marzo 06, 2016

“Las multinacionales financian el conflicto del Congo para conseguir los minerales”



Alcatel, Ericsson, Siemens o Nokia son empresas punteras en telefonía móvil. Todas se encuentran cada año en el Mobile World Congress de Barcelona, la convención más importante del sector. Pero, detrás de nuestros móviles, ¿qué se esconde? La periodista congolesa y defensora de los derechos humanos Caddy Adzuba, denuncia entre amenazas las consecuencias de la explotación ilegal del coltán.

Si trazamos el camino inverso de la producción, inevitablemente, llegamos a la República Democrática del Congo, que concentra el 80% de las reservas mundiales de coltán, un mineral fundamental para la elaboración de productos electrónicos. Los recursos minerales juegan un papel clave en la prolongación del conflicto más mortífero del mundo. Una periodista congolesa y defensora de los derechos humanos, Caddy Adzuba, lo ha denunciado, bajo amenazas pero incansablemente, a través de la frecuencia de Radio Okapi y en todo el mundo. En 2014, cuando recogió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, como siempre, habló claro: “Permitidme pedir cuentas a ciertas empresas multinacionales, que, en la búsqueda de sus intereses, han contribuido a asolar a sangre y fuego este grande y bonito país arrebatando la vida a más de seis millones de personas y la dignidad y el honor a más de 500.000 mujeres violadas”.

Fotografías de la entrevista: Ariana Nalda

A menudo, los medios de comunicación olvidamos los conflictos de larga duración, como el de la República Democrática del Congo. Tú convives con él desde el año 1996, ¿qué recuerdas?

Más de seis millones de muertos, mujeres violadas, niños soldado, desplazados… Todos los congoleses que nos quedamos en el este del país, en Kivu, hemos vivido horrores. La guerra es algo que nadie puede desear ni a su peor enemigo, porque deja unas huellas imborrables: todo lo que vivimos y vimos, los familiares y amigos que perdimos… Conocí la primera guerra en 1996, cuando era muy pequeña. La llamaban de liberación, para derrocar al dictador, pero entonces no sabía ni qué significaba. Me levanté un día con el ruido de las balas y las bombas, en medio de una historia confusa que no entendía. Le pregunté a mi padre qué pasaba y me respondió: “Esto es la guerra”. Mi casa fue destruida y mi padre decidió que teníamos que marcharnos porque la ciudad era cada vez más insegura. Comenzamos una marcha a pie y, a veinte kilómetros de mi ciudad, caímos en una emboscada. No entendíamos nada, ni quién luchaba contra quién. Empezaron a disparar contra nosotros y me separé de mi familia. Me fui con un grupo de gente desconocida a través del bosque. Fueron más de 1.000 kilómetros a pie y hasta un año después no pude reencontrarme con mi familia, cuando ya pensaban que yo había muerto.

¿Las circunstancias te empujaron a estudiar derecho y a dedicarte al periodismo?

Cuando volví, muchas compañeras habían sido víctimas de la violencia sexual y otros chicos habían sido enrolados en grupos armados. Volvimos a la escuela y la mitad de la clase ya no estaba. Vivíamos con miedo, nos encerrábamos en casa a partir de las seis de la tarde. No podía soportar vivir así. En esa época, tenía dieciséis años y comencé a pensar qué hacer. Me concentré en mis estudios y me propuse ser jueza para juzgar a los criminales, todos aquellos que se habían llevado a mis amigos. Durante un tiempo, esa fue mi motivación. Después de la huida del dictador, comenzamos un ciclo durísimo de violaciones de los derechos humanos. Cuando ya tenía el bachillerato, pensé que era el momento de movilizarse. Para ser jueza, me faltaban cinco años en la universidad; así pues, pensé en la radio como un medio para denunciar la situación. Empecé a negociar una plaza en la radio nacional y, finalmente, después de insistir durante meses, me cogieron de prácticas. Conseguí algunos espacios para cubrir la violencia sexual contra las mujeres y la utilización de niños soldado.


Finalmente, has conjugado el periodismo y la justicia a través de la Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación del Este del Congo.

He tenido que enfrentarme al machismo y hemos tenido que organizarnos para combatirlo y denunciarlo. La asociación ha presentado casos de violación de los derechos humanos y, específicamente, de violencia sexual ante la Corte Penal Internacional y el Senado de los Estados Unidos.

Aunque para la resolución de conflictos es imprescindible abordar las causas, del conflicto en la República Democrática del Congo ¿conocemos más las consecuencias?

Podemos comparar una guerra a una situación de enfermedad. Cuando estamos enfermos, no podemos curar solo el síntoma, no podemos siquiera controlar la fiebre, sino que tenemos que buscar el origen, la causa de la enfermedad, para combatirla. Cuando sepamos de dónde viene la fiebre, podremos curar. Asimismo, si queremos cortar la hemorragia, tenemos que ir a buscar las causas. Podemos trasladar esta ecuación a mi país, donde la guerra no acaba, sino que ya hace veinte años que dura, dos décadas de sufrimiento.

“En todos los países donde hoy en día hay conflictos, se esconden intereses económicos sobre recursos escasos: Siria, Iraq, Colombia, el Congo…”

Las causas de conflicto en mi país son multidimensionales. Hay causas vinculadas a la codicia internacional por los recursos mineros, hay causas relacionadas con el conflicto étnico interno, las hay en relación con la fragilidad política interna y la inestabilidad regional. Cada estructura o actor implicado debe reconocer su responsabilidad en el conflicto. Cuando todos los actores implicados se planteen la pregunta, podremos sentarnos alrededor de una mesa para establecer un diálogo franco y coherente. Mientras esto no pase, solo podemos bajar la fiebre. Vivir un año de paz y cinco de guerra y algunos periodos de calma aparente. Hay niños que han nacido y crecido en la guerra. ¿Qué pueden aportar a su país? Nada. Solo conocen la violencia.

¿El Congreso Mundial del Móvil tendría que ser una oportunidad para ir a las causas?

Vivimos en un capitalismo global, donde todos estamos por detrás del interés económico, también los medios de comunicación. Olvidan que son el cuarto poder y que deberían supervisar a los demás. Para comprender qué pasa, para entender el periodismo que se hace y el que no se hace, tenemos que saber quiénes son los propietarios de los medios de comunicación. Veremos que hay pocos medios independientes. En África, nos hace cierta gracia cuando se enfatiza la independencia de los medios europeos. Si el poder ejecutivo tiene el gobierno, la policía y el ejército, el poder legislativo puede hacer y modificar leyes y el poder judicial tiene jueces y el soporte policial… ¿qué herramientas tienen los medios? No tienen ninguna protección. Nuestro poder es la palabra, la información. Creo que los periodistas no son conscientes de que pueden contribuir a poner fin a una guerra. Y se requiere un cambio de perspectiva para sensibilizarnos ante los conflictos y ser transmisores de paz. Los medios no pueden continuar sirviendo a los intereses de determinados capitalistas de las multinacionales: deben tomar conciencia de lo que pueden hacer y poner a cada uno en su sitio.

¿Qué lugar corresponde a las multinacionales de la telefonía móvil?

En todos los países donde hoy en día hay conflictos, se esconden intereses económicos: Siria, Iraq, Colombia, el Congo… Para fabricar smartphones, se necesitan unos minerales escasos y hay países que los tienen, como el Congo, que es un país inmensamente rico con una población empobrecida. Para hacer los móviles, el coltán es imprescindible. Por eso se espolea la guerra, para extraer este y otros recursos. El mapa de las violaciones de derechos humanos coincide con el de las minas de coltán. Es verdad que las empresas de telefonía pueden decir que nadie las ha visto haciendo la guerra en el Congo, pero está lo que llamamos la mano invisible, existen los inversores de la guerra. Quien financia los conflictos bélicos también es criminal, aunque no dispare con el fusil. Las multinacionales financian el conflicto, los grupos rebeldes, para conseguir los minerales. La ONU impuso un embargo de armas al Congo en el 2003 y, aun así, el país está lleno. Sabemos quién trafica en nombre de quién y, por lo tanto, quien financia la guerra. Lo denuncian informes de organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o las Naciones Unidas. Un informe de la ONU revela el nombre de multinacionales relacionadas con la compra ilegal de minerales, pero, actualmente, el documento está embargado por la presión de las empresas. La gente quiere vivir, pero no puede porque hay alguien que, desde su despacho climatizado, ha decidido que para hacer los teléfonos tienen que haber muertos en el Congo.


¿Qué camino sigue el coltán hasta que llega aquí?

La ruta está trazada y controlada. Hay alguien que financia a los grupos rebeldes, les da las armas y les pide ocupar un pueblo donde están los yacimientos. Los rebeldes tienen las armas y el dinero, ejecutan la orden de su financiador: matan y violan para intentar tomar el control del pueblo. Después, usan a los niños en las minas, convierten los hombres en esclavos y explotan la minería. Venden el producto a un país vecino, que lo envía al mercado mundial.

¿Entonces, países como Ruanda son clave?

Desde hace muchos años, es un país colaborador. Incluso se cita como el primer productor de coltán, aunque nunca ha tenido yacimientos. Por lo tanto, ¿de dónde viene? Efectivamente, del Congo, a través del tráfico ilegal. Y la comunidad internacional se mantiene en silencio.

Para romper el silencio, desde Barcelona, ya hace años que diversas organizaciones y colectivos piden un espacio de debate sobre los impactos de la telefonía móvil. ¿Cómo debe diseñarse la estrategia de sensibilización?

“A menudo, se habla del Congo en Europa, pero se piensa en tácticas típicamente europeas que no funcionarán en África”

Hay un proverbio que dice: si haces algo para mí sin mí, lo haces en mi contra. Porque, si lo haces para mí, tienes que saber cuáles son mis necesidades. Es necesario conocerlas para trazar una buena estrategia que me ayude. Las empresas, de un modo u otro, están conectadas con los minerales de sangre y eso debe conocerse. Hay que sensibilizar y comenzar a trabajar en una trazabilidad eficiente. Como ya hacen muchas organizaciones que trabajan en este tema, tienen que juntarse con las que están en el terreno y conocer lo que pasa. Así, conjuntamente, se puede diseñar la estrategia. A menudo, se habla del Congo en Europa, pero se piensa en tácticas típicamente europeas que no funcionarán en África: no tenemos la misma cultura ni el mismo modo de vivir. Tenemos que reunirnos en una mesa, profundizar en el contexto y encontrar maneras eficaces de abordar el problema.

Los medios de comunicación son clave para visibilizar lo que sucede sobre el terreno, pero a menudo no están. ¿El periodismo congolés hace un buen seguimiento de la guerra?

En el Congo, hemos conseguido desarrollar un periodismo sensible al conflicto. Desafortunadamente, los medios no están subvencionados, pero hemos creado radios comunitarias de la sociedad civil, de proximidad, donde la población se puede expresar. Radio Okapi, donde trabajo, es una frecuencia creada precisamente con el objetivo de acompañar el proceso de paz. El poder político y los intereses capitalistas están detrás de otros medios que se han vendido.


¿Qué rol juega la radio en un país en guerra?

Es el medio más importante. Donde hay un conflicto, a menudo, no hay electricidad y, por lo tanto, no se puede ver la televisión ni imprimir prensa ni consultar Internet. Lo que nos queda es la radio porque podemos comprar pilas. En muchos momentos, la gente dependía de la radio para saber qué estaba pasando. Yo lo experimenté: la radio nos permite vivir durante la guerra.

Precisamente, su capacidad de difusión también puede avivar el odio, como el caso de la radio Mille Collines en Ruanda.

Cabe subrayar el gran rol de la radio en las guerras. La radio puede salvar o matar. Una emisora puede alentarte a matar a tu vecino, como hizo Mille Collines, que transmitía una llamada al genocidio a través del miedo. Nosotros nos salvamos, en 2004, gracias a Okapi y a la RFI. La ciudad de Bukavu estaba asediada y la población llamaba a las emisoras para dar coordenadas exactas y relatar lo que estaba sucediendo. Los testimonios facilitaban información sobre las acciones de rebeldes y alertaban al resto. La comunidad internacional se movilizó. Finalmente, gracias a toda esa circulación de la información, los rebeldes se marcharon una semana después.

En 2010, los Estados Unidos aprobaron la ley Dodd-Frank, conocida como la ley Obama, para evitar que las empresas de los EUA compraran materiales manchados con sangre. ¿Se ha conseguido?

Era necesaria. Ahora contamos con una ley que prohíbe claramente que las multinacionales americanas compren minerales del Congo que no han estado trazados, es decir, que no provengan de un ciclo de extracción controlado. Es un gran paso. Por un lado, esta ley da poder a los defensores de los derechos humanos, a las organizaciones que trabajan contra la explotación minera ilegal. Les facilita una grieta para recurrir a la justicia. Además, soy consciente de que en Estados Unidos hubo una lucha fuerte para conseguirla. Nuestra Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación del Sur de Kivu participó en el Senado norteamericano para defender la ley. En cambio, en Europa, no hay una ley y las multinacionales nos preguntan: ¿en qué norma os basáis para acusarnos? [en mayo de 2015 se aprobó una enmienda para obligar a las empresas a contar con un certificado comunitario que garantice que no incentivan conflictos y abusos de derechos humanos en zonas de conflicto. Todavía no es vinculante porque tiene que pasar por los órganos legisladores de la UE y la Comisión Europea].

También hay minas legales, que son el medio de supervivencia de parte de la población congolesa. ¿En qué proporción?

“A través de un programa de trazabilidad de los minerales, sabemos que, en mi provincia, únicamente es legal un 1% de las 130 minas que hay. El resto son lo que llamamos puntos calientes, donde todavía hay grupos armados.”

Las empresas que necesitan el mineral del Congo deberían estar obligadas a ir sobre el terreno y asegurarse de que consiguen los minerales legalmente. A través de un programa de trazabilidad de los minerales, sabemos que, en mi provincia, únicamente es legal un 1% de las 130 minas que hay. El resto son lo que llamamos puntos calientes, donde todavía hay grupos armados. Por lo tanto, las empresas solo pueden comprar minerales de este 1%, donde no hay niños obligados a trabajar ni mujeres violadas. Este proceso de trazabilidad es lento, pero tiene efectos sobre algunos lugares. El pueblo congolés tiene derecho a hacer extracciones, es su país. Los llamamos explotadores de minerales artesanos, pero tienen que tener permiso del gobierno. Hay un catastro minero que define las zonas donde se pueden extraer los materiales y venderlos de forma legal. Obviamente, también hay congoleses que trafican, financian a los rebeldes y son criminales.

Igualmente, en el Congo, la gente también tiene smartphones.

En el Congo, la telefonía es la herramienta más importante después de la radio. Cada familia tiene, como mínimo, una radio y un teléfono. No deseamos que desaparezcan las empresas fabricantes, pero pedimos que respeten la legalidad y los derechos humanos. El teléfono es una herramienta esencial. Pero no puede pasar por encima de las personas. Las personas primero y los smartphones después.

“En el Congo, violan a las mujeres para destruir la comunidad”. Recientemente, en Guatemala, se ha iniciado un proceso judicial histórico contra la violencia sexual como arma de guerra. En el Congo, lo has denunciado reiteradamente. ¿Con qué objetivo se utiliza?

Para responder, me remonto a la planificación de una guerra. Quien hace la guerra dibuja una estrategia, pero, previamente, estudia a la población, la estructura social. Cuando ha estudiado el entorno, define el ataque. En el Congo, estudiaron cómo hacer la guerra y se dijeron: en lugar de gastar nuestras municiones para matar a las mujeres, las violaremos porque, así, destruiremos la comunidad y, entonces, la podremos someter. En el este del Congo, antes de la guerra, bajo una dictadura, comenzó una crisis económica muy fuerte. No había trabajo y solo los hombres trabajaban fuera de casa. Con la evolución de la crisis, ellos perdieron el trabajo y, por lo tanto, capacidad adquisitiva. Para mantener a la familia, las mujeres tuvieron que ir al campo, hacer intercambios y comerciar. Se hicieron cargo del comercio informal que, afortunada o desafortunadamente, se empezó a desarrollar. La economía del país estaba dirigida por las mujeres: eran las agricultoras, cultivaban y vendían. Ellas alimentaban a la familia y hacían funcionar la economía del país. Los señores de la guerra conocían la situación y planificaron la destrucción de la fuente de ingresos: destruimos a la mujer, sin matarla, y así no podrá mantener a la familia. No nos violan como un acto sexual, nos destruyen para que nos convirtamos en incapaces, enfermas, discapacitadas. Físicamente, después de las violaciones atroces, te tienes que someter a muchas operaciones y poca gente tiene la oportunidad. Además, si una mujer es violada, el marido no lo soportará, es un deshonor. Cuando la familia ya no se puede mantener, cogen a los hombres y a los niños para que trabajen en la mina.


Normalmente, en los conflictos, las mujeres se presentan como víctimas. ¿Qué papel debería jugar el periodismo?

“Los señores de la guerra conocían la situación y planificaron la destrucción de la fuente de ingresos: destruimos a la mujer, sin matarla, y así no podrá mantener a la familia.”

Los periodistas, en la mayoría de casos se focalizan en los hechos y no hacen seguimiento. Se dan cifras de violaciones aterradoras, pero ¿cuál es la situación de estas mujeres, que no son cifras? Nosotros, desde Radio Okapi, hacemos un seguimiento. Cuando sabemos que alguna de estas mujeres ha ido al hospital, vamos para saber qué trato está recibiendo. Acompañamos a la mujer en el ámbito médico. Después de dos meses, nos acercamos para saber cómo se sienten, cómo están superando el trauma. Nos preguntamos qué quieren. Si quieren justicia, interrogamos a los responsables para saber qué medidas se toman. Y hacemos seguimiento de la vida cotidiana de las mujeres, para saber en qué se convierten. Podemos llegar a hacer seguimiento durante dos años. A parte de la denuncia, entendemos que es necesario un programa de autonomización, de ayuda para que pasen a ser mujeres empoderadas. Trabajo con 150 mujeres para eliminar la etiqueta de víctima. Desde el periodismo, hay que hacer un seguimiento de todas las etapas. Las mujeres víctimas de ayer se convierten en activistas.

Texto publicado originalmente en catalán en La Directa.