marzo 05, 2016

El matricarcado en Celtiberia




La comida de Margarita tiene el don de abrir el cofre de los recuerdos creados antes de nacer. Cuando esta mujer se levanta de madrugada para hacer el pan de escalda como lo hacía su abuela siente paz, que transforma su velada en un acto de alquimia. Primero enciende el fuego con la leña recogida en el monte, sopla las brasas y pone sus manos sobre las llamas hasta que el calor le transporta a otros momentos vividos o no vividos. Después coge la masa de pan y lo tapa con cenizas calientes, hojas de roble y restos de matanza. Durante doce horas la masa se transforma en pan, y cuando está en su punto emite un sugerente sonido como si a través de él hablaran las mujeres que cocinaron durante generaciones en este mismo horno y ahora bendijeran sus frutos. Por eso en el mismo instante en que Margarita prueba el pan los recuerdos entran en ella a borbotones junto con el sabor que llegó a ella cuando estaba en la barriga de su madre y regresa a la cocina de su abuela donde aprendió a vivir.

-Los sabores me hacen vivir una especie de regresión. En mi cultura la mesa es el sitio en el que se junta la familia y se transmiten los valores. En torno a la mesa a mi me enseñaron el valor de la cosecha, el valor de comer lo que cultivo, el valor de aprender lo que me enseña el lugar en el que vivo; la amistad-, nos dice poco después de conocernos mientras nos invita a probar sus migas caramelizadas que obligan a cerrar los ojos. Las migas se deshacen y el sabor me llega como si también formara parte de mi.

-El que come de mi plato y bebe de mi vaso es mi amigo -dice a modo de bendición.

Margarita es una mujer fuerte, poderosa, plena y todo lo cierra con una fuerte carcajada; ella es la última mujer mayo de una familia vaqueira asturiana en la aldea de Cuerigo. Desde niña supo que era la encargada de aprender la sabiduría y los saberes de su abuela y transmitirlos a su propia nieta en el más puro estilo matriarcal. Y así, apegada a una red milenaria, ha construido su vida. Sin embargo, al verla, nadie lo creería: tiene poco más de cincuenta años, lleva pulseras del Sahara Oriental y pendientes que vienen de Turquía, ropas negras ajustadas en la que se lee Show girls, su pelo es liso y lo lleva peinado a capas, sus ojos son castaños maquillados con una raya verde oscura. Es abuela y tiene muy en cuenta la luna.

-La luna es fundamental para todo en especial para nosotras, las mujeres. La luna llena nos trae reglas abundantes, creatividad, intuición y por eso las mejores ideas las pienso en luna llena. Aquí siempre estamos pendientes de la luna para los trabajos de la tierra. Desde que tengo uso de razón salgo a tomar la luna, a pasear bajo ella y verla entre los árboles. ¡Me encanta!- cuenta, mientras varias mujeres del pueblo vienen a nuestra mesa para preguntar a Margarita qué han de hacer en la próxima fiesta de la matanza; después la abrazan, nos sonríen y se van.

-Me enseñaron que a la tierra hay que tratarla con cariño y agradecer lo que nos da. Recuerdo que mi abuela decía que la tierra es generosa y nos lo da todo, que es como una mujer: Tiene estaciones al igual que tenemos estaciones nosotras con nuestros ciclos menstruales y en toda nuestra vida. En primavera me siento explosiva al igual que la tierra estalla. Sin embargo en otoño te metes más en ti misma y recoges los frutos. Vivimos en función de la luz, del clima; de las estaciones. Las mujeres somos lo más inmediato a la tierra porque la tierra es mujer. Nosotras actuamos para hacer las cosas posibles, para ser consecuentes con el medio en el que estamos -dice, y se detiene para probar una cucharada de migas dulces, después se ríe con ganas de su propia solemnidad y sigue adelante:

-Cuando era niña mi madre me dijo: "Hija, tienes que aprender a escuchar para luego contar". Y mi abuela me dijo: “Tú fuiste escogida para quedar conmigo”. Y me quedé aquí con mi abuela. Ahora mi mundo es mi vida; para mi el sentido está en encontrar placer en todo lo que me pone en mi sitio. Por eso yo creo mi propia felicidad, y yo me sonrío. Mi religión es ayudar a los demás.

Margarita corta dos grandes pedazos de pan de una gigantesca hogaza de trigo de escalda que ella misma ha hecho esta madrugada, lo mete en dos bolsas y nos lo regala a modo de despedida. Mientras lo hace caigo en la cuenta de que en la mitología gaélica muchas de sus deidades femeninas tenían las cuatro caras de las estaciones del año y de toda mujer: la doncella, la madre, la sabia y la anciana, que se correspondían con la exuberante primavera, el fructífero verano, el otoño de recogida de frutos y el invierno. Entonces, solo entonces, caigo en la cuenta de que Margarita a sus cincuenta años, tan fuerte y llena de sabiduría, también debe ser una diosa celta.


El presente texto forma parte del libro 'Tierra de mujer. Legado matriarcal', de Elena García Quevedo, editado en Libros.com. Se trata de un viaje a través de lugares, en Egipto, Turquía, Colombia, India, Nepal y España, con memoria matriarcal en busca de la alegría perdida. La reedición mediante 'crowdfunding' está en campaña. Mas información aquí.

Por Elena García Quevedo
Fuente: El País
Imagen: viejas fotos del modo de vida tradicional de las vaqueiras, vía Hispania Profunday Territorio museo