridad: entre otras, a las personas refugiadas y migrantes: el miedo (el terror) a la pérdida y el reflejo defensivo de la exclusión.

Construimos parejas de manera identitaria, con unas fronteras cerradas y herméticas. Somos pareja, no estamos en. Esa forma de construcción, lo sabemos, responde también a la necesidad de refugio frente un mundo inmisericorde; desde refugio económico frente al capitalismo salvaje, hasta refugio emocional frente al inmenso supermercado de los afectos en el que vivimos, pasando, entre otros, por el refugio sexual frente a la hipersexualización instrumental de los cuerpos de usar y tirar y, paralela y paradójicamente, frente a la penalización de la sexualidad (el monosexismo, la castración de los deseos no normativos, el castigo de la experimentación, la zorrofobia…).

Romper la monogamia es dinamitar las fronteras, porque son un artefacto de represión, de odio, de miedo. Las fronteras no nos protegen; crean el peligro

Y, sin embargo, a fuerza de vivir buscando cobijo, hemos perdido de vista cuál era el peligro del que estábamos huyendo. Si era la soledad, las relaciones exclusivas no nos protegen, pues esa misma exclusividad impone un régimen jerárquico sobre todas las demás posibilidades de relación que quedan minorizadas en un segundo término en el mejor de los casos. Si es la desvinculación, no es la exclusividad la que garantiza el vínculo o su permanencia, sino el compromiso mismo, que puede ser tan inclusivo de otros afectos como lo es la amistad o la crianza. El miedo a la pérdida no se resuelve cerrando las fronteras para evitar la llegada de esa alteridad amenazante, porque las fronteras son apenas un cortafuegos que jamás se sostiene por mucho tiempo. El miedo a la pérdida se resuelve apagando el fuego. Desactivando la amenaza. Desactivando la idea de alteridad como amenaza.

¿Estamos hablando, pues, de amores, o estamos hablando de estados?

Estamos hablando de vida, de la manera en que nos posicionamos en la vida, de la manera en que el pensamiento monógamo, basado en el exclusividad y en la exclusión, nos atraviesa por entero, desde lo privado a lo grupal, a lo común.

La posibilidad de relacionarnos desde dinámicas no-monógamas desencadena el pánico a la alteridad. Esa “otra” que viene a robarnos nuestra tranquilidad, nuestro bienestar, nuestra cotidianidad, nuestra comodidad, nuestra seguridad. Que viene a competir con nosotras y a quitarnos la centralidad, el privilegio y el poder que nos confiere la centralidad. Que viene a ponernos en peligro. Y ahí sacamos lo peor de nosotras. Como afirma la cultura popular, en el amor como en la guerra todo vale. Y vale todo: el combate, el ataque, la violencia y la autoviolencia. ¿Cómo se llega a asesinar a tu pareja o expareja bajo la coartada de los celos? ¿Cómo se llega a asesinar a “la otra”? ¿Cómo nos autolesionamos por amor o desamor? ¿Cómo nos infligimos tanta violencia o cómo aceptamos tanto maltrato bajo la excusa del amor?

Esa “otra” que viene a destrozarnos la vida también son las refugiadas y migrantes. Que vienen a entorpecer nuestra tranquilidad, a poner en riesgo nuestra placidez, nuestras buenas costumbres, nuestra cultura, nuestra identidad, nuestra riqueza, nuestro estado del bienestar… Y en esa guerra, como en el amor, también todo vale. La infamia de confiscarles sus objetos de ¿valor? como está sucediendo en Dinamarca (medida a la que deberíamos responder de inmediato con un boicot implacable a los productos daneses), la brutalidad de dispararles mientras naufragan como hace el Estado español en su frontera sur, o de cachondearnos de sus muertos, incluso de sus niños muertos, en nombre de una libertad de expresión que no es más que la misma brutal violencia ejercida a través de los medios de comunicación, por poner solo algunos macabros ejemplos.

En la Europa de la troika, ¿nos hemos parado a pensar cuántas nuevas posibilidades de resistencia contra la brutalidad traen consigo esas refugiadas?

Está claro que no todas matamos a nuestras amantes ni todas disparamos en las fronteras. Pero el sistema está ahí, y lo llevamos incrustado en todas las parcelas de nuestra vida. Y es un sistema que nos dice que la llegada de “la otra” nunca es una buena noticia, nunca nos aportará energías nuevas, conocimientos nuevos, puntos de vista nuevos, vínculos nuevos, nunca nos hará mejores, ni más felices, ni más reales, ni más luminosas, ni más alegres. Un sistema que nos dice que la otra no tiene derecho a estar.

En la Europa de la decadencia, del capitalismo salvaje, de los mercados como amos y señores, de la troika, de la pauperización, de los desahucios, de la violencia a todos los niveles contra una población cada vez más contra las cuerdas, de la cultura hipster del refrito y del vintage, ¿nos hemos parado a pensar cuántas nuevas posibilidades de resistencia contra la brutalidad del mundo traen consigo esas refugiadas? ¿Cuántas alianzas se están perdiendo? ¿Cuántas posibilidades de vínculo estamos dinamitando, para hoy y para los siglos a venir? Cuando vislumbramos, horrorizadas, también el epistemicidio perpetrado en lo que hoy llamamos América, todas las formas de conocimiento que se perdieron, que exterminamos, junto con las vidas y las memorias de esas vidas, ¿somos conscientes de lo que estamos diciendo, a nivel de pensamiento, de conocimiento, de cultura, cuando decimos Siria? Aunque solo digamos Siria ¿entendemos la dimensión de lo que estamos diciendo?

Romper la monogamia de las fronteras

Romper la monogamia es, principalmente, dinamitar las fronteras, la idea misma de la necesidad de fronteras. Dinamitarlas conscientes de que son un mero artefacto de destrucción, de represión, de odio, de miedo. Las fronteras no nos protegen, sino que crean el peligro. El fantasma mismo del peligro. Romper la monogamia es generar nuevas formas de relación: no multiplicar las mismas formas, sino dinamitarlas para crear nuevas formas de vínculo basadas en la inclusión, en el derecho y la necesidad de estar, de vivir, de pertenecer, de construir, de cultivar juntas.

El reto, para nosotras que nos nombramos poliamorosas, que nos nombramos no-monógamas, es elaborar un nuevo sentido del vínculo y un nuevo sentido de la libertad que escape de las garras del neoliberalismo, que retome la consciencia del estar-en-el-mundo, de la mezcla, del mestizaje, de la contaminación cruzada como potencia de vida. Un sentido del vínculo que nos reconozca menguadas sin la presencia de esa otra que nos negamos a pensar como amenaza y que queremos como compañera de la que aprender y a la que incluir en nuestra vida, en nuestro mundo. Esa “otra” que en lo concreto se materializa en los cuerpos y las vidas de las amantes, de las refugiadas, de las migrantes.


Por Brigitte Vasallo
Fuente: Pikara