febrero 21, 2016

La maternidad obligada


Ilustración: Barbijaputa

El otro día, El País publicaba una noticia que vendía en Twitter con esta frase: “Estas mujeres esperaron demasiado para decidir ser madres y han tenido que renunciar al sueño de acunar a su bebé”. La entradilla de la noticia rezaba: “El retraso de la maternidad aboca a los interesados a tratamientos de fertilidad; un 10% no lo logra”. En el desarrollo de la noticia cuentan la historia de varias mujeres de ese 10%. Mujeres que, tras largos y angustiosos tratamientos, no lo consiguieron.

Ninguno de los ejemplos de personas traumatizadas por la imposibilidad de tener hijos es un hombre. Ni en este artículo ni en ninguno. Jamás. Los hombres no se obsesionan con ser padres. Su papel se reduce en estas noticias a ser siempre los silenciosos acompañantes de ellas.

¿Hay hombres que quieren ser padres? Por supuesto. Muchos. ¿Están hechos de otra pasta entonces y por eso nunca caen en profundas depresiones cuando no lo consiguen? Obviamente no. ¿Debemos buscar en la biología la razón por la que la mujer sufre tan profundamente cuando comprueba que jamás será madre? Obviamente, tampoco.

La construcción de la maternidad es, sin que lo percibamos, especialmente cruel. Una construcción que empieza cuando somos apenas unas crías, con “juegos” como bebés de juguete a los que alimentar y pasear en carritos, mientras a los chicos les regalan balones tras los que correr o coches teledirigidos con los que hacer el cafre libremente. Si ya desde niñas nos enseñan a practicar los cuidados, a dar amor y ensayar a vestir y desvestir, acunar y dormir a muñecos de plásticos, ¿cómo podrían ser ellos los traumatizados? ¿Cómo van a ser ellos los deprimidos si nunca son la diana de los ‘¿cuándo vas a ser padre?’, ‘¿a qué esperas para tener un bebé?’, ‘mira que se te va a pasar el arroz’?

Lo cierto es que con un tratamiento psicológico posterior, las afectadas terminan aceptando la realidad y siguen con su vida, como cuenta también el artículo. Quizás la psicología deberíamos aplicarla antes y pensar en la maternidad como una opción y no como una obligación. Pero, ¿cómo hacerlo cuando la decisión de no ser madre está tan estigmatizada? ¿Cómo desprenderse de la idea de que no estás completa en la vida si no consigues concebir, amar y educar a un niño o una niña? ¿Cómo desaprender lo aprendido si en nuestra sociedad sólo están permitidas las ovaciones a la maternidad y se censura todo aquello que tenga que ver con madres arrepentidas? ¿Cómo conseguimos tomar una decisión libre sobre esto si jamás oímos a las mujeres que tuvieron hijos creyéndolos la clave para su felicidad y realización personal pero que se encontraron con que nunca estuvieron relacionados? ¿Cómo acabamos con esta cuenta atrás que tenemos pegada en el vientre y que, cuantos más años cumples, más fuerte suena?

En el artículo de El País hablan de mujeres que aseguran que si pudieran dar marcha atrás tendrían un bebé a los 25 pero, ¿por qué nunca se habla de las madres que aseguran lo mismo pero al revés?, ¿por qué no se puede hablar de las que se quedaron embarazadas sin saber distinguir lo que querían de verdad de lo que les hicieron creer que querían?, ¿cómo ser impermeable al bombardeo pro-maternidad si las mismas mujeres que fueron madres por inercia, por convención o incluso para “salvar” un matrimonio, se autocensuran en público al hablar de su experiencia?

De la misma forma que la maternidad es obligada, también es obligatorio que te guste una vez eres madre. Prohibido confesar que la maternidad te supera, que no sabes realmente por qué tuviste hijos. Que ahora no entiendes esa necesidad de que todas seamos madres, como si fuéramos pocos, como si el mundo se fuera a acabar. Prohibido replantearte en voz alta que quizá, si esperaste tanto para concebir porque querías trabajar, viajar y no tener obligaciones, era porque ésas eran tus prioridades y no la maternidad. Estas confesiones has de hacerlas en petit comité, entre amigas (y no cualquier amiga). Si no eres una madre que ama a sus hijos el 100% del tiempo, que nunca duda de por qué los tuvo, mejor cállate. Si cuando te sobrepasa la carga que supone tener hijos, fantaseas con cómo hubiera sido tu vida sin ellos, eres una mala madre, y por tanto, la persona más despreciable del mundo. Como dice Beatriz Gimeno, porque la mala madre es la peor imagen que cualquier cultura reserva para algunas mujeres, las peores; nadie quiere ocupar ese lugar”. El padre sí, él pueden fantasear lo que quiera, nadie espera gran cosa de él. Más que eso, a nadie sorprende un padre que abandona a sus hijos y no vuelve a verles el pelo. Pero ¿ellas? Ellas relegan su ocio, su deporte favorito y su papel de amigas, hijas, hermanas, porque ya son madres.

La culpa por no estar completamente entregada a la tarea de criar deja a muchas mujeres atadas a un único rol: el de madre. Y creo que cualquiera que lea estas líneas tiene ejemplos a su alrededor, si no en sí mismas. He visto esa culpa en mis abuelas, en mi madre, en mis tías, en mis amigas. En lo amorosas que se supone que deben ser, en lo poco que pueden fallar. La culpa que ya no las deja irse a pasar un fin de semana a la playa o a la sierra con el resto de amigos, como han hecho toda la vida. Ni qué decir de viajes más largos.

Noticias como las de El País, ayudan a aumentar la ansiedad en las no-madres. En mí misma. Casi siempre creo que no quiero ser madre, pero ese “casi siempre”, ¡ay!, ¿estoy realmente segura?, ¿me voy a dar cuenta demasiado tarde de que realmente la maternidad es lo mío?, ¿voy a sufrir como esas mujeres?, ¿debería congelar óvulos?, ¿debería tenerlos por si acaso y ya luego veo qué hago con mis contradicciones? Al fin y al cabo me gustan los niños, me pirran, se me cae la baba. Claro que… los niños crecen, pocos años dura la dulzura, es fácil que mi bebé se convierta en un adolescente insoportable, yo misma lo fui. Bueno, a ver, ¿y si tengo el crío y dejo de razonar tantísimo y de pensar a tan largo plazo? ¡Mira esas pobres mujeres! ¡Esperaron demasiado!

En la misma noticia, una de las historias que cuentan es la de una mujer que sí pudo concebir un hijo, pero no corrió la misma suerte cuando decidió ir a por el segundo: “Tenía 41 años y me deprimí muchísimo. Estábamos en la playa, mi marido jugando con nuestro hijo y yo no podía parar de llorar. Era una lucha interna enorme”. ¿En serio? Lejos de querer criticarla a ella, cuestiono al medio que la pone como ejemplo del trauma de no poder concebir. Esa mujer es ya madre. ¿Cuántas mujeres siendo ya madres caen en depresión porque no pueden concebir aún más? No deben de ser pocas, de eso estoy segura. ¿Estamos normalizando de verdad que una ya-madre no pueda disfrutar de su hijo porque sólo puede pensar en los que no tiene? ¿Normalizamos eso pero no el hecho de que las mujeres pueda decidir no ser madres sin ser estigmatizadas?

Por Barbijaputa
Fuente: Pikara