abril 27, 2016

Rebeldes con causa


Mujer con pistola.
Julio Romero de Torres, 1925
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De no haberse rebelado, de no haberse levantado contra la dictadura de la opresión patriarcal, las mujeres aún estarían viviendo la historia que otros quisieron que vivieran: una vida mutilada, vivida por persona interpuesta, en la que la dominación masculina que trató Pierre Bourdieu en el ensayo del mismo título las mantendría “sometidas a un trabajo de socialización que tiende a menoscabarlas, a negarlas”, cuando no intenta matarlas, como le sucedió a la joven Malala tan sólo por insistir en asistir a la escuela.

Invitadas a practicar “el aprendizaje de las virtudes negativas de abnegación, resignación y silencio”, para seguir con el sociólogo francés, aisladamente a veces, en ocasiones en grupo, las mujeres han desafiado la inercia histórica androcéntrica a base de sumar rebeldías, una tras otra, como si cada acto de rebeldía fuera un peldaño más en la empinada escalera hacia la libertad plena. Negándose a ser resignificadas o heterodesignadas en los espacios de la minusvalía y la infravaloración, se han lanzado en busca de su propio universal, conquistando espacios antes impensados: ser mujer y escritora, mujer y arquitecta, mujer y directora del Fondo Monetario Internacional.

En torno a esas mujeres volcadas en la transgresión de las normas (sociales, sexuales…), gira la exposición “Carmen. Lecturas de un mito”, que acaba de inaugurarse en la madrileña Casa del Lector y podrá verse hasta el 4 de octubre en su sede de Matadero. Comisariada por Luis F. Martínez Montiel y José Manuel Rodríguez Gordillo, en ella confluyen algunas de las representaciones de Carmen que ha dado la ficción, de las artes plásticas al cine, entendiendo a la Carmen de Mérimée, autor de la novela publicada en 1845, y a la de Bizet, que en 1875 la convirtió en ópera, como emblema de la mujer fuerte, con carácter, desobediente.

Incidiendo en esa idea de representación de las mujeres empoderadas se han programado algunas actividades, entre ellas el curso que impartiré bajo el título “Rebeldes con causa. Mujeres libres de la realidad y la ficción”, un intento por glosar algunos casos emblemáticos de féminas empeñadas en no acatar los dictados de los otros, ellos. En la Historia, en la mitología, en la literatura y en el cine, de la última reina del Antiguo Egipto, Cleopatra, a la libertina Anaïs Nin, autora de un Diario incendiado e incendiario. De Venus a Diana, de la Nora de Ibsen a Jane Eyre, de Scarlett O’Hara a Lara Croft. Porque Juana de Arco no fue quemada en la hoguera por valiente sino por rebelde, acusada de herejía, e igualmente, ya en la ficción, la Gilda de Charles Vidor recibió una sonora bofetada por desobedecer, en ese caso por blandir sus armas de mujer.

“Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, cantaba Jeanette en aquel hit de los 70 compuesto por Manuel Alejandro, cuyo consumo la censura franquista prohibió a los menores de 16 años para no incitarlos a la subversión. Y es que la rebeldía ha sido para las mujeres a la vez salvación y condena, ¡y menuda condena! Cierto que sin ese instinto de desobediencia seguirían, seguiríamos, atadas a las cadenas más inmundas, pero también nos hubiéramos ahorrado los más dolorosos castigos, desde las condenas por brujería hasta la cruel incomprensión de que sigue gozando hoy el liberador feminismo. Más de lo mismo, antes brujas y ahora feministas, pero siempre mujeres libres. De ahí que a nadie deba extrañar esa reivindicación ya antigua de la figura de la bruja como encarnación de Lilith, la primera rebelde, que durante la Segunda Ola del Feminismo protagonizaron en Estados Unidos las W.I.T.C.H; una reivindicación que por cierto han devuelto a la actualidad las políticas de la CUP negándose a aceptar las etiquetas que el patriarcado trataba de imponerles, por cierto nada amables.

Frente a los insultos machistas recibidos, las políticas de la CUP reunidas para reivindicar que son nietas de brujas.

Hubo un tiempo en que ellas no podían levantar la voz, ni siquiera votar, por no hablar de construir puentes, aunque llevaran toda la vida tendiéndolos. Los padres de Simone de Beauvoir no contaban con que su hija se hiciera filósofa y se conformaban con que se casara dignamente. Y tampoco nadie le auguraba a Coco Chanel convertirse en uno de los iconos de la moda femenina, que en su tiempo era también cosa de hombres. A mediados del siglo XIX, la rebelde George Sand se paseaba por Mallorca con pantalones ante la mirada atónita de los lugareños y Amelia Earhart desafió las convenciones de género de la aviación lanzándose a cruzar el Atlántico.

Considerado por la psiquiatría un instinto positivo, el instinto de rebeldía ha sido y sigue siendo en las mujeres mucho más acusado, al igual que lo es entre las clases oprimidas. Que los procesos de empoderamiento femenino tengan como denominador común el rechazo, consciente o inconsciente, del patriarcado los sitúan en el orden de la acción liberadora, no tan sólo conquistadora. Pues como afirma Ana de Miguel en Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección: “No fueron marcianos quienes nos dejaron sin derechos civiles y políticos”. Rebeldes con causa, la causa del feminismo, la llamen como la llamen, incluso brujería.


Mª Ángeles Cabré, escritora y crítica literaria, dirige el Observatorio Cultural de Género (OCG). Su último libro es Wonderwomen. 35 retratos de mujeres fascinantes(Sd.edicions)
Fuente: El País