abril 02, 2016

Marta Lamas. La violencia de género es integral, económica, política y sexual


  • Si no cambiamos la concepción de cómo nos constituimos como hombres y como mujeres no vamos a avanzar mucho: Marta Lamas
  • El desafío es que los seres humanos comprendan que los gustos están troquelados por la cultura capitalista neoliberal
Para Marta Lamas Encabo, formada en la perspectiva teórica marxista y sicoanalítica de la antropología durante los años 70, el género corresponde a la lógica de una cultura que construye ideas sobre la masculinidad y la feminidad a través de un proceso de usos y costumbres que circulan entre los seres humanos y que moldean sus subjetividades. En 1986, la publicación del artículo “La antropología feminista y la categoría ‘género’” en la revista Nueva Antropología marcó la entrada del pensamiento feminista en el campo académico mexicano, donde actualmente la autora se sitúa como referencia obligada.

En entrevista Lamas Encabo expresó estar influenciada también por el antropólogo Pierre Bourdieu y por la propuesta feminista de Nancy Fraser: “Lo que más me convence de Bourdieu es que plantea que lo social está en lo individual y lo individual está en lo social. Es parecido al tipo de antropología que hago yo”.

El género, la transexualidad y los derechos sexuales y reproductivos son las tres líneas de investigación que han marcado la producción académica de la investigadora, mismas que han influido directamente sobre las políticas públicas, como las reformas realizadas a favor de la despenalización del aborto en la Ciudad de México durante el año 2007.

¿Cómo fue tu inicio en el campo de la investigación?

Al principio yo no iba a estudiar antropología, sino economía y me inscribí en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En esa época la mayoría de edad eran los 21 años y yo no los tenía, pero tenía un papá que me dijo: “No vas a estudiar economía porque eso es de comunistas”. Entonces no pude estudiar economía. Después mi papá no quería que estudiara en la universidad pública, sino que estudiara en la Universidad Iberoamericana, esa fue otra pelea. No pude estudiar en la UNAM, tampoco en la Ibero, ¿qué quedaba?, la Escuela Nacional de Antropología e Historia (Enah), que quedaba muy cerca de mi casa.

Durante los primeros dos años yo no sabía si me iba a dedicar a la arqueología, a la lingüística o a la etnología, y fue cuando vivimos el movimiento estudiantil del 68. Dejé la escuela y tardé muchos años en titularme. En el proceso descubrí que me interesaba mucho el tema cultural y finalmente me reencontré con la antropología.

¿Cuáles son los antecedentes teóricos que retomas en tu propuesta de antropología feminista?

Hay un antecedente entre los años 50 y 60 en la escuela de cultura y personalidad de los Estados Unidos, con la antropóloga Margaret Mead, pero básicamente fueron las antropólogas inglesas, estadounidenses y francesas que en los años 70 hicieron una revisión de la antropología para señalar el sesgo androcéntrico que tenía, pues son muchos los estudios de antropólogos clásicos que no toman en consideración lo que hacían las mujeres.

Gayle S. Rubin publica el artículo The Traffic in Women: Notes on the ‘Political Economy’ of Sex en el que revisa planteamientos de Karl Marx y Claude Lévi-Strauss, haciendo una analogía con respecto al tráfico de mujeres que Lévi-Strauss estudió y que implica la organización de las ciudades, su rollo de parentesco, definir cuáles mujeres pueden intercambiarse, cuáles pueden casarse con extraños y cuáles no. A partir de esa regla de intercambio, que es una regla universal y que tiene que ver con el incesto, Gayle S. Rubin planteó que las reglas que la sociedad predispone acerca de cómo deben de ser las relaciones entre hombres y mujeres son reglas que cambian, pero lo que subyace es la necesidad de la reproducción. Por ejemplo, en todas las sociedades los seres humanos tienen hambre y necesitan comer, pero hay sociedades que designan qué y cómo se puede comer. Aunque la sensación de hambre sea colectiva y humana, las reglas no.

Este artículo me puso a pensar a mí y a muchas antropólogas, y el hecho de que la palabra gender designe al mismo tiempo sexo y género. En español el género puede emplearse en el sentido clase, tipo o especie, géneros literarios o géneros musicales. En inglés, gender siempre tiene que ver con la diferencia sexual, ya sea porque se refiere a estas conductas propias de hombres y mujeres o por el sexo directamente. Al ver cómo se traducía este gender al español realicé toda una investigación para un ensayo que hasta el momento se reproduce mucho, ya que ayuda a entender por qué las feministas empezamos a hablar de diferencia sexual y de género.

¿Cuáles fueron los planteamientos principales de esta investigación?

El sicoanalista Robert Stoller empieza a estudiar que el comportamiento de los niños y niñas no depende de su biología sino de cómo aprendieron lo que les corresponde como lo propio de los niños y lo propio de las niñas, haciendo énfasis en el inconsciente. Yo hablo del trabajo de Stoller, del conjunto de tareas, atribuciones y demás que son el género en una cultura y que implican no sólo el aprendizaje de lo que dicen los usos y las costumbres de tu sociedad, sino también de lo que el inconsciente puede traducir cuando no se ajusta a todo eso. En el inconsciente también se construye la orientación sexual y se construye la identidad de género, sentirte hombre o sentirte mujer. Este primer artículo me llevó a hacer una investigación sobre personas transexuales, personas que saben que nacieron en cuerpo de hombre o de mujer pero que se sienten internamente atrapados en un cuerpo que no es lo que su identidad siente, y todo esto tiene que ver con el género.

¿Cómo ha sido el trabajo realizado en torno a la despenalización del aborto?

Después de la despenalización del aborto me fui como antropóloga a hacer una investigación de campo en una clínica de aborto legal. Durante seis meses iba de cinco a seis de la mañana hasta el mediodía, entrevistando a todo el personal: médicos, enfermeras, trabajadores sociales, personal de intendencia y vigilancia. El 80 por ciento de interrupciones de embarazo en esta clínica se realiza por medio de pastillas que se les da a las mujeres, quienes las toman en la intimidad de su hogar en el momento que les conviene, generalmente fines de semana para no perder un día de trabajo. Las pastillas producen un desprendimiento en 85 por ciento de mujeres que las toman. Después tienen que regresar para una revisión donde verifiquen que todo salió bien.

Por primera vez, los médicos tienen que confiar primero en que las usuarias del servicio entienden las instrucciones, en que lo harán como lo tienen que hacer y que regresarán para que las revisen. Ahora ya son ocho años que se ha implementado el proceso de instauración del aborto legal y gratuito y no ha habido una sola muerta ni una sola que no regrese a que la chequen. Entonces la concepción que el personal de salud tiene sobre las mujeres cambia, ya es una ciudadana que llega a exigir derechos y cumplir con las instrucciones.

Mi desafío es plantear que podemos cambiar muchas cosas allá afuera, pero si no cambiamos la concepción de cómo nos constituimos como hombres y como mujeres no vamos a avanzar mucho, porque el mandato de la masculinidad y la feminidad sigue influyendo en nuestras decisiones. Los temas que planteé fueron tres: la división sexual del trabajo y la naturalización de lo público como masculino y lo privado como femenino; que la violencia de género es integral, económica, política y sexual; y el posfeminismo, que tiene que ver con cómo los mandatos de género están atravesados por el neoliberalismo, la cultura individualista y el consumo, que han mandado un nuevo mensaje para entender lo que es ser femenino y estar en contra del feminismo.

Lo que quise fue vincular estos tres temas para decir que el desafío importante que hay es que los seres humanos comprendan que los gustos están troquelados por la cultura capitalista neoliberal; terminaba con una frase de la poeta polaca Wislawa Szymborska que dice “sueño con el momento en que las feministas no seamos necesarias”.

Con información de Marytere Narváez/Agencia Informativa Conacyt
Fuente: La Jornada